10 ago. 2011

Herman Hesse - Temas chinos





 Lo que pueden decirnos los sabios de la antigua China es quizás más de lo que piensa alguno de nosotros; sin embargo, lo esencial encuentra cabida en pocos libros. De éstos, algunos de los más importantes, seguramente los más importantes en términos absolutos, están ya a nuestro alcance.

 El sabio chino más famoso es desde hace tiempo Confucio, y con razón, en cuanto que de todos los pensadores ejerció la influencia más fuerte sobre la vida y la historia de su país. En total nos lo figuramos correctamente, cuando lo imaginamos totalmente «chino», es decir, formalista hasta la pedantería, pero no hacemos justicia a los chinos cuando de acuerdo con este juicio consideramos el espíritu chino rígido, no filosófico y externo, pues en contra de ese juicio existen en Confucio suficientes pruebas. Pocos saben todavía que en China existieron grandes filósofos y éticos cuyo conocimiento no es para nosotros menos valioso que el de los griegos, el de Buda y Jesús. No hay que olvidar que el sabio más grande de China no fue nunca del todo popular en su propia patria y que al lado de Confucio, su contemporáneo algo más joven, siempre quedó en la sombra. Me refiero a Laotsé, cuya enseñanza nos ha quedado recogida en el libro Tao-te-king. Su enseñanza del Tao, el principio de todo ser, podría sernos indiferente como sistema filosófico, o a lo sumo atraer a aficionados interesados, si no poseyese una ética tan fuerte, personal, grande y hermosa que su último adaptador alemán (por cierto un profesor de teología), establece entre Laotsé y Jesús un paralelismo directo. Sobre nosotros, profanos, este chino desde luego no podrá de momento ejercer una influencia tan poderosa, ya que su obra habla para nosotros un lenguaje extraño, difícil que sólo podemos llegar a conocer con aplicación y verdadero esfuerzo. No se trata aquí de una curiosidad ni de una rareza literario-etnológica, sino de uno de los libros más serios y profundos de toda la Antigüedad.

 Los «diálogos» nos hacen accesible a Confucio. De los pensadores chinos posteriores podemos leer a uno de los más originales y expresivos ahora también, al menos en una selección, en alemán: «Reden und Gleichnisse des Tschuang-Tse» («Discursos y parábolas de Chuang Tse»).

 Chuang Tse es trescientos años posterior a Laotsé, y Grill compara su relación con aquél a la de Platón con Sócrates. No quiero hacer aquí comentarios inteligentes sobre los libros chinos o sobre el trabajo de sus traductores; sólo quería decir que estos libros extraños me han transmitido, a mí que del antiguo Oriente sólo he conocido como profano las filosofías budistas y afines al budismo, valores completamente nuevos. Asia oriental tuvo entre Buda y Cristo una filosofía que nunca se convirtió en religión popular, cuya ética activa, hermosamente viva está mucho más cerca de la cristiana que de la budista hindú.

 A veces he lamentado que veamos tan pocos frutos del trabajo de nuestros orientalistas académicos. Aquí sólo hay algunos y es de desear que puedan actuar y seguir creciendo. Su conocimiento no tiene por qué conducirnos por caminos desconocidos, sino constituir una alegre confirmación de lo que apreciamos desde hace tiempo como nuestro mejor bien.

 (1911)



El filósofo chino Laotsé, desconocido a lo largo de dos mil años en Europa, ha sido traducido en los últimos quince años a todas las lenguas de Europa, y su Tao-te-king se ha convertido en un libro de moda. En Alemania ha sido Richard Wilhelm quien con sus traducciones e introducciones ha dado a conocer la literatura clásica y la sabiduría chinas en una medida hasta ahora desconocida. Y mientras China es políticamente débil y está desgarrada y aparece ante las potencias occidentales casi únicamente como un inmenso y rico territorio a explotar y a tratar con la máxima cautela, la antigua sabiduría china, el antiguo arte chino no sólo penetran en los museos y las bibliotecas de Occidente, sino también en los corazones de la juventud intelectual. Sobre la juventud estudiosa de Alemania, trastornada por la guerra. Ningún otro espíritu, excepto Dostoievski, ha influido tanto en los últimos diez años como Laotsé. El hecho de que este movimiento se desarrolle dentro de un círculo bastante minoritario no le resta importancia; la minoría captada por él es precisamente la que importa: la parte más dotada, más consciente y más responsable de la juventud estudiosa.

