30 ago. 2011

Julio Cortázar: La daga y el lis. Notas para un memorial






El correo salido ayer de tarde con la venia del duque habrá presentado al Ejecutor una somera relación de los hechos acontecidos en la noche del viernes veintiuno del mes que corre. Dicha relación, dictada por mí al secretario Dellablanca, atendía a someter a la atención del Ejecutor los hechos inmediatos y las providencias de primera hora. A tres días del suceso, vueltos los espíritus a una más ponderada vigilancia de sus ánimos y humores, fuerza es rendir debida cuenta de las muchas reflexiones, enredadas conjeturas y ansias de verdad que por todo ello corre. El Ejecutor ha de encontrar en lo que sigue debida memoria de hechos y legítimo ejercicio del razonar sobre la sustancia de los mismos, que traen alterada la corte del duque y abren los oídos de la plebe a los más sediciosos rumores. 

El Ejecutor no ignora en su saber que el difunto agente Felipe Romero, natural de Cuna de Metán, de diecinueve años, soltero, de estatura mediana, nariz recta, boca de labios finos, barbilla regular, cejas negras, ojos azules, cabello rubio rizado, barba afeitada, me asistía en la delicada tarea para la cual el Ejecutor tuvo a bien designarme. La discreción de la camarera Carolina allanó las dificultades para que el agente Romero fuese admitido en calidad de paje en la cámara de mi señora la duquesa; tres meses y una semana precedió en este oficio a la muerte, habiendo ganado confianza y estima de sus señores, y aprovechado de ella sin mengua para adentrar en los engañosos silencios de palacio donde la historia crece envuelta en terciopelo. Así, el informe elevado al Ejecutor en quince de mayo, conteniendo el pliego de consignas de los que conspiran contra Palacio, procedía tanto de la diligencia y afán del agente Romero, sagazmente ayudado por la camarera Carolina, como de mis propios barruntos que el Ejecutor ha tenido la bondad de alabar en otras oportunidades. De los agentes asignados a la misión a mi cargo, el difunto Romero sobresalía por méritos propios, que su extremada juventud recataba a ojos que miden saber por arrugas o truecan respeto por historiales. Su donaire le valía volteo de llaves y abandono de recelos; así mi señora la duquesa hubo de agraciarlo gentilmente con encargos y diligencias, cediendo en él labores que atañían a otros criados de su cámara, más remisos o desabridos. De cada una de aquellas mercedes (que tales son las órdenes en labios de mi señora la duquesa) hubo el agente Romero de extraer provecho para la investigación, allegándome noticias y presunciones que el Ejecutor recibió en su día, oportunamente cernidas y glosadas. 

Los hechos de la noche del viernes los conoce el Ejecutor en sustancia. Hallóse el cuerpo de Felipe Romero en la galería cubierta que conduce, viniendo de la poterna norte, a las salas de armas y cámaras del duque. Cupo a la camarera Carolina el descubrirlo, con lo que perdió los sentidos y desplomóse sobre la sangre brotada de la garganta del finado. Digo finado, aunque ciertas revelaciones que el Ejecutor considerará más luego, permiten suponer una agonía prolongada, una muerte llena de delicadeza como cuadraba al ser en la que se ejercía. 

Recobrada la camarera, alzó voces y vinieron con luces y visto fue el hecho. Yo llegué poco más tarde y era Felipe Romero el muerto. Vestía la víctima su jubón verde de paje, sus cintas bicolores, su gorro de pluma sola. Por abajo del mentón le entraba una daga fina como un áspid, de cabo con rubíes, subiendo su hilo templado a perforar la lengua y los paladares, pasándole a la caja del cerebro para acabar su carrera en el recinto mismo del pensar y el acordarse. Yacía el muerto de espaldas, encogidas de lado las piernas y en cruz los brazos, crispados los dedos hacia abajo como probando de aferrarse al suelo. Cuando le quité la daga mientras hombres le sostenían la cabeza, volcóse el resto de la sangre sobre el arma y el pecho, sin faltar quien dijera que las manos se habían movido una vez. 

Yo reparé en lo que había que ver e hice lo que cuadraba, y ya entonces acudía el duque con la gente de dentro. Díjele que era un paje, por no nombrarle y adentrar en su inteligencia la sospecha de que me era adicto, y él ordenó que acercaran las luces y se estuvo mirando al muerto, que también lo miraba sin verlo, y me miraba. Un arquero le bajó los párpados, y el duque pidió la daga para imaginar la herida. Le respondí que arma era ya de la justicia, y dijo: “Justicia es extraña palabra, mas acaso doblemente la merezca esa hoja”. Y como yo esperara, pues del esperar tengo mucho aprendido, fijóse en la herida y musitó: “Empalado lo han”. “Señor, que por abajo se empala”, dije. Y él: “No olvide el Investigador cómo los sesos y la lengua saco son a veces de inmundicia, y una daga en ellos más justa que los palos del turco”. Entonces agregó que era broma, como que lo maravillaba herida tan peregrina siendo que en muchas batallas jamás viera soldado apuñalado por la barba. Discutieron los otros, y yo aduje sin insistir que daga italiana es arma sutil, y que se va de la mano al enemigo y entra por doquiera como lluvia fina. 

Cuando ordenaba a un alabardero quedarse cabe el cadáver, y volvíamos a la cámara mayor del duque, oyéronse clamores en los aposentos del ala menor de palacio, se alzaron luces, y por averiguación de criados supimos que la duquesa era enterada del suceso y condolida harto. “Favor tenía el paje”, prorrumpió el duque torciendo el gesto. “Cuide el Investigador de que sea removido el muerto y ahorrada a mi mujer verle entre tanta sangre.” Prometí que lo haría apenas acabadas mis providencias, y aguardé otras palabras. Volvióse el duque a sus dados, que los alternaba con el capellán, y ensimismóse sin esfuerzo. Yo pedí dos luces y retorné junto a Felipe. 

Repare el Ejecutor en que la noche era sin luna y agobiada de tinieblas la galería. Pudieron matar a Felipe sin darle tiempo a ver venir el golpe, y él mismo andando por el sitio no ofrecía más blanco que una sombra entre otras. Asómbrame lo certero del golpe, allí donde un error de nada hubiera envainado la daga en el aire, alertando al atacado. El Ejecutor sabrá cuán azaroso es golpear en el magro espacio que dejan los maxilares y el nacimiento del cuello, y que apenas el asentir de la cabeza oculta. De mozo entendíame con mis hermanos en arte de montería, siendo frecuente que probáramos la vista y la suerte en herir al jabalí dándole en convenido lugar. Y porque llegué a hacerlo como me venía en gana, sé del repetido trabajo que requiere. 

Despedidos el alabardero y los criados, fijos los hachones a las anillas de la pared, bajéme a ver con los ojos lo que antes viera con los pulsos. Sepa el Ejecutor que esta memoria nace de la reflexión y el debate en horas sustraídas al mundo de palacio, fijo el entendimiento en la suerte del agente Romero, en los azares o conjunciones que hicieron de él un cadáver que para mí guardaba una última palabra. Sepa el Ejecutor que la palabra era un lis, trazado por su mano derecha en el mármol donde la sangre una vez más hizo de tinta para la historia. 

Junté la flor del duque y el lugar, los medí sin parcialidad ni favor, y vi lo que estoy diciendo. Bien que el agente Romero no fuera extraño a las cámaras del duque, su lugar estaba allende, cabe su señora y ama, y aún más de noche antes del retiro de los séquitos y los asistentes, por ser hora de últimas órdenes y disposiciones. Supo la víctima que moría, anegóse en su sangre, alcanzó a trazar el lis en la tiniebla, con el último calor de su mano derecha. Y yo lo vi el primero, como él debió esperarlo, y lo borré al bajarme para desgajar el puñal, antes que asomara el duque. 

Digo que muerto fue el agente Romero en cuarteles que señalan al ejecutor; atraído por aviesa orden o convite gentil, vino a los aposentos del duque y no alcanzó a llegar; supo de su matador por lumbre de estrellas o bisbiseo de venganza, y lo nombró por su nombre figurado. Dos razones tuvo el asesino para matar o hacer matar a Felipe: el favor de la duquesa, manifiesto en cacerías y juegos corteses, y la sospecha de que estaba a mi servicio reuniendo voces y señales de la conjura contra Palacio. De la primera razón dan fe los clamores de su ama y el escarnio del duque al cadáver; de la segunda cábeme el medir la fuerza por mi propia labor amenazada, mi hora que quizá por otra galería viene. A ambas junto para señalar la culpa del duque y encarecer las prontas decisiones de Palacio, al que esta sangre lejana mostrará la inminencia de un golpe más universal, la rebelión latente que este crimen emboza y fortifica. 

Separéme de Felipe para visitar las cámaras de la duquesa, donde las luces no cejaban; hallé a las camareras desaladas, descoloridos los pajecillos del aguamanil, caídas las piezas del juego que había jugado mi señora mientras tañían las vihuelas de la recreación. Allegóse la camarera Carolina, fingiendo mayor desánimo que las otras. Díjome que la duquesa guardaba el lecho, con luces vecinas y el cuidado de la nodriza; recordó que había jugado hasta el toque de relevo, y pedido luego licencia a su contendiente, que lo era el confiscador Ignacio, para contemplar la carta del cielo en procura de conjuraciones vaticinadas por su astrólogo. A su retorno, que lo fue sin luces por mejor ver las estrellas, quejóse de una interpuesta nube y del relente. Por no descuidar nada, mandé a la camarera fuese a reparar en su ama sin ser vista, y trájome cuenta de su olvidado semblante, su reposo en brazos de la nodriza, que con los arrullos de niñez había rescatado la sonrisa en el rostro de mi señora. Despedí a Carolina por mejor pensar, y me estuve moviendo las piezas del juego, encontrando más simple sus muchos azares que el ya acabado con su alfil caído al borde del damero. Y por alfil saqué señor, y también la fatiga y la tristeza trajéronme la imagen de los dos platicando en el patio de armas, la diestra del duque apoyada en el hombro de Felipe, condescendencia del grande que alza así al pequeño para salvarse de ocio un breve rato. También me vino al recuerdo la vuelta de las justas el día de San José, en que hirióse el duque en el brazo por desafortunado lance, y Felipe teniéndole las bridas del caballo por no dejarle sufrir. Así dado a fantasmas, alcé la daga para interrogar su forma, admirándome de pronto el escarnio del duque parado ante el muerto, debatiendo si no protegería un nombre que en su mente se alzaba, o si entendía acallar con su ceñudo continente los recuerdos ajenos donde su mano volvía a posarse en el jubón del paje o se quedaban sus ojos puestos en el cabello que de rubio devoraba el sol de las terrazas. Ardua tarea la de matar rumores; cobíjanse en las colgaduras y doseles, remontando sus figuras por detrás de los párpados; y los grandes saben de su acoso sin lástima.

Así vime llevado a pasar de una reflexión a la sombra que la daga declinaba en el damero; y de mirar el juego de mi señora la duquesa, truncado por las noticias de fuera, me nació el meditar en la infrecuente herida del agente Romero, delatora acaso de una mano aplicada a labores menos graves. Y más luego, luchando en mi interior con este inmóvil alterarse de las piezas en el damero, dime a mí mismo el ejemplo de Judith y de tanta vengadora que en los pasillos del tiempo repite una y mil veces su hecho para maravilla de hombres y libros. Vi verterse una sangre en el damero, la forma de un lis bajo unos dedos arañando el mármol, y el lis es flor ducal y muestra lo que el Ejecutor ha de estar viendo conmigo. Fingió el duque, supo verdad; si cubría con su burla el brillo de pasadas justas, también protegía dolorosamente a quien de él en Felipe se vengaba; salvábase a sí mismo salvando a la homicida. Y vea el Ejecutor esto que solo se agrega: nadie muriendo de herida tal, espumando sangre con la partida lengua, podría en la tiniebla hallar consejo de sí mismo y delatar a su asesino por dibujo de lis. Bajándose a beber de esa enconada agonía, la matadora urdió los pétalos que la mirada de los otros llamaría duque. Inocente es éste, bien que encubridor involuntario. Y la duquesa debe ser prontamente arrancada de esa sonrisa que desde el sueño le alcanza la venganza cumplida. 

Porque tenga el Ejecutor la entera máquina de tan confuso acontecer, estuve luego en la cámara del médico donde yacía el despojo del agente Romero. A la luz de los hachones víle desnudo por primera y última vez en la alta mesa del cirujano; marchóse el médico y quedamos solos. ¿Por qué habría de negarme al testimonio de quien, al menos en apariencia, supo escribir después de muerto? Junto mi rostro al rostro de Felipe, busqué en sus ojos otra vez misteriosamente abiertos la imagen de la verdad, un zodíaco de nombres en su mortecino cielo azul velado. Vi sus labios donde secábase la sangre como un sello de clausura, vanamente pregunté al mármol de su oreja donde el sonido se estrellaba y caía. Mas de tanta negación hube de atisbar en Felipe una respuesta, un afirmarse a sí mismo como respuesta, un contestar su propio cuerpo por nombre, un horrible nombre invasor y tiránico. Como si de pronto, por el puente de los rostros contiguos, pudiera él pensar con mi pensamiento, ser yo mismo en la revelación instantánea. Y oí su nombre dicho tantas veces, su nombre repetido, solamente su nombre. Apelé a la reflexión, tapándome los ojos, pero después miré la herida del mentón y me acordé del grande Áyax, de los que se matan por filo, se tiran sobre un arma. Teniéndola con ambas manos, evitado de verla por la sombra y la postura, le bastó empujar una sola vez mientras sumía la cabeza en el pecho, y el resto fue dolor y confusión agónica. Con las mismas manos que habían tenido la brida del caballo del duque a la vuelta de las justas se mató Felipe, lo sé de pronto como se sabe que el día ha llegado o que el vino del alba olía a violetas. Y digo al Ejecutor que sabiendo excuso, aunque el excusar me arrastre mañana en la caída del agente Romero. Excuso una muerte a ciegas, un darse el silencio a través de la lengua; mido, como medí junto al frío cadáver desnudo de Felipe, su abominable valor a la hora de la decisión. Creo que llevaba en la inteligencia las claves y las pruebas de la conjura del duque contra Palacio, y que no fue capaz de traicionarlo después del brillo de las justas y el prestigio de favores que imagino. Fiel hasta esa noche al Ejecutor y a mí, acosado por una división que la dura mirada de sus ojos resumía, se refugió en la muerte como el niño que era. Inocentes resultan los duques, discretos esperan de mi discreción el final de una confusa tarea que para mí dura todavía, después que cerré finalmente los ojos de Felipe, lo vestí con mi ropa de Palacio, lo puse en un féretro de ébano sin herrajes ni figuras, y al alba del domingo dejé entrar la luz y los criados que se lo llevaron a una fosa abierta en secreto. Si el Ejecutor lo manda, sabrá donde está enterrado sin nombre ni sentencia: era una criatura maligna y hermosa, es bueno quizá que haya desaparecido cuando dejaba de serme adicto. 

Aparte de lo informado, agrego que en la tarde del domingo me hizo llamar el duque para pedirme la daga. Esto ocurrió después que yo le había avisado que la investigación iba a cerrarse sin más por falta de pruebas materiales, y que mi informe a Palacio sostendría que el agente Romero se había suicidado. El duque volvió a pedirme la daga, que yo llevaba limpia y envainada para no dejársela a nadie. Me negué atentamente, y hasta le dije: “Cómo le voy a prestar un arma que es de la justicia”. Se puso pálido de coraje, y dijo algo como que las cosas estaban muy turbias y que él se iba a ocupar personalmente de averiguar la procedencia del arma. Cuando yo me iba, agregó: “Nunca le vi esa daga a Felipe Romero”. No sé por qué, tanta seguridad en el inventario me enfureció. Cualquiera puede saber que la daga no era de Felipe, y hasta averiguar de qué vaina salió para matarlo. No solamente el duque sabe eso; pero tampoco es obligación que un hombre se mate con su propia daga. A la daga y al lis pueden pensárseles muchos dueños. Todos sabemos herir, y todos podemos dibujar tres pétalos con sangre. Lo que creo es que el duque está empezando a mostrar lo que en la noche del viernes tapaba con su burla. Le duele Felipe, le duelo yo, nos dolemos los dos si nos miramos. Pero yo digo: ¿Por qué un duque, ese hombre de reyes, se impacienta por una muerte sin importancia? Se impacienta porque esa muerte está llena de importancia, porque detrás viene la duquesa y vengo yo, sobre todo vengo yo. A mí me parece que detrás de eso vengo yo para el duque. Entonces fuerza la situación, habla de encontrar al dueño del arma para echar sospechas sobre ese pobre hombre a quien a lo mejor Felipe se la quitó en secreto para matarse. 

Y si el duque fuerza la situación y busca un supuesto culpable, es que quiere protegerse o proteger a la duquesa; es que ese perro está tratando de echarle el fardo a otro, y lo hace por la ramera de su mujer o por él mismo. Está claro que es culpable, que mató a Felipe, y que Felipe dibujó el lis mientras se moría, con la última fuerza de su pobre mano dibujó el lis para que yo lo viera y reclamara el castigo del duque, o de la duquesa, o de los dos, del ama de Felipe y del amo de Felipe: el castigo y la muerte de los dos inmediatamente. 



Papeles inesperados 
Madrid, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2010