5 jun. 2011

María Julia De Ruschi: Nada escrito (Libros recibidos)








Suddenly last summer

—Violet, Violet, ¿quién tuvo la idea de ponerte ese nombre?
Una flor carnívora, una flor maligna: ¡Wicked Lady! “Un buen nombre para la diosa del amor”: he aquí a la mujer araña, a la madre patriarcal, al Señor de los Ejércitos dándose un banquete de tortuguitas recién nacidas.



La mesa


Es ante ese pan blanquísimo y el gesto absurdo, desmedido y soberano, cuando siento que soy un depredador y que no quiero vivir más así.
Que el reino es uno solo.
Es ante esta mesa que pido el don de la santidad, la custodia del mundo.
Y sé que volveré a olvidarlo una y otra vez.
Pero volveré a la mesa, y cada día, poco a poco, mi propio cuerpo va a sentir que ha sido amasado con la misma harina, con la misma hambre infinita.
Y quien quiera lo multiplicará.




Sueño


Sobre la mesa había una cabeza, una cabeza humana, y era la cabeza de su padre, las cuencas de los ojos vacías y rodeándola una corona de espinas.
Estaba puesta sobre un plato y debía comer de ella.




Lágrimas derramadas en el Río de Safo


Mara, tu árbol de Navidad es una ballena.
En el río de Safo derraman las mujeres lágrimas amargas, Mara, hiel, y palabras proféticas que no son siquiera escuchadas, Casandra, y los sordos hombres siguen de largo sobre alfombras purpúreas que cubren las montañas de basura sobre las que han erigido sus palacios de oro los hombres.
Has hablado con Afrodita en sueños, has hablado y sabes...




Su secreto


Su secreto era su pobreza.
Volvía a verla, y sus ojos marinos eran cada vez más grandes y su sonrisa estaba cada vez más llena de peces inquietantes.
No poseía nada, caminaba como una reina, miraba a su alrededor como una reina.
Era magnánima, munificente, como todas las reinas sobre nada.
Lo había empeñado todo, menos su arte. El puro arte de lograr apoyo.
Sabía que verdad en la tradición hebrea es apoyo.
Sabía que hay cosas que no se pueden de/fin(ir), cosas que desbordan, que hacen caer los muros, o al menos deberían presentarse como ventanas.
Entonces su tarea era des/fondar: tanto las falsas imágenes descendentes como las ascendentes, sobre todo estas últimas.
Y luego encontraría apoyo.
Y era dos: una que veía, una que escuchaba. Tenía testigos.
Y su tercera madre dialogaba.
Iba a parir miríadas luminosas como la abeja reina.




Mercado místico


Hablo de él:
La ternura por un caracol subiendo por el vidrio de una ventana.
Estuve dentro de una nuez y en una plaza creada por Bernini, es una cuestión de escala.
Ahora la maravilla acaba conmigo.
Hablo de él:
Fui demasiado privilegiada.
Me enseñó a ver huellas tan invisibles que les resultan intolerables a los ángeles.
Su fuego no es oscuro, no consume:
Solo que con la otra mano se pega un tiro en la sien.




Exilio


Nikolai tenía genio, razón y locura, historias que le comían las manos como hormigas en un sueño o en un laberinto. Pudo tirarlo todo. De nada le servía la taxidermia, la carpintería, la cerámica, el molde de las palabras, las islas. Una palmera alta hasta la luna que se multiplicaba y un pequeño sapo que repetía la ansiedad de la noche. Nikolai no debería haberlo hecho, pero lo arrojó todo por la borda del barquito con que jugaba de niño en la bañera o en los charcos o en la alcantarilla donde corría rápida el agua de


       Dios.




Yo era el hombrecillo que se ahoga (Metamorfosis)


... la señora gorda de Gorriarena, gorda, gordísima, de senos enormes, desbordantes, de pie junto al agua, da miedo, reteniendo su jauría, sus jaguares, sus fieras de colmillos blancos, ella de blanco también, blanquísima la piel, la larga veste también, pero ribeteada de rojo, rojas las mejillas, rojísimos los labios, la mirada triunfal, sobre el blanco victorioso la estridencia del rojo, qué esconde, qué crueldad su arrogancia ante la desgracia. Allí de pie entre flores blancas, junto al agua, se la ve, junto al agua donde se ahoga el hombrecillo, en un rápido remolino blanco, ella retiene por ahora sus jaguares, sus colmillos, una carcajada con sangre.
Le bastan sus uñas rojas.
Y un espejo.
Y es mi madre, alguna vez fue mi madre. Y el agua ya no me sostiene. Por falta de oxígeno, ya toda vísceras y silencio, advierto como en sueños que la máscara de gorda gigantesca oculta en realidad a un hombre, a mi verdugo, ahora araña gigante, ahora ramera vieja y deforme, y lo reconozco tras su blancura de geisha, de Ensor, de cadáver, lo reconozco a él, al amo sádico, triunfante, mientras afloja impávido como de costumbre la correa de las fieras mientras el líquido termina de llenar mis pulmones.





En Nada escrito 
Buenos Aires, hilos editora, 2010



María Julia De Ruschi ha publicado en poesía: Polvo que une (Premio Leopoldo Panero 1975, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1975), Et amava (Zona Franca, Caracas, 1982), Artemis cantando, Artemis (Monte Ávila, Caracas, 1982), traducido al italiano por Elémire Zolla (Artemide, La Nuova Italia, Firenze, 1980), La mujer vacilante (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2003) y Salir de Egipto (bajo la luna, Buenos Aires, 2007). Tradujo a Sylvia Plath (Tulipanes y otros poemas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988, a Mario Luzi (Viaje terrestre y celeste de Simone Martini, Premio del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, 2002, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2002) y a Milo de Angelis (Por ese arrebato innato, Melusina, Santiago de Chile, 2004). Escribió numerosos ensayos sobre poesía, entre ellos El ropaje y la música: Un ensayo sobre Jaime Sáenz y La Aldea y el Universo, sobre Francisco Madariaga.