31 ago. 2011

Danniel Dennett: Memes tóxicos



Cualquier encuentro creativo con el mal requiere que no nos distanciemos de él tan sólo demonizando a aquellos que cometen actos malignos. Con el fin de escribir acerca del mal, un escritor tiene que tratar de comprenderlo, de adentro hacia afuera; tiene que intentar entender a los perpetradores aunque no necesariamente simpatice con ellos. Pero los norteamericanos parecen tener una gran dificultad a la hora de reconocer que hay una diferencia entre entender y simpatizar. De algún modo creemos que un intento por informarnos a nosotros mismos acerca de lo que conduce al mal es al mismo tiempo un intento por disculparlo. Creo que la verdad es justamente la opuesta, y que cuando se trata de enfrentar el mal, la ignorancia es el peor enemigo. 

Kathleen Norris, "Native evil"


La escritura de este libro me ha ayudado a entender que la religión es una clase de tecnología. Su habilidad para tranquilizar y explicar es terriblemente seductora, pero también es peligrosa. 

Jessica Stern, Terror in the name of God: Why religious militants kill 



¿Alguna vez ha oído hablar de los yahuuz, una gente que piensa que lo que nosotros llamamos pornografía infantil es simplemente puro y saludable entretenimiento? Fuman marihuana diariamente, hacen de la defecación una ceremonia pública (con competencias hilarantes para ver a quién le toca el ritual de la limpiada), y una vez que uno de sus ancianos alcanza la edad de 80 años, organizan un banquete especial durante el cual esta persona ceremonialmente se quita la vida, y luego los demás se lo comen. ¿Le desagrada? Entonces, ahora sabe cómo se sienten muchos musulmanes respecto de nuestra cultura contemporánea, con su alcohol, sus ropas provocativas y las actitudes de descuido hacia la autoridad familiar. Parte de mi esfuerzo en este libro es lograr que piense y no sólo sienta. En este caso particular, debe advertir que su desagrado, pese a lo fuerte que sea, es sólo un dato, un hecho acerca de usted -un hecho muy importante acerca de usted- pero no un inequívoco signo de verdad moral; es, sencillamente, como el desagrado de los musulmanes respecto de algunas de nuestras prácticas culturales. Debemos respetar a los musulmanes, sentir empatia con ellos, tomar con seriedad su malestar, pero luego debemos proponerles que se unan a nosotros en una discusión respecto de las perspectivas sobre las que diferimos. El precio que debe estar dispuesto a pagar por ello es el de su buena voluntad para considerar con calma el modo de vida de los (¡fantásticos!) yahuuz, y preguntarse-si es que resulta tan claro por qué no puede ser defendido. Si ellos participan de estas tradiciones de todo corazón, sin ninguna aparente coerción, quizá deberíamos decir "que vivan y que nos dejen vivir". 

Y quizá no. Sobre nosotros pesa la responsabilidad de demostrar a los yahuuz que su modo de vida incluye tradiciones de las que deberían avergonzarse y que deberían desterrar. Si nos embarcamos en este ejercicio conscientemente, tal vez descubramos que algo de nuestro desagrado hacia sus maneras es provinciano e injustificado. Ellos podrían enseñarnos algo. Nosotros les enseñaríamos algo. Y aunque quizá nunca podamos cruzar la brecha de diferencias abierta entre nosotros, no deberíamos asumirla de antemano, que es la posibilidad más pesimista. 

Mientras tanto, el modo de prepararnos para esta utópica conversación global es estudiando, con la mayor compasión y poca pasión, tanto sus costumbres como las nuestras. Consideremos la valiente declaración de Raja Shehadeh, cuando escribe acerca de la difícil situación de la Palestina moderna: "La mayor parte de tu energía se emplea en establecer sensores para detectar la percepción pública de tus acciones, ya que tu supervivencia depende de que permanezcas en buenos términos con tu sociedad". Cuando podamos compartir observaciones similares acerca de los problemas en nuestra sociedad estaremos en un buen camino hacia el entendimiento mutuo. Si Shehadeh está en lo cierto, la sociedad palestina está plagada de un virulento caso del meme "castiga a aquellos que no castigarán", para el que existen modelos (empezando por el de Boyd y Richerson, 1992) que predicen otras propiedades que deberíamos buscar. Es posible que esta característica particular logre frustrar proyectos bien intencionados que podrían funcionar en sociedades que carecieran de ella. En particular, no debemos suponer que las políticas que son benignas en nuestra propia cultura no serán malignas para otras culturas. Como dice Jessica Stern (2003: 283): 

