24 may. 2011

Elías Canetti - Confucio en sus diálogos





La aversión de Confucio por la elocuencia: el peso de las palabras elegidas cabalmente. Teme que el uso fácil y corriente las debilite. La vacilación, la reflexión, el tiempo que precede a la palabra lo es todo; pero también el momento que la sigue. En el ritmo de la pregunta y la respuesta aisladas hay algo que acrecienta su valor. Aborrece la palabra rápida de los sofistas, el juego verbal apasionado. Lo que cuenta no es el choque de la respuesta veloz, sino el ahondar de la palabra en busca de su responsabilidad.

Le gusta aferrarse a algo existente y elucidarlo. No se han transmitido diálogos suyos más largos: parecerían antinaturales.

En contraste con él, sus discípulos resultan más útiles a los príncipes por su elocuencia que por su saber. Y así, aquellos que progresan en el mundo gracias a sus discursos no son, realmente, discípulos según el corazón del Maestro.

Impresionante es, en la vida de Confucio, su falta de éxito, especialmente durante el período de peregrinación de ciudad en ciudad. Difícilmente lo hubieran podido tomar en serio de haber llegado a ser ministro y ejercer su cargo en algún lugar. Se desentiende del poder como hecho consumado: sólo le interesan sus posibilidades. El poder nunca es para él un fin en sí mismo, sino más bien una tarea, la responsabilidad frente a la colectividad. Se convierte así en el Maestro de la negación y sabe preservarse totalmente. Pero no es un asceta, toma parte en todos los aspectos de esta vida y nunca se retira realmente de ella. Sólo en los períodos de duelo por los muertos admite algo similar al ascetismo, que sirve para conservar más vivo al difunto.

Su dicha, que nunca termina, es aprender. Su interés por lo antiguo se centra siempre en fenómenos humanos y sirve para organizar la vida. Su propensión al orden llega muy lejos, y su carácter ritual acaba integrándose completamente a su persona. "No se sentaba sobre una esterilla mal colocada." Tenía olfato para las distancias y sabía respetarlas.

Confucio no permite a ningún hombre ser un instrumento. Con esto se relaciona su aversión por los especialistas: un rasgo particularmente importante porque su influencia llega hasta la China actual. Lo que importa no es poder hacer esto o aquello, sino ser hombre con cualquier capacidad aislada.

Pero también insiste enfáticamente en la necesidad de no obrar por cálculo; lo cual significa, bien mirado, no tratar a los hombres como instrumentos. Sea cual fuere la opinión que nos merezca el origen social de este principio, que incluye cierto desprecio por la actividad comercial, el hecho de que haya sido expresado claramente y de que gracias al estudio de los Diálogos de Confucio haya conservado cierta validez -no decisiva, desde luego-, es de suma importancia para lo que podría calificarse de residuo de la cultura china como totalidad.

El hombre ejemplar sigue siendo aquel que no actúa por cálculo.

Confucio es paciente en sus esfuerzos por llegar al oído de quienes detentan el poder: los príncipes gobernantes. No puede decirse que los adule, y si reconoce su autoridad lo hace tan sólo porque les exige mucho en el ejercicio de esa autoridad.

Sobre la naturaleza del poder, lo que éste realmente es en profundidad, no parece tener noción alguna. Esta noción la transmitirán sus adversarios ulteriores, los legalistas. Es muy significativo que todos los pensadores de la historia de la humanidad que tienen alguna idea del poder efectivo, lo afirmen. Los pensadores que están contra el poder, penetran a duras penas en su esencia. La aversión que les produce es tan grande que prefieren no ocuparse de él; temen que los contamine: su postura tiene algo de religioso.

Sólo han elaborado una ciencia del poder aquellos pensadores que lo aprueban y están dispuestos a ser sus consejeros. ¿Cuál es el mejor modo de obtener y conservar el poder? ¿Qué hay que tener en cuenta para defenderlo? ¿Qué escrúpulos hay que desechar para que no obstaculicen su ejercicio?

El más interesante entre estos conocedores del poder, que lo valoran positivamente, es Han Fei Tse (que vivió 250 años después de Confucio). Estudiarlo resulta indispensable justamente para los adversarios declarados del poder.

Los Diálogos de Confucio constituyen el retrato espiritual completo más antiguo de un hombre. Se leen como un libro moderno: no sólo es importante aquello que contienen, sino también todo aquello que les falta.

A través de ellos conocemos a un hombre muy completo, pero no a un hombre cualquiera. Es un hombre atento a su propia ejemplaridad y deseoso de influir en otros a través de ella. Cada uno de sus rasgos, y los aquí consignados son numerosísimos, posee un sentido. A partir de un orden no estricto y sin ningún principio configurativo identificable, se pone de manifiesto, globalmente, una criatura que actúa de manera increíble, que piensa, respira, habla, enmudece y que, sobre todo, es un modelo.

La figura de Confucio permite apreciar con particular claridad la forma en que un modelo surge y se mantiene. Es preciso, ante todo, que uno mismo esté embebido de un modelo al que pueda atenerse en cualquier circunstancia y del cual no dude; un modelo irrenunciable, que uno quisiera alcanzar y nunca alcanza del todo. Y aun cuando lo hubiera alcanzado, nunca deberá admitir la veracidad de este hecho, pues el modelo alcanzado perdería su fuerza. Sólo alimenta a quien lo contempla a la distancia. El intento por superar esta distancia, el intento por imponerse al modelo, deberá ser renovado siempre, pero nunca podrá tener éxito. Mientras no lo tenga, mientras se preserve la tensión de la distancia, el salto en dirección al modelo siempre podrá ser intentado de nuevo. Lo que importa, aunque sea de un modo aparentemente vano, son estos intentos, vanos también en apariencia, pues al realizarlos se van adquiriendo una serie de experiencias, de capacidades, de cualidades, una tras otra.

Confucio sitúa su propio modelo a gran distancia: es el duque de Dschou, que vivió quinientos años antes que él y a quien se le atribuía la mayor parte de las instituciones de aquella dinastía, por entonces nueva. A fin de comprenderlo, Confucio se ocupó de todo cuanto aconteciera en aquel tiempo y a partir de él, estudiando los documentos históricos, los cantos, los ritos. Examina todas estas tradiciones, las tamiza y las ordena; más tarde se admitió que todo cuanto se sabía sobre aquel período había sido sancionado por él. Su modelo se le aparece en sueños; en sus últimos años llega incluso a inquietarse cuando estas apariciones dejan de repetirse un tiempo. Considera este hecho como una señal de desaprobación: significa que a Confucio le han fallado demasiadas cosas que el duque había conseguido.

Pero no es su único modelo. Podría afirmarse que Confucio agrupa en torno a diversos modelos toda la historia china, hasta donde creía conocerla: en los inicios de cada una de las tres dinastías tradicionales, pero también inmediatamente antes de la primera de ellas, coloca a una o dos figuras que, gracias a su ejemplaridad, definirán por largo tiempo el período que las sigue. No sólo está consciente de la enorme importancia de los modelos, sino que sabe asimismo que éstos se deterioran y por eso se encarga de renovarlos. De sí mismo y de sus discípulos deduce la eficacia de los modelos. De los príncipes que intenta aconsejar y que se niegan a escucharlo, aprende a conocer los antimodelos. Por desagradables que éstos le resulten, no los suprime. Los introduce en la historia y los sitúa de preferencia al final de las dinastías. Pero no olvida preocuparse de que, en el curso de la historia, sean vencidos y destronados por los modelos positivos.

A fuerza de ocuparse de sus modelos, él mismo acabó por convertirse en uno de ellos: y lo realmente curioso es que llegó a serlo mucho más que aquéllos, y por un lapso temporal muchísimo mayor.

"Un joven", dice Confucio, "debería ser tratado con el máximo respeto. ¿Cómo sabes si un día llegará a valer tanto como tú vales ahora? Quien haya llegado a los cuarenta o cincuenta años sin haberse distinguido por algo, no merece respeto alguno."

Confucio mismo aplicó este principio a lo largo de su dilatado trato con sus discípulos. ¡Cómo los observaba! ¡Con cuánta prudencia los valora! Se guarda muy bien de perjudicarlos con elogios demasiado prematuros. Pero no se contiene y es feliz cuando merecen alguna alabanza ilimitada. No critica sin quitarle a la crítica su filo nocivo. Y a su vez deja que sus discípulos lo critiquen y les contesta. Pese a todos los principios de los que parte, su valoración del carácter sigue siendo empírica. Cuando ve a dos discípulos juntos, los interroga sobre sus deseos más íntimos y luego les revela los suyos. En este hecho apenas si cabe advertir una censura: es más bien una confrontación entre naturalezas diferentes.

Pero tampoco hace un misterio de su profundo amor por Yen-Hui, el Puro y sin éxito en el mundo; y no oculta su desesperación cuando este discípulo predilecto muere a los 32 años.

No conozco ningún sabio que, como Confucio, haya tomado la muerte tan en serio. Cuando lo interrogaban sobre ella, se negaba a responder. "Si aún no se conoce la vida, ¿cómo se podría conocer la muerte?" Jamás se ha pronunciado una frase más apropiada sobre el tema. Sabe perfectamente que todas las preguntas de este género apuntan a un período posterior a la muerte. Toda respuesta a ellas es una escapatoria que no toma en cuenta a la muerte y la escamotea, tanto como a su incomprensibilidad. Si hay algo después, como antes había algo, la muerte en cuanto tal perdería su peso. Y Confucio no se presta a este juego de prestigiditación, el más indigno de todos. No dice que después no haya nada: no puede saberlo. Pero uno tiene la impresión de que saberlo no le importaría en absoluto, aun cuando fuese posible. Todo valor es transferido así a la vida misma: se le restituye esa parte de seriedad y esplendor que le habían arrebatado al transferir buena parte de su fuerza -acaso la mejor- al más allá de la muerte. Así la vida sigue siendo íntegramente lo que es, y la muerte también permanece intacta: no son intercambiables ni comparables, no se entremezclan; conservan su unicidad.

La pureza y el orgullo humano de este postulado son perfectamente conciliables con aquella enfática potenciación de la memoria de los muertos que aparece en el Li-Ki, el Libro de los Ritos chino. En este Libro de los Ritos se encuentra lo más digno de fe que haya leído yo jamás sobre la aproximación a los muertos, sobre el sentimiento de su presencia en los días destinados a su memoria. El contenido del Libro se inspira totalmente en el espíritu de Confucio; aunque sólo fue redactado en esta forma muy posteriormente, es aquello que siempre advertimos al leer los Diálogos del Maestro. Con una mezcla de ternura y tenacidad difícil de encontrar en otro sitio, Confucio se esfuerza por acrecentar el sentimiento de veneración hacia algunos muertos. Poco se ha insistido en el hecho de que así intenta disminuir el placer de la supervivencia, una de las tareas más delicadas y que hasta la fecha no ha sido solucionada en modo alguno.

Quien lleva duelo durante tres años por la muerte de su padre, interrumpiendo así radicalmente y por tanto tiempo el curso de sus actividades habituales, no puede sentir placer alguno en la supervivencia; cada satisfacción que ésta le produjera, suponiendo que fuera posible, sería extirpada ya en su base por la práctica de las obligaciones inherentes al duelo. Pues en este período se ha de demostrar, además, que uno es digno del padre, cuya vida asume en todos sus detalles: uno se transforma en él, pero a través de una veneración incesante. No sólo no se lo aleja, sino que se desea su retomo, llegando a obtenerse una sensación del mismo en determinados ritos. El padre muerto sigue existiendo como figura y modelo. Uno se guarda muy bien de no cumplir con las tareas que impone su memoria: hay que mostrarse capaz frente a él.

Al cabo de tres días se vuelve a comer; al cabo de tres meses uno se lava de nuevo; al cabo de un año se vuelve a llevar ropa de seda cruda bajo el traje de luto. La autotortura no debe prolongarse hasta el aniquilamiento del propio ser, a fin de que la vida no sea perjudicada por la muerte. El duelo no deberá sobrepasar los tres años.

Los sacrificios no deberán ser muy frecuentes, pues de lo contrario se tornan onerosos y su solemnidad se ve afectada. Pero tampoco deberán ser demasiado esporádicos, pues uno se vuelve perezoso y olvida a los difuntos.

El día del sacrificio, el hijo pensó en sus padres y evocó su vivienda, su sonrisa, su timbre de voz y su manera de ser; pensó en aquello que les causaba alegría y les gustaba comer. Después de haber ayunado y meditado así por espacio de tres días, vio a aquellos por los cuales ayunaba.

El día del sacrificio, cuando entró en la estancia de sus antepasados, esperó ansiosamente verlos de nuevo en sus sitiales; al caminar, entrar o salir de ella estaba serio, como seguro de que los escucharía moverse o conversar; al dirigirse hacia la puerta, se detuvo a escuchar conteniendo la respiración, como si los hubiera oído suspirar.

Que yo sepa, se trata del único intento serio, en todas las civilizaciones, por suprimir el ansia de sobrevivir. A este respecto habrá que considerar, sin ningún prejuicio, el confucianismo tal como se manifiesta en sus orígenes, y pese a todas sus degeneraciones posteriores.

Con todo el respeto que por esto nos merezca Confucio, no se podrá negar que le importaba mucho más otro problema: utilizar el culto a los muertos para consolidar la tradición. Prefirió este medio a las sanciones; las leyes y los castigos. Prolongar la tradición de padres a hijos le pareció más eficaz, pero sólo en la medida en que el padre estuviera siempre presente, como una imagen no deleznable, ante los ojos del hijo. Tres años de duelo le parecieron necesarios para que el hijo llegara a ser plenamente lo que el padre había sido.

Esto supone una gran confianza en lo que el padre había sido, y pretende evitar un empeoramiento de padres a hijos. Cabe, no obstante, preguntarse si así no se dificultaría también un posible mejoramiento.

1971


En La conciencia de las palabras