27 jun. 2011

Enrique Lihn - Muchachas





    Altas voces perdidas de un coro de muchachas;
ellas siempre ignoraron las reglas del diálogo, pero
            lo que se escucha, a nuestra edad, es el canto,
y suena a Mozart esa pajarería, el triunfo bizantino
             de una ciudad de jaulas
donde todas las lenguas se confunden en un
cotorreo ritual transfundido en la luz. Risa en que
             el cielo abunda, todo lo que reluce es
             alegría del sol,
y la alegría irrecuperable, en todo instante, para
              siempre,
para esos fantasmas, compañeros de Ulises.


   Jóvenes de otra edad, los años se cumplieron por
            sí mismos, diríase
que el mar se allanó, sin duda, a devolverle.
              Primavera distinta a cada una de sus partes:
              siete otoños por cabeza
a la comparsa fiel, ducha en murmuraciones.
El ocio abstraído en calcular otras islas, y, para él,
             un nido de sirenas
en cada noche de amor: el tiempo de un Zenón feliz,
             uno e inmóvil;
a nosotros el remo, y luego el báculo.


En el jardín, la música de la sangre y el mundo:
             secreto a voces de la primavera
que enguirnalda una fiesta que no es para nosotros
los pobres invitados de honor, esta comparsa.
Y en el salón, junto a la gente seria, nuestros años
             perdidos, murmurando
su gastada ansiedad para siempre incalmable:
               fórmulas bizantinas
de encantamiento en Mozart y feos pensamientos.






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