4 jun. 2011

Macedonio Fernández - El mundo es un Almismo





El campo fenomenal que llamamos Mundo, Ser, Realidad, Experiencia, es uno solo y por tanto indenominable: el de "lo sentido" le llamaremos todavía, ni externo ni interno, ni psíquico ni material. Nada que no ocurra para mí, en mi sensibilidad, no ocurre de ningún modo ni en campos psíquicos (otras almas supuestas), ni en el campo supuesto material; la manzana que no veo, toco, huelo, saboreo, no existe; y cuando existe, es decir, cuando la toco, etc., sólo existe la sensación táctil, térmica, etc., que yo siento; es decir, que "se siente" meramente, que "es" estrictamente, pues no habiendo más ser que lo sentido, esta modalidad es indenominable, no es modalidad, es "indecible", porque nombrar es separar, discernir de otra cosa, y no hay "otra cosa" de lo sentido. Las inadecuaciones verbales en que acabo de incurrir e incurriré y que en todas las lecturas de metafísica tropezamos, es una dolencia de la comunicación de ideas, no de su gestión mental, pues en primer término la palabra es instrumento de comunicación y no de pensamiento; se piensa con percepciones e imágenes, se comunica esto con palabras, es decir, se suscitan estas mismas imágenes en otro; en segundo término, en su único uso posible, la comunicación puede usarse con inadecuación para aludir y refutarlas, a otras inadecuaciones verbales que hay ya en la mente del lector o interlocutor. No hay ninguna imagen o percepción propia, exclusiva, como contenido de la palabra materia, y de las palabras tiempo, espacio, yo, substancia, noúmeno. Eso es lo que quiero decir cuando los niego; niego como contenido privativo de esas palabras ninguna imagen; pero no necesito negarlos en sí —sino sólo como contenido de tal o cual palabra— porque la existencia, el ser, no es negable, dado que de nada puedo hablar o pensar si no es existencia, estado, y no es existencia lo que nunca estuvo en mi sensibilidad como imagen o afección. Tal ocurre al Yo, Materia, Tiempo y Espacio. El Yo, Materia, Tiempo, Espacio, son los faltantes en el Mundo: el genio gramatical puede sustantivarlos así con un vocablo que precisamente los niega como substancias y como fenómenos.

Las imágenes de un sueño son tan nítidas y vivas como las de vigilia o de supuesta causa externa; el interés y emociones y agitación fisiológica percibida por un tercero son iguales a las de la vigilia. Nadie insiste en las alegadas diferencias de estas calidades. Quedarían dos diferencias, quizá, a examinar: que el ensueño se regiría por la ley de asociación de las ideas, y que las escenas de un sueño no tienen efectos ni sobre las de la realidad ni sobre las de otros ensueños.

Pero ante todo declárese que si se reconoce la evidencia de que las imágenes de un ensueño tienen nitidez y vivacidad igual a las del vivir, si además tienen relaciones del tipo espacial, de sucesión temporal y duración iguales, y luego que provocan estados emocionales (y fisiológicos: esto ya es calificación externa que aquí está en tela de juicio); si se nota, además, que los estados de la vigilia son, en su mayor porción, más débiles y menos emocionantes que los del ensueño (que casi siempre son acompañados de angustias, terrores o alegrías profundas, en tanto que el cotidiano vivir es en su casi totalidad lánguido y débil, inimportante) y, en fin, que las emociones y aun actitudes del ensueño se perciben en sus efectos en la vigilia (si bien no así las imágenes: los leones, las monedas, las bellas mujeres del ensueño se desvanecen con él), toda la gravedad de una diferencia como la que suponemos entre realidad y ensueño desaparece. Mejor dicho, basta la igual vivacidad de las imágenes y emociones del ensueño frente a las de la realidad para que nuestra vida pudiera, sin ceder en importancia y seriedad, ser toda hecha de ensueño.


En No toda es vigilia la de los ojos abiertos