3 jun. 2011

Harold Pinter - Un panorama de la fiesta







I


El pensamiento de que Goldberg era
un hombre que ella acaso conocía
nunca cruzó por las palabras de Meg
aquella mañana en la habitación.


El pensamiento de que Goldberg era
un hombre que alguien más conocía
nunca cruzó por sus ojos
cuando, contenta, le dio la bienvenida.


El pensamiento de que Goldberg era
un hombre que había que temer y conocer
estremeció a Stanley hasta los huesos
cuando, paralizado, oyó su nombre.


Petey, por su parte, lo supo, no entonces
sino más tarde, cuando, con la luz
de lleno sobre la escena,
se asomó a la habitación.


Y por la mañana Petey vio
que la luz se oscurecía
(esa luz matutina, llena de sol)
y nada podía hacerse



II


Nat Goldberg, que llegó,
con una sonrisa en cada rostro,
acompañado por McCann,
suscitó un cambio en el lugar.


El pensamiento que era Goldberg
se impuso en el centro de la habitación:
un hombre de peso y de tiempo
para supervisar el juego.


El pensamiento que era McCann
se introdujo en el festín:
un hombre de piel y hueso,
con una mancha verde sobre el pecho.


Aliados en su tema,
impusieron en la habitación
un rompimiento y un destino,
aunque Meg nunca vio nada


La fiesta que iniciaron
para celebrar el cumpleaños
era afable y generosa,
aunque Stanley estaba solo.


Se dijeron y cantaron brindis,
todos hablaban de otros años,
Lulu, reclinada en el pecho de Goldberg,
alzó la mirada y lo vio a los ojos.


Y Stanley sentado, solo,
un hombre que acaso conocía,
triunfante en el hogar
que nunca fue realmente suyo:


pues Stanley no tenía hogar;
sólo en el lugar donde estaba Goldberg,
y su sabueso McCann,
recordaba Stanley su nombre.


Y jugaron a la gallinita ciega
y el juego transcurrió a ojos vendados,
McCann persiguió a Stanley hasta atraparlo;
la oscuridad cayó y, al retirarse,


encontró un juego perdido y ganado;
Meg, ya sin memoria,
Lulu, con su noche de amor consumida,
Petey, impotente;


un hombre que nunca conocieron
en el centro de la habitación
y los ojos últimos de Stanley
destrozados por McCann.


1958




A View of the Party


I


The thought that Goldberg was
A man she might have known
Never crossed Meg’s words
That morning in the room.


The thought that Goldberg was
A man another knew
Never crossed her eyes
When, glad, she welcomed him.


The thought that Goldberg was
A man to dread and know
Jarred Stanley in the blood
When, still, he heard his name.


While Petey knew, not then,
But later, when the light
Full up upon their scene,
He looked into the room.


And by morning Petey saw
The light begin to dim
(That daylight full of sun)
Though nothing could be done.




II


Nat Goldberg, who arrived
With a smile on every face,
Accompanied by McCann,
Set a change upon the place.


The thought that Goldberg was
Sat in the centre of the room,
A man of weight and time,
To supervise the game.


The thought that was McCann
Walked in upon this feast,
A man of skin and bone,
With a green stain on his chest.


Allied in their theme,
They imposed upon the room
A dislocation and doom,
Though Meg saw nothing done.


The party they began,
To hail the birthday in,
Was generous and affable,
Though Stanley sat alone.


The toasts were said and sung,
All spoke of other years,
Lulu, on Goldberg’s breast,
Looked up into his eyes.


And Stanley sat—alone,
A man he might have known,
Triumphant on his hearth,
Which never was his own.


For Stanley had no home.
Only where Goldberg was,
And his bloodhound McCann,
Did Stanley remember his name.


They played at blind man’s buff,
Blindfold the game was run,
McCann tracked Stanley down,
The darkness down and gone


Found the game lost and won,
Meg, all memory gone,
Lulu’s lovenight spent,
Petey impotent;


A man they never knew
In the centre of the room,
And Stanley’s final eyes
Broken by McCann.




Versión: H.L.Z.
Imagen: © Rune Hellestad/Corbis