25 jul. 2011

Stephen Jay Gould - El niño como verdadero padre del hombre








La búsqueda de Ponce de León de la fuente de la juventud continúa en las villas de retiro del estado soleado que descubrió. Los alquimistas chinos buscaron en otros tiempos la droga de la inmortalidad aliando la incorruptibilidad de la carne con la permanencia del oro. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a realizar el pacto con el demonio de Fausto a cambio de una vida eterna?

Pero nuestra literatura registra también los problemas potenciales de la inmortalidad. Wordsworth, en su famosa oda, argumentaba que la visión en la infancia del “esplendor de la hierba, de la gloria de la flor” jamás puede ser recuperada, aunque nos aconsejaba: “no os aflijáis, por el contrario, sacad fuerzas de lo que queda atrás”. Aldous Huxley dedicó en una ocasión una novela After Many a Summer dies The Swan a ilustrar la equívoca bendición de la eternidad. Con la consumada arrogancia que tan sólo un millonario americano puede exhibir, Jo Stoyte se embarca en la aventura de comprar su inmortalidad. El científico contratado por Stoyte, el doctor Obispo, descubre que el quinto conde de Gonister ha conseguido prolongar su vida hasta bien entrados los doscientos años de edad por medio de la ingestión diaria de tripas de carpa. Se apresuran hacia Inglaterra, entran a saco en la bien guardada residencia del conde y descubren -con gran horror por parte de Stoyte y profundo regocijo por parte de Obispo- que el conde y su amante se han transformado en monos. La horrible verdad de nuestro origen sale a la luz: evolucionamos reteniendo las características juveniles de nuestros antecesores, un proceso denominado neotenia (literalmente, “mantenimiento de la juventud”).

"Un simio fetal que ha dispuesto de tiempo para crecer”, consiguió decir finalmente el doctor Obispo: “¡Es demasiado gracioso!” Una vez más se vio dominado por la risa… El señor Stoyte le aferró por un hombro sacudiéndole violentamente… “¿Qué les ha ocurrido?” “No es más que el tiempo”, dijo desenfadadamente el doctor Obispo… El antropoide fetal consiguió llegar a su madurez… Sin moverse de donde estaba sentado, el quinto conde orinó en el suelo.

Aldous Huxley tomó el tema de la “teoría de la fetalización” propuesta en los años veinte por el anatomista holandés Louis Bolk (la que probablemente le fuera transmitida por su hermano Julián, quien había estado haciendo importantes investigaciones acerca del retraso de la metamorfosis en los anfibios). Bolk basaba su idea en la impresionante lista de características que compartimos con las etapas juveniles, pero no las adultas de otros primates o de los mamíferos en general. La lista incluye, entre más de veinte importantes caracteres:

1 Nuestro cráneo redondeado y bulboso ,alojamiento de nuestro cerebro, de mayor tamaño. Los simios y monos embrionarios poseen un cráneo similar, pero el cerebro crece con tal lentitud en comparación con el resto del cuerpo que la bóveda craneana se vuelve más baja y relativamente más pequeña en los adultos. Probablemente, nuestro propio cerebro lograra su gran tamaño por medio de la retención de las rápidas tasas fetales de crecimiento.

2 Nuestro rostro “juvenil” ,perfil recto, mandíbulas y dientes pequeños, arcos ciliares débiles. Las mandíbulas igualmente pequeñas de los simios jóvenes crecen relativamente más deprisa que el resto del cráneo, formando en los adultos un hocico pronunciado.

3 Posición del foramen magnum -el agujero de la base de nuestro cráneo del que emerge la médula espinal. Al igual que en los embriones de la mayor parte de los mamíferos, nuestro foramen magnum yace en la parte inferior de nuestro cráneo, apuntando hacia abajo. Nuestro cráneo va montado sobre la parte superior de la espina dorsal, y miramos hacia adelante cuando estamos erguidos. En otros mamíferos, esta localización embrionaria cambia al moverse el foramen a una posición en el cráneo orientada hacia atrás. Esto resulta adecuado para la vida cuadrúpeda ya que la cabeza queda montada delante de las vértebras y los ojos se dirigen hacia adelante. Los tres rasgos morfológicos más frecuentemente citados como marcas de humanidad son nuestro gran cerebro, nuestras pequeñas mandíbulas y nuestra posición erguida. La retención de rasgos juveniles puede haber jugado un importante papel en la evolución de todos ellos.

4 Cierre tardío de las suturas del cráneo y otras señales de calcificación retrasada del esqueleto. Los bebés tienen un “punto blando” de grandes dimensiones, y las suturas existentes entre los huesos de nuestro cráneo no se cierran totalmente hasta bien avanzado el estado adulto. Así, nuestro cerebro puede continuar con su pronunciada expansión postnatal. (En la mayor parte de los demás mamíferos, el cerebro está prácticamente completo en el momento del nacimiento y el cráneo totalmente osificado.) Uno de los principales anatomistas de primates ha comentado: “Aunque el hombre se desarrolla in utero hasta un tamaño mayor que el de cualquier otro primate, su maduración esquelética ha progresado menos en el momento del nacimiento que cualquier mono o simio del que tengamos información relevante.” Tan sólo en los humanos los extremos de los huesos largos y de los dígitos siguen siendo totalmente cartilaginosos a la hora del nacimiento.

5 Dirección ventral del canal vaginal en las mujeres. Copulamos con mayor comodidad cara a cara porque estamos construidos así. El canal vaginal también apunta hacia adelante en los embriones de mamíferos, pero gira hacia atrás en los adultos, y los machos montan por detrás.

6 Nuestro fuerte dedo gordo del pie no rotado y no oponible. El pulgar del pie de la mayor parte de los primates se origina, como el nuestro, en conjunción con sus vecinos, pero gira hacia un costado y se hace oponible a los demás dedos para poder agarrar eficientemente. Al retener un rasgo juvenil que nos dota de un pie más fuerte para caminar, nuestra postura erguida se ve respaldada.

La lista de Bolk resultaba impresionante (esto es tan sólo una pequeña parte de la misma), pero la ligó a una teoría que condenó sus observaciones al olvido y proporcionó a Aldous Huxley su metáfora anti-Fausto. Bolk propuso que habíamos evolucionado por medio de una alteración de nuestro equilibrio hormonal que había retrasado nuestro desarrollo en su totalidad. Escribió:

Si quisiera expresar el principio básico de mis ideas por medio de una frase un tanto fuerte, diría que el hombre, en lo que a su desarrollo corporal se refiere, es un feto de primate que ha alcanzado la madurez sexual.

O, por citar de nuevo a Aldous Huxley:

Existe una especie de equilibrio glandular… Entonces llega una mutación y lo echa abajo. Se obtiene un nuevo equilibrio que, casualmente, retarda la tasa de desarrollo. Se crece; pero tan lentamente que está uno muerto antes de dejar de parecerse al feto de su tataratatarabuelo.

Bolk no rehuyó la implicación obvia. Si debemos nuestros rasgos distintivos a un freno hormonal del desarrollo, entonces ese freno podría fácilmente soltarse: “Notarán ustedes”, escribe Bolk, “que una serie de lo que podríamos llamar rasgos pitecoides se alojan en nosotros en estado latente, a la espera tan sólo de que fallen las fuerzas retardadoras para entrar en actividad de nuevo”.

¡Qué delicada posición para los reyes de la creación! Un simio con su desarrollo frenado en posesión de la chispa de la divinidad gracias tan sólo a un freno químico impuesto sobre su desarrollo glandular.

El mecanismo de Bolk no llegó nunca a obtener excesivo apoyo, pero empezó a resultar cada vez más absurdo al irse estableciendo la teoría darwiniana moderna en el transcurso de los años treinta. ¿Cómo iba a poder un simple cambio hormonal producir una respuesta morfológica tan complicada? No todos nuestros rasgos están retrasados (por ejemplo las piernas largas), y aquellos que lo están exhiben grados variables de atraso. Los órganos evolucionan por separado en respuesta a requerimientos adaptativos diferentes, un concepto que denominamos evolución en mosaico. Desafortunadamente, las excelentes observaciones de Bolk quedaron enterradas bajo el bombardeo de críticas justificadas contra su imaginativo mecanismo. La teoría de la neotenia humana suele quedar hoy en día relegada a uno o dos párrafos en los libros de texto sobre antropología. No obstante, es en mi opinión fundamentalmente correcta; un tema esencial, si no dominante en la evolución humana. Pero, ¿cómo podemos rescatar las insinuaciones de Bolk del seno de su teoría?

Si hemos de basar nuestra argumentación en la lista de rasgos neoténicos, estamos perdidos. El concepto de evolución en mosaico dicta que los órganos evolucionarán de formas distintas para hacer frente a diferentes presiones selectivas. Los seguidores de la neotenia hacen una lista de sus rasgos, los oponentes hacen la suya y rápidamente se llega a una situación de tablas. ¿Quién puede decir qué rasgos son “más fundamentales”? Por ejemplo, recientemente un defensor de la neotenia ha escrito: “La mayor parte de los animales muestran un retardo en algunos rasgos, aceleración en otros… Haciendo balance, opino que en el hombre, por comparación con los demás primates, el retardamiento resulta mucho más importante que la aceleración.” Pero un detractor proclama: “Los rasgos neoténicos… son consecuencias secundarias de los rasgos clave no neoténicos.” La validación de la neotenia como idea fundamental requiere algo más que una lista impresionante de caracteres retardados; debe ser justificada como un resultado esperado de procesos que actúan en la evolución humana.


La idea de la neotenia obtuvo su popularidad inicial como forma de oponerse a la teoría de la recapitulación, una idea dominante en la biología de finales del siglo XIX. La teoría de la recapitulación proclamaba que los animales repiten los estados adultos de sus antecesores en el transcurso de su propio crecimiento embrionario y postnatal, la ontogenia recapitula la filogenia, por recordar la mística frase que todos tuvimos ocasión de aprender en la biología de la escuela superior. (Los recapitulacionistas argumentaban que nuestras hendiduras branquiales embrionarias representaban al pez adulto del que descendemos.) Si la recapitulación fuera una verdad general -cosa que no es- entonces los rasgos tendrían que verse acelerados en el transcurso de la historia evolutiva, ya que los rasgos adultos de los antecesores tan sólo pueden convertirse en las etapas juveniles de sus descendientes si su desarrollo se ve acelerado. Pero los rasgos neoténicos están retardados, dado que los rasgos juveniles de los antecesores se ven retardados para que aparezcan en las etapas adultas de sus descendientes. Así pues, existe una correspondencia general entre el desarrollo acelerado y la recapitulación por una parte y el desarrollo retardado y la neotenia por la otra. Si conseguimos demostrar un retraso general del desarrollo en la evolución humana, entonces la neotenia en los rasgos claves se convierte en algo esperado, no en una simple tabulación empírica.

No creo que pueda negarse al retardamiento su papel como suceso básico de la evolución humana. En primer lugar, los primates en general están retardados con respecto a la mayor parte de los demás mamíferos. Viven más tiempo y maduran más lentamente que otros mamíferos de un tamaño equivalente. La tendencia sigue siendo patente a todo lo largo de la evolución de los primates. Los simios son en general más grandes, maduran más lentamente y viven más tiempo que los monos y los prosimios. La duración y el ritmo de nuestras vidas se han ralentizado aún más espectacularmente. Nuestro período de gestación es sólo ligeramente más largo que el de los simios, pero nuestros bebés nacen con mucho más peso -presumiblemente porque nosotros retenemos nuestra rápida tasa de crecimiento fetal. Ya he comentado el retraso en la osificación de nuestros huesos. Los dientes tardan más en salirnos, maduramos más lentamente y vivimos más tiempo. Muchos de nuestros órganos siguen creciendo largo tiempo después de que el crecimiento de órganos comparables se haya detenido en otros primates. Al nacer, el cerebro de un mono Rhesus tiene el 65 % de su tamaño final, el chimpancé tiene un cerebro que es el 40,5% de su tamaño definitivo, pero en nuestro caso, tan sólo alcanzamos el 23%. Los chimpancés y los gorilas llegan al 70% del tamaño final del cerebro a principios de su primer año de vida; nosotros no alcanzamos  este valor hasta principios de nuestro tercer año. W. M. Crogman, nuestro principal experto en crecimiento infantil ha escrito: “El hombre ostenta de modo absoluto el más extenso período de primera infancia, niñez y juventud de todas las formas de vida, es decir, es un animal neoténico o de largo crecimiento. Casi un treinta por ciento de su vida está dedicada al crecimiento.”

Este retardamiento de nuestro desarrollo no nos garantiza que vayamos a conservar proporciones juveniles como adultos. Pero dado que la neotenia y el desarrollo retardado suelen estar ligados, el retardo sí nos ofrece un mecanismo para una retención fácil de cualquier rasgo juvenil adecuado al estilo de vida adulta de la descendencia. De hecho, los rasgos juveniles son un almacén de adaptaciones potenciales para los descendientes y pueden ser fácilmente utilizados si el desarrollo se ve fuertemente retardado en el tiempo (por ejemplo el pulgar no oponible del pie y la cara pequeña de los primates fetales, como discutíamos anteriormente). En nuestro caso, la “disponibilidad” de rasgos juveniles marcó claramente el sendero hacia muchas de nuestras adaptaciones distintivas.

¿Pero cuál es el significado adaptativo del desarrollo retardado en sí? La respuesta a esta pregunta probablemente se encuentre en nuestra evolución social. Somos preeminentemente un animal que aprende. No somos particularmente fuertes, rápidos, ni estamos especialmente bien diseñados; no nos reproducimos con rapidez. Nuestra ventaja radica en nuestro cerebro y en su notable capacidad para aprender de la experiencia. Para dar más relieve a nuestro aprendizaje, hemos alargado nuestra infancia retrasando la maduración sexual con su añoranza adolescente de la independencia. Nuestros niños se ven atados durante periodos más largos a sus padres, incrementando así la duración de su aprendizaje y fortaleciendo simultáneamente los lazos familiares.

Este argumento es viejo, pero soporta bien la edad. John Locke (1689) alababa nuestra larga infancia por su capacidad para mantener a los padres unidos: “Por lo cual no puede uno sino admirar la sabiduría del Gran Creador que… ha hecho necesario que la sociedad de hombre y esposa resulte más duradera que la del macho y la hembra entre las demás criaturas, para que así su laboriosidad pueda verse respaldada y sus intereses mejor unidos para proveer y guardar bienes para sus descendientes.” Pero Alexander Kope (1735) lo dijo aún mejor, y encima en heroicos versos:

La bestia y el ave atienden su carga común 
Las madres la crían, y los señores la defienden
Los jóvenes son despedidos para que recorran la tierra y los aires 
Ahí acaba el instinto, y ahí acaban las preocupaciones.
La indefensa familia del hombre exige más largos cuidados, 
Esos largos cuidados configuran ataduras más duraderas.


En Desde Darwin, reflexiones sobre Historia Natural