2 jun. 2011

Rudyard Kipling - La inundación





El Tweed le dice al Till: «¿Por qué corres tan despacio?» Y el Till responde al Tweed: «Tú corres mucho, y yo no me apresuro; sin embargo, por un hombre que tú ahogas, yo ahogo dos.»


Es imposible pasar el río esta noche, Sahib. Dice que ya fue arrastrada una carreta con una yunta de bueyes, y la ekka que partió media hora antes de la llegada del Sahib no alcanza aún la otra orilla. ¿El Sahib tiene prisa? Llevaré al elefante del vado para que el Sahib se convenza. ¡Oye, tú Mahout, sal del cobertizo! Trae a Ram Pershad, y si el animal se atreve a luchar contra la corriente, nada digo. Los elefantes nunca mienten, y Ram Pershad está, por otra parte, separado de su amigo Kala Nag. El elefante desearía mucho ir a la distante ribera. ¡Bien, mi rey! Avanza hasta la mitad del lecho, Mahoutji, y ya nos contarás lo que te diga el río. ¡Excelente, Ram Pershad! Tú eres la perla de los elefantes. Lánzate al agua. Pica, animal, pica en la cabeza. ¿Crees que el aguijón sirve sólo para pincharte la grasa de la espalda, bastardo? ¡Duro! ¡Duro! ¿Qué son para ti las corrientes, oh mi montaña de carne? ¡Adelante, Ram Pershad!

¡No, Sahib! Es inútil. Ya oye el Sahib los trompetazos que da el elefante. Dice a Kala Nag que es imposible pasar. ¿Lo ve el Sahib? Da la vuelta y mueve la cabeza. No es un insensato. Sabe bien lo que hace el río Barhwi cuando está irritado. ¡Vaya! No eres tonto, chiquillo: ¡salaam, Ram Pershad! Llévalo bajo los árboles, mahout, y dale lo mejor de lo mejor. Te has portado brillantemente. Eres la flor y nata de los colmilludos. Dirige un salaam al Sirkar, y a dormir.

¿Qué se debe hacer? El Sahib tiene que aguardar hasta que baje el río. Mañana temprano, si Dios quiere, o a lo sumo pasado mañana, será posible vadear. ¿Por qué se irrita el Sahib? Yo me llamo su más humilde siervo. Juro ante Dios que yo no soy autor de la avenida. ¿Qué puedo hacer? ––pregunto al Sahib––. Poner a su disposición mi cabaña y todo lo que ella tiene. Ya comienza a llover. Entremos. ¿Decrecerán las aguas por mucho que las injurie el Sahib? Los ingleses de antaño no eran así. Yo creo que el coche de fuego los ha afeminado. En mis tiempos, cuando caminaban noche y día en vehículos tirados por animales, no se impacientaban si un río les impedía seguir adelante o si el coche se les hundía en un barrizal. Era la voluntad de Dios. Pero ahora, el coche de fuego corre, corre, corre sin detenerse, aunque todos los diablos se le cuelguen a la cola. El coche de fuego ha sido perjudicial para el carácter de los ingleses. Después de todo, ¿qué significa un día, y qué significan dos días perdidos? Acaso el Sahib va a sus bodas y a ello se debe que se halle dominado por la locura de la precipitación. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ya soy viejo. Veo muy pocas veces un Sahib. Esta es la causa de que haya olvidado el respeto que se les debe. ¡Perdóneme el Sahib! ¿Está de mal humor?.

¡Sus bodas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! El espíritu de un viejo es como el numah. Este árbol tiene a la vez retoños, flores y hojas secas del pasado. Lo antiguo y lo nuevo, hasta lo que pertenece a la región del olvido, ¡todo se halla junto! Tome el Sahib un asiento en la cama, y beba leche. O si el Sahib lo desea, ¿querría beber mi tabaco? Es bueno. Es tabaco de Nuklao. Mi hijo me lo envía de allá, pues allá tiene su morada. Beba el Sahib, si sabe cómo se maneja el tubo. Veo que el Sahib lo toma a la manera de los musulmanes. ¿En dónde aprendió eso? ¡Sus bodas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Dice el Sahib que no hay tales bodas? Pero ¿puede creerse que el Sahib diga la verdad a un hombre de mi casta? No me extraña su precipitación. Llevo treinta años de tañer el gong en este vado, y no había visto en ese tiempo a un Sahib con tanta impaciencia. ¡Treinta años, Sahib! Es un período muy largo. Entonces, el vado estaba en el camino de las bunjaras, y en una sola noche vi pasar dos mil bueyes de carga. Pero ha venido el camino de hierro y el coche de fuego que hace bus-bus-bus se desliza por aquel puente con un centenar de jaulas. Es para maravillar; pero eso no quita que el vado se haya convertido en un sitio muy triste, ahora que las bunjaras ya no acampan a la sombra de los árboles.

No; es inútil que el Sahib vea el cielo. La lluvia seguirá durante toda la noche. ¡Atención! Los maderos arrastrados hablan en la corriente. Ya habrían roto los huesos del Sahib si se hubiera empeñado en cruzar. Voy a cerrar la puerta para que no entre la lluvia. Wahi! Ahi! Ugh! Treinta años en el vado del río. Ya soy viejo. ¿En dónde está el aceite de la lámpara?

Pido perdón al Sahib. Por la edad, tengo el sueño más ligero que el de un perro. He visto que el Sahib se dirigía hacia la puerta. Observe si quiere; escuche también. De orilla a orilla, la corriente tiene medio oos; es fácil verlo con la luz de los astros; la profundidad es, por lo menos, de tres metros. El furor de sus ojos no aminorará el caudal de las aguas, ni éstas se aquietarán a fuerza de juramentos. ¿Apostamos a que es más fuerte la voz del río que la voz del Sahib? Un grito más para que el agua se avergüence. ¡Vamos! Lo mejor es acostarse otra vez y dormir. Yo conozco la cólera de Barhwi, cuando ha llovido al pie de las colinas. En una ocasión, crucé el río a nado. Era una noche diez veces más tempestuosa que ésta, y por el favor de Dios me libré de la muerte cuando ya había tocado en sus umbrales.

¿Puedo referirlo? El episodio es interesante. Voy a llenar la pipa. Era yo joven y acababa de venir al vado. También era vigoroso. Tenía tal conocimiento del río, que las bunjaras no vacilaban cuando yo les decía que el vado estaba franco. Trabajaba toda una noche con el agua hasta los hombros, entre un centenar de bueyes aterrorizados, que yo pasaba sin perder uno solo. Después, transportaba a los hombres, que iban temblando de pies a cabeza. Mi remuneración era el mejor animal de la partida: la res del cencerro. ¡Era yo un hombre a quien se honraba! Hoy cae la lluvia, suben las aguas, y yo me encierro en mi cabaña a gemir como un perro. Ya no tengo fuerzas, y el coche de fuego ha hecho inútil el vado. En aquel tiempo se me llamaba el hombre fuerte del Barhwi.

Vea mi rostro el Sahib. ¿No parece de mono? Y mi brazo es como el de una mujer. Pero yo le juro al Sahib que hubo quien amó éste rostro, y que este brazo tuvo a quien estrechar. Hace veinte años pasó todo eso, Sahib. Digo la verdad: hace veinte años.

Venga el Sahib a la puerta, y vea. ¿No distingue una lucecita muy lejana, como de una candileja? Es la luz del templo, en el santuario de Hanuman, que está en el pueblo de Patira. Al Norte, bajo la estrella grande, se halla el pueblo, oculto por una vuelta que da el río. ¿Hay que nadar un poco para llegar allá, Sahib? ¿Se quitaría el Sahib la ropa y probaría sus fuerzas? Pues yo nadé hasta Patira, no una, sino muchas veces. Y eso que hay también muggers en el río.

El amor no sabe de castas. Si así fuera, ¿cómo podría yo, musulmán e hijo de musulmanes, haberme enamorado de una inda viuda de un indo y hermana del jefe de Patira? Pues así pasó. Los de la familia del jefe fueron en peregrinación a Muttra. Ella estaba ya comprometida, y debía casarse. La carreta tenía adornos de plata, y las mujeres iban ocultas por cortinas de seda. El viento apartó las cortinas, y yo la vi. Cuando volvieron de la peregrinación, el muchacho con quien se casó había muerto, y yo la vi de nuevo en la carreta. ¡Los indos son idiotas, Sahib! ¿Qué me importaba a mí que ella fuera inda, yaina, barrendera o leprosa? Yo me habría casado con ella, y habríamos formado nuestro hogar en el vado. ¿No, por ventura, el séptimo de los Nueve Preceptos reza que a un hombre le está prohibido casarse con una idólatra? Pero ¿es verdad eso? ¿Los shiahs y los sunnis dicen de consuno que al musulmán le está vedado el matrimonio con idólatras? Veo que el Sahib es sacerdote, pues sabe mucho de estas cosas. Pero yo le diré algo que ignora. Para el amor, no hay shiah ni sunni; no hay prohibición ni idolatría. Los Nueve Preceptos son nueve hacecillos de leña que la llama del amor consume rápidamente. Pude habérmela llevado, es verdad; pero el jefe habría mandado hombres que me persiguieran y me rompieran la cabeza a estacazos. Yo no temo, digo, no temía entonces a cinco hombres, aún de los más valientes. Pero ¿quién puede luchar contra medio pueblo?.

En vista de esto, y habiéndome puesto de acuerdo con ella, iba yo por las noches a Patira. Nos dábamos cita en las sementeras, sin que nadie lo sospechase. Vea el Sahib hacia allá. Yo tenía que cruzar el río junto a la maleza del recodo, en donde hoy está el puente del camino de hierro, y de allí atravesaba la península hasta llegar a Patira. En noches de gran oscuridad me guiaba yo por la luz del templo. En la maleza que está junto al río hay muchas serpientes. Son karaitis, que duermen en la arena. Otro peligro era el de los hermanos de ella, que me habrían matado al verme en las sementeras. Pero todos ignoraban nuestras citas; todos, salvo ella y yo. La arena movediza de la ribera cubría mis huellas. En los meses de verano era muy fácil ir del vado a patira, y también era fácil hacerlo después de las primeras lluvias, cuando las avenidas no son muy torrenciales. Yo medía mi fuerza con la fuerza de la corriente. Por las noches comía en mi cabaña y bebía en Patira. Ella me había dicho que la pretendía cierto Hirnam Singh, un bandido que vivía en la aldea, río arriba, pero en la misma orilla. Todos los sikhos son perros, y en su locura han rechazado el don generoso de Dios: el tabaco. Yo habría matado a Hirnam Singh si se hubiera acercado a ella, y mi odio era tanto mayor cuanto que él había proferido una amenaza. Sospechaba que ella tenía un amante, y dijo que se pondría en acecho para descubrirlo y denunciarlo al jefe, a menos que ella huyese con él. ¡Los sikhos son unos canallas!

Sabiendo esto, yo llevaba siempre mi navaja muy afilada, y lo habría pasado mal el que me saliera al paso. No había yo visto en mi vida a Hirnam Singh; pero, por las dudas, habría matado a otro en quien advirtiera el deseo de interponérseme y estorbar mis entrevistas.

Estábamos al principio de la estación lluviosa. Yo me disponía a pasar el río, no obstante el aspecto amenazador que presentaba esa noche. Así es el Barhwi, Sahib. Sube un metro en treinta segundos, y entre el momento de encender una lumbre y el de hacer un chapati, lo he visto pasar de la categoría de arroyuelo a la de hermano del Jumna.

Cuando dejé esta orilla, me dirigí hacia un banco de arena que estaba a quinientos metros y tenía el propósito de tomar allí descanso antes de seguir adelante, comprendiendo que la lucha iba a ser muy brava, pues el río me cogía con ambas manos, tirándome de los talones. Pero ¿qué no hace un enamorado? Las estrellas daban muy poca luz, y a la mitad de la corriente sentí en la boca el cosquilleo del deodar. Esa era señal de grandes aguaceros al pie de las colinas y aún más allá, pues el deodar es un árbol muy robusto y no se desarraiga fácilmente de las laderas. Me apresuré a seguir, ayudado por la corriente; pero antes que pudiera poner el pie en el banco de arena, sentí en mi cuerpo y a mi alrededor algo como la palpitación del río. El islote desapareció y yo me encontré en la cresta de una ola tan ancha como el río. ¿Se ha visto el Sahib llevado por el agua, sin poder hacer uso de sus fuerzas ni de su voluntad? Yo sentí que todo el universo era una sola masa de agua enfurecida, y fui arrebatado como una paja. El hombre es un objeto insignificante en el seno de la corriente. Y yo no podía saber entonces que aquélla era la inundación más extraordinaria, pues todavía se habla de ella como de un acontecimiento memorable. Yo estaba paralizado por el miedo, y me sentí llevado como si fuera un tronco de árbol. Iba tendido de espaldas. A mi alrededor subían los gritos desesperados de animales domésticos y de fieras que la corriente arrastraba en extraña confusión. También oí una voz humana que pedía auxilio. Pero comenzó a desprenderse un aguacero, y ya no percibí en la extensión inmensa de la superficie gris, sino el estruendo de los peñascos dentro del oleaje y el ruido del aguacero sobre mi cabeza. Seguí rodando río abajo, y esforzándome por no perder el aliento. Es duro morir en la juventud. ¿Puede el Sahib ver el puente del camino de hierro? Justamente pasan las luces del correo que va a Peshavar. Calculo que en este momento el puente se hallará a tres metros de la superficie del río. En aquella noche, el agua llegó hasta la reja del puente, y yo di en ella con los pies; pero como había muchas ramas y troncos detenidos, el golpe no me hizo daño. Sentía yo la presión del río, como un hombre débil siente la de un hombre fuerte. Pude afianzarme y subir por una de las cadenas de la superestructura del puente, aunque no sin mucho trabajo. ¡El agua, Sahib, pasaba por encima de la vía y ésta se hallaba a más de veinte centímetros bajo la superficie! Por este dato se podrá apreciar cómo vendría el río. Yo estaba aturdido y casi no veía. Me tendí sobre la reja del puente para tomar aliento.

Pocos minutos después cesó la lluvia, y salieron las estrellas, más brillantes después de la tormenta, que, al parecer, las había limpiado. Vi entonces una extensión ilimitada de agua negra, y que la vía del puente estaba sumergida. Vi también que entre los estribos se habían acumulado grandes troncos y ramas de árboles. A su vez, en éstos se detenían innumerables cuerpos de animales muertos, arrastrados por la corriente. Otros animales que llegaban vivos luchaban para subir a las cadenas. Venían confundidos búfalos y vacas, jabalíes y ciervos, chacales y serpientes. Toda la parte de la izquierda del puente negreaba por la línea de animales detenidos en el obstáculo. La corriente arrebataba a los que por sus dimensiones, o por la posición en que llegaban, podían pasar a través de la jaula del puente.

Volvió a velarse el cielo y la lluvia se desató con fuerza. El río creció todavía más. Yo sentí que el puente se agitaba, como un hombre que, al despertar, se mueve, aún antes de abrir los ojos. No tenía miedo, Sahib. Juro que no tenía miedo, aunque me sentía impotente aún para mover un dedo. Abrigaba la certidumbre de que no moriría antes de ver a mi amada. Pero el frío me calaba, y el puente comenzaba a desprenderse.

