29 abr. 2011

William Faulkner - Al Jackson





Querido Anderson:

He pasado el fin de semana en una excursión en barco por el lago, y cuando remontábamos el río el piloto nos indicó por señas la morada del viejo Jackson. Los Jackson son descendientes de Old Hickory, y sólo sobrevive uno de ellos: Al Jackson.

Me gustaría que pudieras conocerle: con tu interés por la gente, sería para ti una mina de oro. Sin mediar culpa por su parte, pues es muy retraído, el hombre ha tenido una vida muy agitada. Se cuenta que nadie lo vio nunca vadeando o nadando desvestido. Había algo relacionado con sus pies, según dicen, aunque nadie sabe nada a ciencia cierta.

El piloto me estuvo hablando acerca de la familia. La madre de Al, a la edad de siete años, ganó el concurso de bordados de la escuela dominical, y como premio se le otorgó el privilegio de asistir a todas las ceremonias religiosas que se celebraran en su iglesia, sin la obligación de asistir igualmente a las sociales, durante un período de noventa y nueve años. A los nueve años sabía tocar el armonio que su padre había conseguido a cambio de una barca, un reloj y un caimán domesticado. Sabía coser y cocinar, e hizo que la asistencia a su iglesia se viera incrementada en un trescientos por ciento merced a cierta suerte de receta secreta para el vino de la comunión, en la que utilizaba, entre otras cosas, alcohol de grano. El padre del piloto acostumbraba a ir a su iglesia; de hecho, la parroquia entera acabó por ir a ella. En el pueblo derribaron dos iglesias y utilizaron la madera para hacer nasas de pesca, y uno de los pastores de almas consiguió finalmente empleo en un transbordador. En señal de reconocimiento, la iglesia le regaló a la madre de Al una Biblia con su nombre y su flor preferida repujados en oro.

El padre de Jackson ganó su mano cuando ella tenía doce años. Dicen que se sintió embelesado por su destreza con el armonio; según contó el piloto, él no tenía ningún armonio.

Pero también era todo un personaje.

Cuando tenía ocho años se aprendió de memoria mil versos del Nuevo Testamento, y fue víctima de un ataque que parecía ser encefalitis. El veterinario, cuando al fin se decidieron a llamarlo, les dijo que no podía ser encefalitis. Después de aquello, el viejo Jackson se volvió algo así como... bueno, llamémosle raro: compraba pegamento de encuadernación para comer siempre que podía, y cada vez que iba a tomar un baño se ponía la gabardina.

Dormía en una cama plegable que extendía sobre el suelo, y una vez acostado la cerraba sobre sí mismo. Intentó asimismo unos agujeros perforados para que entrara el aire.

Parece que a Jackson se le ocurrió finalmente la idea de criar ovejas en aquella ciénaga suya, en la creencia de que la lana crecía como cualquier otra cosa, y de que si las ovejas permanecían todo el tiempo en el agua, como árboles, el vellón habría de ser por fuerza más exuberante. Cuando se le hubieron ahogado aproximadamente una docena, las equipó con unos cinturones salvavidas hechos de caña. Y entonces descubrió que los caimanes las estaban atrapando.

Uno de sus chicos mayores (debió de tener alrededor de una docena) cayó en la cuenta de que los caimanes no se atreverían a importunar a una cabra con larga cornamenta, así que el viejo cogió raíces y modeló unos cuernos de unos tres pies de largo y los ató sobre la testuz de sus ovejas. No las dotó a todas de cuernos, no fuera a ser que los caimanes descubrieran la estratagema. El viejo, según decía el piloto, contaba con perder anualmente una cantidad determinada de ovejas, pero de aquel modo lograba mantener bastante baja la tasa de mortalidad.

Pronto descubrieron que las ovejas empezaban a gustar del agua, que nadaban de un lado a otro por los alrededores, y al cabo de unos seis meses constataron que no salían del agua para nada. Cuando llegó el momento dela esquila, el viejo tuvo que pedir prestada una motora a fin de perseguirlas y atraparlas, y cuando al fin pescaron una y la sacaron del agua, vieron que no tenía patas. Se le habían atrofiado y habían desaparecido por completo.

Y lo mismo sucedía con todas y cada una de las que conseguían atrapar. No sólo se les habían esfumado las patas, sino que en la parte del cuerpo que había estado bajo el agua tenían escamas en lugar de lana, y la cola se les había ensanchado y aplanado hasta adoptar una forma parecida a la de los castores.

Al cabo de otros seis meses, los Jackson no lograban ponerles la mano encima ni con ayuda de la motora.

