6 abr. 2011

Kenzaburo Oé - Mario Vargas Llosa: Correspondencia 1999






Querido Mario Vargas Llosa:

Ha sido para mí un placer inesperado saber que ha leído mi libro A healing family. Este libro no es realmente una obra literaria, sino más bien un testimonio de la simbiosis con mi hijo deficiente mental. En él menciono al doctor Satoshi Ueda e introduzco su teoría de la rehabilitación en medicina. Hace más de diez años, el doctor Ueda me decía, en una de sus cartas personales, que había leído todas las obras suyas traducidas al inglés. Ello me hace sentir orgulloso del experto criterio que demuestran los intelectuales de mi país para saber lo que merece la pena de la literatura mundial.


El doctor Ueda describe las diferentes fases de la evolución psicológica de quienes se quedan inválidos tras las lesiones sufridas en accidente: el estado de apatía y abandono que se produce durante la fase de shock inmediata a resultar herido; la fase de rechazo, un mecanismo psicológico de defensa en el que tratan de tapar la enfermedad o la discapacidad; la fase de confusión, en la que se deprimen y se angustian tras verse obligados a admitir que no pueden esperar una recuperación total. Sin embargo, cuando se hacen responsables y dejan de ser dependientes, los discapacitados procuran transformar su escala de valores. Esto marca la transición entre la fase del esfuerzo, en la que se buscan soluciones, y la fase de aceptación, cuando finalmente aceptan su discapacidad como una parte más de su identidad, toman un papel en la familia y en la sociedad y se comprometen activamente.

Este modelo de análisis del doctor Ueda me influyó profundamente. Volví a darme cuenta de que, con el nacimiento del niño deficiente, todos, no sólo los jóvenes padres que éramos mi mujer y yo, sino también su hermana y su hermano, dos criaturas de corta edad, tuvimos que pasar por el proceso descrito.

Y me pregunto si ese proceso no sería también útil como modelo de construcción de la novela. A veces lo utilizo para pensar en el siglo XX, que ha sido el siglo de la modernización del Estado y de la sociedad del Japón en el que vivo hoy. Soy consciente de que algunos podrían criticarme diciendo que ése es un modo de pensar de novelista. Pero "el ejercicio del arte" (utilizo esta frase en el mismo sentido que la utilizaba la soberbia escritora Flannery O"Connor, que fue discípula espiritual de Jacques Maritain) será siempre mi modo de pensar, aquél con el que espero concluir mi vida.

Era inevitable que un proceso de modernización tan violento y espectacular causara en Japón y en los japoneses una serie de profundas heridas. En la primera mitad del presente siglo fue Japón el que infligió heridas a otros países y pueblos de Asia. Como primeras víctimas del poder destructor de las armas nucleares, Japón y los japoneses recibieron, a su vez, unas heridas morales que serían heredadas en el futuro.

En la segunda mitad del siglo, el precipitado crecimiento económico de Japón causó, cual violento accidente, heridas tanto dentro como fuera del país. Durante algún tiempo, Japón fue el único blanco de todas las críticas del exterior. Hoy, Japón sufre sus heridas -unas heridas que no se han cerrado y siguen sangrando- en la propia vida de su pueblo. Espero que me entienda si le digo que, viviendo en este país y en esta sociedad, un país y una sociedad que describo en mis novelas, utilizo por norma en mi escritura el modelo de la teoría de la rehabilitación.

En este momento, mientras escribo esta carta, mi hijo Hikari está tumbado boca abajo a mis pies, apuntando en un cuaderno unas notas musicales, demasiado alargadas y torcidas. Apenas habla, pero casi siempre está conmigo, traduciendo sus experiencias vitales en innumerables piececitas de música. Su figura me recuerda a aquel encantador "León de Natuba" de La guerra del fin del mundo.

Su protagonista es el líder de la revuelta popular y representa los problemas del alma. El "León" no es competente físicamente, pero registra con un lenguaje único su forma de luchar contra las dificultades al lado del protagonista. No pretendo compararnos a mí y a mi hijo con su protagonista y el león.

No obstante, querría reforzar con el "León de Natuba" la esperanza en los inocentes y en el tercer milenio que encuentra usted en mi obra; afianzar al inocente de la fase de la aceptación generada por las dolorosas experiencias del milenio anterior.

Por el hecho de vivir con mi hijo inválido mental, he podido reconocer el poder de la inocencia. Este reconocimiento se profundizó cuando supe que el término latino innocentia, del que se deriva el español "inocencia", incluyendo la "inocencia" del lenguaje con el que están escritas sus novelas, era en latín opuesto a nocere, "herir".

¿Qué opción opuesta a esa inocencia inocua podrían tomar Japón y los japoneses? ¿Qué opción supondría verdaderamente un retrógrado paso atrás en la evolución de Japón desde la actitud de la fase de aceptación alcanzada tras todas las dolorosas experiencias sufridas? La abominable decisión de tener armamento nuclear. ¿Cuáles son las opiniones al respecto expresadas tanto dentro como fuera del país? A principios de este año, un distinguido profesor de la Universidad de Harvard proponía, en un artículo publicado en un periódico japonés, tres condiciones hipotéticas para que Japón pudiera poseer armar nucleares.

1. La cancelación de sus acuerdos militares con Estados Unidos. 2. Una amenaza seria por parte de China. 3. Un cambio profundo de la opinión pública japonesa. Para ser justo con el profesor, esta cita ha de incluir también su conclusión: mientras continúe la dominante presencia estadounidense en el este de Asia, Japón no tendrá un arsenal nuclear propio.

Yo formo parte de esa opinión pública que ha de expresarse con respecto a Japón y los japoneses en el próximo siglo. Y yo, por lo menos, creo que, en nombre de una paz perdurable e independiente, Japón debería tomar el camino de la abolición de todo tratado con cualquier país que ofrezca bases militares y prometa la colaboración en acciones militares.

¿Qué sucedería si Japón tuviera su propio arsenal nuclear conforme a la primera de esas tres condiciones hipotéticas? Mi condición de novelista me obliga a imaginármelo. La posible tensión que se generaría entre China y Japón llevaría a los japoneses a la histeria colectiva. Y daría lugar a una expansión colosal de poder nuclear de Japón. En ese proceso, es imposible adivinar cuál sería el primero de los dos en atacar al otro. Pero si se declarara una guerra nuclear entre China y Japón, no sería el inmenso continente, sino el pequeño archipiélago, el que quedaría enteramente extinguido como nación por las armas nucleares.

Es, por consiguiente, en primer lugar, un imperativo categórico que Japón no tenga nunca un arsenal nuclear. Por el contrario, Japón deberá crear por voluntad propia unas condiciones de paz duraderas en sus relaciones con Asia y con el resto del mundo. Éstos son mis dos deseos para la primera década del siglo que viene, en la que es probable que esté todavía vivo: unos deseos pensados en medio de una sensación de total impotencia.

Es posible que piense que, al igual que en mi primera carta , insisto en hablar de un tema demasiado difícil para un escritor. Sólo espero que comprenda que mis deseos se derivan de mi seguridad en la virtud de la no violencia o de la inocencia inherente a la naturaleza humana, que confío que perviva en el próximo milenio.

Hace dos años fui a Alemania para participar en una serie de conferencias y mesas redondas. Después de mis conferencias en Francfort y en Múnich charlé con el joven público en una variedad de lenguas. En uno de esos coloquios, una joven alemana me dijo que había algo en común entre lo que yo decía y lo que usted había dicho en una conferencia pronunciada con ocasión de un inmenso congreso sobre la Alemania de posguerra que se había celebrado algún tiempo antes. Y añadió que tanto su conferencia como la mía le habían recordado lo que había dicho en otra Günter Grass, un escritor al que ella admiraba profundamente.

"¿Y qué es?", le pregunté. Me contestó con una cita de Thomas Mann. Por pura casualidad -o también podría decir que no era una casualidad- recordaba la cita. Era de una conferencia que había dado en la Universidad de Princeton, donde los dos hemos sido profesores: "Es la idea del ser humano, la noción de una humanidad futura, lo que ha superado y sobrevivido al conocimiento más profundo de la enfermedad y la muerte". Me gustaría que los jóvenes escritores japoneses, los escritores de la misma edad que la joven alemana, redescubrieran el legado de la literatura seria en lugar de esa literatura que usted califica de light.

También desearía que llegara el día en el que los jóvenes escritores japoneses imaginaran a su manera, aunque fuera en una lengua de circulación reducida, la humanidad del futuro y transmitieran activamente sus ideas al resto de Asia, al este y al oeste de Europa y al norte y al sur de América.

Parece que esta carta expresa unilateralmente mis opiniones. Me interesa mucho saber cómo concibe usted el siglo que viene y a qué trabajos se entrega en la actualidad. Junto con el doctor arriba mencionado y sus jóvenes lectores en este país, espero de verdad que en su respuesta nos hable abiertamente sobre todo ello.

Con mis mejores deseos,
Kenzaburo Oé


Querido Mario Vargas Llosa:

Siempre he sido muy aficionado a los diccionarios. Una de las palabras que más me fascinaban de niño era "antípodas" ("con los pies enfrentados"). Allá por el año 1979 vino usted a Japón, un país que se encuentra en los antípodas de Perú, el suyo. Fue entonces cuando nos conocimos.

Nos presentó un amigo y antiguo compañero mío de estudios en la Universidad de Tokio, que era entonces editor y entusiasta lector de novela latinoamericana. En aquella ocasión, le confesé con qué admiración había leído Conversaciones en la catedral. Después le acompañé hasta el hotel donde se celebraba la convención de la sección japonesa del Pen Club. Usted había sido invitado como presidente que era del Club. A mí me negaron la entrada. Estaba tan contento de haber hablado con usted que me olvidé totalmente de que ya no pertenecía al Pen Club. Me había visto obligado a abandonarlo tras haber criticado a los miembros de la ejecutiva que se habían negado a alzar su protesta contra la represión a la que estaba siendo sometido el poeta coreano Kim Ji Ha.

Desde entonces no he dejado de leer sus obras; y volvimos a encontrarnos dos veces más, en Tokio y en Hiroshima. Recientemente tuve la oportunidad de dar una charla a un grupo de jóvenes compatriotas míos y de leer con ellos A writer's reality (La realidad del escritor), una recopilación de sus conferencias en la Universidad de Siracusa. Esta experiencia me evocó caros recuerdos suyos y me forzó a escuchar nuevamente la llamada de su voz crítica.

Por "caros recuerdos suyos" me refiero al hecho de que fui capaz de reproducir con todo detalle el proceso mediante el cual seguí, como lector, su progreso como escritor. Por "la llamada de su voz crítica" me refiero a mi admiración por la estrecha relación existente entre su posición con respecto al pasado y al presente de América Latina y las ingeniosas estrategias narrativas de su ficción. En otras palabras, me sorprendió la inmensidad de la realidad a la que se enfrenta como escritor contemporáneo, y me vi obligado a volver a mirar mi propia obra con humildad.

No puedo sino admirar todo lo que usted consigue antes mismo de empezar a escribir la novela: la precisión con la que aborda el tema y el ingenio con el que inventa el modo más eficaz de escribirlo. Ahora mismo estoy en plena revisión final de una larga novela. La primera en cuatro años. Y sigo sintiéndome inseguro con respecto al tema y al método narrativo empleado. Sólo a fuerza de revisiones logro confirmar el tema, lo cual constituye probablemente mi propio método de escribir novelas. Cuando leí aquellas conferencias, en las que trata con toda precisión y variedad los métodos narrativos, me di cuenta de algo, aunque demasiado tarde, quizá. Me gustaría empezar esta primera carta mía con lo que me han evocado sus palabras sobre La guerra del fin del mundo.

Escribió usted una inmensa novela acerca de una rebelión que tuvo lugar en el remoto interior de Brasil, poco después de que se fundara la república. Remoto tanto en el tiempo como en el espacio, pero estrechamente relacionado con el mundo presente y futuro. El ejército gubernamental procedente de Río de Janeiro o de São Paulo, centros de pensamiento moderno, consideraba que los campesinos cristianos de la periferia eran una horda de infieles. Desde el punto de vista de los campesinos, aquella guerra intolerante y cruel para todos era la guerra del fin del mundo. Tuvo lugar en una tierra situada en los antípodas de Japón, veinte años después de las guerras civiles de la Restauración Meiji, que marcaron el inicio de la modernización de mi país.

Habla usted del tema de su novela en términos de la oscura historia de la intolerancia en América Latina y su relación con los intelectuales. Ciertamente, los intelectuales fueron víctimas de la intolerancia, pero, a su vez, al resistirse a ella, la incrementaron. Incluso participaron en la construcción de un sistema de intolerancia. ¿Por qué?

La cuestión que usted planteaba debió de llegar al corazón de sus alumnos estadounidenses. En mí, como escritor japonés, provocó una reacción igualmente aguda, porque no podía dejar de pensar en el cambio que se había producido en el sentir nacional durante los últimos años y en el papel de los intelectuales que ayudan a modelarlo.

Me hice plenamente consciente de estos problemas durante el año que pasé enseñando en la Universidad de Princeton. Dejé Japón en el otoño de 1996, y hacia el final de aquel año, la residencia del embajador japonés en Lima fue asaltada y ocupada por la guerrilla.

¿Cómo son recibidos en América Latina los empresarios y ejecutivos japoneses? ¿Cómo concibe el país del que procede el pueblo latinoamericano? Quería encontrar las respuestas a estas preguntas en las crónicas del New York Times y otros periódicos. También quería enterarme de lo que significaba históricamente aquel incidente para la guerrilla y para el pueblo peruano. Y, por supuesto, cuando pensaba en los pobres rehenes, sentía una punzada en el corazón.

Cuando los rehenes fueron liberados y los guerrilleros muertos, mi atención se centró completamente en el tono de la prensa japonesa. Ésta se mostraba claramente diferente a la de otros países en cuanto que toda su argumentación giraba en torno a lo que se resumía como una crisis de gobierno. Estaba llena de razonamientos que terminaban sugiriendo cómo construir un sistema de intolerancia con el que el Estado pudiera enfrentarse, tanto estratégica como institucionalmente, a unas circunstancias tan críticas.

Poco después de mi regreso a Japón tuvo lugar en Kobe un suceso en el que un adolescente asesinó a un chico minusválido, exponiendo a continuación su cabeza en un lugar público y enviando una desafiante carta a la prensa. Este incidente provocó la aparición de todo tipo de argumentos relativos a la degradación de la enseñanza. Profesores y periodistas informaron sobre el horripilante estado en el que se encontraba la educación. Nunca se había visto nada igual.

Lo preocupante, sin embargo, es que se tiende a la construcción simplista de un sistema de intolerancia. Se hicieron propuestas para la transformación de la ley del menor, que es una ley que protege a los niños, en una ley de protección de la sociedad adulta. Se llegó incluso a considerar la escandalosa propuesta de que en el caso de los asesinos no hay derechos humanos que valgan.

Usted ha escrito unos cuentos fascinantes en los que describe desde dentro los modos de pensar de los menores urbanos. Yo me hice novelista describiendo niños de pueblo. La literatura no puede ignorar el bien y el mal, la inocencia y la crueldad, presentes en la infancia. Sin embargo, nunca se ha puesto deliberadamente de parte de un sistema de intolerancia que oprima a los niños.

Pienso ahora seriamente en el papel práctico que puede tener el novelista a este respecto.

Este sesgo hacia la intolerancia por parte de los japoneses se hace más evidente en cuestiones relacionadas con el sentimiento nacionalista y con las cuestiones de Estado en las relaciones internacionales. Cuando se le exige a Japón que pida perdón o que compense por sus agresiones e invasiones a otros países asiáticos antes y durante la última guerra, lo que hace es mostrar una actitud cada vez más desafiante. Ha llegado a formarse un movimiento a escala nacional que intenta borrar de los libros de texto japoneses toda historia que reconozca abiertamente los pecados cometidos por el Japón moderno.

¿Cuál es el motivo de que se sesgara de este modo el sentir nacional japonés? Yo lo detecto en la psicología de la compensación de los males cometidos, conforme a la cual Japón se supeditó a la Constitución pacifista y se ha abstenido de participar activamente en ninguna guerra durante los últimos cincuenta años.

Yukio Mishima lideró este sentir desde los posicionamientos de la derecha. Los activistas de izquierdas, aunque políticamente apuntaban en la dirección opuesta, apoyaron emocionalmente su suicidio, como una convincente forma de protesta, y, al apoyarlo, también ellos mostraban su aspiración a ser machos.

Aprovechándose de este sentimiento nacionalista, Japón, como Estado, llegará a constituir un sistema de intolerancia. Los japoneses recelan de la fabricación por parte de la República Popular de Corea del Norte de misiles capaces de alojar armas nucleares, químicas y biológicas. Reconozco que su recelo es muy natural. Como contramedida, sin embargo, Japón desea incorporarse al sistema norteamericano de defensa antimisiles. Uno debe recordar que incluso en este país ha habido periodistas que han visto una desesperada vulnerabilidad en el hecho de sumarse a dicho sistema.

Estoy totalmente a favor de que Japón actúe contra la proliferación de armas nucleares. No obstante, me opongo a que Japón participe en la estrategia norteamericana de contraproliferación sin tratar de encontrar medidas concretas que favorezcan la no proliferación. Estas medidas son muchas y variadas, como remediar la escasez de alimentos, por ejemplo.

Le ruego que tenga la bondad de excusar una forma de hablar tan poco apropiada para un novelista. Retomo ahora su tesis de que los intelectuales colaboran a veces en la construcción de los sistemas de intolerancia. Deseo sinceramente que los intelectuales de este país discutan entre ellos la mejor manera de destruir ese mecanismo que empuja el sentir nacional en una dirección determinada.

Además, a la vista del hecho de que la educación superior está muy extendida en este país, empleo el término "intelectual" en un sentido amplio. No tengo en mente sólo a ese limitado número de personas que escriben para los medios de comunicación, sino a ese gran número de intelectuales que constituyen las verdaderas fuerzas motoras del sentir nacional. Esos intelectuales me llenan de esperanza y al mismo tiempo me producen una profunda ansiedad.

Temo que esta carta que le escribo pidiéndole consejo sea demasiado ambigua tanto en lo que dice como en la forma de decirlo. Antes opinaba lo mismo con respecto a mis novelas. Querido Mario Vargas Llosa, humildemente deseo que tolere mis opiniones y me conteste.

Atentamente,
Kenzaburo Oé


Querido Kenzaburo Oé:

Fue muy grato para mí recibir su carta, algo que, en cierto modo, esperaba, pues, aunque luego de aquel almuerzo en Tokio, en 1979 -¡veinte años ya!- apenas nos hemos visto un par de veces, desde entonces he seguido conversando con usted, a través de sus libros, que en todos estos años he estado leyendo en las traducciones al español, inglés o francés, que se ponían a mi alcance. Es una obra a la que debo muchas horas de placer, aunque, también, a veces, de cierta angustia.

Leyéndolo, descubrí que tenemos mucho en común: somos casi de la misma edad, los dos hemos enseñado en Princeton, ambos fuimos seducidos de jóvenes por los novelistas norteamericanos y la literatura francesa, y nuestra vocación creció arrullada por las ideas existencialistas, las polémicas entre Sartre y Camus, y las convicciones imperantes en aquellos años sobre "el compromiso". Esta tesis de que la literatura no puede ser mero entretenimiento, que ella influye en la vida modelando la sensibilidad y la conciencia de los lectores, y que, a través de éstos, deja una marca, para bien o para mal, en la historia, ya no está de moda. Los cultores de la literatura light, de éxito en nuestros días, la descartan con escepticismo burlón. Pero creo que hemos hecho bien en seguir escribiendo con la ilusión, acaso infundada, de que la literatura sirve para algo más que pasar un rato divertido.

No sabía que el Pen Club japonés se negó en los años setenta a protestar contra la persecución del poeta coreano Kim Ji Ha. En los tres años en que fui presidente del Pen Internacional descubrí que algunos Centros incumplían su obligación de luchar contra la censura y el hostigamiento político a los escritores, razón de ser de la institución. El caso más penoso que conocí fue el del novelista argentino Antonio di Benedetto, víctima de la dictadura militar, por cuya liberación hacía campaña el Pen Internacional, que fue expulsado del PEN de Buenos Aires, mientras se hallaba en prisión, por no pagar sus cotizaciones. Sin embargo, casos escandalosos como éste han sido la excepción, no la regla. De modo general, la inmensa mayoría de Centros del PEN ha mantenido una línea de defensa de la libertad intelectual y la coexistencia pacífica de escritores de distintos credos y filiaciones, como lo hace en estos días, en su campaña contra el fanatismo y la represión intelectual en Irán.

Siempre fue para mí inquietante el tema, aludido en su carta, de la complicidad de algunos escritores con los estragos que causa el fanatismo, religioso o político. Al pie de los patíbulos y hornos crematorios levantados por el nazismo, hubo intelectuales dispuestos a justificarlos, y, también, a las puertas del Gulag estalinista, negando su existencia. Así como los infiernos encendidos por el fundamentalismo islámico tienen sus chantres literarios, es difícil olvidar que el mayor responsable de los crímenes racistas y la limpieza étnica en Bosnia fue un distinguido psiquiatra y poeta, el doctor Radovan Karadcik. La dictadura castrista, que ha cumplido 40 años de férreo despotismo, tiene aún en América Latina y España un séquito intelectual. En el Perú, el fundador y cerebro de Sendero Luminoso, movimiento maoísta cuyas acciones terroristas desde 1980 han causado decenas de miles de muertes inocentes y contribuido de modo decisivo al desplome de la democracia, es un antiguo profesor de filosofía que escribió su tesis doctoral sobre Kant.

¿Cómo explicar la fascinación que el mito de la violencia redentora ejerce sobre tantos pensadores y artistas? Tal vez, por la repugnancia que les merece la democracia, un sistema que rehúye la perfección y hace de la mediocridad un ideal social. Los consensos y las transacciones que garantizan la coexistencia en la diversidad, condenan a una sociedad a la imperfección, a la moral del mal menor. Hay dictaduras perfectas; las democracias sólo pueden ser imperfectas. Por su empeño de trasponer a la realidad política el ideal estético o filosófico de la perfección, muchos intelectuales sucumben a la tentación totalitaria y prestan su talento a la ignominia. Porque el sueño de la perfección social absoluta (representado en nuestra época por los integrismos religiosos y los nacionalismos) ha hecho correr ríos de sangre a lo largo del siglo que termina.

Por eso, después de haber soñado también, de joven, con la sociedad perfecta, hace treinta años me convencí de que es preferible, para la supervivencia de la civilización humana, conformarse con los lentos y aburridos progresos de la democracia, en vez de buscar la inalcanzable utopía, que genera hecatombes.

Pero ¿acaso podemos suprimir en nosotros la sed de absoluto? La ambición de lo perfecto ha dado origen a las más altas empresas humanas, desde grandes hallazgos científicos y realizaciones estéticas hasta la formación de individuos ejemplares. No es posible ni deseable renunciar al cielo y las estrellas. Pero, a sabiendas de que aquel mundo coherente, bello, racional, justo, sin mácula, a la medida de nuestros deseos, no existe fuera del dominio del arte, la literatura y la fantasía, o del solitario destino de un puñado de personalidades excéntricas. Él es incompatible con la realidad de la vida colectiva, trama de diversidades y aspiraciones contradictorias, que, para no sucumbir a la violencia, requiere unas reglas de juego que nos condenan a una continua rebaja y sacrificio de la opción máxima. En otras palabras, a los avances sinuosos, desesperantes, amenazados siempre de retrocesos, de la cultura democrática.

Entre los personajes de sus libros, tengo un cariño especial por el atormentado Bird, el héroe de Una cuestión personal, cuya peripecia ilustra delicadamente lo que trato de decir. Es un ser humano bastante imperfecto.

La idea de haber engendrado un "monstruo" saca del fondo de su personalidad un miedo feroz y un instinto destructivo, que, en verdad, lo convierten a él en un pequeño monstruo, en un padre ansioso de que la muerte del recién nacido -que está dispuesto a provocar- lo libre de la abrumadora responsabilidad de hacerse cargo del niño anormal. Sin embargo, el sufrimiento despierta también una fibra íntima de solidaridad y decencia, hasta ahora dormida, y, al final de la historia, descubrimos otro Bird. Ha asumido su flamante paternidad, sin alarma, hasta con recóndita alegría. No se convirtió en un santo ni en un superhombre, sólo en un ser humano mejor del que era. La venida del niño inválido hizo brotar en él una fuente de humanidad y limpieza hasta entonces cegada.

Siempre me ha impresionado el papel que desempeñan en sus historias esos seres desvalidos, enfermos, desdichados, que aparecen en ellas para poner a prueba los límites de la decencia y la indecencia humanas, y para recordar a los seres normales las anormalidades y secretas grandezas que también poseen. Y, sobre todo, para romper la corteza egoísta que los envuelve y enseñarles la ternura y el amor. Esa relación está esbozada y matizada en sus relatos con maestría y sobriedad clásica, sin incurrir en la truculencia o el sentimentalismo.

Precisamente el pudor con que se refiere en A healing family la historia de su hijo Hikari, que, gracias a la música pudo vencer la cuarentena a que lo condenaba su enfermedad, es lo que da a esas páginas el vigoroso soplo de vida que arrebata al lector.

También ocurre en la historia de aquel aviador negro norteamericano, prisionero en una aldea remota, con quien juegan los niños del lugar hasta que la crueldad de la guerra comparece, les abre los ojos sobre la realidad adulta y cancela su inocencia. Sorprende que un relato tan logrado saliera de las manos de un joven que empezaba a escribir.

¿Sobrevivirá todavía la inocencia en este tercer milenio que nos aprestamos a inaugurar? Hay muchas razones alrededor nuestro para inclinarnos a temer que no. Pero, por fortuna, hay también algunas que nos permiten abrigar esperanzas. Su obra es una de ellas.

Un abrazo de su lector y amigo,
Mario Vargas Llosa



Segunda carta a KO

Querido Kenzaburo Oe:

Encontré fascinante, en su segunda carta, la manera como usted asocia las teorías del Dr. Satoshi Ueda sobre la rehabilitación de los inválidos, con el proceso creativo del que nacen las novelas y con el singular y traumático derrotero histórico que ha hecho de Japón el país próspero y moderno que es hoy.

En cuanto a lo primero, estoy totalmente de acuerdo con usted. En todas las novelas que he escrito, he experimentado algo parecido a ese contradictorio y cambiante estado de ánimo -del aislamiento a la comunicación, de la inseguridad a la desenvoltura, de la depresión al entusiasmo- por el que debió de pasar su hijo Hikari antes de conquistar su plena ciudadanía y su dignidad de ser útil, que usted ha descrito de manera tan conmovedora en A Healing Family. Es verdad que, a diferencia de lo que ocurre con un inválido de carne y hueso, un novelista no tiene mucho que perder si fracasa en su empresa literaria; pero, si acierta, y su obra ayuda de algún modo a sus lectores a vivir, a resistir el infortunio, a sobrellevar los reveses cotidianos, su vocación resulta justificada y, en vez de aislarlo, lo integra a los demás, y lo redime de esa sensación de inutilidad, vacío y perplejidad, que, creo, persigue como su sombra -más en estos tiempos que nunca antes- a quienes dedican su vida a la literatura. Esta vocación es lo mejor que tengo (la inmensa mayoría de los escritores diría lo mismo, sin duda), ella me ha deparado grandes satisfacciones, y también, por supuesto, algunos dolores de cabeza, pero nunca he sabido explicar su utilidad. Esta me parece tan evidente como inexplicable. Borges decía que preguntarse si un bello poema o un hermoso cuento servían para algo era tan estúpido como querer establecer, en términos prácticos, si eran necesarios o prescindibles el trino de un canario o los arreboles de un crepúsculo. Seguramente, tenía razón. Pero, el canario no elige trinar, ni dedica su vida a perfeccionar su canto, y detrás de las suaves tonalidades que adopta el cielo cuando el Sol se pierde en el horizonte, no hay una voluntad ni una destreza artesanal en acción. Detrás de los poemas y las novelas, sí. Decenas de millones de personas han excluido la literatura de sus vidas y no son por eso más desdichadas (acaso lo sean menos) que aquellas que la frecuentan. ¿Qué dan los libros a los lectores, en premio a su constancia? Mayor intensidad vital, emociones más profundas, una aprehensión más sensible del lenguaje, y, acaso, sobre todo, una conciencia más cabal de las miserias e imperfecciones del mundo real, que siempre resulta pobre, confuso y mezquino, comparado con los hermosos, magníficos y coherentes mundos que crea la ficción. Sospecho que, de esta manera tal vez la literatura contribuya, no a hacer más felices, pero sí menos resignados y más libres a los seres humanos.

A esta bella y misteriosa vocación de escribir que usted y yo compartimos rendí un homenaje en ese personaje de La guerra del fin del mundo que menciona en su carta de manera generosa: el León de Natuba. Supe de su existencia por una furtiva mención, en uno de los innumerables testimonios sobre la guerra de Canudos que consulté cuando escribía la novela. Aquel texto sólo decía de él que, entre los seguidores del Conselheiro, había un ser deforme, natural de la aldea de Natuba, a quien apodaban "el León", y que se distinguía de los otros rebeldes no sólo por sus deformidades físicas; también, porque sabía escribir. A mí me emocionó saber que, en esa sociedad de miserables, los más pobres entre los pobres del Brasil, alzados en los sertones bahianos en una lucha imposible contra una República en la que ellos veían al Diablo, había un colega nuestro, alguien que, armado con un lápiz y un pedazo de papel, libraba también una batalla, solitaria y difícil, para merecer vivir. Y así inventé una historia y una personalidad para ese ser huidizo, que era apenas, para mí, un nombre y un garabatear de signos.

Siento el mayor aprecio por las alarmas y preocupaciones que le merece su país y comprendo que, en su empeño de lograr una paz duradera, luche porque Japón rescinda todo tratado que implique aceptar bases militares y una colaboración militar con cualquier otro país. Después de haber vivido el apocalipsis de Hiroshima y Nagasaki, es comprensible que el movimiento pacifista logre tanto arraigo en su país, y que en Japón la campaña por la abolición de las armas atómicas tenga más dinamismo y popularidad que en cualquier otra sociedad, y cuente con el apoyo de intelectuales tan respetables como usted. Nadie dotado con un mínimo de sentido común podría rechazar su juicio de considerar "abominable" la "decisión de tener armamento nuclear". En términos parecidos califiqué yo, en un artículo reciente, la fabricación de bombas nucleares por India y Paquistán, insensatez que, además de provocar una feroz carnicería en caso de un conflicto armado entre ambos países, constituye un peligrosísimo aliciente para que otros países del Tercer Mundo sigan ese siniestro ejemplo. Y fui también uno de los primeros en criticar las pruebas nucleares en el Pacífico con que inauguró su Presidencia el mandatario francés Jacques Chirac.

Sin embargo, no puedo suscribir las tesis de los pacifistas, por más respeto que me merezca el generoso idealismo que las inspira. Creo que todo intercambio de ideas sobre el pacifismo y las armas nucleares, debe partir de una circunstancia concreta, no de una postura abstracta. Estas armas, lamentablemente, están ya allí. Es una desgracia para la humanidad, sin duda, pero esta lamentación no tiene eficacia alguna. Lo importante es actuar de manera realista, tratando de conseguir objetivos posibles. Es decir, en lo inmediato, frenar la carrera armamentista, impidiendo la proliferación del arma nuclear en los países que aún no la tienen, a la vez que presionar en favor de la progresiva eliminación de los arsenales nucleares de las naciones que los poseen.

Países como el suyo y el mío pueden renunciar de manera unilateral a tener armas nucleares, y, desde luego, deben hacerlo. Pero, reconozcamos que éste es un privilegio del que disfrutan Japón y el Perú debido a que, en el mundo de hoy, el poderío militar atómico está primordialmente concentrado en las potencias occidentales, es decir, en sociedades democráticas. Esto no resta peligrosidad al arma nuclear, por supuesto. Pero sí asegura un mínimo de responsabilidad moral y política a la hora de utilizarla. La prueba es que en el último medio siglo el arma nuclear no ha sido empleada, y ha servido más bien para impedir que el imperio soviético se extendiera, añadiendo más colonias o satélites de los que obtuvo al finalizar la segunda guerra mundial. ¿Qué habría ocurrido si Estados Unidos hubiera renunciado, en nombre del ideal pacifista, a dotarse, en los años cuarenta, de las armas nucleares que Hitler buscaba afanosamente para conquistar el mundo? ¿Y cuál hubiera sido el desenlace de la guerra fría si, en los años cincuenta, sólo la Unión Soviética hubiera tenido misiles nucleares, porque Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos renunciaron a fabricarlos en nombre del pacifismo? Mucho me temo que no sólo el Tibet sería, hoy, un país invadido y colonizado por una potencia totalitaria cuyo gobierno, a diferencia de lo que sucede en una democracia, no tiene que dar cuenta a una opinión pública de sus actos, ni subordina su conducta a una legalidad, y goza de impunidad para sus crímenes.

El equilibrio del terror es, desde luego, peligrosísimo, ya que no excluye ni los accidentes ni las iniciativas insensatas de algún dictador enloquecido y megalómano. Por ello, es indispensable obrar, por todos los medios a nuestro alcance, en favor de la gradual y sistemática destrucción de todos los arsenales nucleares existentes, y por una vigilancia internacional destinada a impedir que, en el futuro, renazcan. Esta política, con todos sus riesgos, me parece menos peligrosa que la de pedir a las potencias democráticas que destruyan sus arsenales motu proprio, como un ejemplo que el resto del mundo debería seguir en aras de la paz mundial.