El agua se agitó, como cuando va a venir un nuevo golpe de la corriente. El flanco izquierdo del puente se levantó a impulsos de la avenida, y el flanco derecho se sumergió en el agua.  Digo la verdad, Sahib; la verdad de Dios, por estas barbas que llevo! El puente giró, como una lancha de Mirzapore puesta en carena. Así, y no de otro modo.

Yo rodé al agua y detrás de mí se precipitó la onda furiosa del río. Oí su voz y oí el chirrido de la parte central del puente cuando se desprendió de los estribos y se precipitó hasta el fondo. Después no volví a tener noción de lo que pasaba, hasta que me hallé en medio de la corriente. Tendí un brazo para nadar, y mi mano cayó sobre la cabeza enmarañada de un hombre. Aquel hombre estaba muerto, pues nadie sino yo, el Invencible de Barhwi, podía haberse sobrepuesto en aquella lucha. Sin duda, el hombre había muerto dos días antes, pues noté que estaba hinchado y encenagado. Sí; era un cadáver, y pude apoyarme sin el temor de que me hundiera. Yo empecé a reír, afirmándome en la seguridad de que volvería a verla, ya sin el menor peligro. Enredé el pelo del cadáver en mis dedos, pues me sentía completamente agotado, y así juntos, vivo y muerto, bajamos la corriente. Sin aquel auxiliar, yo me habría hundido, pues tenía ya el frío en la médula, y la carne se me había enjutado hasta formar una sola masa rígida. Pero nada teme quien ha sentido toda la fuerza del río, y yo dejé que éste impusiera su capricho. Llegamos finalmente a una corriente lateral que se dirigía hacia la margen derecha, y yo nadé con los pies para incorporarme en esa derivación. Noté que el cadáver giraba en un remolino, y temí que estuviera a punto de hundirme por el choque de alguna rama. Sentí a la vez en las rodillas el contacto de las hojas del tamarisco, y comprendí por esto que habíamos llegado a las inundadas sementeras. Busqué apoyo entonces, y toqué con los pies el caballón de un campo cultivado. El muerto quedó en un montículo, bajo una higuera, y yo salí del agua lleno de alegría.

¿Sabe el Sahib hasta dónde me arrastró el torrente de las aguas desbordadas?. Pues me arrastró hasta la altura que limita por el Oriente el pueblo de Patira. ¡Hasta allí me llevó! Deposité el cadáver sobre el césped, en atención al servicio que me había prestado, y también por si era necesario utilizarlo de nuevo, e imitando tres veces el grito del chacal, me dirigí al lugar de la cita, en un repecho próximo al establo de la casa del jefe. Mi amor estaba allí, llorando con amargura. Temía que la corriente hubiese arrastrado mi cabaña en el vado. Cuando me vio llegar, con el agua hasta el tobillo, creyó que se aparecía un espectro, y habría huido de mí, si no me hubiera apresurado a estrecharla entre mis brazos. Entonces no era yo un espectro; hoy lo parezco por mis años. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Comprende el Sahib estas expresiones de nuestro idioma? En el idioma del Sahib no tienen significado.

Yo refería a mi amada la destrucción del puente, y ella comenzó el relato diciéndome que sólo un hombre como yo podía haberse atrevido a cruzar el desbordado Barhwi, pues era necesario un esfuerzo superior al de cualquiera otro hombre para desafiar ese peligro. Agregué que yo había visto lo que nadie había visto sin perecer. Asidos de las manos, fuimos a la altura en donde estaba el cadáver. La noche había aclarado, y brillaban las estrellas en el cielo. Mi amada ocultó el rostro entre las manos, diciendo:

––¡Es el cuerpo de Hirnam Singh!

Y yo exclamé:

––¡Amor mío! Este cerdo es más útil muerto que vivo.

