25 abr. 2011

Mario Bunge - ¿Nos clonamos, che?





Los primeros mamíferos clonados artificialmente a partir de animales adultos, ovejas, cerdos y monos, parecen gozar de buena salud. Al mismo tiempo, están asustados por los fogonazos de los fotógrafos. Con esto están pagando por su celebridad instantánea. Pero al menos nadie les pide sus autógrafos ni les pregunta qué piensan acerca de Madonna, del psicoanálisis, o del Fondo Monetario Internacional.

La nueva de esta hazaña de la biotécnica explotó casi con la misma violencia que la noticia de la primera bomba nuclear, medio siglo antes. Y suscitó esperanzas y temores parecidos. Mientras unos imaginaron usos benéficos, otros imaginaron usos maléficos. Lo que no es de extrañar, ya que la ambivalencia moral es característica de la técnica, a diferencia de la ciencia básica.

Los posibles usos benéficos de la clonación artificial, una vez que se haya perfeccionado al punto de poder aplicarla masivamente, son obvios. En el futuro se podrán producir copias genéticas de calabazas, melocotones, conejos y vacunos campeones. No habrá que esperar decenios de ardua, azarosa y costosa selección artificial para propagar lo más perfecto de cada especie.

Pero la perfección tiene un precio elevado. Si se cultivan solamente calabazas gigantes, que exigen mucha agua y mucho sol, se corre el riesgo de fracasar cuando se presente una sequía o un verano nuboso. Si se crían solamente vacas campeonas de la misma familia, se corre el riesgo de que todas sean atacadas por igual por gérmenes patógenos contra los cuales no están inmunizadas, y desaparezcan.

La uniformidad genética es valiosa en circunstancias normales, pero catastrófica en circunstancias anormales. El motivo de ello es que toda adaptación es circunstancial y toda perfección es parcial. Más vale una calabaza de tamaño mediano pero resistente, que una gigantesca pero vulnerable.

El cheetah, leopardo africano, es el cuadrúpedo más veloz del planeta. Esto lo hace el cazador más eficiente: le basta una carrerita para atrapar una gacela suficiente para alimentar a su familia y, por añadidura, a una numerosa banda de hienas, buitres y otros carroñeros.

Pero esta especie de grandes gatos tiene la enorme desventaja de poseer una gran uniformidad genética: todos los cheetahs se parecen enormemente entre sí. Por consiguiente, son igualmente vulnerables a gérmenes patógenos y accidentes ambientales. Por esto, los zoólogos creen que es una especie en vías de extinción. La diversidad genética, no la pureza racial, es garantía de supervivencia. (Tomen nota los racistas empeñados en la «limpieza étnica».)

La moraleja práctica es obvia: la clonación artificial debiera practicarse con mucha cautela. Debiera usarse sin disminuir el número de variedades ni, con mayor razón, el de especies. O sea, conviene practicarla solamente para multiplicar el número de especímenes superdotados de cada variedad o especie. En otras partes, habría que conservar la biodiversidad al mismo tiempo que se multiplica el número de copias de ejemplares superdotados.

¿Se aplica lo anterior a los seres humanos? No, y esto por varios motivos.

Primero, la identidad genética de dos o más humanos no basta para obtener personas idénticas. El motivo es que somos producto no sólo de nuestra herencia sino también de la experiencia, de la educación, y de las circunctancias.

Los gemelos univitelinos no son idénticos en todo. En primer lugar, uno de ellos suele ocupar un lugar más ventajoso que el otro en el útero, de modo que uno de ellos suele estar mejor desarrollado que su gemelo. En segundo lugar, aun cuando ambos reciban la misma educación, se les presentan oportunidades diferentes, de modo que acaban siendo personas netamente distintas.

Por consiguiente, aun cuando se lograra clonar un ser humano excepcional, las copias no heredarían lo que ha aprendido el original. (Los conocimientos no están codificados en el genoma.) Los clones recién nacidos serían infantes tan ignorantes como cualquier hijo de vecino. Para poder llegar a los talones del original tendrían que aprender tanto como éste. Al fin y al cabo, se espera de nosotros que aprendamos algo más que a balar y obedecer al pastor y a su perro ovejero.

Más aún, los clones no podrían gozar de la misma educación ni de las mismas oportunidades y desafíos que el original. La suerte, buena o mala, no se repite.Y nadie puede escapar al accidente favorable o desfavorable que llamamos «suerte».

Podría objetarse que, para asegurar la identidad de los clones, se los criaría juntos y con las mismas nodrizas y maestras. Pero entonces se formarían personas tan similares que competirían entre sí por los mismos juguetes, las mismas golosinas, y el cariño de las mismas personas. Competirían hasta destrozarse mutuamente.

Segundo, la identidad genética es una desventaja antes que una ventaja, cuando se hereda algún defecto genético, tal como la hemofilia, o una predisposición innata, tal como la diabetes o la esquizofrenia. Si no se conoce a fondo la historia familiar, no se puede predecir con certeza las enfermedades hereditarias que podrán padecer los mellizos o niultillizos que resulten de la clonación.

Tercero, presumiblemente se clonaría solamente a individuos excepcionales por algún motivo: inteligencia o fuerza física, astucia o falta de escrúpulos, etcétera. Se trataría entonces de individuos de edades comprendidas entre los 30 y los 50 años. Pero tal vez las células extraídas de estos individuales contengan ADN «gastado» (con telomeros podados) y reproduzcan un número de generaciones mucho menor que las células de un recién nacido.

Si es así, los clones envejecerían prematuramente. De poco les serviría el genoma sobresaliente, ni siquiera si se les ofreciese la mejor educación y las mejores oportunidades. En todo caso, aún no se sabe si los clones heredan la longevidad potencial de los originales.

Peor: se sabe que los clones de ovejas y otros animales suelen tener graves defectos, tales como tamaño excesivo, transtornos circulatorios y respiratorios, disfunciones inmunitarias, y malformaciones cerebrales. ¿Qué haríamos con clones humanos aquejados de graves defectos de nacimiento? ¿Los mataríamos tranquilamente como a las ovejas defectuosas?

Cuarto, la clonación de seres humanos podría usarse con fines tenebrosos. En efecto, podría clonarse a individuos poderosos, para usar las copias como bancos de órganos. Si el mandalluvias necesita un transplante de corazón, se le extrae el corazón a uno de sus clones. Si luego necesita un nuevo riñón, se sacrifica a un segundo clon. Esta perspectiva basta para prohibir la clonación de seres humanos, como lo han hecho varios países por diversas razones.

Pero sería un error proscribir también las investigaciones básicas sobre los mecanismos de herencia y reproducción, ya que han arrojado resultados que han enriquecido no sólo el conocimiento sino también la medicina, la veterinaria y la agronomía. En particular, es un grave error prohibir el uso de embriones para obtener células pluripotentes (stem cells), o sea, que pueden convertirse en células pertenecientes a órganos tan distintos como el corazón y el cerebro. Estas células podrían usarse para reemplazar a células muertas. Por ejemplo, podrían fabricarse prótesis vivas para reemplazar partes del cerebro muertas a causa de accidentes vasculares.

El conocimiento no daña. Sólo pueden causar gran daño el malvado que usa conocimiento y el ignorante que se rehúsa a averiguar antes de actuar sobre el prójimo, o que pretende coartar la libertad de averiguar.

En resolución, en este caso, como en los demás, es menester distinguir la ciencia básica de la técnica. Y hay que recordar que, mientras siempre es bueno conocer, hay acciones innecesariamente arriesgadas y otras francamente malas. En otras palabras, la ciencia es buena pero la técnica es ambivalente. Por lo tanto, la primera merece apoyo, y la segunda exige vigilancia. En particular, estudiemos la clonación pero no nos clonemos.


En Cápsulas