Recuerdo, a este respecto, un ensayo de George Orwell sobre el pacifismo, que me impresionó mucho. Decía en él que la no-violencia de Ghandi triunfó en la India porque se ejercía contra una potencia colonizadora como Gran Bretaña, a cuyo gobierno las costumbres políticas, las leyes y la opinión pública sólo permitían ejercer la brutalidad contra los colonizados hasta cierto límite. Estos límites no existen para los regímenes autoritarios o totalitarios, que pueden cometer verdaderos genocidios sin ser cuestionados. No es necesario regresar hasta Hitler, Stalin o Mao en busca de ejemplos. En nuestros días, los doscientos mil muertos resultantes de las limpiezas étnicas de Bosnia no han debilitado un ápice la dictadura de Milocevic, y todo parece indicar que los crímenes que en la actualidad comete en Kosovo más bien la apuntalan. El pacifismo presupone que aquel gobierno o adversario contra el que se lucha comparte ciertos valores de decencia humana y responsabilidad moral con los pacifistas. La historia contemporánea nos muestra, por desgracia -en África, en Asia, en América Latina y en el mismo corazón de Europa-, que aquella suposición es ilusoria.

En su carta anterior, me preguntaba usted por la opinión que en el Perú se tiene de Japón y de las empresas japonesas, y yo no alcancé a responderle. Lo hago ahora. Pero, no en nombre de todos mis compatriotas -jamás me he sentido portavoz de alguna colectividad y siempre he desconfiado de los que creen serlo-, sólo en el mío propio. Tengo una gran admiración por la manera como el pueblo japonés, luego de la devastación en que quedó el país al finalizar la guerra, pudo levantarse de sus ruinas, sacudirse de la tradición autoritaria que gravitaba sobre él con tanta fuerza, y convertirse en uno de los más prósperos y modernos países del mundo. Que esta modernización tuvo un alto precio, y que ha causado traumas en la sociedad, lo sé de sobra, gracias a quienes, como usted, lo han descrito con lucidez y sutileza. Y tampoco me cabe duda que el sistema democrático adolece también, en Japón, de taras e imperfecciones que lo minan, empezando por la corrupción. No hay duda de que la sociedad japonesa es menos abierta de lo que parece y que su desarrollo industrial sufre, al menos en parte, por ello, la crisis que atraviesa.

Pero, aun así, con todas las críticas que merezca, la historia japonesa de los últimos cincuenta años es una verdadera gesta pacífica ejemplar para los países pobres y atrasados de este mundo, una prueba palpable de que, con voluntad, disciplina y trabajo, un país puede romper las cadenas del subdesarrollo, progresar y garantizar unas cuotas mínimas de trabajo, legalidad, seguridad y libertad al conjunto de sus ciudadanos. Aunque nos separen muchos miles de millas marinas, Japón y el Perú son países vecinos. Porque se miran allende el Pacífico, y porque, desde fines del siglo pasado, muchas familias japonesas emigraron a tierra peruana. Gracias a su empeño, surgió una agricultura de alto nivel en la región costeña, al norte de Lima. Esos peruanos de origen nipón, fueron objeto de vejámenes y abusos innobles durante la segunda guerra mundial; sus propiedades, expropiadas, y algunos, enviados a campos de concentración en los Estados Unidos. Pese a ello, la mayoría regresó a una tierra que era ya tan suya como del resto de las familias y razas que pueblan el Perú, un país al que, tanto en el campo cultural como económico y profesional, la comunidad de origen japonés ha enriquecido notablemente. Le ha dado, incluso, un Presidente, el ingeniero Fujimori, a quien, como sin duda usted sabe, yo critico con severidad. No por su origen japonés, desde luego, ni por haber ganado las elecciones de 1990 en que ambos competimos, como quieren hacer creer sus validos. Sino, por haber destruido, en abril de 1992, la democracia que teníamos, amparado en la fuerza militar. Nuestra democracia era imperfecta, sin duda, pero, ahora, en vez de ello, tenemos un régimen autoritario, que ha abolido la legalidad, manipula la información, comete los peores abusos contra los derechos humanos y fomenta la corrupción en la más absoluta impunidad. Los peruanos, que, en algún momento, apoyaron este liberticidio creyendo que una dictadura podía ser más eficiente que una imperfecta democracia, están pagando hoy amargamente su error en unos niveles de desempleo, pobreza y violencia callejera sin precedentes en la historia peruana.

Esta carta se ha alargado demasiado y debo ponerle fin. Pero, no sin antes agradecerle una vez más este intercambio de ideas y reiterarle mi admiración por su obra literaria, en la que el talento creativo y la limpieza moral van de la mano, y por su compromiso cívico, que nos ha dado tantas buenas lecciones de responsabilidad y sensatez a sus lectores.

Un cordial abrazo y la amistad de Mario Vargas Llosa




Fuentes: El País
Foto de KO Taringa
Foto MVLL Omaidi