 Lo chino es tan opuesto a nuestros ideales de cultura occidental, que deberíamos alegrarnos de poseer en la otra mitad del globo un polo opuesto tan firme y venerable. Sería necio desear que con el tiempo el mundo entero fuese cultivado a la manera europea o a la manera china; pero deberíamos sentir por ese espíritu extraño ese respeto sin el que nada se puede aprender ni asimilar, y deberíamos contar al Extremo Oriente al menos tanto entre nuestros maestros como lo hemos hecho (piénsese en Goethe) desde hace tiempo con el Oriente asiático occidental. Y cuando leemos los diálogos de Confucio tan sugestivos y tan chispeantes de sabiduría, no debemos contemplarlos como una olvidada curiosidad de tiempos remotos, sino tener en cuenta que la doctrina de Confucio no sólo ha conservado y apoyado este gigantesco imperio durante dos mil años, sino que aún hoy los descendientes de Confucio viven en China, llevan su nombre y lo conocen con orgullo; a su lado hasta la nobleza más antigua y cultivada de Europa resulta infantilmente joven. Laotsé no debe sustituirnos al Nuevo Testamento, pero sí mostrarnos que algo similar se produjo también bajo otro cielo y en tiempos anteriores, y esto debe fortalecer nuestra fe en que la humanidad, dividida en razas y culturas extrañas y hostiles entre sí, es, a pesar de todo, una unidad y posee unas posibilidades, unos ideales y unas metas comunes.

 Sigue dominando entre nosotros en círculos muy amplios, pese a este reciente entusiasmo por China, la opinión de que el alma china es en el fondo completamente extraña a la nuestra. Que sus virtudes, sobre todo su paciencia incansable y su laboriosidad callada y tenaz, son en realidad de naturaleza pasiva, y que sus vicios, sobre todo la famosa crueldad china, nos son en el fondo ajenos y totalmente incomprensibles. En realidad son prejuicios tontos. El chino puede ser cruel, como puede serlo el occidental, y puede ser piadoso y altruista como puede serlo también en ocasiones, el europeo. Cuando extraemos de la historia ejemplos de crueldad china, deberíamos colocar al lado aquellas historias en las que China y su heroísmo nos tienen que parecer tan ejemplares como los relatos heroicos y nobles de la Biblia o de la Antigüedad clásica, habituales en nuestros colegios.

 (1926)

Laotsé: «Tao-te-king»

 ...Comparado con la idea que tiene el europeo medio de la filosofía china, Laotsé resulta a un observador superficial poco chino en su vivacidad. El traductor lo compara comprensiblemente con Jesús, y en todo caso no hay entre los pensadores más conocidos del Extremo Oriente ninguno cuyos ideales éticos estén más cerca y sean más afines a nosotros, los arios occidentales, que los de Laotsé. Al lado de la filosofía de la India, apartada del mundo, a menudo sutilmente profunda, tan estudiada de nuevo entre nosotros últimamente, esta sabiduría china resulta absolutamente práctica y sencilla y al lado de los desvarios decadentes del acrobatismo mental de Occidente puede tenerse la impresión bochornosa de que este chino ancestral conoció mejor los valores elementales y trabajó en el desarrollo de la humanidad de una manera más eficaz, que tantos occidentales privados de instinto en su anárquica filosofía especializada. Quisiera presentar como muestra los últimos párrafos del Tao-te-king en la versión alemana de Richard Wilhelm:

 «Las palabras sinceras no son bonitas,
 las palabras bonitas no son sinceras,
 la eficacia no convence,
 la convicción no es eficaz,
 El sabio no es erudito,
 el erudito no es sabio.
 El elegido no acumula bienes.
 Cuanto más hace por otros, más posee.
 Cuanto más da a otros, más tiene.
 El sentido del cielo es bendecir sin perjudicar,
 el sentido de los elegidos es obrar sin pelear.»

 (1910)



Confucio

 ...La lectura no es fácil y constantemente tenemos la sensación de respirar un aire extraño, de una naturaleza y una composición distinta a las que necesitamos para vivir. A pesar de todo no me arrepiento de los días dedicados a estos diálogos. Aunque el espíritu chino nos impresione como la contemplación de algo procedente de un astro desconocido, es reconfortante y es un excelente ejercicio asomarse a él más que de una manera superficial. Pues eso nos obliga a contemplar también nuestra propia cultura indivualista, no como algo incuestionable, sino en comparación con su contrario. Y no sólo eso, en el lector surge a veces por unos instantes la idea de la posibilidad de una síntesis entre ambos mundos. Pues como núcleo más profundo del ser del gran extraño Confucio descubrimos las mismas propiedades que conocemos desde hace tiempo en los grandes hombres de la historia occidental. Sentimos como naturales cosas que al principio nos parecieron errores grotescos y nos resultan encantadoras, incluso hermosas, cosas que al principio nos parecían espantosamente áridas. Y nosotros los individualistas envidiamos a este mundo chino por la seguridad y grandeza de su pedagogía y sistemática, a las que sólo podemos oponer nuestro arte y nuestra quizás mayor modestia ante la naturaleza extrahumana.

 Concluyo mi recomendación profana de esta sabiduría oriental con algunos aforismos escogidos de los «diálogos».

 Ser desconocido y conocer. No me preocupa que los hombres no me conozcan. Me preocupa no conocer a los hombres.

 La estrella polar. El que domina gracias a su ser, es como la estrella polar que permanece en su lugar y todas las estrellas giran a su alrededor. 

Etapas de la evolución del maestro. El maestro dijo: tenía quince años y mi voluntad era aprender, a los treinta estaba firme, a los cuarenta ya no tenía dudas, a los cincuenta conocía la ley del cielo, a los sesenta estaba abierto mi oído, a los setenta podía seguir los deseos de mi corazón sin rebasar la medida.

 (1909)



Cuentos populares chinos

 Cuanto más necesaria nos parece una confrontación profunda con Asia oriental, cuanto más se hace actual, desde un punto de vista puramente político, la necesidad de una comprensión del Oriente, más importante es conocer a los pueblos de Asia oriental a través de su propio pensamiento y de su esencia, y para ello no hay otro camino que el arte y la literatura. Los cuentos populares juegan aquí un papel importante porque ahí está, junto con el teatro, la verdadera fuente del alimento espiritual del pueblo. Lo que leo en estos cuentos coincide por completo con la impresión que me hicieron los chinos de Singapur. Encontramos mucha ingenuidad, candidez y juego, una gran sensibilidad para lo estético, una acentuación del elemento poético, una alegría por el detalle, junto a una cierta indiferencia por la construcción narrativa (excepto en los cuentos artísticos); dominan la creencia en los espíritus y otras ideas animistas, raramente triunfa el poder personal sobre estas fuerzas demoníacas. Frente a la amenaza y al primitivismo de tales ideas se opone un sistema de dominio político moral de la vida, una autoridad de las costumbres, una disciplina de la cortesía, una santidad de la autoridad social construida sobre la familia que admiramos llenos de respeto.

 (1914)



Lírica china

 ...Hasta hoy la esencia y el sentido de la lírica china son para Occidente igual de extraños que la esencia y el sentido de la pintura china. La riqueza de matices con una paleta reducidísima, la perfección de la caligrafía, el empeño sagrado de expresar lo sublime con el mínimo de medios exteriores, el juego infinitamente delicado de las alusiones, evocaciones y relaciones, en fin ese fabuloso arte de insinuar, de dejar adivinar, de ahorrar y retener, todo eso resulta extraño al europeo actual; para disfrutar estas artes hay que ejercitar primero los oídos, los ojos y las puntas de los dedos y acostumbrarse a los matices más finos.

 (1922)



Li Bu We: «Primavera y otoño»

 Li Bu We no fue uno de los grandes pensadores chinos, entre los literatos chinos goza de una fama regular, fue ministro e intrigante político hace ya casi dos mil años, y no escribió él mismo su gran obra «Primavera y otoño», sino que dejó que la escribiesen los eruditos que él protegía. A nosotros no debe molestarnos esto y estamos muy agradecidos de que Richard Wilhelm haya traducido esta obra al alemán. Toda la sabiduría de la China clásica, cuyas fuentes auténticas se perdieron en gran parte en las quemas de libros, ha encontrado cabida, junto con un gran número de relatos y anécdotas, en esta compilación. Su lectura es un gran placer. Paso buenas horas con este libro sabio y querido. El hecho de que actualmente su sabiduría se haya perdido para el mundo y que sólo exista en los libros, me molesta tan poco como el hecho de que esta sabiduría se encuentre en una contradicción tan total con las ideologías, tan poco sabias y tan fanáticas, de nuestro tiempo (ya sean americano-burguesas o ruso-bolcheviques). El tiempo pasa y la sabiduría permanece. Cambia sus formas y ritos, pero descansa en todos los tiempos sobre el mismo fundamento: sobre la ordenación del hombre en la naturaleza, en el ritmo cósmico. Los tiempos intranquilos podrán perseguir una y otra vez la emancipación del hombre de estos órdenes, esta liberación aparente conduce siempre a la esclavitud, como también hoy el hombre actual muy emancipado es un esclavo sin voluntad del dinero y de la máquina. Del mismo modo que uno vuelve del asfalto iluminado y multicolor de la gran ciudad al bosque, o de la música alegre y excitante de las grandes salas, a la música del mar con la sensación de gratitud y de retorno, vuelvo siempre de todas las aventuras fugaces y emocionantes de la vida y del espíritu a estas sabidurías antiguas, inagotables. En cada regreso no han envejecido, permanecen tranquilas y nos esperan y siempre son nuevas y relucientes como el sol cada día, mientras la guerra, el baile de moda, el automóvil de ayer han envejecido y aparecen hoy tan marchitos y ridículos.

 (1929)


«I Ching»

 Hay libros que no se pueden leer, libros de lo sagrado y la sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años sin leerlos nunca como se leen otros libros. Algunas partes de la Biblia pertenecen a estos libros y el Tao-te-king. Basta una frase de estos libros para llenarse durante mucho tiempo, para estar ocupado y empapado durante mucho tiempo. Se los tiene a mano o se los lleva en el bolsillo cuando se va al bosque, y nunca se leen durante horas enteras, sino que cada vez se extrae sólo una frase, una línea, para meditar, para erigir junto a todas las bagatelas del día, también las de la restante lectura, una y otra vez la medida de lo grande y sagrado.

 Considero que es una suerte que a estos pocos libros se haya añadido uno nuevo. Es naturalmente, igual que los otros, un libro de edad remota, de miles de años, pero hasta ahora no existía el intento de una traducción alemana. Se llama «I Ching», el libro de las transformaciones, y es un antiquísimo libro de sabiduría y magia de los chinos. Podemos utilizarlo como libro de oráculos para obtener consejo en situaciones difíciles de la vida. También podemos amarlo y utilizarlo «únicamente» por su sabiduría. En este libro que nunca podré entender más que de una manera intuitiva y por algunos instantes, hay construido un sistema de analogías para todo el mundo, basado en ocho propiedades o imágenes de las cuales las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, la fuerza y la entrega. Estas ocho propiedades que están expresadas cada una por un signo sencillo, establecen combinaciones entre sí y dan lugar a 64 posibilidades, sobre las que se basa el oráculo. Preguntas al oráculo y obtienes por ejemplo la frase: «Verdad interior: cerdos y peces. ¡Salve! Es favorable atravesar el gran agua. Favorable es la perseverancia.» Sobre esto puedes meditar. Además existen comentarios.

 Este libro de las transformaciones se encuentra desde hace medio año en mi dormitorio y nunca he leído más de una página seguida. Cuando se contempla una de las combinaciones de signos, se sumerge uno en Kian, lo creativo, en Sun, lo dulce: no es leer, tampoco es pensar, es como mirar el agua que corre o las nubes que pasan. Allí está escrito todo lo que se puede pensar y vivir.

 (1925)


BI-YAEN-LU: «Escrito del maestro Yuan-Wu de la roca de esmeralda»

 El zen chino, esa forma orientada totalmente a la praxis, a la disciplina del alma, que el budismo llegado a China desde la India adoptó allí, es en realidad, por su esencia y al contrario que el zen indio, completamente hostil a la literatura, la especulación, la dogmática y la escolástica. Se podría decir que el budismo indio y chino se relacionan entre sí como el sánscrito y el chino. Allí una lengua de tipo indogermano, instrumento de un pensamiento abstracto diferenciador, erudito, también de una escolástica floreciente, aquí en Oriente, sin embargo, una lengua de fuerza expresiva, suelta, que renuncia a la mayoría de las sutilezas y argucias gramaticales que nos son familiares, una lengua generosa, ambigua, cuyas palabras son más bien imágenes o ademanes que palabras en nuestro sentido. A pesar de todo también el zen ha desarrollado una especie de literatura y en este año 1960 uno de sus libros más venerables (de momento sólo un tercio de su totalidad) ha sido publicado, en una versión alemana que ha costado a su autor Wilhelm Gundert más de una docena de años. El libro «BI-YAEN-LU, el escrito del maestro Yuan-Wu de la roca de esmeralda», fue escrito a principios del siglo XII y es una colección de cien anécdotas y sentencias de importantes maestros del zen, junto con himnos y comentarios dedicados a ellos. De los cien «ejemplos» la traducción de Gundert ofrece los primeros treinta y tres.

 Esta singularísima obra es algo así como una «summa» zen-budista, pero no en el sentido de una dogmática, sino en el de un manual de ejercicios espirituales. A través de sentencias de maestros y patriarcas famosos se enseña a los novicios y monjes de qué manera éste o aquél de sus predecesores alcanzó la meta, es decir, la iluminación, el descubrimiento de la realidad, que no debe imaginarse como algo estático sino como el destello de una chispa entre dos polos, el polo samsara, el mundo visible, pleno, multicolor, y el polo nirvana, el vacío y la liberación absolutos. En la mayoría de estos ejemplos de la praxis de los maestros, un alumno hace una pregunta que el lector occidental puede comprender a menudo, mientras que la respuesta del maestro nos coloca ante un sinnúmero de enigmas y que por cierto a menudo no consiste en palabras sino en un ademán o una acción, y muchas veces esa acción es una bofetada o un palo. Estos ejemplos, recopilados de la tradición de varios siglos hacia el año 1100, constituyen hoy todavía, ochocientos años después, un medio de enseñanza clásico de los maestros del zen. Que los podamos leer ahora en alemán ya es mucho, pues cada ejemplo invita al ensimismamiento asombrado.

 No es un libro que se pueda «leer» sin más; hay que avanzar a tientas en su espesura, palmo a palmo, volver a menudo atrás, y en algunas de esas vueltas el texto nos muestra de repente un rostro completamente distinto. Es una obra muy extraña, complicada, difícilmente accesible. Es una nuez con una cascara triple, cuádruple, bastante dura. El contemporáneo medio, normal dirá quizás que la antigua India, la antigua China, el nirvana y el zen son asuntos concluidos, y que la vuelta a ellos, es decir, la traducción y el estudio de esta obra de la Edad Media del Extremo Oriente, es inútil, es una búsqueda de tesoros histórica, o un juego romántico.

 A eso se podría responder primero que el zen existe y se practica hoy todavía en el Japón como entre nosotros el cristianismo, que además la doctrina de Shakyamuni, en sus distintas formas orientales, no sólo fascina a Schopenhauer y a sus discípulos, sino que también se ha ganado el interés del Occidente actual, que las conferencias y los libros de los budistas zen actuales, en primer lugar los de Suzuki, encuentran en Europa y América la máxima atención, que desgraciadamente ya existe incluso algo parecido a una moda zen.

 (1960)



Wang Chi Chong (?): «Kin Ping Meh, o la fantástica historia de Hsi Men y sus seis mujeres».

 Aquí no nos encontramos con la China sagrada de los sabios y héroes, sino que esta antigua novela popular pinta con un gusto rudo escenas de la vida cotidiana china. Los pasajes obscenos son numerosos, no son más graciosos que los de los libros populares de otros pueblos. En cambio esta gran novela, popular durante muchos siglos en China, es un libro rico y variado del pueblo y de su vida doméstica.

 (1931)



Pu Ssung-Ling: «Historias chinas de fantasmas»

 En este libro sumamente extraño no se trata ni de un juego poético erudito, ni de una de las aportaciones intrascendentes usuales al llamado folklore, sino del descubrimiento de un mundo de cuentos que no conocíamos todavía y que después del Chi-King y las parábolas de Chuang-Tse, es lo más valioso que he conocido de la literatura china.

 El autor que dio su forma a estas extrañas historias ancestrales, fue Pu Ssung-Ling, un pobre estudiante y sabio fracasado del siglo XVII y es una lástima que no tengamos más cosas de él, porque sus leyendas de fantasmas están contadas tan homogéneamente y en un tono tan hermoso, que se pueden comparar perfectamente con los cuentos y más aún con las «Leyendas alemanas» de los hermanos Grimm. Son historias populares de aparecidos que, igual que sus hermanas europeas, tratan de espíritus de difuntos y demonios, de sueños y visiones. Sólo que el mundo del día y de los hombres no se opone al mundo de la noche y de lo demoníaco de una manera absoluta, los espíritus se mueven como en los cuentos de Hoffmann a la luz del día y en medio de los quehaceres cotidianos, cruzan los caminos de los hombres y establecen constantemente relaciones estrechas con ellos que no se basan en el temor y el espanto, sino en el afecto y en la vecindad más amable.

 Del mismo modo que el amado y hermoso cuerpo de una muchacha es animado misteriosamente y devuelto al amor, imágenes, animales, objetos, e incluso sueños y poemas se convierten en bellos y finos seres espirituales que penetran todas las partes de la vida del hombre y se mueven con gracia y nobleza entre los vivos.

 Al estudiante sin talento acude el espíritu de un juez fallecido con el que aquél fue amable y le enseña la sabiduría. En el jardín del ermitaño las flores se convierten en mujeres hermosas y transfiguran su vida. Una constelación del cielo se enamora de un ser humano y desciende a la tierra para probar la felicidad y el dolor. Seres humanos son transformados en aves, y encantadores espíritus hacen comida de tierra, vestidos de hojas. Y todo sucede como debe suceder en las historias de fantasmas, de manera confusa y pesada como en los sueños; también el gusto chino por lo grotesco hace a veces piruetas ilógicas, pero en total no hay nada necio en ello, existe una relación entre las cosas y un desplazamiento de lo posible exactamente como en el sueño, y el espíritu del conjunto desemboca, de una manera que a nosotros extranjeros podría avergonzar, en la justicia y la bondad, no en la maldad y la crueldad salvaje, como en tantas de nuestras historias.

 Sucede todo delicada y gentilmente: «Vio a una dama joven con su criada. Acababa de romper una rama de ciruelo en flor y su rostro sonriente era irresistible. La miró fijamente sin tener en cuenta el decoro; y cuando habían pasado, ella dijo a su criada: «Ese joven tiene ojos ardientes como un ladrón.» Cuando prosiguieron su camino riendo y parloteando, ella dejó caer la flor; Wang la recogió del suelo y se quedó desconsolado como si su alma le hubiese abandonado. Entonces volvió a casa en un estado de ánimo muy melancólico; y después de haber colocado la flor debajo de su almohada se acostó. —Quién iba a pensar que esa muchacha hermosa era un espíritu, «una raposa». Pero lo es, y más tarde es conquistada por Wang e ilumina su vida con su risa alegre.

 «La manga del sacerdote» trata de un sacerdote mágico, y desde que vi en Singapur al famoso mago chino Han Peng Chien ejercer sonriente su arte, me puedo imaginar perfectamente a este sacerdote que hace subir a su manga a la gente, allí creen encontrarse en una casa grande y escriben versos de amor en la pared que luego, cuando despiertos del sueño deambulan en la vida cotidiana, encuentran con asombro escritas con letras minúsculas, pero claras en el interior de la manga. Más bello, quizá el más bello, sin embargo «El sueño». En él un hombre se acuesta un rato por la tarde y de repente se le aparece un señor con un vestido de color miel que le comunica la invitación de su príncipe. El hombre lo acompaña, llega al palacio del príncipe, bebe vino, oye música y disfruta los manjares, ve y ama a la hija del príncipe, se convierte en su esposo y se halla en plena felicidad cuando un terrible monstruo amenaza con destruir toda la corte. Todo el mundo huye pero él quiere quedarse junto a su amada y debido al tumulto y al susto mortal se despierta y vuelve a estar tumbado en el banco donde hacía, tiempo inmemorial se había tumbado a descansar. Pero en el oído siente un zumbido cuyo sonido le es extrañamente conocido del sueño, y cuando mira son abejas que le rodean, y cuando sigue observando ve que es todo un enjambre de abejas que huyendo de una serpiente que se introdujo en su colmena, ha acudido a él suplicando ayuda. Acoge a las abejas y con ello no hace más que dar las gracias por todo lo hermoso que ha vivido con ellas, pues su corte era la de su sueño, su rey era su anfitrión y el monstruo era la serpiente. En esta historia el sueño y la realidad están entretejidos tan delicada, tan dúctil y simbólicamente como se entrelazan en un bordado de templo las imágenes mágicas y los signos.

