14 may. 2011

Claude Levy-Strauss - El mar de los Sargazos





En Dakar habíamos dicho adiós al Viejo Mundo, y, sin parar mientes en las islas de Cabo Verde, llegamos a ese fatídico 7° N donde Colón, en 1498, durante su tercer viaje, no obstante haber partido en la dirección que lo llevaría a descubrir el Brasil, cambió de ruta hacia el noroeste y por milagro logró tocar, quince días después, Trinidad y la costa de Venezuela.

Nos acercábamos al «Mar de los Sargazos», terror de los antiguos navegantes. Los vientos propios de cada hemisferio se detienen a uno y otro lado de esta zona donde las velas, sin un hálito para animarlas, colgaban durante semanas. El aire es tan inmóvil que uno cree estar no en alta mar, sino en un espacio cerrado; sombrías nubes cuyo equilibrio no es afectado por ninguna brisa, sensibles tan sólo a la gravedad, descienden y se disgregan lentamente en el mar. Si su inercia no fuera tan grande, barrerían la superficie pulida con sus colas rastreras. El océano, iluminado indirectamente por los rayos de un sol invisible, presenta un reflejo aceitoso y monótono, que excede al que refleja un cielo de tinta e invierte la relación habitual de los valores luminosos entre el aire y el agua. Cuando se echa hacia atrás la cabeza, toma forma un paisaje marino más verosímil, donde cielo y mar se sustituyen recíprocamente. A través de este horizonte que ya es íntimo —tanta pasividad hay en los elementos y tan exigua es la claridad— vagan perezosamente algunos remolinos, cortas y confusas columnas que disminuyen más la altura aparente que separa el mar del techo nebuloso. El barco se desliza entre esas superficies cercanas con una especie de prisa ansiosa, como si se le hubiera fijado un plazo para huir de la sofocación. A veces, un remolino se acerca, pierde sus contornos, invade el espacio y flagela el puente con sus lonjas húmedas. Luego, del otro lado, reencuentra su forma visible y su ser sonoro se extingue.

Toda vida había abandonado el mar. Ya no se veía delante del barco la negra resaca de los delfines, sólida y más cadenciosa que el avance de la espuma sobre la roda, adelantándose graciosamente a la huida blanca de las olas. Ya no cortaba el horizonte el chorro de ningún delfín. De allí en adelante, ya no hubo un mar intensamente azul poblado por la flotilla de delicadas velas membranosas, malvas y rosadas, de los nautilos.

¿Estarían aún del otro lado, para recibirnos, todos esos prodigios que divisaron los navegantes antiguos? Recorriendo espacios vírgenes, no se ocupaban tanto de descubrir un Nuevo Mundo como de verificar el pasado del Viejo. Adán, Ulises, resultaban confirmados. Cuando Colón tocó la costa de las Antillas en su primer viaje, creyó que acaso había alcanzado el Japón, pero, más aún, el Paraíso Terrenal. Los cuatrocientos años transcurridos desde entonces no anonadan esa gran diferencia gracias a la cual, durante diez o veinte milenios, el Nuevo Mundo permaneció al margen de las agitaciones de la historia. En distinto plano, algo de eso parece quedar aún. Pronto me enteraría de que, si bien América del Sur ya no era un Edén antes de la «caída», gracias a ese misterio podía seguir siendo una edad de oro, por lo menos para los que tenían dinero. Su suerte se estaba fundiendo como la nieve al sol. ¿Qué quedaba de ella? Reducida a una preciosa ínsula, a la par que desde hoy sólo pueden entrar allí los privi-legiados, se ha transformado en su naturaleza, que de eterna se convirtió en histórica, y de metafísica en social. El paraíso de los hombres tal como Colón lo había entrevisto se prolongaba y se abismaba a la vez en la dulzura de vivir, reservada a los ricos.

El cielo fuliginoso del «Mar de los Sargazos», su atmósfera pesada, no son el único signo manifiesto de la línea ecuatorial. Sintetizan el clima en el cual se han enfrentado dos mundos. Este melancólico elemento que los separa, esta bonanza donde sólo las fuerzas maléficas parecen refugiarse, son la última barrera mística entre lo que aún ayer eran dos planetas opuestos por condiciones tan diferentes, que los primeros testigos no podían creer que fueran igualmente humanos. Un continente apenas hollado por el hombre se ofrecía a otros hombres cuya avidez no se contentaba con el suyo. Todo iba a replantearse por este segundo pecado: Dios, la moral, las leyes. De manera simultánea y a la vez contradictoria, todo sería de hecho verificado, de derecho revocado. Verificados: el Edén de la Biblia, la Edad de Oro de los antiguos, la Fuente de Juvencia, la Atlántida, las Hespérides, las Arcadias y las islas Afortunadas; pero también puestos en duda, ante el espectáculo de una humanidad más pura y más feliz (que en realidad no lo era verdaderamente, pero que un secreto remordimiento se lo hacía creer), la revelación, la salvación, las costumbres, el derecho. La humanidad nunca conoció una prueba tan desgarrante y jamás conocerá otra igual, a menos que alguna vez se revele algún planeta, a millones de kilómetros de distancia, habitado por seres pensantes. Más aún: nosotros sabemos que esas distancias son teóricamente franqueables, mientras que los primeros navegantes temían enfrentarse con la nada.

Para medir el carácter absoluto, total, intransigente de los dilemas en los que se sentía encerrada la humanidad del siglo XVI hay que recordar algunos incidentes. Los colonizadores enviaban comisión tras comisión a la Española (hoy Haití y Santo Domingo) con el fin de determinar la naturaleza de los indios —unos 100 000 en 1492 y reducidos a 200 un siglo más tarde— que morían de horror y repugnancia por la civilización europea más aún que por la viruela y sus golpes. Si realmente eran hombres, ¿eran los descendientes de las diez tribus perdidas de Israel? ¿O mongoles llegados sobre elefantes? ¿O escoceses llevados siglos antes por el príncipe Modoc? ¿Eran de origen pagano o se trataba de antiguos católicos bautizados por santo Tomás y caídos después en la herejía? Tampoco estaban seguros de que fueran hombres y no criaturas diabólicas o animales. Así lo pensaba el rey Fernando, ya que en 1512 envió esclavas blancas a las Indias Occidentales con el único fin de impedir que los españoles se casaran con indígenas, que estaban muy lejos de ser criaturas racionales. Frente a los esfuerzos de Las Casas para suprimir los trabajos forzados, los colonos se mostraban no tanto indignados cuanto perplejos: «¿Cómo? ¿No podemos servirnos de bestias de carga?».

De todas esas comisiones, la más justamente célebre —la de los monjes de la Orden de San Jerónimo— nos conmueve por un escrúpulo que las empresas coloniales olvidaron totalmente desde 1517 y por la luz que arroja sobre las actitudes mentales de la época. En una verdadera encuesta psicosociológica, concebida según los cánones más modernos, se sometió a los colonos a un cuestionario para saber si, según ellos, los indios eran o no capaces de vivir por sí mismos, como los campesinos de Castilla. Todas las respuestas fueron negativas. Se decía que, en rigor, quizá sus nietos pudieran serlo, pero los indígenas eran tan profundamente viciosos, que cabía dudarlo. Por ejemplo: huían de los españoles, se negaban a trabajar sin remuneración y, sin embargo, llevaban su perversidad hasta el punto de regalar sus bienes; no aceptaban a sus camaradas a quienes los españoles habían cortado las orejas. Y como conclusión unánime: «Para los indios valía más ser hombres esclavos que animales libres».

Un testimonio algo posterior pone la nota final a esa requisitoria: señalando que «los indios comen carne humana, no tienen justicia; van completamente desnudos, comen pulgas, arañas y gusanos crudos... No tienen barba, y, si por casualidad les crece, se apresuran a cortársela» (Ortiz, ante el Consejo de Indias, 1525).

Por otra parte, en el mismo momento y en una isla vecina (Puerto Rico, según el testimonio de Oviedo), los indios se esmeraban en capturar blancos y hacerlos perecer por inmersión; después, durante semanas, montaban guardia junto a los ahogados para saber si estaban o no sometidos a la putrefacción. De esta comparación entre las encuestas se desprenden dos conclusiones: los blancos invocaban las ciencias sociales, mientras que los indios confiaban más en las ciencias naturales; y en tanto que los blancos proclamaban que los indios eran bestias, éstos se conformaban con sospechar que los primeros eran dioses. A ignorancia igual, el último procedimiento era ciertamente más digno de hombres.

Las pruebas intelectuales agregan un patético suplemento al trastorno moral. Todo era misterio para nuestros viajeros. La Imagen del mundo, de Pierre d'Ailly, habla de una humanidad recientemente descubierta y supremamente feliz, gens beatissima, compuesta por pigmeos, macrobios y hasta acéfalos. Pedro Mártir recoge la descripción de bestias monstruosas: serpientes semejantes a cocodrilos, animales con cuerpo de buey armado de probóscide como el elefante; peces con cuatro miembros y cabeza también de buey, con la espalda provista de mil verrugas y con caparazón de tortuga; tiburones que devoraban a la gente. En fin de cuentas, no eran más que boas, tapires, manatíes o hipopótamos y tiburones (en portugués tuburâo). Pero, inversamente, aparentes misterios se admitían con toda naturalidad. Para justificar el brusco cambio de ruta que lo hizo desviarse del Brasil, ¿no relata Colón, en sus informes oficiales, extravagantes circunstancias, jamás repetidas desde entonces, sobre todo en esa zona siempre húmeda? El calor quemaba hasta tal punto que impedía acudir a las bodegas; las cubas del agua y del vino estallaban; el cereal ardió, el tocino y la carne seca se asaron durante una semana; el sol era tan ardiente que la tripulación creyó que iba a ser quemada viva. ¡Siglo feliz, donde todo resultaba aún posible, como quizá también hoy, gracias a los platos voladores!

¿No fue en estas aguas por donde ahora navegamos, o por aquí cerca, donde Colón encontró a las sirenas? En realidad, las vio al final de su primer viaje, en el mar Caribe, aunque también hubiera podido ser a la altura del delta amazónico. Colón cuenta que las tres sirenas elevaban su cuerpo sobre la superficie del océano, y aunque no eran tan bellas como se las representaba en los cuadros, su cara redonda tenía forma nítidamente humana. Los lamantinos tienen la cabeza redonda y las tetas en el pecho; como las hembras amamantan a sus crías apretándolas contra sí con una pata, la identificación no resulta tan sorprendente en una época en que se describe al algodonero (y hasta se lo dibuja) como un «árbol de ovejas»; un árbol que a guisa de frutos tenía ovejas enteras suspendidas por la espalda, y sólo bastaba con esquilarlas.

Igualmente, en el cuarto libro de Pantagruel, Rabelais, fundándose sin duda en relatos de algún navegante llegado de las Américas, presenta la primera caricatura de lo que los etnólogos llaman hoy «sistema de parentesco» y lo borda libremente, en un frágil cañamazo, pues se pueden concebir pocos sistemas de parentesco donde un anciano pueda llamar «padre» a una niñita. En todos esos casos, la conciencia del siglo XVI carecía de un elemento más esencial que los conocimientos, que era una cualidad indispensable a la reflexión científica; los hombres de esa época no eran sensibles al estilo del universo; de la misma manera que hoy, en el plano de las bellas artes, un rústico que sólo haya percibido ciertos caracteres exteriores de la pintura italiana o de la escultura negra y no su armonía significativa, sería incapaz de distinguir una falsificación de un Botticelli auténtico, o un objeto barato de una figurilla de Pahouin. Las sirenas y el árbol de ovejas constituyen algo más, y diferente, que meros errores objetivos; en el plano intelectual son más bien faltas de finura; defectos de espíritus que, a pesar de su genio y del refinamiento que manifestaban en otros órdenes, eran inválidos en el de la observación. Esto no implica una censura, sino más bien un sentimiento de reverencia frente a los resultados obtenidos a pesar de esas lagunas.

El puente de un barco con rumbo a América ofrece al hombre moderno, más adecuadamente que Atenas, una acrópolis para sus plegarias. ¡Desde hoy te rehusamos, oh anémica diosa, maestra de una civilización emparedada! Por encima de esos héroes —navegantes, exploradores y conquistadores del Nuevo Mundo— que (hasta tanto llegue el viaje a la Luna) corrieron la única aventura total que se haya propuesto la humanidad, mi pensamiento se dirige hacia vosotros, sobrevivientes de una rezaga que tan cruelmente pagó el honor de mantener las puertas abiertas: ¡oh indios, cuyo ejemplo enriqueció la sustancia de que se alimentara la escuela, a través de Montaigne, Rousseau, Voltaire, Diderot! ¡Oh hurones, iroqueses, caribes, tupíes: heme aquí!

Los primeros resplandores que Colón avistó, y que confundió con la costa, provenían de una especie marina de gusanos fosforescentes, que desovaban entre la puesta del sol y la salida de la luna, pues la tierra no podía ser visible aún. Son sus luces las que ahora adivino, durante esta noche insomne que paso en el puente, atisbando a América.

Ya desde ayer, el Nuevo Mundo está presente, pero no para la vista. La costa se halla demasiado lejos, a pesar del cambio de ruta en un eje oblicuo hacia el sur, que progresivamente, desde el Cabo de Sao Agostino hasta Rio de Janeiro, se mantendrá paralelo a la costa. Por lo menos durante dos días, o quizá tres, navegaremos al costado de América. No son tampoco los grandes pájaros marinos los que anuncian el fin de nuestro viaje —rabos de junto gritones, petreles tiránicos que en pleno vuelo obligan a las plangas a devolver su presa—; estos pájaros se aventuran lejos de las tierras. Colón se enteró de eso poco después (todavía en medio del océano saludaba su vuelo como su victoria). Los peces voladores, que se impulsaban a coletazos en el agua y llegaban lejos gracias a sus aletas abiertas, mientras que sobre el crisol azul del mar surgían chispas de plata en todos los sentidos, habían disminuido desde hacía algunos días. Para el navegante que se aproxima al Nuevo Mundo se impone primeramente como un perfume, bien diferente del que se insinúa desde París con una asociación verbal y difícil de describir para quien no lo ha respirado.

Al principio parece que las fragancias marinas de las semanas precedentes ya no circulan con libertad; chocan contra un muro invisible; inmovilizadas, ya no requieren más la atención; ésta se orienta hacia olores de otra naturaleza, que ninguna experiencia anterior permite calificar. Brisa de selva que alterna con perfumes de invernadero, quintaesencia del reino vegetal, cuya frescura específica parece tan concentrada que podría traducirse por una embriaguez olfativa, última nota de un poderoso acorde arpegiado para aislar y fundir a la vez los tiempos sucesivos de aromas diversamente sazonados. Sólo lo comprenderán quienes han hundido su nariz en un pimiento exótico recién abierto después de haber respirado, en algún botequim del sertâo brasileño, el rollo almibarado y negro del fumo de rolo —hojas de tabaco fermentadas y arrolladas en cuerdas de varios metros— y en la unión de estos olores hermanos reencuentran a esa América que durante milenios fue la única poseedora del secreto.

Pero cuando a las cuatro de la mañana del siguiente día ella se levanta finalmente en el horizonte, la imagen visible del Nuevo Mundo aparece digna de su perfume. Durante dos días y dos noches se va revelando una inmensa cordillera; inmensa no ciertamente por su altura sino porque se reproduce, siempre idéntica a sí misma, sin que sea posible distinguir un comienzo o una interrupción en el encadenamiento desordenado de sus crestas. A muchos cientos de metros por encima de las olas, esas montañas elevan sus paredes de piedra pulida, cabalgata de formas provocativas y locas como se ven a veces en castillos de arena desgastados por la marea, pero que uno jamás sospecharía que, al menos en nuestro planeta, existieran en tan grande escala.

Esta impresión de enormidad es privativa de América; se la experimenta por todas partes, tanto en las ciudades como en la campaña; yo la he sentido frente a la costa y en las mesetas del Brasil central, en los Andes bolivianos y en las Rocallosas del Colorado, en los barrios de Rio, los alrededores de Chicago y las calles de Nueva York. En todas partes se recibe la misma impresión violenta. Pero esos espectáculos recuerdan otros semejantes: esas calles son calles, esas montañas son montañas, esos ríos son ríos; ¿de dónde proviene la sensación de extrañeza? Simplemente, de que la relación entre la talla del hombre y la de las cosas se ha distendido hasta tal punto que la medida común está excluida. Más tarde, cuando uno se ha familiarizado con América, se opera casi inconscientemente esa acomodación que restablece una relación normal entre los términos; se hace imperceptiblemente, y esto se verifica justamente en el mecanismo mental que se produce cuando desciende el avión. Pero esa inconmensurabilidad congénita de ambos mundos penetra y deforma nuestros juicios. Los que declaran que Nueva York es fea son tan sólo víctimas de una ilusión de la percepción. Aún no han aprendido a cambiar el marco de referencia, se obstinan en juzgar a Nueva York como una ciudad y critican las avenidas, los parques, los monumentos. Y sin duda, objetivamente, Nueva York es una ciudad; pero el espectáculo que presenta a la sensibilidad europea es de otro orden de dimensión: es el de nuestros propios paisajes, en tanto que los paisajes americanos nos arrastrarían hacia un sistema aún más vasto, para el cual no poseemos equivalente. La belleza de Nueva York, por lo tanto, no se refiere a su naturaleza de ciudad sino a su transposición, inevitable para nuestra vista si renunciamos a toda rigidez, de la ciudad al nivel de un paisaje artificial donde los principios del urbanismo ya no intervienen; los únicos valores significativos son la suavidad de la luz, la sutileza de las lejanías, los precipicios sublimes al pie de los rascacielos, y los valles umbríos sembrados de automóviles multicolores, como flores.

Después de esto me siento aún más embarazado para hablar de Rio de Janeiro, que me rechaza a pesar de su belleza tantas veces celebrada. ¿Cómo decir? Me parece que el paisaje de Rio no está a la escala de sus propias dimensiones. El Pan de Azúcar, el Corcovado, todos esos puntos tan alabados, se le aparecen al viajero que penetra en la bahía como raigones perdidos en los rincones de una boca desdentada. Casi constantemente sumergidos en la bruma fangosa de los trópicos, esos accidentes geográficos no llegan a llenar un horizonte demasiado como para sentirse uno satisfecho. Si se quiere abrazar un espectáculo hay que tomar la bahía de flanco y contemplarla desde las alturas. Del lado del mar y por una ilusión inversa a la de Nueva York, aquí es la naturaleza lo que reviste el aspecto de los astilleros.

Así las dimensiones de la bahía de Rio no son perceptibles con la ayuda de referencias visuales: la lenta progresión del navio, sus maniobras para evitar las islas, la frescura y los perfumes que descienden bruscamente de las selvas pegadas a los morros, establecen por anticipado cierto contacto físico con flores y rocas que aún no existen como objetos, pero que preforman para el viajero la fisonomía de un continente. Y otra vez Colón viene a mi memoria, cuando señala que los árboles eran tan altos que parecían tocar el cielo, y según creía, nunca perdían sus hojas, pues los había visto tan frescos y verdes en noviembre como en mayo en España; algunos hasta tenían flores y otros, frutos; en cualquier dirección hacia donde se volviera, cantaba el ruiseñor acompañado por millares de pájaros de especies diferentes. He allí América, el continente se impone. Está hecho de todas las presencias que en el crepúsculo animan el horizonte nebuloso de la bahía; pero para el recién llegado, esos movimientos, esas formas, esas luces, no indican provincias, caseríos y ciudades; no significan selvas, praderas, valles y paisajes; no traducen los pasos y los quehaceres de individuos que se ignoran unos a otros, cada uno encerrado en el horizonte estrecho de su familia y de su trabajo. Todo eso vive una existencia única y global. Lo que me rodea por todas partes y me aplasta, no es la diversidad inagotable de las cosas y de los seres, sino una sola y formidable entidad: el Nuevo Mundo.

En Tristes Trópicos
Traducción: Noelia Bastard
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis