13 jun. 2011

Miguel de Unamuno - A un literato joven





No cabe, mi joven amigo, que nos entendamos; usted habla un lenguaje y yo otro, y nos empeñamos, no sé bien por qué, en no traducirnos. Emplea usted frases de esas que en puro oírlas de labios maquinales han acabado por hacérseme ininteligibles.

Una de ellas es esa de «llegar». Francamente cada vez lo entiendo menos. ¿Qué quiere decir lo de «Fulano ha llegado», «Mengano no llegará», «Es tan tan difícil hoy para un joven llegar», y otros dichos de la misma calaña? ¿Qué es eso de llegar? Llegar, ¿adónde? No hay más que una llegada segura e infalible: la de la muerte. Y ésta es, tal vez, más que llegada, partida.

Contaba Ulises a la hija del rey de los feacios cómo se encontró en el reino de Hades, entre las sombras de las heroínas muertas, con la de Ifimedia. La cual parió dos hijos, Oto y Efialto, que a los nueve años tenían nueve codos de ancho y nueve brazas de alto, siendo los más hermosos que crió la tierra triguera, después de Orión. Estos dos jóvenes gigantes amenazaron armar guerra a los inmortales mismos, y para ello intentaron poner el Osa sobre el Olimpo y sobre el Osa el Pelión, a fin de que el cielo fuese accesible. Y lo habrían conseguido, añadió Ulises, de habérseles colmado la medida de la mocedad. Pero Apolo los mató antes de que les floreciera el vello sobre la boca y bajo las sienes.

¿Intenta usted, mi joven amigo, escalar el cielo, montaña sobre montaña, y teme morirse antes de que la medida de la mocedad espiritual se le colme? Si es así, entiendo lo de llegar; si no, no lo entiendo.

Y ¡ay de usted el día en que se le cumpla eso de llegar! Le empezará el retorno.

Vea aquí por qué tantas veces le he deseado esperanzas que ni se le ajen ni se le realicen, esperanzas siempre verdes y sin fruto siempre, esperanzas en eterna flor de esperanza.

Le duele ser discutido y negado. ¡Ay de usted, si no lo fuese! El día en que llegue usted a ser un valor reconocido por todos, un valor entendido; el día en que se le rindan reverentes los que hoy le discuten, o sus hijos -si ese día triste le llega-, será el de la vejez del alma. Cuando el Dante recorría los reinos de los muertos, sorprendíanse éstos al ver que aquél arrojaba sombra, y por ello sacaban que estaba vivo. Si hubiese dejado de arrojarla, era que había pasado ya el umbral de la muerte, donde toda sombra acaba ante las tinieblas. El día en que usted no haga ya sombra es que habrá entrado en el reino de los inmortales, es decir, de los muertos.

Ya sé qué es a lo que usted aspira, a entrar en este reino de los pálidos ensueños, a la inmortalidad de la muerte. Pero ¿cree usted que la presa vale la caza o la victoria el combate?

Si usted hiere y el herido grita, es que usted está vivo; si no se inmuta siquiera, es que están o él o usted muertos. Probablemente los dos.

El día en que con voz triunfante digan de usted: «¡Ya entiendo a este hombre!», está usted perdido; porque desde entonces no es usted ya suyo, sino de ellos. Desde entonces les dirá usted siempre lo que creían que iba usted a decirles y lo que querían que les dijese.

Tampoco le entiendo del todo, sino muy a cuartas, aquello de que se está buscando. Querrá decirme que se está haciendo.

Dios, además, le libre de encontrarse, quiero decir, de encontrarse hecho. En el momento en que usted haya concluido de hacerse, empezará su deshacimiento. Hay una palabra en latín que significa lo concluido, lo hecho del todo, lo acabado, y es perfectus, perfecto. ¡Cuidado con la perfección!

Cierto es que se nos dijo que seamos perfectos como es perfecto nuestro Padre que está en los cielos; pero ésta es una de tantas paradojas como contienen los Evangelios, que están llenos de ellas. La paradoja, en efecto, con la parábola y la metáfora, eran los tres principales medios didácticos del Cristo. Y él nos puso un ideal de perfección inasequible, único modo de que nos movamos con ahínco y eficacia a lo que puede alcanzarse. A la perfección divina no podemos llegar, y precisamente porque no podemos llegar a ella es por lo que se nos da como enseña de llegada.

Me dirá usted que si se busca es en el propio conocimiento y para llegar a conocerse y no a otra cosa, y me recordará al propósito la tan mentada y tan asendereada sentencia délfica. Aún no sé si el conocerse a sí mismo es el principio o el fin de la sabiduría, y el fin de la sabiduría, como todo fin, es cosa terrible; pero pienso que acaso fuera mejor que cambiásemos la sentencia famosa y ya acuñada diciendo: «Estúdiate a ti mismo.» Estúdiate a ti mismo, llegues o no llegues a conocerte, y acaso sea mejor que no llegues a ello, si es que te estudias. Cuanto más te estudies, más te ensancharás y te ahondarás espiritualmente, y cuanto más te ensanches y te ahondes, más difícil te será conocerte.

Y estúdiese usted obrando, en su obra, en lo que haga, fuera de sí. Es muy malo andar hurgándose la conciencia a solas y en lo oscuro. A la luz del día y ante los hombres ponerla al sol y al aire, para que se oree y se ilumine.

Ya otra vez le dije que se anduviese con cuenta con eso de los diarios íntimos, y no me lo entendió usted. Los diarios íntimos son los enemigos de la verdadera intimidad. La matan. Más de uno que se ha dado en llevar su diario íntimo empezó apuntando en él lo que sentía y acabó sintiendo para apuntarlo. Cada mañana se levantaba preocupado con lo que habría de apuntar por la noche en su diario, y no hacía ni decía nada sino para el diario, y en vista de él. Y así acabó por ser el hombre del diario, y éste tuvo poco del diario de un hombre.

Es el mal de toda sensibilidad reconcentrada. Dicen que ocurre a las veces en el análisis químico-orgánico que al tratar de estudiar un compuesto muy complicado y poco estable, en el acto de accionar sobre él con un reactivo se le destruye, y en vez del cuerpo que se busca estudiar y conocer, se encuentra uno con productos de su descomposición. Y así sucede con el análisis psicológico. Y de aquí el que en las más de las novelas llamadas psicológicas encontremos descripciones de estados de conciencia; pero rara vez encontramos almas, almas enteras y verdaderas, como sentimos palpitar y respirar detrás de una frase de obras nada psicológicas. Para verse uno a sí mismo es mejor el espejo que no cerrar los ojos y mirar hacia dentro.

Está usted preocupado con dar una nota personal. Está bien, pero ¿cuál es la nota personal de usted? ¿Lo sabe usted mismo acaso? No es el que habla quien conoce mejor el timbre de su voz. La fisonomía de un río depende del cauce y de las márgenes. Déjese usted ir a la fuerza de su corriente, saltando represas, y no se cuide de lo demás. Así se llega al mar y se queda hecho río.

Algo me queda por decirle, no sé bien qué, pero he aquí que caigo en la cuenta de lo vano que es meterse a consejero, y mucho más de jóvenes. Aquí cuadra aquello de «consejos vendo y para mí no tengo».

Otro que no yo, se aquietaría pensando que se los han pedido, como me los ha pedido usted esta vez. Pero yo sé bien que cuando un joven pide consejos no es sincero casi nunca, y lo que en realidad pide es otra cosa. Lo del consejo no pasa de ser un pretexto. Ya antes de ahora me ha ocurrido con alguno que se me ha revuelto, fingiendo desdén, porque no le dije lo que él esperaba y quería que le dijese. Nadie tiene la culpa de defraudar un falso concepto que de él hayan podido formarse los demás.

Y desde ahora le anticipo que pocas cosas habrán de afligirle más en su carrera que el encontrarse con que aprecian en usted lo que usted menos aprecia en sí y le menosprecian por aquello en que se tiene en sí mismo en más aprecio. El ex jesuita y sacerdote católico Jorge Tyrrell, cuya creciente fama llegara a nosotros, dice en su Lex Credenti estas palabras melancólicas:

«En nuestra propia experiencia, ¿qué hay de más triste y desolador que el ser queridos y admirados por cualidades que sabemos no poseer, o por aquellas a que no damos valor o bien nos desagrada tenerlas, y no lograr, por el contrario, atraer a los demás a lo que creemos lo mejor nuestro, ni conseguir interesarlos en nuestros más profundos intereses?»

Observe que en este triste pasaje dice Tyrrell «ser queridos y admirados». ¡Qué dos cosas más distintas! A la edad de usted se busca acaso más la admiración que no el cariño de los demás, y aun aquélla a expensas de ésta; pero llegará día, mi joven amigo, en que sentirá usted sed, y una sed no de la boca, sino de las entrañas todas del alma, de cariño. Anhelará usted ser querido, y Dios le libre de encontrarse entonces presa del más congojoso de los tormentos todos espirituales, cual es el de no poder amar. Triste es no ser querido, pero es más triste no poder querer. Y no faltan almas que quieren amar sin poder conseguirlo, viéndose envueltas en una sequedad que las agosta, ahornaga y resquebraja.

¿Qué más me queda por decirle ? Algo es, sin duda, pero no doy en lo que ello sea. Esto es lo de siempre; dejamos por decir lo que luego hubiéramos querido decir más. Y como se ha dicho muchas veces, nuestros mejores pensamientos son los que se mueren con nosotros sin que los hayamos formulado. Y acaso, acaso lo mejor nuestro es lo que de nosotros dicen los demás o lo que hacemos decir a los otros. Mis pensamientos germinan en mí y florecen en otros; yo soy un vivero para ellos.

Salamanca, marzo de 1907


En Mi religión y otros ensayos breves
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS