17 jun. 2011

Naguib Mahfuz - El mal adorado





Antes de que el primer rey ocupara el trono de Egipto, el gran valle del Nilo estaba dividido en regiones independientes, cada una de ellas con su propio dios, su religión y su gobierno. Una de esas regiones, llamada Janum, era famosa por su suelo fértil, su clima templado y su abundante población. No obstante, su destino estaba cruelmente marcado por desgracias y tristezas porque mientras los opulentos vivían entregados al placer, los campesinos se morían de hambre. A consecuencia de la depravación, sobrevinieron enfermedades y epidemias que hicieron estragos entre los más débiles. Los responsables del gobierno de la región, dirigidos por el juez Sumer, el guardián del orden público Ram y el médico Toheb, se apresuraron a dictar reformas, y su intenso esfuerzo en erradicar el crimen y la depravación se convirtió en un modelo de empeño, honestidad y firmeza.

Durante una de las generaciones que sucedieron en aquella región, llegó un forastero: era un anciano con la cabeza y la cara afeitadas, según la costumbre de los sacerdotes egipcios, alto y delgado. Su mirada era aguda, a pesar de su edad avanzada, e irradiaba la luz de la inteligencia y la sabiduría. Era un hombre verdaderamente raro. En cuanto llegaba a un sitio, la gente empezaba a preguntar extrañada: «¿Quién es ese hombre? ¿De qué región procede? ¿Qué quiere? ¿Cómo es que va de un sitio para otro, cuando debería quedarse tranquilo, esperando el momento de pasar al mundo de Osiris?».

Su excentricidad no tenía límites: dejaba tras de sí un ambiente de discordia y escándalo allá por donde pasaba. Rondaba por los zocos y los templos participando en las fiestas -aunque no conociera a los organizadores-, metiéndose en asuntos que no le importaban. Hablaba a los maridos de sus esposas y a éstas de sus maridos, y a los padres les hablaba de sus hijos. Entablaba conversación con los hombres más relevantes y también con los criados y los esclavos, dejando tras de sí una profunda y poderosa influencia que provocaba una desafiante revolución en sus almas, aumentando las disputas y la hostilidad.

La forma de vida del forastero provocó el recelo de Ram, el guardián del orden público. Le seguía como su sombra, observando todos sus movimientos y sospechando de sus intenciones, hasta que finalmente le detuvo y le llevó ante el juez para que éste examinara el extraño caso.

Sumer, el juez, era un hombre de avanzada edad y amplia experiencia: había pasado cuarenta años de su ilustre vida luchando heroicamente bajo las banderas de la justicia y la verdad. Había mandado ejecutar a cientos de rebeldes, había llenado las cárceles con miles de maleantes y criminales y trabajaba sincera y honradamente para limpiar la región de los enemigos de la paz y la tranquilidad. Pero cuando el forastero se presentó ante él, Sumer se quedó extrañado y confuso. Se preguntó qué habría hecho aquel anciano decrépito. Luego, mirándole de forma penetrante, le preguntó con su voz grave:

—¿Cómo te llamas, anciano?

El hombre no respondió. Movió la cabeza como si no quisiera hablar o no supiera qué decir.
El juez, extrañado por el inexplicable silencio, le preguntó con severidad:

—¿Por qué no respondes? Dime tu nombre.

El hombre contestó en voz baja, con una sonrisa en los labios:

—No lo sé, señor.

El enfado del juez aumentó. —¿De verdad no sabes tu nombre? —le preguntó.

—No, señor, lo he olvidado.

—¿Quieres decir que has olvidado tu nombre, el nombre por el que la gente te llama?

—Nadie me llama: mi familia y mis amigos murieron y yo he pasado mucho tiempo vagando de un lado para otro, sin que nadie me llamara. Nadie se dirige a mí por mi nombre y, como tengo la cabeza llena de ideas y sueños, lo he olvidado.

El juez acusó al anciano de necedad y desvarío. Luego se dirigió al guardián del orden público y le preguntó:

—¿Por qué has traído a este hombre aquí?

A lo que Ram respondió:

—Señor, este hombre no descansa ni deja descansar a los demás. Importuna a la gente, polemiza con ella sobre el bien y el mal y no para hasta provocar la discordia.

El juez se volvió hacia él y le preguntó:

—¿Y qué pretendes con eso?

El anciano le dirigió una mirada penetrante y, con voz grave y a la vez trémula por su avanzada edad, le replicó:

—Quiero reformar este desagradable mundo, señor.

El juez sonrió y le preguntó:

—¿Acaso no hay quien dedica su vida a esta noble tarea, estando capacitado para ello? ¿Qué hacen el juez, el guardián del orden público y el médico? Tranquilízate, anciano, y no cargues con una responsabilidad que tu avanzada edad te impide asumir. Hay otros más capaces para hacerlo.

El hombre movió la cabeza con terquedad y dijo:

—Todos los que has mencionado existen desde el principio de los tiempos, pero no han sido capaces de cambiar esta fealdad que desfigura el mundo. Todavía seguimos viendo en todos los rincones de la tierra a los heraldos del mal y las huellas del crimen.

—¿Y tú vas a triunfar, cuando todas esas fuerzas coordinadas han fallado?

—Sí, señor. Concédeme un plazo y verás.

El juez sonrió con desdén y le preguntó:

—¿Y qué medios posees que ellos no tengan?

—Señor, ellos persiguen el mal, curan las enfermedades y vendan las heridas, pero mi método consiste en eliminar el mal. El mal está refugiado en su escondite, y los demás sólo se preocupan por los síntomas. Yo lo he examinado con atención y he descubierto que el estómago es el origen del mal en esta región. He encontrado a muchos que no pueden llenarlo y aúllan de hambre. Y a la vez, hay otros que lo llenan todo lo que quieren. Y de la mutua atracción y repulsión entre esos estómagos surgen el saqueo, el pillaje y la muerte. Por eso, tanto el mal como su curación están claros.

—Todo lo contrario —dijo el juez—, el mal que has diagnosticado no tiene cura.

—Eso es lo que dicen, señor. Y lo dicen sólo porque carecen de algo esencial para Nuestro Señor: la fe en Él y la creencia en el bien. No creen de verdad en el bien. Luchan por su causa usando instrumentos pasivos sin sentimientos y actúan por dinero, honor y gloria. Pero en privado se mueren por aquello que manifiestan odiar. Ése es su oficio, señor. En cambio, yo creo de verdad en el bien y éste me impulsa a seguir mi método y a proceder con calma.

Las palabras del hombre provocaron la cólera del guardián del orden público por considerar que le había insultado en su presencia. Pero el juez, que era más tolerante y más bondadoso, restó importancia a lo que había dicho el anciano, y al no encontrar en sus acciones nada que mereciera castigo, le amonestó y le dejó en libertad.

El hombre salió de la sala de justicia sintiendo el júbilo de la victoria. Seguro de poder realizar su misión, caminaba con la energía de un rebelde, hablaba con el entusiasmo de un joven y rebosaba el optimismo de un profeta. Sus palabras provocaban una especie de magia, a la que no se resistían ni siquiera los hombres de edad avanzada, y en un breve espacio de tiempo consiguió conquistar los oídos de todos, encantar su corazón, provocar sus buenos sentimientos y dirigirlos por donde él quería. Los pobres le seguían, los ricos le obedecían y los rebeldes se sometían a él. La base de su llamamiento era la belleza y la moderación, bajo cuya sombra el pobre podía vivir satisfecho y el rico, sólo con lo que necesitaba. Aquella sociedad enferma encontró en él a un médico eminente y digno de confianza, por eso siguió su ejemplo y adoptó sus principios. Los resultados fueron deslumbrantes: se erradicaron el crimen y el mal, se remediaron todas las enfermedades y la felicidad reinó en la región. Los gobernantes se alegraron y depositaron su confianza en el hombre del que previamente habían desconfiado. Todos se sintieron felices por haber logrado el noble fin al que habían dedicado en vano sus vidas.

El tiempo transcurría lentamente, en un ambiente de tranquilidad desconocido para la gente. Las autoridades fueron las primeras en sentir el comienzo de una nueva época: se encontraron sin nada que hacer, y el ocio sólo resulta placentero para quienes trabajan. Las horas ociosas se les hacían cada vez más pesadas, mientras veían irritados como su fama y su poder se desvanecían y su luz se transformaba en sombra.

En el pasado, el guardián del orden público tenía un poder que provocaba el pánico por donde pasaba, pero ahora se había convertido en algo que la gente miraba desafiante y con desprecio, como si fuera un ídolo caído.

Y el juez, que había ejercido su poder sagrado con una dignidad divina, ahora se había convertido en un personaje triste y sombrío que había dejado de escuchar saludos y ruegos, y que ignoraba a quienes se dirigían a él. No sentía más que soledad, hasta que se convirtió en una especie de templo abandonado en el desierto.

El médico, por su parte, sin dejar de quejarse en silencio, permaneció recluido en su casa, sin visitar a nadie y sin recibir visitas. Antes guardaba el dinero en un puchero, pero ahora gastaba su ahorros con todo el dolor de su corazón.

En la región, todos se sentían seguros y disfrutaban de bienestar, excepto los que se consideraban «artífices del bien». Ahora estaban perplejos y desesperados, y por más que lo intentaban, no encontraban una salida a su situación. El guardián del orden público era el que más sufría porque, aunque era el más osado, temía manifestar sus preocupaciones a oídos sordos y a corazones entregados al bien. Finalmente, perdió la paciencia y en una reunión con sus hermanos y otros parientes, preguntó con algo de temor:

—¿Qué haremos si mañana el gobernador prescinde de nuestros servicios?

Todos palidecieron. Uno de ellos preguntó tartamudeando:

—¿De verdad es probable que prescinda de nosotros?

Ram se encogió de hombros con desdén y dijo:

—¿Y qué podemos hacer para merecer quedarnos?

El efecto de esas palabras fue como si se levantara la tapa de un caldero lleno y se saliera todo lo que había dentro. Uno de ellos dijo:

—Esta situación no se puede silenciar.

Otro añadió, apretando el puño:

—Ese viejo chocho ha echado a perder la región.

Otro argüyó:

—Destruye la elevada capacidad humana con su llamada corrupta que impide el progreso y aniquila las preocupaciones.

El secreto se propagó y todos revelaron sus sentimientos, excepto el juez, que en silencio miraba el horizonte lejano, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor.

Su presencia hacía perder a muchos la esperanza de que les fuera a ayudar, pero Ram les dijo:

—No os preocupéis por el juez. Su corazón está con nosotros. Lo que sucede es que su lengua, acostumbrada a hablar de justicia, no le obedece en seguir nuestro propósito.

Todos estuvieron de acuerdo con esta afirmación.

Una mañana, al despuntar el sol, el extraño hombre había desaparecido. Sus seguidores le buscaron por todas partes, inspeccionando todos los rincones de la región, pero no encontraron ni rastro de él.

Su desaparición produjo una inquietante sorpresa y provocó opiniones diversas. Algunos dijeron que se había marchado a otra región, tras asegurarse de que su doctrina estaba bien arraigada. Otros creyeron que había ascendido a los cielos, tras haber concluido su misión. La tristeza invadió a todos los habitantes de la región, excepto a los que habían gozado de posiciones privilegiadas, los cuales respiraron aliviados recobrando las esperanzas y soñando con recuperar la gloria y el bienestar perdidos, aunque no dejaban de sentir inquietud al observar que la gente continuaba aferrada a sus creencias y recordaba sin cesar al extraño anciano.

Lleno de rabia, el guardián del orden público exclamó:

—Esta situación no puede continuar.

Todos le miraron con esperanza. Al percibirlo, Ram continuó:

—Conozco a una bailarina en la región de Ptah a la que los dioses han dotado de una irresistible belleza. ¿Por qué no la traemos durante unos meses? Estoy seguro de que el gobernador de esa región está deseando desprenderse de ella porque su belleza provoca mucho revuelo allí. Que la región de Janum la acoja durante algún tiempo, y ella sin duda provocará enfrentamientos entre los hermanos y entre los esposos, hasta que los opulentos deseen romper las cadenas que se han puesto sumisamente en el cuello. Esperad un poco y veréis los resultados. Ram puso en marcha su plan. Con ojos chispeantes de alegría, vieron desmoronarse la obra del anciano. El estómago volvió a su trono, imponiendo su gobierno, y la tranquila Janum recobró su antigua vida depravada, llevándose la paz que había prevalecido en la región. Los miembros del gobierno emprendieron su tarea de nuevo luchando por el bien, la justicia y la paz.


En Voces de otro mundo
Imagen: © VERNIER JEAN BERNARD/CORBIS SYGMA