De su observación de los peces, las ovejas habían aprendido a bucear. Y al año Jackson las veía únicamente cuando de tanto en tanto asomaban el hocico para tomar un buche de aire.

Pronto pasaron días sin que el agua se viera rota por un morro. En ocasiones sacaban algunas ovejas con ayuda de un anzuelo con cebo de maíz, pero sin rastro de lana en todo el cuerpo.

El viejo Jackson –según contaba el piloto– empezó a sentirse como desalentado. Todo su capital nadando de un lado para otro bajo el agua. Temía que sus ovejas se convirtieran en caimanes antes de que pudiera atrapar siquiera algunas. Finalmente Claude, el desaforado hijo segundo que andaba siempre detrás de las mujeres, le dijo que si le entregaba la mitad de las que atrapara contantes y sonantes, él se comprometía a coger unas cuantas.

Convinieron en ello, pues, y a partir de entonces, Claude se quitaba la ropa y se metía en el agua. Al principio no cogía muchas, pero de cuando en cuando acorralaba a alguna bajo un tronco y se hacía con ella. Una le mordió un día de mala manera, y Claude pensó para sí: “Sí, señor, tengo que darme prisa; estas benditas cosas serán caimanes en un año”.

Se puso manos a la obra, empezó a nadar mejor cada día y a hacerse con mayor número de presas. Pronto pudo permanecer media hora bajo el agua sin sacar la cabeza, pero en tierra su respiración ya no era tan buena, y empezó a sentir cierta extrañeza en las piernas, a la altura de las rodillas.

Luego dio en quedarse en el agua día y noche, y la familia le llevaba la comida. Perdió la facultad de valerse de los brazos a partir de los codos y de las piernas a partir de las rodillas, y la última vez que alguien de la familia pudo verlo, los ojos se le habían desplazado a ambos lados de la cabeza y una cola de pez le asomaba por un extremo de la boca.

Alrededor de un año después volvieron a oír hablar de él. Frente a la costa había aparecido un tiburón que se dedicaba a importunar a las bañistas rubias, en especial a las gordas.

—Ése es Claude –dijo el viejo Jackson–. Siempre ha sido terrible con las rubias.

Su sola fuente de ingresos, pues, se había esfumado. La familia hubo de soportar largos años de penurias, hasta que los salvó la promulgación de la Ley Seca.

Espero que la historia te haya parecido tan interesante como a mí.

Atentamente, William Falkner


Querido Anderson:

Recibí tu carta a propósito de los Jackson. Me ha dejado asombrado. Lo que tenía por una historia oída al azar resulta del dominio público. Debe de tratarse de una familia harto curiosa, y me hago eco de tus palabras: ¡cómo me gustaría conocer a Al Jackson!

Yo mismo he estado haciendo algunas indagaciones. Es como tamizar el agua en busca de oro: una pizca aquí, otra allí. La historia de Elenor, según parece, es todo un escándalo. Se deslizó una noche por una tubería de desagüe y se fugó con un quincallero ambulante. Imagínate el horror de esa familia –tan limpia como es de rigor en toda familia criadora de peces– al enterarse de que “Perchie”, como la llamaban a Elenor, se había fugado con un hombre que no sólo no sabía nadar, sino que jamás había tenido una gota de agua encima del cuerpo en toda su vida. Tanto miedo le producía el agua que en cierta ocasión, atrapado por una tormenta en medio del camino, permaneció encerrado en su carromato sin salir siquiera para dar de comer a su caballo. La tormenta duró nueve días, el caballo murió víctima de los dardos del hambre y el hombre fue hallado inconsciente, después de haberse comido un par de zapatos con elásticos que le llevaba como regalo al viejo Jackson, y de haber engullido las riendas hasta donde le fue posible sin dejar el carromato. Lo irónico del caso es que quien lo encontró y salvó fue Claude, uno de los hermanos de Elenor, que se había detenido a echar una ojeada al carromato con la esperanza de encontrar dentro a una mujer.

(Claude andaba como un demonio detrás de las mujeres, como te dije anteriormente).

Pero a quien quiero conocer es a Al. Todo aquel que lo conoce lo considera un ejemplar de la época más genuina de la virilidad americana, un puro nórdico. Durante la guerra siguió innumerables cursos por correspondencia para curarse la timidez y robustecer su fuerza de voluntad, a fin de pronunciar discursos de cuatro minutos para fomentar la compra de bonos de la Libertad y ayudar así a los muchachos del frente, y se dice que fue el primero que pensó en reescribir las obras de Goethe y Wagner y atribuir su autoría a Pershing y a Wilson. Al Jackson, como ves, ama las artes.

Creo que estás equivocado en cuanto a los antepasados de Jackson. El tal Spearhead Jackson, en 1799, fue capturado por una fragata inglesa y colgado del extremo de una verga. Al parecer navegaba a favor de los alisios con un cargamento de esclavos cuando la fragata lo avistó y se aprestó a darle caza. Como era su costumbre, empezó a arrojar negros por la borda, manteniendo así a cierta distancia a los británicos, pero entonces se levantó una súbita borrasca que lo arrastró a mar abierto y lo apartó tres días de su rumbo. Sin dejar de arrojar negros por la borda, enfiló hacia las Dry Tortugas, pero al cabo se quedó sin negros y los británicos lo alcanzaron frente a la costa de Caracas, donde lo abordaron sin cuartel y barrenaron su barco. De modo que no es posible que Al Jackson descienda de esa línea. Además, Al Jackson en ningún caso podría provenir de un antepasado con tan poca consideración para con el ser humano.

Aportaré otra prueba. Los Jackson que nos ocupan descienden a todas luces de Andrew Jackson. La batalla de Nueva Orleans se dirimió en una ciénaga. ¿Cómo se explica que Andrew Jackson derrotara a un ejército que lo superaba en número a menos que estuviera dotado de pies con dedos palmeados? El destacamento que se alzó con la difícil victoria estaba compuesto por dos batallones de seres acuáticos de las ciénagas de los Jackson en Florida, seres medio caballos, medio caimanes. Por otra parte, si te fijas en su estatura de Jackson Park (¿quién sino un Jackson sería capaz de montar un caballo de dos toneladas y media y conseguir que se mantuviera en equilibrio sobre sus dos patas traseras?), observarás que lleva zapatos con elásticos.

Sí, he oído la historia del tiro al negro. Pero la creencia general en la región es que se trata sólo de una flagrante calumnia. Fue un hombre llamado Jack Spearman quien se dedicaba a tirotear suecos en Minnesota por una prima de un dólar. Mi versión, naturalmente, puede no ajustarse a la verdad.

Pero ¿quién es el tal Sam Jackson? He oído cierta referencia a su persona, pero al mencionar su nombre a un viejo contrabandista de alcohol que parecía conocer y venerar a la familia, el tipo se calló como un muerto, y cuando insistí se puso hecho una fiera. Lo único que conseguí de él fue el comentario de que se trataba de una “maldita mentira”.

La mayor parte de la información al respecto la obtuve el otro día de gente que asistió al funeral de Herman Jackson. Herman, como sabrás, era un muchacho extraño que sentía pasión porla educación. Pero el bueno de Herman estaba loco por aprender a leer, y Al, que al parecer es un hombre cultivado, ayudó al chico a inventar el modo de hacer botones de perla con escamas de pescado. Herman ahorró cierto dinero, y al fin logró que lo admitieran en la universidad. Hubo de mantenerse, como es lógico, haciendo pequeños trabajos. Durante un tiempo se dedicó a clasificar pescado en el mercado, pero los botones de perla seguían siendo su principal fuente de ingresos. La gente de la casa de huéspedes se quejaba del olor, pero al ver cómo el muchacho se afanaba pegando escama con escama con cola de pescado sentía cierta lástima por él.

Finalmente, a la edad de dieciocho años, aprendió a leer y realizó una proeza inigualada. Leyó las obras completas de sir Walter Scott en doce días y medio. Durante los dos días siguientes permaneció sumido en una suerte de estupor, hasta el punto de que no podía recordar quién era. Un condiscípulo le escribió su nombre en una tarjeta, que Herman llevaba en la mano a todas partes para mostrarla a todo aquel que le preguntara cómo se llamaba.

Luego, al tercer día, empezó a sufrir convulsiones, y fue de convulsión en convulsión hasta que falleció tras varios días de espantosa agonía. Al, según dicen, se sintió terriblemente compungido, pues imaginaba que en cierto modo había sido culpa suya.

La Benéfica Orden de la Carpa, asistida por la cofradía de estudiantes de su centro (la ROE), lo enterró con honores. El entierro –afirman– fue uno de los mayores que se recuerdan en los círculos de criadores de peces. Al Jackson no asistió: se sentía incapaz de soportarlo. Pero se cuenta que dijo: “Sólo espero que el país que amo, que la industria a la que he dedicado los mejores años de mi vida, muestre un reconocimiento semejante el día de mi muerte”.

Si te es posible hacer que yo conozca a este hombre espléndido, por favor hazlo, y te quedaré profundamente agradecido.

Wm Faulkner