26 jul. 2011

Franz Kafka - En la sinagoga





1 de octubre. Ayer, sinagoga de Alt-Neu. Kol Nidre. Murmullos; apagados, como de gente en la Bolsa. En el vestíbulo, una cajita con esta leyenda: «Una callada donación aplaca toda indignación.» Interior propio de una iglesia. Tres devotos judíos, al parecer orientales. En calcetines. Inclinados sobre el libro de rezos, con el manto de las plegarias sobre la cabeza, se han encogido todo lo posible. Dos lloran, ¿conmovidos simplemente por el día de fiesta? Uno de ellos quizá tiene únicamente los ojos doloridos, sobre los que aplica fugazmente el pañuelo, todavía doblado, para volver en seguida a inclinar el rostro sobre el texto. Las palabras no son propiamente ni principalmente cantadas, pero tras las palabras vienen unos arabescos formados con una prolongación, fina como un cabello, de esas mismas palabras. El niño que, sin la menor idea del conjunto y sin posibilidades de orientación, con el rumor en los oídos, se abre paso entre la gente aglomerada, dando y recibiendo empellones. El tipo con aspecto de dependiente de comercio, que reza con rápidas sacudidas, lo que debe interpretarse como un intento de dar a cada palabra el énfasis máximo, aunque tal vez incomprensible, protegiendo así su voz; la cual, de todos modos, no conseguiría una acentuación clara en medio de este ruido. La familia del propietario del burdel. En la sinagoga de Pinkas fui conmovido de un modo incomparablemente más intenso por el judaismo.


En Diarios (1910-1913)
Traducción de Feliu Formosa
Imagen: © Bettmann/CORBIS