Ella repuso, entonces:

––Sin duda, puesto que ha salvado la vida más cara para mí; la de mi amado. De todos modos, no debe quedar aquí el cadáver, porque sería una afrenta para mí.

El cadáver, en efecto, estaba a menos de un tiro de escopeta de su casa. Yo lo empujé con ambas manos, diciendo:

––Hirnam Singh, Dios ha pronunciado su sentencia entre los dos, y ha permitido que tu sangre no caiga sobre mi cabeza. Si te agravio privándote del beneficio de la ghar funeraria en que habría de arder tu cuerpo, compóntela con los cuervos del campo.

Y lo eché a la corriente, que se lo llevó. Su espesa barba flotaba sobre la superficie del río, como asoma la cabeza del sacerdote cuando se inclina en el púlpito. Hirnam Singh desapareció para siempre de mi vista.

Mi amada y yo nos separamos antes que despuntase la aurora, y entonces me encaminé hacia una parte de la espesura que no estaba cubierta por la inundación. La luz del día me reveló toda la extensión de lo que yo había ejecutado en las sombras. Sentí como si los huesos se me desprendiesen de la carne, pues medí con la vista dos kos de aguas rabiosas entre el pueblo de Patira y los árboles de la otra margen. En medio de la corriente, los estribos del puente derruido asomaban como fragmentos de dientes en las encías de un anciano. Sobre la superficie del río no se veía un solo ser con vida; no había pájaros ni barcas; no había sino cadáveres de hombres, bueyes y caballos ahogados. El agua del río estaba más enrojecida que la sangre que mana de las arcillosas laderas. Jamás había visto un río como aquél, ni lo he visto después en todos los años de mi larga vida. ¡Ningún hombre, Sahib, puede contar algo semejante! Aquel día no pude volver a esta ribera. Si me hubieran ofrecido todas las tierras del jefe, no habría aventurado la travesía, que sólo puede emprenderse cuando las sombras de la noche ocultan el peligro. Subí un kos por la margen hasta la casa del herrero, a quien pedí hospitalidad diciéndole que la inundación me había arrebatado de mi cabaña. Siete días permanecí al lado de aquel hombre, hasta que pasó el río una lancha para recogerme. En mi casa no había tejado, ni muros, ni pavimento. Lo único que de ella quedaba era una ligera mancha de barro. Esto dará idea de la extensión que tomó la corriente.

Estaba escrito que yo no muriera ni en mi casa derruida, ni en el corazón del Barhwi, ni en el puente, pues Dios me envió el cadáver de Hirnam Singh, muerto dos días antes, en condiciones que yo desconozco. Hace veinte años que Hirnam Sing está en los infiernos, y el recuerdo de aquella noche ha de ser la flor de su tormento.

¿Oye el Sahib? Ha cambiado la voz del río. Va a dormir antes que amanezca. Falta una hora para que despunte el día. Cuando luzca el sol, volverá otra vez la corriente. ¿Cómo lo sé? ¿He estado por ventura treinta años en este vado sin aprender a interpretar lo que dice la voz del río, como el padre conoce la voz de su hijo? Cada vez habla con menos furor. Juro que no habrá peligro durante una o dos horas. No; de la mañana no respondo. ¡Pronto, Sahib! vaya a llamar a Ram Pershad. No retrocederá. ¿Está el equipaje bien atado y bien cubierto en su lona embreada? ¡Oye, mahout, cabeza de cieno! ¡El elefante para el Sahib! Y di a los del otro lado que nadie pasará después que amanezca.

¿Dinero? No, Sahib. No soy de ésos. No; ni para los dulces de los niños. Mi casa ––¿lo ve el Sahib?–– está vacía. Y yo soy un viejo.

¡Adentro, Ram Pershad! ¡Adentro! ¡Adentro! ¡Adentro! Buen viaje, Sahib.


En Cuentos de la India
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