7 ago. 2011

Lin Yutang - De los sueños





El descontento, dicen, es divino; estoy muy seguro, de todos modos, de que el descontento es humano. El mono fue el primer animal malhumorado, porque jamás he visto una cara verdaderamente triste, en los animales, salvo en el chimpancé. Y a menudo he pensado que se trataba de un filósofo, ¡porque la tristeza y el pensar son tan semejantes! .Hay algo en una cara así que me dice que su dueño está pensando. Las vacas no parecen pensar, al menos no parecen filosofar, porque siempre se muestran tan satisfechas. . . y aunque los elefantes suelen exteriorizar un furor temible, la eterna agitación de sus trompas parece ocupar el lugar del pensamiento y proscribir toda cavilación de descontento. Sólo un mono puede parecer plenamente aburrido de la vida. ¡Grande en verdad es el mono!

Acaso, después de todo, la filosofía comenzó con el sentido del tedio. De cualquier manera, es característica de los humanos tener un anhelo triste, vago e inquieto por un ideal. El hombre vive en un mundo real, pero tiene la capacidad y la tendencia a soñar con otro mundo. Probablemente la diferencia entre el hombre y los monos es que los monos están simplemente aburridos, en tanto que el hombre posee aburrimiento más imaginación. Todos nosotros tenemos el deseo de salir de un viejo surco, y todos nosotros deseamos ser alguna otra cosa, y todos nosotros soñamos. El soldado sueña con ser cabo, el cabo con ser capitán y el capitán sueña con ser mayor o coronel. Un coronel, si vale lo que pesa, no piensa que ser coronel es mucho. En frases más galanas, lo llama tan sólo una oportunidad para servir a sus semejantes. Y en realidad no es mucho más. Lo cierto es que Joan Crawford piensa menos de Joan Crawford, y Janet Gaynor piensa menos de Janet Gaynor que lo que piensa el mundo de ellas. "¿No son ustedes notables?", dice el mundo a todos los grandes, y los grandes, si son grandes de verdad, responden siempre: "¿Qué es lo notable?" El mundo, pues, es muy parecido a un restaurante a la carta. donde todos piensan que la comida que han pedido en la mesa vecina es mucho más gustosa y deliciosa que la propia. Un profesor chino contemporáneo ha pronunciado este aticismo, en punto a deseabilidad: "Las mujeres son siempre mejores si son las de otros, y lo que se escribe es siempre mejor si es de uno". En este sentido, pues, no hay en el mundo nadie completamente satisfecho. Todos quieren ser alguien, en tanto ese alguien no sea él mismo.

Este rasgo humano se debe indudablemente a nuestro poder de imaginación y a nuestra capacidad de soñar. Cuanto mayor es el poder imaginativo de un hombre, tanto más perpetuamente está insatisfecho. Por eso es que un niño imaginativo es siempre un niño más difícil de tratar: está más a menudo triste y malhumorado como un mono, que feliz y contento como una vaca. Además, el divorcio debe ser necesariamente más común entre los idealistas y las personas más imaginativas que entre los inimaginativos. La visión de un deseable e ideal compañero de la vida tiene una fuerza irresistible, que nunca sienten los menos imaginativos y los menos idealistas. En conjunto, la humanidad es llevada por mal camino, así como es llevada hacia arriba, por esta capacidad para el idealismo, pero no se puede pensar siquiera en el progreso humano sin este don imaginativo.

El hombre, se nos dice, tiene aspiraciones. Es cosa muy laudable, porque las aspiraciones se clasifican en general como nobles. Y ¿por qué no? Sea como individuos o como naciones, todos soñamos y procedemos más o menos de acuerdo con nuestros sueños. Algunos sueñan un poco más que los otros, así como en cada familia hay un niño que sueña más y quizá uno que sueña menos. Y debo confesar un secreto cariño por el que sueña. Generalmente es el más triste, pero no importa: también es capaz de tener mayores alegrías, y emociones, y alturas de éxtasis. Porque creo que estamos constituidos como un aparato receptor para ideas, como están equipados los aparatos de radio para recibir música del aire. Algunos aparatos con una recepción más fina recogen las ondas cortas más finas, que se pierden para los otros aparatos, y es claro que la música más bella, más distante, es tanto más preciosa, aunque sólo sea porque es menos fácil percibirla.

Y esos sueños de nuestra niñez no son tan irreales como podríamos pensar. En cierto modo permanecen con nosotros durante toda la vida. Por eso es que, si yo tuviera la facultad de ser cualquier autor del mundo, sería Hans Christian Andersen con preferencia a todos los demás. Escribir el cuento de La Sirena, o aun ser la Sirena, tener los pensamientos de la Sirena y aspirar a crecer para llegar a la superficie del agua, es haber sentido uno de los deleites más agudos y más hermosos de que es capaz la humanidad.

Y así, en el patio, en la bohardilla, o en el granero, o tendido junto al arroyo, un niño sueña siempre, y los sueños son reales. Así soñó Thomas Edison. Así soñó Robert Louis Stevenson. Así soñó Sir Walter Scott. Los tres soñaron en su niñez. Y del material de esos sueños mágicos tejieron algunas de las telas más finas y más hermosas que jamás hemos visto. Pero esos sueños son compartidos también por niños de menor cuantía. Los deleites que obtienen son tan grandes, aunque sean diferentes las visiones o contenidos de sus sueños. Todo niño tiene un alma que anhela, y lleva un anhelo en su falda y se va a dormir con él, esperando encontrar su sueño hecho realidad cuando despierte en la mañana. A nadie habla de esos sueños, porque esos sueños son suyos, y por esa razón son parte de su más íntimo yo en crecimiento. Algunos de estos sueños de niños son más claros que otros y tienen una fuerza que exige su realización; en cambio, con la mayor edad se olvidan los sueños menos claros, y todos vivimos a través de la vida tratando de contar esos sueños de nuestra niñez, y "a veces morimos antes de encontrar el lenguaje".

Y así sucede también con las naciones. Las naciones tienen sus sueños y los recuerdos de tales sueños persisten a través de generaciones y siglos. Algunos de ellos son sueños nobles, y otros malignos e innobles. Los sueños de conquista y de ser más fuerte y más grande que todos los demás han sido siempre malos sueños, y esas naciones tienen que preocuparse siempre más que las otras que tienen sueños más pacíficos. Pero hay otros sueños, sueños mejores, sueños de un mundo mejor, sueños de paz y de naciones que viven en paz unas con otras, y sueños de menos crueldad, injusticia, y pobreza y sufrimiento. Los malos sueños tienden a destruir los buenos sueños de la humanidad, y hay una lucha y un combate entre estos sueños buenos y malos. Las gentes pelean por sus sueños tanto como pelean por sus posesiones terrenales. Y así descienden los sueños del mundo de las visiones ociosas y entran en el mundo de la realidad, y se convierten en fuerza real en nuestra vida. Por vagos que sean, los sueños tienen un modo de ocultarse y no dejarnos paz hasta que se han traducido en realidad, como semillas que germinan bajo la tierra, y que han de brotar en su busca del sol. Los sueños son cosas muy reales.

Existe también el peligro de que tengamos sueños confusos, y sueños que no correspondan a la realidad. Porque los sueños son también escapes, y un soñador sueña a menudo escapar del mundo presente, pero sin saber dónde. El Pájaro Azul atrae siempre la fantasía del romántico. Hay tal deseo humano de ser diferente de lo que somos, de salir de los surcos presentes, que todo lo que ofrezca un cambio tiene siempre una enorme atracción para el común de la humanidad. Una guerra es siempre atractiva porque ofrece al empleado de oficina la oportunidad de vestir uniforme y usar polainas y de viajar gratis, en tanto que un armisticio o la paz es siempre deseable al cabo de tres o cuatro años en las trincheras porque ofrece al soldado una oportunidad para volver a su casa y usar, una vez más, ropa de civil y una corbata del color que le gusta. La humanidad necesita evidentemente algo de esta excitación, y si se ha de evitar la guerra, los gobiernos bien podrían reclutar a las personas de veinte a cuarenta y cinco años, según un sistema de conscripción, y enviarlas en jiras europeas para ver una u otra exposición, una vez cada diez años. El Gobierno Británico gasta cinco mil millones de libras esterlinas en su Programa de Rearme, .una suma suficiente para enviar a todos los ingleses en viaje a la Rivíera. Es claro que se argumenta que los gastos para la guerra son una necesidad, en tanto que los viajes son un lujo. Me siento inclinado a disentir: los viajes son una necesidad, mientras la guerra es un lujo.

Hay también otros sueños. Sueños de utopía y sueños de inmortalidad. El sueño de la inmortalidad es enteramente humano —nótese su universalidad— aunque es vago como el resto, y pocas personas saben qué van a hacer cuando se encuentren con la eternidad pendiente de las manos. Al fin y al cabo, el deseo de inmortalidad es muy parecido a la psicología del suicidio, su exacta oposición. Ambos presumen que el mundo presente no es bastante bueno para nosotros. ¿Por qué no es bastante bueno para nosotros el mundo presente? Más nos sorprendería la pregunta que cualquier respuesta a ella, si hubiéramos salido a visitar el campo en un día de primavera.

Y así ocurre también con los sueños de utopía. El idealismo es simplemente ese estado de ánimo que cree en otro orden del mundo, cualquiera sea la especie de ese orden, en tanto difiera del actual. El liberal idealista es siempre el que piensa que su país es el peor país posible, y la sociedad en que vive la peor de todas las formas de sociedad. Es todavía el tipo del restaurante a la carta que piensa que los pedidos en la mesa vecina son mejores que los suyos. Como lo dice el cronista de "Tópicos" en The New York Times, sólo el Dique de Dniéper en Rusia es un verdadero dique a juicio de esos liberales, y las democracias jamás han construido un dique. Y, es claro, sólo los Soviets han construido un subterráneo. Por el otro lado, la prensa fascista dice a sus pueblos que solamente en su país ha descubierto la humanidad la única forma de gobierno sensata, cabal y aplicable. En esto radica el peligro de los liberales utópicos, tanto como el de los jefes de propaganda fascista; como correctivo muy necesario, no puede tener nada mejor que un sentido del humor.


En La importancia de vivir
Imagen: © CORBIS