15 ago. 2011

Arthur Rimbaud - Atardecer histórico



En un atardecer cualquiera, por ejemplo, en que se halle el turista ingenuo, retirado de nuestros horrores económicos, la mano de un maestro anima el clavicordio de los prados; jugamos a las cartas en el fondo del estanque, espejo evocador de las reinas y de las favoritas, están a nuestra disposición las santas, los velos y los hilos de armonía, y los cromatismos legendarios, allá por el crepúsculo.

Se estremece al paso de las cacerías y de las horas. La comedia gotea sobre los tablados de césped. ¡Y el apuro de los pobres y de los débiles en lo alto de esos planos estúpidos!

Esclavo de su visión, — Alemania se levanta andamios en dirección a ciertas lunas; los desiertos tártaros se iluminan — las revueltas antiguas hormiguean en el centro del Imperio Celeste, junto a las escaleras y los sillones de reyes — un pequeño mundo descolorido y plano, África y Occidentes, va a edificarse.

Tras un ballet de mares y de noches conocidas una química sin valor, y melodías imposibles.

¡La misma magia burguesa en todos los puntos donde el correo nos deposite! El más elemental de los físicos sabe que ya no es posible someterse a esta atmósfera personal, bruma de remordimientos físicos, cuya mera comprobación es una aflicción.

¡No! — Es el momento de los baños de vapor, de los mares levantados, de los abrasamientos subterráneos, del planeta arrebatado, y de los exterminios consiguientes, certidumbres tan poco maliciosamente indicadas en la Biblia y por las Normas y que a la persona seria le será dado vigilar. — Sin embargo no será en absoluto un efecto de leyenda.



En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura