30 may. 2011

Stanislaw Lem - Do yourself a book





La historia del auge y fracaso de Do yourself a book es muy aleccionadora. Aquel tumor maligno del mercado editorial suscitó polémicas tan violentas, que su propia exacerbación hizo pasar a un segundo plano el fenómeno mismo. Por consiguiente, los factores que causaron el hundimiento de la empresa quedan poco claros hasta hoy. Nadie se propuso efectuar un sondeo de la opinión pública respecto al caso. Tal vez con razón; tal vez el público que había decidido la suerte de la empresa lo hizo sin saber qué hacía.

El invento estaba en el aire desde hace unos veinte años y sólo hay que sorprenderse de que no haya sido realizado antes. Recuerdo muy bien los primeros ejemplares de aquella «construcción novelística». Era una caja con el formato de un libro bastante grande, que contenía unas instrucciones, un índice y un conjunto de «elementos de construcción». Esos elementos eran unas tiras de papel de anchura desigual, con fragmentos de prosa impresos en ellas. Cada tira tenía en el margen unos agujeritos, que servían para la encuademación, y unas cifras de varios colores. Ordenando todas las tiras conforme a la numeración en color «básico», negro, se obtenía un «texto inicial», compuesto casi siempre por dos obras de la literatura mundial, adecuadamente abreviadas. Si todo el juego hubiera tenido que servir sólo
para esa reconstrucción, hubiese carecido de sentido y de valor comercial. Lo tenía, empero, gracias a la posibilidad de barajar los elementos. Las instrucciones solían indicar unos ejemplos de variantes de recombinación, determinadas por las cifras de color en los márgenes. La patente del invento fue sacada por la «Universal», utilizando libros cuyos derechos de autor ya habían caducado. Eran obras de clásicos tales como Balzac, Tolstoi o Dostoievski, abreviadas para el caso por un equipo anónimo de la editorial. Es de suponer que los inventores dirigían esas mezcolanzas a cierta clase de gente, capaz de divertirse deformando y adulterando las versiones originales de las obras de arte. Coges Crimen y Castigo o Guerra y Paz y haces con sus personajes lo que se te antoje. Natasha puede acostarse con quien quieras antes de la boda y después de ella; Svidrigailov, casarse con la hermana de Raskolnikov; este último, escapar a la justicia y marcharse con Sonia a Suiza; Anna Karenina engañará al marido no con Vronski sino con un lacayo, etc. La crítica atacó al unísono este vandalismo; el editor se defendió como pudo, incluso con cierta destreza.

Las instrucciones incluidas en la caja afirmaban que el juego enseñaba el manejo de las reglas de la composición del material novelístico («¡Ideal para los escritores novatos!»), que podía ser utilizado como test psicológico de carácter proyectivo («Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres»). En una palabra, lo presentaban como un «trainer» para los candidatos a escritores y una diversión para todos los aficionados a las bellas letras.

No era difícil percatarse de que las intenciones de los editores no eran tan nobles. Las instrucciones de la «Universal» advertían al comprador del peligro de las combinaciones «impropias». Se referían a las inversiones de los fragmentos de un texto que conferían un sentido perverso a escenas originalmente blancas como la nieve. Si se intercalaba una sola frase, una conversación inocente entre dos mujeres adquiría matices lesbianos, y se podía conseguir incluso que en las dignas familias de Dickens se practicara el incesto: en fin, cualquier cosa. La «advertencia» era, naturalmente, un aliciente para hacer lo «prohibido», pero estaba formulada de una manera que impedía cualquier acusación al editor por atentado contra el pudor. Claro, él avisaba en las instrucciones que aquello no debía hacerse...

Enfurecido ante la falta de recursos (el asunto era legalmente inatacable, los editores supieron organizarse muy bien), el conocido crítico Ralph Summers escribió en aquel entonces: «Por lo visto, la pornografía actual ya no es suficiente. Hay que envilecer analógicamente todas las obras anteriores, no solamente desprovistas de intenciones sucias, sino abiertamente contrarias a ellas. Ese triste sucedáneo de la Misa Negra que cada uno puede celebrar en su casa, pagando cuatro dólares, sobre el cuerpo indefenso de los clásicos asesinados, es una auténtica ignominia.»

Sin embargo, pronto se vio que Summers había exagerado en su papel de Casandra: el negocio era menos próspero de lo previsto por los editores. Fue lanzada, pues, al mercado una variante nueva de la «construcción»: un tomo compuesto de hojas en blanco, en las que se podían enganchar las tiras impresas sin ninguna preparación previa, ya que tanto éstas como las páginas del tomo iban recubiertas por una fina película magnética monomolecular. Gracias al nuevo invento, el trabajo de «encuademación» se simplificó notablemente. Pero esta innovación tampoco tuvo éxito. ¿Se habría negado el público —como suponían algunos idealistas (ya muy escasos hoy día)— a colaborar con los «verdugos de las obras de arte»? Yo creo que la búsqueda de razones tan elevadas carece, por desgracia, de justificación. Al emprender el negocio, los editores se basaron en su esperanza de encontrar muchas personas que disfrutarían con el nuevo juego. Lo indican ciertos párrafos de las «instrucciones», del estilo, por ejemplo, de éste: «¡El Do yourself a book te ofrece un poder casi divino sobre el destino humano, el mismo que hasta ahora era privilegio exclusivo de los mayores genios del mundo!» Ralph Summers lo interpretó así en uno de sus artículos más combativos: «¡Podrás rebajar al instante lo que era elevado y manchar lo que estaba limpio. Tendrás al mismo tiempo la agradable sensación de libertad de no hacer caso de las teorías de un Balzac o un Tolstoi cualquiera, puesto que tú mismo serás dueño de arreglarlas a tu antojo!»

A pesar de todo —cosa sorprendente— los candidatos a «mancilladores» eran pocos. Summers preveía el florecimiento de «un sadismo nuevo, entendido como agresión a los valores constantes de la cultura», y, sin embargo, los Do yourself a book apenas se vendían. Hubiera sido agradable poder creer que la reacción del público se debía a «aquella dosis natural de sano juicio y rectitud que unos tráfagos subculturales querían eliminar» (L. Evans en «Christian Science Monitor»). El que escribe estas líneas no comparte —¡y le hubiera gustado hacerlo!— la opinión de Evans.

¿Qué ha pasado, pues? Algo mucho más sencillo, según creo. Para Summers, Evans, para mí, unos centenares de críticos escondidos en las revistas trimestrales universitarias y para unos cuantos miles más de cráneos ovoides del país, Svidrigailov, Vronski, Sonia Marmeladov, o bien Vautrin, Anita de la Colina Verde, Rastignac... son personajes bien conocidos, íntimos, incluso a veces más corpóreos que muchas relaciones de carne y hueso. Para el gran público son sonidos huecos, unos nombres que no designan a nadie. Por lo tanto, a Summers, Evans, a mí, la unión de Svidrigailov con Natasha nos horrorizaría, mientras que al público le importaría lo mismo que la unión de Fulano con Mengana. Al no poseer para el gran público el valor de símbolos estables —tanto de la nobleza de sentimientos como de la maldad depravada— esos personajes no incitaban a ningún juego, perverso o no. Eran, simplemente, del todo neutros. No interesaban a nadie. Los editores, a pesar de su cinismo, no se dieron cuenta de esa circunstancia, porque no calibraron correctamente la situación de la literatura en el mercado. Si alguien ve un valor enorme en un libro, el uso de este libro para restregarse en él los pies le parecerá no sólo un acto de vandalismo, sino una especie de Misa Negra, tal como lo sentía y escribía Summers.

Pero la indiferencia hacia esta clase de valores culturales ha ido en nuestro mundo mucho más allá de lo que imaginaban los promotores de la empresa. Nadie quería jugar a Do yourself a book, no porque se negara noblemente a depravar los tesoros de la literatura, sino porque no veía ninguna diferencia entre el libro de un escritorzuelo de cuarta fila y la épica obra de Tolstoi. Ambos le tenían totalmente sin cuidado. Aun si el público tuviera «ganas de pisotear», desde su punto de vista «no había nada interesante por pisotear».

¿Comprendieron los editores esa singular lección? En cierto sentido, sí. No creo que se hayan percatado del estado de cosas siguiendo la línea de razonamiento que acabo de exponer, pero —guiados por el instinto, el olfato y el presentimiento— empezaron a sacar al mercado unas variantes de la «construcción» que se vendían mejor, porque no pretendían nada más que la composición de textos puramente pornográficos y obscenos. Los últimos supervivientes de la especie de los espíritus elevados respiraron con alivio al ver que por fin se dejaba en paz los venerables restos mortales de las obras maestras. El problema dejó de interesarles y de las columnas de las revistas literarias de élite desaparecieron los artículos donde los críticos se rasgaban las vestiduras y esparcían ceniza sobre sus cabezas (ovoides). Era lógico, ya que todo lo que ocurre en la zona literaria no perteneciente a la élite no importa nada en absoluto al Olimpo de las Bellas Artes y a sus diosecillos.

El Olimpo se despertó una vez más cuando Bernard de la Taille construyó, a partir de un juego llamado The Big Party y traducido al francés, una novela que recibió el «Prix Femina». Hubo, además, un escándalo, porque el sagaz francés no había advertido al jurado que su novela no era totalmente original y que procedía de una «composición». Por otra parte, la novela de De la Taille (Guerra a ciegas) no está desprovista de valores. Es evidente que su construcción exigía capacidades y nociones que los compradores de Do yourself a book normalmente no suelen poseer. Ese caso aislado dejó la situación tal como estaba. Se veía claramente desde el principio que la empresa oscilaba entre la farsa tonta y la pornografía comercial. Do yourself a book no trajo fortuna a nadie. Los espíritus elevados, acostumbrados al minimalismo, están ahora llenos de alegría porque los protagonistas de novelones sensacionalistas ya no entran en los salones tolstoianos y las doncellas de alma pura y noble, como la hermana de Raskolnikov, ya no tienen que acostarse con los depravados tipos del hampa.

En Inglaterra vegeta todavía una versión humorística de Do yourself a bookSe editan allí unos juegos de construcción que sirven para componer textos cortitos según las reglas del pure nonsense. El literato de estar por casa se divierte mucho cuando en su micronovela vierten en una botella toda una reunión de gente en vez de zumo de fruta, cuando Sir Galahad tiene una aventura amorosa con su caballo, o cuando el sacerdote juega en el altar, durante la misa, con trenes eléctricos, etc. Se ve que los ingleses se entretienen con estas cosas, ya que algunos periódicos tienen incluso una sección fija dedicada a esas elucubraciones. En el continente, en cambio, los Do yourself a book prácticamente dejaron de existir. Para terminar, citaré aquí la opinión de un crítico suizo cuya explicación del fracaso de la empresa es diferente de la mía: «El público —dice— es ya demasiado perezoso como para tener ganas de violar, desnudar o atormentar a alguien personalmente. Para eso hay profesionales. Los Do yourself a book hubieran tenido éxito, tal vez, si hubiesen aparecido unos sesenta años atrás. Al nacer demasiado tarde, murieron en el parto.» ¿Qué podemos añadir a esta constatación, fuera de un hondo suspiro?


En Vacío perfecto