20 abr. 2011

Elías Canetti - La mujer de la reja





Pasé ante una fuente pública donde bebía un muchacho. Giré a la izquierda y oí de lo alto una voz queda, tierna y delicada. Miré hacia una casa de enfrente y vi, a la altura del primer piso, tras una reja trenzada, el rostro de una joven. Era de tez oscura, no llevaba velo y mantenía su cara muy cerca de la reja. Hablaba mucho, pero con suave fluidez, y todas sus frases se componían de palabras afectuosas. Me resultaba incomprensible que no llevase velo. Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, y noté que se dirigía a mí. Su voz apenas se elevó, y tampoco perdió la compostura; encerraba tanta delicadeza, como si sostuviese mi cabeza entre sus brazos. Pero no vi mano alguna; sólo mostraba su rostro, acaso las manos estuvieran atadas a algo. El lugar en el que se hallaba era oscuro, y sobre la calle, donde yo permanecía, brillaba deslumbrante el sol. Sus palabras brotaban como de una fuente y fluían una tras otra, jamás había oído palabras cariñosas en esta lengua, pero sentía que lo eran.

Quise llegar hasta la puerta de la casa de donde provenía la voz, pero temía que cualquier movimiento por mi parte pudiese ahuyentarla como a un pájaro. Qué haría entonces si enmudeciese. Traté de ser tan sutil y delicado como la propia voz y caminé como jamás lo había hecho. No debía asustarla. Todavía oía la voz cuando me hallaba muy próximo a la casa y no podía ver ya la cabeza entre las rejas. El estrecho edificio semejaba una ruinosa torre, según se veía por un hueco en el muro del que se habían desprendido algunos cascotes. La puerta, sin ornamento alguno, de míseras tablas claveteadas, estaba afianzada con alambre, y parecía no abrirse con demasiada frecuencia. No era una casa acogedora; apenas se podía entrar, y dentro de seguro oscura y por entero decrépita. Justo al volver la esquina se abría un callejón sin salida, pero desierto y silencioso, y no vi a nadie a quien preguntar algo. Tampoco en el callejón perdí la fuente de voz candorosa, desde la esquina sonaba cual lejanísimo murmullo. Retrocedí, me situé de nuevo a cierta distancia de la casa y observé detenidamente: allí seguía el rostro oval, cuyos labios se movían a la par que las dulces palabras. Me pareció, no obstante, que sonaban algo diferentes; contenían perceptiblemente una súplica incierta; era como si dijesen: no te vayas. Quizás pensó que me había ido para siempre cuando desaparecí para comprobar casa y puerta. Sin embargo estaba allí de nuevo y debía quedarme. Cómo describir la impresión de un rostro femenino sin velo, mirando desde lo alto de una ventana, en esta ciudad y en estas callejas. Pocas ventanas se abren sobre los callejones y no se ve a nadie asomado a ellas. Las casas son como murallas; con frecuencia se tiene la sensación durante largo tiempo de andar entre muros, cuando, sin embargo, se sabe a ciencia cierta que son viviendas. Vemos las puertas y escasas e inservibles ventanas. Con las mujeres sucede algo similar; se mueven como bultos informes a lo largo de las callejas, apenas se les reconoce, tampoco se les intuye, y pronto está uno harto de esforzarse y tratar de retener una imagen precisa de ellas. Se tiende a desentenderse de las mujeres. Pero nadie se resigna a gusto, y cuando una mujer se asoma entonces a una ventana y parece que habla e inclina ligeramente la cabeza y no desaparece, como si hubiese estado aquí esperándonos desde siempre, y que continúa hablando cuando se le vuelve la espalda abandonándola quedamente, pero que seguirá hablando, tanto si se le oye como si no, y siempre hacia alguien, para alguien; una mujer así constituye un milagro, una aparición, y se siente uno inclinado a tenerla por lo más importante de todo cuanto de ordinario pudiera verse en esta ciudad.

Hubiera permanecido a gusto más tiempo aquí, pero no era un barrio deshabitado del todo. Mujeres con velo se cruzaban conmigo y no reparaban para nada en su compañera de la reja. Pasaban de largo ante la alminarada casa, como si nadie hablase. No se detenían, no miraban hacia allí. Con paso invariable se aproximaban a la casa para doblar, justo bajo la ventana de la mujer, hacia el callejón donde yo me encontraba. No obstante, sentía que me dirigían miradas de reprobación: ¿Qué hacía aquí? ¿Por qué estaba aquí? ¿Por qué tenía la vista clavada en lo alto?

Un grupo de colegiales pasó por delante. Jugaban, bromeaban y se comportaban como si no oyesen el rumor. Me observaron de arriba a abajo: Les resultaba menos de fiar que la mujer sin velo. En cierta medida me sentí avergonzado, puesto que permanecía quieto y miraba absorto. Caí en la cuenta de que mi ausencia podría confundir al rostro de la reja; cada una de las palabras fluía como un manantial de trinos. Sonaban entretanto los chillidos estridentes de los niños, que se alejaban lentamente. Llevaban consigo sus carteras y venían del colegio; buscaban alargar el camino hacia casa y recurrían a pequeños juegos, a una de cuyas reglas pertenecía saltar por el callejón, bien hacia adelante, bien hacia atrás. Así avanzaban a paso de caracol y hacían de mi escucha un martirio.

Una mujer con un niño pequeño al costado se paró junto a mí. Tuvo que acercarse por detrás, pues no sentí su presencia. Permaneció un instante y me dirigió una mirada de mala intención; tras el velo adiviné los rasgos de una mujer vieja. Apretaba al niño como si mi presencia lo amenazase, y se largó sin decirme siquiera una palabra. Me sentí molesto; abandoné mi lugar y la seguí lentamente. Anduvo un par de casas calleja abajo, y después torció a un lado. Cuando llegué a la esquina por la que había desaparecido, pude ver, al final de un callejón sin salida, la cúpula de una pequeña Kubba, así se llaman los sepulcros sagrados en este país, a donde van en peregrinación los fieles con sus ruegos. La vieja permanecía frente al cerrado portón de la Kubba y elevaba al chiquitín por encima de su cabeza. Apretaba la boca contra una imagen que desde mi posición no podía reconocer con claridad. Repitió este movimiento varias veces, después colocó al niño en el suelo, le tomó de la manita y dio la vuelta para irse. Cuando alcanzó la esquina del callejón tuvo que pasar de nuevo frente a mí, pero en esta ocasión no me dirigió ni una mala mirada, y volvió en la dirección por la que ambos habíamos llegado.

Me acerqué a la Kubba y descubrí a media altura del portón cuarteado una anilla en la que se arrollaban unos trapos viejos. Eran los que el niño había besado. Todo se realizó con enorme solemnidad, y en mi aturdimiento no caí en la cuenta de que los colegiales estaban detrás de mí y me observaban. De súbito oí su risa clara; tres o cuatro de ellos se encaramaban al portón de la Kubba, se asían de la anilla y besaban los viejos harapos. Reían entretanto a voz en grito y repetían la ceremonia desde todos lados. Uno se colgaba a la derecha de la anilla, otro a la izquierda, y los besos continuaban con ruidoso chasquido. Pronto eran apartados por los demás. Cada cual deseaba mostrarme lo que era capaz de hacer; tal vez esperasen de mí que les secundase. Eran niños limpios, todos bien cuidados; seguro que se les lavaba varias veces al día. Los trapos, sin embargo, aparecían tan sucios como si con ellos se hubiese limpiado el callejón. Pasaban por ser andrajos del ropaje del propio santo, y para los creyentes quedaba en ellos algo de su santidad. Cuando todos los muchachos se habían hartado de besarlos, se acercaron rodeándome. Uno de ellos me llamó la atención por su cara avispada, y noté que a gusto hubiera deseado hablar conmigo. Le pregunté en francés si sabía leer. Respondió muy cortés: «Oui, Monsieur.» Yo llevaba un libro bajo el brazo, lo abrí y se lo ofrecí; leyó de arriba a abajo, lentamente pero sin fallos, las frases francesas. El libro era una obra sobre las creencias de los marroquíes, y la parte por la que había abierto trataba de la veneración a los santos y a sus Kubbas. En ello podía verse o no casualidad; me leía en ese momento cuanto había representado con sus compañeros hacía un rato. Pero, con todo, no se dio por enterado; quizás con el afán de la lectura no comprendía en absoluto el significado de las palabras. Le elogié, y él asumió, sin embargo, mi reconocimiento con la dignidad de un adulto. Me cayó tan bien que involuntariamente lo relacioné con la mujer de la reja.

Señalé en dirección de la casa en ruinas y le pregunté: «Esa mujer de allá arriba, de la reja, ¿la conoces?»

«Oui Monsieur», respondió, y su cara me pareció sincera.

«¿Elle est malade?», proseguí.

«Elle est tres malade, Monsieur.»

Ese «muy» que robusteció mi pregunta sonó como un lamento sobre algo que debía tocarle muy de cerca. Tendría, a lo sumo, nueve años, pero parecía que hubiese convivido veinte años con un enfermo grave, sabiendo bien cómo comportarse en una situación semejante.

«¿Elle est malade dans sa tete, n'est-ce pas?»

«Oui, Monsieur, dans sa tete.» Asintió con un gesto cuando dijo «de la cabeza», pero señaló en lugar de su propia cabeza la de otro muchacho de singular belleza: Era de rostro alargado, lánguido; con ojos rasgados, negros y muy tristes. Ninguno de los niños reía ya. Permanecían mudos. Su estado de ánimo se transformó en un instante, tan pronto comencé a hablar de la mujer de la reja.

En Las voces de Marrakesh
Imagen: Karin Gaa