15 abr. 2011

Hermann Broch (1886-1951) - La muerte de Virgilio (frag.)





La nada llenó el vacío y se hizo el universo.

El rumor continuó, sobresaliendo de la confusión de la luz con la tiniebla, ambas revueltas por el alzarse del sonido, pues sólo ahora comenzó a sonar y lo que sonaba era más que tañer de lira, era más que cualquier sonido, era más que toda voz, puesto que era todos juntos y a la vez surgiendo de la noche y el universo, surgiendo como entendimiento, más alto que toda comprensión, surgiendo como significado, más alto que todo concebir, surgiendo como la pura palabra que era, superior a todo entendimiento y significado, definitiva y comienzo, poderosa y dominadora, temible y protectora, propicia y tronante, la palabra del discernimiento, la palabra del juramento, la pura palabra: así le sobrevino rumorosa, hacia él pasó por encima de él, fue en aumento y se volvió cada vez más fuerte, se hizo tan avasalladora, que nada podía sostenerse ya ante ella; el universo se disipaba ante la palabra, disuelto y superado en la palabra, mas conservado y contenido en ella, aniquilado y creado de nuevo para siempre, porque nada se había perdido, porque el fin se unía al principio, renacido, volviendo a procrear; la palabra se cernía sobre el universo, se cernía sobre la nada, flotaba más allá de lo expresable y lo inexpresable, y él, sobrecogido por la palabra y rodeado por su rumor, se cernía con la palabra; no obstante, cuanto más le envolvía, cuanto más penetraba él en ese mar de sonido y era penetrado por él, tanto más inaccesible y grande, tanto más pesado e inaprensible se tornaba la palabra, un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcebiblemente inefable, pues estaba más allá del lenguaje.



Versión de J. M. Ripalda
sobre traducción de A. Gregori
©1958 Título original: Der Tod des Vergil
Madrid, Alianza Editorial, 2000
Foto: El País