18 jul. 2011

Silvina Ocampo - La Divina





La llamaban la Divina. Tenía las cejas negras e hirsutas, tan gruesas y prominentes que el resto de la cara pasaba inadvertido. Se hubiera dicto que no tenía nariz, ni boca, ni mejillas, ni dientes (que eran bastante feos), ni pelo, ni ojos: tenía solamente cejas. Algunas personas decían que en la oscuridad cada uno de los pelos, que parecían de bicho quemador, era luminoso como los ojos de los gatos, pero nunca pude averiguar si esto sucedía realmente o si era una ilusión de quienes la admiraban.

Fui a consultarla porque me debatía en un amor sin esperanza. Irma Riensi vivía en la calle Lima al 2000, en una casa oscura y húmeda, llena de ramilletes de flores teñidas, de estatuitas de porcelana y de abanicos. En el pasillo, un piano me reflejó tristemente. Yo llevaba una carta de presentación de mi prima Lucía; la adivina, como tenía en ese momento mucha clientela en su cuarto y quería atenderme bien, me hizo pasar al baño, a esperarla. Después me atendió en el mismo cuarto de baño, según me dijo, para que nadie nos molestara. Me arrimó una silla, que trajo del dormitorio, y ella se sentó en el borde de la bañera. En una palangana llena de espuma nadaban globos de género rosado y de un grifo colgaba un corpiño negro. De la ducha caían gotas que resonaban con extraño sonido. Su olor a dentífrico me hizo pensar que olía a algo peor.

Leyó mis manos hábilmente, pues lo que ella no adivinaba me lo hacía decir a mí. Al fin exclamó, moviendo las cejas:

—La veo asociada al agua.

—¿Qué quiere decir eso?. ¿Es malo o bueno?.

—Un viaje, veo un viaje. El barco no naufraga, pero a usted algo le pasa. Una aventura.

—¿Algo inesperado?. ¿Me enamoraré?. —insistí para que me explicara más claramente lo que veía—; se negó a hacerlo.

—Hay signos confusos —me dijo—. Y hoy estoy cansada para descifrarlos.

Me enojé con ella. Suspiró y, para conmoverme, me contó su vida. Desde niña la ponían en penitencia por culpa de su maldita vocación.

—¿Qué me pasará hoy, Irma? —le preguntaba una hermana mayor—.

—Te plantará tu novio.

Penitencia por la respuesta.

—¿Qué me pasará hoy, Irma? —preguntaba la madre—.

—Papá te mandará a freír papas a otra parte.

Penitencia por la respuesta.

Si llegaba de visita alguna amiga de su madre, también le preguntaba a la pobre:

—¿Qué me va a suceder, Irma?.

Una vez, a una amiga de su madre, que era muy coqueta, le contestó:

—Se va a quedar calva y la crema para las arrugas le va a traer eccema.

Su madre la dejó sin postre ese día, pero la calvicie pronosticada llegó inexorablemente y el eccema también, por lo que dejaron de ponerla en penitencia y aun llegaron a respetarla un poco.

A los veinte años abrió un consultorio; la clientela acudía de todas partes. Como provisionalmente se había instalado en los fondos de un almacén, estaba bastante protegida de la persecución policial. Su cuarto era una suerte de depósito lleno de latas de aceite y de bolsas de yerba; nadie sospechaba que allí se ocultaba el consultorio de una adivina. Irma se enriqueció rápidamente. Cuando cumplió treinta años, compró con las economías un tapado de zorrino, luego un televisor, un terreno en Burzaco, una casita en La Lucila, un automóvil y finalmente pudo hacer un viaje a su tierra natal, a Italia. Su dicha no tenía límites. Emprendió, después de seis meses, el viaje de regreso, en barco, se entiende, porque detestaba los aviones. Sin embargo, en cuanto pagó el pasaje tuvo una premonición. Después de salir de la agencia de turismo entró en un cinematógrafo sin mirar la cartelera: daban El hundimiento del Titanic. La película le pareció de mal augurio (nunca lloraba; lloró), pero ya era tarde para devolver el pasaje. Una semana después se embarcó. La vida de a bordo le agradaba; había una piscina, donde nadaba todos los días, y gente muy simpática. Sin sospechar que era adivina, un grupo animado de jóvenes estaba continuamente con ella, porque jugaba bien al ping—pong y a las barajas; por fin un día, alguien que la conocía de nombre propagó el secreto de su profesión y ella se vio obligada a leerles a ocho personas, en una tarde, las líneas de la mano. La cosa comenzó a las tres de la tarde y terminó a medianoche. En la primera mano que le tendieron, vio el signo alarmante que descubrió en todas las otras; una misma tragedia reuniría a esa gente tan diversa. A todos dijo lo que leía en sus manos, pero no les dijo cuál era la tragedia, porque no lo supo, en el primer momento. El barco que se mecía suavemente durante toda la travesía, a medianoche empezó a moverse demasiado; pero a esa hora todo era un pretexto para inventar juegos y el grupo que la rodeaba se puso a patinar en la cubierta, sin respetar el sueño de los otros pasajeros. Nadie quería acostarse. Cuando por fin Irma se retiró a su camarote, leyó por primera vez las líneas de su propia mano y descubrió, atenuado, el mismo signo que había visto en las manos ajenas. Comprendió oscuramente qué iba a suceder. Había que esperar y callar, para no sembrar el pánico. Recordó el hundimiento del Titanic. Pasó días ansiosos hasta que volvió a ser feliz, por el mero hecho de estar embarcada.

Todas las noches, en el barco, pasaban films en la sala de música. Irma no perdía una función. Una noche anunciaron en el menú, en letras rojas, El hundimiento del Titanic. Mucha gente comentó que ese no era un film para ofrecer a los pasajeros de un barco. Hacían falta temas alegres, de aventuras o de amor, y no dar la idea del peligro, que pone una nota triste en el ánimo de los viajeros. A Irma se le apretó el corazón, pero quiso ver de nuevo el film, que había visto antes de embarcarse. Ahora llegó a distraerse hasta el punto de olvidar que estaba ya embarcada. En el momento en que aparece el hermoso caballo de madera, de la sala de juguetes del Titanic, sintió que el barco daba un tumbo, que la alarmó un poco; pero siguió mirando, porque las imágenes la fascinaban. Cuando la vajilla del comedor del Titanic se amontona en un estruendoso caos y el agua entra por todos los resquicios, crujió el barco y otro tumbo brusco lo ladeó. Algunas sillas cayeron. Creyó, en su ilusión, que estaba en el barco de la película y que habían chocado contra un témpano. Fue como un relámpago. Del hundimiento del Titanic, pasó al real hundimiento del barco, sin saber cómo se había operado el cambio. Después (en un después que no recordaba con precisión, pues parecía parte de un sueño), perdió el conocimiento junto a los botes de salvataje y alguien la recogió por uno de esos milagros que revelan, según dijo, la existencia de Dios.

Cuentos completos, volúmen II