16 ago. 2011

George Bernard Shaw - Por qué Darwin contentó a los socialistas






No fueron los humanitarios los únicos, entre los agitadores, en acoger bien a Darwin. Darwin tuvo la suerte de complacer a todo el que quería ventilar algunas opiniones. Los militaristas fueron tan entusiastas como los humanitarios, los socialistas y los capitalistas. A los socialistas los animaba especialmente la insistencia de Darwin en la influencia del ambiente, Quizá el baluarte moral más firme del capitalismo sea la creencia en la eficacia del sentido individual de lo justo, Robert Owen hizo desesperados esfuerzos para convencer a los ingleses de que sus masas de criminales, borrachos, ignorantes y estúpidos eran víctimas de las circunstancias; de que si estableciéramos un nuevo mundo moral veríamos que las masas nacidas en una colectividad ilustrada y moral serían también ilustradas y morales. La respuesta natural a esto se encuentra en la Vida de Goethe, por Lewes. Lewes se burló de la idea de que al carácter lo gobiernan las circunstancias, La semejanza de las circunstancias difícilmente se puede llevar a un nivel más desoladamente muerto que en el caso de los individuos que nacen en casas de campo inglesas y luego los mandan primero a Eton o Harrow y después a Oxford o Cambridge para que les formen la mente y los hábitos. Si algo pudiera destruir la individualidad, sería eso. Sin embargo, de una educación como ésa salen individuos tan distintos como Pitt y Fox, Lord Russell y Lord Curzon, Winston Churchill y Lord Robert Cecil. Si la jirafa puede desarrollar su cuello a fuerza de intentarlo, un hombre puede desarrollar su carácter de la misma manera. La vieja frase de que "querer es poder" condensa en un proverbio la teoría lamarckiana de la adaptación funcional. Esto les pareció a los espíritus fuertes alentadoramente moral, y tranquilizadoramente piadoso a los espíritus débiles. Entonces la réplica más eficaz a un socialista era decirle que se reformara a sí mismo antes de pretender reformar la sociedad, Al rico le era muy agradable pensar que su superioridad la debía a su propio carácter, La revolución industrial había hecho monstruosamente ricos a numerosos codiciosos sin ningún talento. Nada podía ser para ellos más humillante y amenazador que la opinión de que la lluvia de oro que les había entrado en sus bolsillos era tan meramente accidental, en nuestro sistema industrial, como la lluvia de agua que caía sobre sus paraguas, Nada, tampoco, más halagador y fortificante que la suposición de que eran ricos porque eran virtuosos.

El darwinismo barrió ese concepto individual de lo justo, e hizo más que justificar a Robert Owen: descubrió que el ambiente ejerce en un organismo una influencia más patente que la que decía Owen, Esa influencia implica que los haraposos callejeros son producto de tugurios y no del pecado original; que las prostitutas son producto de salarios de hambre y no de la concupiscencia femenina. Volcó también la autoridad de la ciencia sobre el socialista que dijo que quien quiera reformarse a sí mismo debe empezar por reformar la sociedad. Sugirió que para que haya ciudadanos sanos y ricos se necesitan ciudades sanas y ricas, y que éstas no pueden existir sino en países sanos y ricos, Así se podía llegar a la conclusión de que el tipo de persona indiferente al bienestar de sus vecinos mientras su propio apetito quede satisfecho es un tipo desastroso, y que el tipo de persona que se preocupa hondamente de su ambiente es el único posible para una colectividad permanentemente próspera, Mostró que los sorprendentes cambios que Robert Owen produjo en niños que trabajaban en fábricas, cambios que ahora no nos parecen demasiado generosos, no eran nada en comparación con los cambios -no sólo de hábitos sino de especies, no sólo de especies sino de órdenes- concebibles por la actuación del ambiente sobre los individuos sin carácter y sin que intelectualmente se den cuenta de que ocurren. No es de extrañar que los socialistas recibieran a Darwin con los brazos abiertos.


En Vuelta a Matusalen (Pentateuco metabiológico)
Imagen: E.O. Hoppe, 1923