27 may. 2011

León Bloy - La putrefacción





No quedará nada más que la putrefacción universal. ¿Hay alguna necesidad de llamar la atención sobre la importancia infinita de una alma viva, importancia tal que al día siguiente a un cataclismo, un solo hombre salvado valdría por una generación? Eso, huelga decirlo, hay que entenderlo en sentido espiritual.

La población toda de la Tierra se calcula en mil cuatrocientos o mil quinientos millones de personas. ¿Pero cuántas almas verdaderamente vivas hay en esa turbamulta humana? Una cada cien mil, acaso, o cada cien millones. No se sabe. Hay personas eminentes, de genio incluso, pero de alma inerte y que mueren sin haber vivido. Un alma sencilla dirá cada día, llorando de angustia: "¿Dónde está en mí el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo? ¿Puedo realmente considerarme vivo o soy un difunto en espera de sepultura?"

Causa espanto pensar que sobrevivimos en medio de una multitud de difuntos que se tienen por vivos; que el amigo, el camarada, el hermano con el que nos tropezamos por la mañana y que volveremos a ver por la noche, no es más que mera vida orgánica, apariencia de vida, una caricatura de existencia que no difiere en nada de cuantas se licúan en las sepulturas.

Resulta intolerable reconocer ante uno mismo que nos han traído al mundo unos padres difuntos; que ese sacerdote plantado en el altar se asemeja a un finado y que el Fármaco de la inmortalidad, la Hostia que acaba de consagrar para que nuestra alma reciba la Vida eterna, nos la va a administrar la mano de un cadáver, declamando con voz sepulcral las sagradas palabras de la liturgia.

Todos esos espectros funcionan, sin embargo, con una regularidad perfecta. La misa dicha por ese sacerdote vale tanto como la de un santo. La absolución que otorga a los pecadores es válida. La fuerza de su ministerio sobrenatural se alarga tanto en el tiempo que la muerte no prevalece contra él. Y esto es así para todos los semidifuntos que nos rodean y que nos vemos obligados a llamar, anticipadamente, muertos. Un alma exenta de vida, puede actuar y pensar mecánicamente.

Un cuerpo saludable y lozano puede ser el tabernáculo de una alma putrefacta. Horror harto frecuente. Ha habido casos de santos tocados por el privilegio espantable de poder oler las almas. De la Pastora de La Salette, Melania, se contaba que su vida era un puro sofoco. Castigo infernal que aceptaba y que no es posible afrontar sin horror.

La putrefacción universal que sigue a los horrendos castigos que han diezmado una parte de la tierra puede por tanto entenderse como la podredumbre de las almas. Algunos raros elegidos de Dios sienten seguro en este momento ese terrible hedor.

No hay duda de que esta guerra interminable desatada por los demonios ha rebajado tanto los caracteres que vale decir que todos los corazones se mueven a ras de tierra. Mientras unos se hacen matar para salvar cuanto quepa de la herencia de los siglos, otros, incontables, se baten en cómodas moradas con los cuajarones de la sangre de las víctimas. La avaricia más feroz, la concupiscencia más grosera se ha apoderado de tal manera de los elementos que componen el honor del pueblo, que se llega a glorificar el hacer fortuna asesinando a la patria ya mutilada. Todo cuanto rinde provecho material merece respeto. Incluso la traición, practicada ventajosamente por los habilidosos, tiene su aureola, y la guillotina llora.

Hay que estar tan privado de razón como de olfato para no percibir que el cuerpo social entero es una carroña semejante a aquélla de Baudelaire "que vomitaba negros ejércitos de larvas" de "fetidez tan enorme que, sobre la hierba, la amada creyó desmayarse ". Esta abominación, que sólo el fuego podrá purificar, crece día a día con terrible celeridad. Nos acostumbramos a ello, la cobardía de unos se torna cómplice de la perfidia de los otros, y aquéllos que deberían mostrar un mayor horror, sin mover un dedo, se resignan calladamente a la chusma. Se trata de la bancarrota de las almas, del irreparable déficit de la conciencia cristiana.

Resulta evidente que Dios se verá forzado a cambiar todas las cosas, pues la situación es insostenible. Pero los caídos que entraron en la Vida perdurable en alas de la victoria y los más venerados santos de Francia no tolerarán que se consume la ruina de una tierra que es la más dilecta heredad de Jesucristo. Qué harán, no lo sabemos. Asistiremos a prodigios que nos harán temblar o llorar de amor, tan imprevisibles como insólitos, pródromos del inconcebible Advenimiento.


En En tinieblas