He terminado por considerar al terrorismo como una clase de virus, que se dispersa como resultado de la existencia de factores de riesgo en varios niveles: global, interestatal, nacional y personal. Pero es difícil identificar con precisión estos factores. Las mismas variables (políticas, religiosas, sociales, y todas las anteriores) que parecen ser la causa de que una persona se vuelva terrorista en otro caso pueden ser la causa de que alguien se vuelva un santo. 

Mientras la tecnología haga cada vez más difícil que los líderes protejan a sus pueblos de la información externa, y mientras las realidades económicas del siglo XXI hagan cada vez más claro que la educación es la inversión más importante que cualquier padre puede hacer en un hijo, las esclusas se abrirán en todo el mundo y traerán efectos tumultuosos. Todos los despojos de la cultura popular, y toda la basura y la mugre que se acumula en las esquinas de una sociedad libre, inundarán estas regiones relativamente prístinas junto con los tesoros de la educación moderna, la igualdad de los derechos de la mujer, una mejor atención médica, derechos para los trabajadores, ideales democráticos y una apertura hacia las otras culturas. Como muy claramente nos lo muestra la experiencia de la ex Unión Soviética, las peores características del capitalismo y de la tecnología de avanzada se encuentran entre los más robustos replicadores de esta explosión poblacional de memes, y habrá suficiente fundamento para que aparezcan la xenofobia, el ludismo y los intentos de "higiene" del fundamentalismo retrógrado. Al mismo tiempo, no deberíamos apresurarnos en ser apologéticos en lo que respecta a la cultura popular norteamericana. Ésta tiene sus excesos, pero en muchas ocasiones no son los excesos los que ofenden, sino la tolerancia hacia ellos y su espíritu igualitario. El odio hacia esta potente exportación norteamericana a menudo está conducido por el racismo -debido a la fuerte presencia afroamericana en la cultura popular norteamericana- y el sexismo -dado el estatuto de las mujeres que celebramos y nuestro trato (relativamente) benigno de la homosexualidad- (véase, por ejemplo, Stern, 2003: 99). 

Como lo muestra Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, fueron los gérmenes europeos los que en el siglo XVI llevaron a las poblaciones del hemisferio occidental al borde de la extinción, debido a que sus habitantes no habían tenido una historia que les permitiera desarrollar defensas contra ellos. En este siglo, serán nuestros memes, tanto los tónicos como los tóxicos, los que causen estragos en un mundo que no está preparado para resistirlos. Nuestra capacidad para tolerar los excesos tóxicos de libertad no puede ser asumida por los otros, ni puede ser simplemente exportada como un artículo más de consumo. La prácticamente ilimitada capacidad de educación de cualquier ser humano nos da esperanzas de éxito, pero diseñar e implementar las vacunas culturales necesarias para prevenir el desastre, mientras se respetan los derechos de aquellos que necesitan la vacuna, será una tarea urgente y sumamente compleja, que requerirá no sólo de una ciencia social mucho mejor, sino también de sensibilidad, imaginación y coraje. Expandir el campo de la salud pública para incluir la salud cultural será el reto más grande del próximo siglo.

Jessica Stern (2003: xxx), intrépida pionera en esta tarea, señala que observaciones individuales como la suya son sólo el principio: 

Un estudio estadístico riguroso y sin sesgos de las raíces que causan el terrorismo a nivel de los individuos requeriría identificar controles: una juventud expuesta al mismo entorno, que sintiera la misma humillación, los mismos abusos a los derechos humanos y las respectivas privaciones, pero que en su lugar escogiera medios no violentos para expresar sus quejas, o que escogiera no expresarlas en absoluto. Un equipo de investigadores que incluyera psiquiatras, médicos y una variedad de científicos sociales desarrollarían un cuestionario y una lista de exámenes médicos que habrían de ser administrados a una muestra aleatoria de operarios y a sus familias.

En el capítulo 10 argüí que no es necesario que los investigadores sean creyentes para poder entender, y ojalá tengamos la esperanza de que esté en lo cierto, pues queremos que durante el proceso nuestros investigadores entiendan el terrorismo islámico desde adentro hacia afuera sin tener que convertirse en musulmanes -ni ciertamente en terroristas-. Pero tampoco podremos entender el terrorismo islámico a menos que podamos ver en qué se asemeja y de qué maneras se diferencia de otras clases de terrorismo, incluidos el terrorismo hindú y el cristiano, el ecoterrorismo y el terrorismo antiglobalización, para redondear nombrando a los sospechosos de siempre. Y no vamos a entender el terrorismo islámico, ni el hindú, ni el cristiano, si no entendemos las dinámicas de las transiciones que condujeron a una secta benigna a convertirse en un culto, y luego en la clase de fenómeno desastroso que presenciamos en Jonestown, Guyana, en Waco, Texas, y en el culto Aum Shinrikyo en el Japón. 

Una de las hipótesis más tentadoras es que estas mutaciones particularmente tóxicas tienden a generarse cuando los líderes carismáticos calculan equivocadamente sus tentativas como ingenieros meméticos, liberando, como el aprendiz del brujo, adaptaciones que más tarde son incapaces de controlar. De algún modo ellos se desesperan, y continúan reinventando los mismos malos mecanismos que han de llevarlos a cuestas de sus propios excesos. El antropólogo Harvey Whitehouse (1995) ofrece una explicación de la debacle que tomó por sorpresa a los líderes del Pomio Kivung, la nueva religión de Papua y Nueva Guinea mencionada al comienzo del capítulo 4, que (me) sugiere que algo parecido a la selección sexual desbocada asumió el poder. Los líderes respondieron a la presión de su gente -¡demuéstranos que lo dices en serio!- con versiones exageradamente infladas de las demandas y las promesas que los llevaron al poder, y que luego los condujo inevitablemente a la quiebra. Esto nos recuerda los acelerados arranques de creatividad que tienen los mentirosos patológicos cuando presienten que su desenmascaramiento es inminente. Una vez que ha convencido a las personas de que asesinen a todos los cerdos anticipándose al gran Período de las Compañías, ya no puede ir sino hacia abajo. O hacia afuera: ¡Son ellos, los infieles, la causa de toda nuestra miseria! 

Hay tantas complejidades y tantas variables; ¿será que podemos tener la esperanza de que algún día lograremos formular predicciones sobre las que podamos actuar? De hecho sí, sí podemos. He aquí una, precisamente: en cada lugar donde ha florecido el terrorismo, casi todos aquellos a quienes ha atraído son hombres jóvenes que han aprendido lo suficiente respecto del mundo como para darse cuenta de que, de otro modo, sus futuros parecen desolados y aburridos (como los futuros de aquellos que fueron presa de Marjoe Gortner): 

Lo que parece ser más llamativo acerca de los grupos religiosos militantes -cualquiera sea la combinación de razones que un individuo pueda aducir para unírseles- es el modo en que logran simplificar la vida. El bien y el mal salen a luz con absoluto alivio. La vida se transforma a través de la acción. El martirio -acto supremo de heroísmo y de idolatría- proporciona el escape final a los dilemas de la vida, especialmente para los individuos que se sienten profundamente alienados y confundidos, humillados o desesperados (Stern, 2003: 5-6). 

¿Dónde encontraremos una sobreabundancia de jóvenes como éstos en el futuro cercano? En muchos países, pero especialmente en China, donde las leyes draconianas que establecen que sólo se puede tener un hijo por familia -que han frenado espectacularmente la explosión poblacional (y han convertido a China en una floreciente potencia económica de perturbadora magnitud)-, han tenido el efecto secundario de crear un desequilibrio enorme entre niños y niñas. Como todo el mundo quería tener un niño (un anticuado meme que evolucionó para prosperar en un ambiente económico anterior), las niñas han sido abortadas (o asesinadas al nacer) en número creciente, de modo que en ningún lado va a haber suficientes esposas para todos. ¿Qué van a hacer todos estos jóvenes consigo mismos? Aún tenemos unos cuantos años para encontrar canales benignos hacia los cuales puedan dirigirse sus energías cargadas de hormonas. 



En Romper el hechizo. La religión como un fenómeno natural 
Traducido por Felipe De Brigard
New York, 2006 - Buenos Aires, 2007
Foto: David Orban