 (1912)



Es uno de los libros de cuentos más bonitos del mundo, ingenuo y natural como Grimm y extraordinario y fantástico como los dibujos y bronces grotescos que se encuentran en China. Estas historias respiran horror y dulce encanto en una unión tan íntima, mezclan el sueño y la vida, lo demoníaco y lo cotidiano de una manera tan estrecha e ingenua que sólo sabría compararlas con sueños hermosos. Tal como nos sucede en los sueños, pasan ante nosotros espíritus y difuntos, figuras de la realidad y la fe, deambula lo posible y lo deseado, lo dulce y lo espantoso de la mano en la callada luz crepuscular, algunas cosas se esfuman en la oscuridad, otras se potencian en la expresión hasta el símbolo. Quisiera tener todas las noches esos sueños y quisiera conseguir todos los años un nuevo libro como éste. Pero son raros.

 (1912)



Panorama sobre el Lejano Oriente

 Los dos pueblos de «color» de los que más he aprendido, y a los que tengo el mayor respeto, son los indios y los chinos. Ambos han creado una cultura espiritual y artística que, superior a la nuestra en edad, es igual en contenido y belleza.

 Sitúo el apogeo del pensamiento hindú aproximadamente en la misma época que el europeo, los siglos entre Homero y Sócrates. En aquella época se elaboraron en la India y Grecia los pensamientos hasta ahora más elevados sobre el mundo y el hombre, y se desarrollaron en grandiosos sistemas filosóficos y religiosos, que posteriormente no han conocido un enriquecimiento sustancial, pero que seguramente tampoco lo necesitaban, pues hoy perduran con toda su vitalidad ayudando a cientos de millones de seres humanos a vivir la vida. A la alta filosofía de la India antigua se contrapone una mitología muy polifacética, rica en profundidad y humor, un mundo popular de dioses y demonios y una cosmología de la más exuberante plasticidad, que subsiste floreciente tanto en la literatura como en la escultura, pero también en la fe popular. Sin embargo, de este mundo ardiente y colorido surgió también la gran figura venerable del Buda que supera renunciando, y el budismo, tanto en su forma original como en la forma chino-japonesa del zen, demuestra hoy no sólo en su patria, sino también en todo el Occidente, América incluida, ser una religión de la más alta moral y de gran atractivo. Desde hace casi doscientos años el pensamiento occidental ha sido influenciado a menudo y con fuerza por el espíritu hindú. Su último gran testigo es Schopenhauer.

 Si el espíritu hindú es predominantemente anímico y religioso, la búsqueda de los pensadores chinos se dirige sobre todo a la vida práctica, al Estado y la familia. Para la mayoría de los sabios chinos, como para Hesíodo y Platón, lo principal es saber qué se requiere para gobernar bien y con éxito para el bien de todos. Las virtudes de la serenidad, de la cortesía, de la paciencia, de la impasibilidad se aprecian tanto como en la escuela estoica. Pero al mismo tiempo existen también pensadores metafísicos y elementales, en primer lugar Laotsé y su discípulo poético Chuang-Tse, y tras penetrar la doctrina de Buda, China desarrolla lentamente una forma sumamente original, extremadamente eficaz de la disciplina budista, el zen, que igual que la forma hindú del budismo ejerce en el Occidente actual una influencia notable. Que la espiritualidad china está acompañada de un arte plástico muy desarrollado y refinado, lo sabe todo el mundo.

 El mundo actual ha cambiado todo en la superficie y ha destruido muchísimo. Los chinos, en otro tiempo el pueblo más pacífico y rico en manifestaciones antimilitaristas de la tierra, se han convertido hoy en la nación más temida e implacable. Han invadido y conquistado de manera bárbara el Tibet sagrado, junto a la India el pueblo más religioso, y amenazan constantemente la India y otros países vecinos. Nosotros sólo podemos constatarlo. Si comparamos, por ejemplo, la Francia o Inglaterra políticas del siglo XVII con las actuales, se demuestra que el aspecto político de una nación puede transformarse enormemente en pocos siglos sin que eso signifique un cambio en el núcleo del carácter nacional Tenemos que desear que también en el pueblo chino se conserven por encima de estos tiempos de confusión, muchos de sus maravillosos rasgos y talento.

 (1959)

En Escritos sobre literatura
Traducción de Genoveva y Anton Dieterich
Imagen: © Bettmann/CORBIS