21 ago. 2011

Jack Kerouac - Pies Inquietos



Al principio yo dudaba, porque era negra, porque era desordenada (siempre lo dejaba todo para mañana, el cuarto sucio, las sábanas sin lavar, aunque santo Dios qué pueden importarme las sábanas); dudaba porque sabía que había estado seriamente loca y muy bien podía volver a enloquecer, y una de las primeras cosas que ocurrieron durante las primeras noches fue que ella se había ido al cuarto de baño y se paseaba desnuda por el vestíbulo solitario, pero como la puerta de entrada chirriaba de una manera extraña me pareció (en el ensueño de la marihua­na) que de pronto había llegado alguien y estaba en el rellano de la escalera (como por ejemplo González el mexicano, una especie de vago o de parásito, un tipo anémico que tenía la costumbre de ir a su casa, con la excusa de una cierta vieja amistad que ella había tenido con algunos Pachucos de Tracy, a mendigarle moneditas, o dos cigarrillos, y esto todo el tiempo, generalmente cuando peor estaba ella, y a veces hasta se llevaba botellas para venderlas); pensando que debía de ser él, o alguno de los subterráneos, que le pregunta en el vestíbulo «¿Hay al­guien contigo?», y ella absolutamente desnuda, sin impor­tarle, como la vez del callejón, se queda tan tranquila y le dice: «No, viejo, será mejor que vuelvas mañana porque estoy ocupada, tengo visitas», así fue mi ensueño de la marihuana mientras estaba tendido en la cama, a causa del gemido o chirrido de la puerta, que hacía justamente el efecto de una voz gemebunda; de modo que cuando ella volvió del cuarto de baño se lo dije (honestamente razona­ble, de todos modos, y creyendo que en realidad había sido así, casi, y por otra parte siempre convencido de que seguía siendo activamente loca, como cuando trepó a la cerca en el callejón), pero cuando oyó mi confesión me dijo que casi le había dado el ataque nuevamente; se asustó de mí y casi se levantó y se escapó; por motivos como éste, atisbos de locura, repetidas probabilidades de nuevos ataques de locura, yo tenía mis «dudas», mis dudas masculinas y reservadas acerca de ella; razonaba así: «Hoy o mañana, sencillamente, me iré de aquí y me conseguiré alguna otra, blanca, con los muslos blancos, etcétera, y todo esto habrá sido una gran pasión, aunque espero sin embargo no causarle sufrimientos.» ¡Ja!, sentía dudas porque prepara­ba la comida de cualquier modo y no lavaba nunca los platos en seguida, lo que al principio no me gustó nada, aunque luego tuve que reconocer que en realidad no cocinaba tan mal y que después de un tiempo lavaba los platos, y que a la edad de seis años (así me lo contó ella más tarde) se había visto obligada a lavar los platos de la tiránica familia de su tío, y para colmo la obligaban constantemente a salir al callejón en la oscuridad de la noche, con el cubo de la basura, todas las noches a la misma hora, y ella estaba convencida de que el mismo fantasma la acechaba siempre a esa hora; dudas, dudas, que ahora ya no tengo en la opulencia del placer del pasado. ¡Qué placer es ahora saber que la deseo para siempre contra mi pecho, mi premio, mi mujer, la que yo defendería de todos los Yuri y todos los cualesquiera con los puños y lo que fuera! Y ha llegado para ella el momento de declarar su independencia, anunciando, apenas ayer, antes de que yo empezara a escribir este libro de lágrimas, «Quiero ser una mujer independiente, con dinero, y hacer lo que se me ocurra». «Sí, y también conocer y joder a todo el  mundo,  Pies Inquietos»,  pienso,  pies  inquietos  como soplaba un viento frío, había una cantidad de hombres, y en vez de quedarse a mi lado se alejó con su pequeño impermeable rojo que daba risa y sus pantalones negros, y se metió en la entrada de una zapatería (Haz siempre lo que deseas hacer, nada me agrada más que un tipo que hace siempre lo que quiere, decía siempre Leroy); y yo la sigo de mala gana pensando: «No se puede negar que es un caso de pies inquietos, al diablo con ella, me conseguiré otra menos inquieta» (con mucho menos énfasis al final, como el lector podrá deducir del tono); pero resulta que ella sabía que yo no tenía más que la camisa, pues encima había salido sin camiseta, de modo que quería refugiarse donde no soplara el viento, así me lo dijo después; aunque el hecho de comprender que no era cierto que hablara desnuda con un hombre en el vestíbulo, y que tampoco era una prueba de inquietud alejarse unos pasos para conducirme a un lugar menos frío mientras esperaba el autobús, seguía sin causar la menor impresión en mi mente ansiosa e impresionable, siempre dispuesta a crear, a construir, a destruir y a morir; como lo demostrará la gran construcción de celos que más tarde, partiendo solamente de un sueño, y por motivos de autolaceración, fui capaz de re-crear... Toleradme, vosotros todos, lectores amantes que habéis sufrido, toleradme vosotros, hombres que comprendéis que el mar de negrura en los ojos oscuros de una mujer es el mismo mar solitario, ¿y acaso iríais al mar a exigirle explicaciones, o a pregun­tarle a una mujer por qué cruza las manos en el regazo sobre una rosa? No...
En Los subterráneos
© Allen Ginsberg/CORBIS