19 may. 2011

Aldous Huxley - Lo milagroso





Las revelaciones son la aberración de la fe; son una diversión que echa a perder la simplicidad en la relación con Dios, que embaraza al alma y hace que se desvíe de su derechura en la relación con Dios. Distraen al alma y la ocupan con cosas que no son Dios. Iluminaciones y audiciones especiales, profecías y lo demás son señales de debilidad en un alma que no puede soportar los asaltos de la tentación o de la ansiedad acerca del porvenir y del juicio de Dios. Las profecías son también señales de curiosidad de criatura en un alma para quien Dios es indulgente y a quien, como el padre al hijo importuno, da unos dulces triviales para satisfacer su apetito.

J. J. Olier


El menor grado de gracia santificadora es superior a un milagro, que es sobrenatural tan sólo en razón a su causa, por su modo de producirse (quoad modum), no por su realidad íntima; la vida devuelta a un cadáver es sólo la vida natural, baja ciertamente en comparación con la de la gracia.

R. Garrigou-Lagrange


¿Puedes andar sobre el agua? No hiciste más que lo que hace una paja. ¿Puedes volar por el aire? No hiciste más que lo que hace una moscarda. Vence a tu corazón; entonces quizá llegarás a ser alguien.

Ansari de Herat



Los estados anormales del cuerpo, que a menudo acompañan el advertimiento inmediato de la divina Base, no son, por supuesto, partes esenciales de esa experiencia. En realidad, muchos místicos deploraban tales cosas como signo, no de divina gracia, sino de debilidad corporal. Levitar, caer en éxtasis, perder el uso de los sentidos —todo ello es, según las palabras de Condren, "recibir los efectos de Dios de modo muy animal y carnal".

Una onza de gracia santificadora —solía decir San Francisco de Sales— vale más que un quintal de esas gracias que los teólogos llaman "gratuitas", entre las cuales figura el don de obrar milagros. Es posible recibir tales dones y hallarse, no obstante, en pecado mortal; y no son necesarios para la salvación.

Jean Pierre Camus


Los sufíes consideraban a los milagros como "velos" puestos entre el alma y Dios. Los maestros de la espiritualidad hindú instan a sus discípulos a no prestar atención a los siddhis, o poderes psíquicos, que pueden sobrevenirles sin buscarlos, como producto secundario de la contemplación. El cultivo de tales facultades advierten, distrae al alma de la Realidad y erige obstáculos infranqueables en el camino del esclarecimiento y la liberación. Parecida actitud toman los mejores maestros budistas, y en una de las escrituras palis hay una anécdota que registra el seco comentario del Buda sobre una prodigiosa proeza de levitación realizada por uno de sus discípulos. "Esto —dijo— no conducirá a la conversión de los no conversos, ni será provechoso para los conversos." Luego continuó hablando de la liberación. Como no saben nada de espiritualidad y consideran el mundo material y sus hipótesis acerca de éste como cosas de importancia suprema, los racionalistas están ansiosos de convencerse y de convencer a otros de que no ocurren ni pueden ocurrir milagros. Como han tenido experiencia de la vida espiritual y de sus productos secundarios, los expositores de la Filosofía Perenne están convencidos de que ocurren milagros, pero los consideran como cosas de poca importancia, y ésta principalmente negativa y antiespiritual. Los milagros que actualmente tienen más demanda y de los que hay suministro más seguido, son los de la curación psíquica. En el Evangelio se indica claramente en qué circunstancias y hasta qué punto debería usarse la facultad de la curación psíquica: "¿Es más fácil decir al enfermo de parálisis: Tus pecados son perdonados o decirle: Levántate, deshaz tu cama y anda?" El que pueda "perdonar pecados" puede usar sin peligro el don de curación. Pero el perdón de los pecados sólo es posible, en plenitud, a aquellos que "hablan con autoridad", por ser abnegados cauces del Espíritu divino.

Ante estos santos teocéntricos, el ser humano ordinario, no regenerado, reacciona con una mezcla de amor y pavor —anhelando, aproximarse a ellos y al mismo tiempo obligado por su santidad misma a decirles: "Apártate de mí, que soy pecador." Tal santidad santifica hasta el punto de obtener perdón los pecados de los que se acercan a ella, y se les permite empezar de nuevo, arrostrar las consecuencias de sus culpas pasadas (pues, por supuesto, quedan las consecuencias) con espíritu nuevo que hace posible para ellos la neutralización del mal o su conversión en un bien positivo. Una clase menos perfecta de perdón puede ser otorgada por aquellos que, sin ser de suyo destacadamente santos, hablan con la delegada autoridad de una institución que el pecador cree ser de algún modo cauce de gracia sobrenatural. En este caso el contacto entre el alma no regenerada y el Espíritu divino no es directo, sino mediato, a través de la imaginación del pecador.

Los que son santos en virtud de ser abnegados cauces del Espíritu pueden practicar la curación psíquica sin ningún peligro; pues sabrán cuáles de los enfermos están dispuestos a aceptar el perdón junto con el mero milagro de una cura corporal. Los que no son santos, pero pueden perdonar pecados por pertenecer a una institución que se cree ser cauce de gracia, pueden también practicar la curación con harta confianza de que no harán más daño que bien. Pero, infortunadamente, la maña de la curación psíquica parece ser innata en ciertas personas, mientras que otras pueden adquirirla sin adquirir el menor grado de santidad. ("Es posible recibir tales gracias y hallarse, no obstante, en pecado mortal.") Tales personas usarán de su maña, sin distinción, sea para lucirse o por ganancia. A menudo hacen curas espectaculares, mas, careciendo de la facultad de perdonar pecados y aun de comprender los correlativos psicológicos, condiciones o causas de los síntomas que tan milagrosamente disiparon, dejan un alma vacía, barrida y compuesta para la venida de otros siete demonios peores que los primeros.

En La Filosofía Perenne
Traducción: C. A. Jordana
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS