23 jun. 2011

Salman Rushdie - El suelo bajo sus pies (fragmento)






Durante algún tiempo me convertí en fotógrafo de salidas. No es fácil hacer fotografías en los funerales de extraños. La gente se molesta. Sin embargo, me interesaba que las prácticas funerarias indias tratasen tan abierta, tan directamente, el aspecto físico del cadáver. El cuerpo sobre la pira o sobre la “dokhma”, o en su sudario musulmán apretadamente cosido. Los cristianos eran la única comunidad que escondía sus cuerpos en cajas. No sabía qué significaba eso, pero sabía qué parecía. Los ataúdes prohibían la intimidad. En mis fotografías robadas ―porque el fotógrafo debe ser un ladrón, debe robar instantes de tiempo a otras gentes para fabricar sus propias eternidades diminutas― era la intimidad lo que buscaba, la proximidad entre vivos y muertos. La secretaria mirando con ojos tristes el cuerpo de su amo vestido de fuego. El hijo de pie ante la tumba abierta, sosteniendo la cabeza amortajada de su padre en el hueco de la mano, y dejándola tiernamente en la tierra profunda.

La madera de sándalo desempeña su perfumado papel en todos esos ritos. Astillas de madera de sándalo en la cerveza musulmana, en el fuego parsi, en la pira hindú. Pero una cámara no puede oler. Prescindiendo de ramilletes de flores, puede meter las narices tanto como le dejen, puede entrometerse. A menudo tenía que girar sobre mis talones y escapar, perseguido por insultos y piedras. ¡Criminal! ¡Asesino!, me gritaban los afligidos parientes, como si fuera responsable de la muerte que lloraban. Y había algo de cierto en los insultos. Un fotógrafo dispara. Como un pistolero de pie junto a una puertecita del jardín de un primer ministro, como un asesino en un pasillo de hotel, tiene que lograr un disparo limpio, debe tratar de no fallar. Tiene un objetivo y tiene una rejilla en su ocular. Quiere luz de sus temas, capta su luz y su oscuridad también, lo que quiere decir sus vidas. Sin embargo, yo pensaba también en aquellas fotos, aquellas imágenes prohibidas, como muestras de respeto. El respeto de la cámara no tiene nada que ver con la seriedad, la mojigatería, la intimidad o incluso el gusto. Tiene que ver con la atención. Tiene que ver con la claridad: de lo real, de lo imaginado. Y está también la cuestión de la honradez, virtud que todo el mundo ensalza y recomienda rutinariamente, hasta que se dirige, con toda su fuerza no amortiguada, contra ellos mismos.

La honradez no es la mejor política en la vida. Sólo, quizás, en el arte.

Las muertes no son las únicas salidas, naturalmente, y en mi nuevo papel de fotógrafo de salidas traté de documentar partidas más cotidianas. En el aeropuerto, espiando las penas de las despedidas, buscaba al único miembro de la multitud llorosa que tenía los ojos secos. Fuera de los cines de la ciudad, examinaba los rostros del público que salía de los sueños a la acritud de lo real, con la ilusión todavía en los ojos. Traté de encontrar narrativas, misterios, en el ir y venir por las puertas de los grandes hoteles. Al cabo de algún tiempo, no sabía ya por qué estaba haciendo esas cosas, y fue entonces, creo, cuando mis fotografías comenzaron a mejorar, porque no eran ya de mí mismo. Había aprendido el secreto de hacerme invisible, de desaparecer en mi obra.

La invisibilidad era simplemente extraordinaria. Ahora, cuando iba a buscar partidas, podía dirigirme al borde de una tumba y fotografiar una discusión entre los que querían esparcir flores sobre el cadáver y los que aducían que la religión no permitía tales complacencias… o podía escuchar una pelea familiar en un muelle del puerto, para capturar el momento en que la hija recién casada de padres ancianos, una muchacha que había rehusado un casamiento arreglado y había insistido en un “matrimonio por amor”, dejaba a su desaprobadora madre y subía al vapor que esperaba, agarrándose al desastre de su marido débilmente bigotudo, que sonreía con torpeza, para iniciar una nueva vida con el peso de un remordimiento del que nunca podría deshacerse… O podía acercarme sigilosamente a cualquiera de los momentos secretos que escondemos del mundo, el último beso antes de partir, el último pis antes de empezar, y disparar alegremente. Estaba demasiado excitado por mi poder para ser escrupuloso con su uso. Un fotógrafo inhibido debería dejar la cámara, creo, y no volver a trabajar.



Capítulo 8 - El momento decisivo
Trad.: Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janés Editores, 1999