17 abr. 2011

Daniel Dennett - ¿Acaso la música puede ser dañina?







La música, el mayor bien conocido por los mortales,
y por todo el cielo que tenemos por abajo.
Joseph Addison

¿No es extraño que tripas de cabra logren hacer
salir las almas de los cuerpos de los hombres?
William Shakespeare


No es que no simpatice con la aversión que sienten quienes se oponen a mi propuesta. Tratando de imaginar cuál podría ser su respuesta emocional a mi propuesta, ideé un perturbador experimento mental que, me parece, podría ayudar para tal propósito. (Me dirijo ahora a aquellos que, como yo, no se horrorizan ante la idea de este examen.) Imaginen qué sentiríamos si en la sección de ciencia del New York Times leyésemos que una nueva investigación llevada a cabo por la Universidad de Cambridge y por el Instituto Tecnológico de California (Caltech) ha demostrado que la música, por mucho tiempo considerada como uno de los más puros tesoros de la cultura humana, en realidad es mala para la salud, que constituye un gran factor de riesgo para contraer no sólo la enfermedad de Alzheimer sino también problemas cardíacos, que altera el ánimo y el buen juicio de un modo sutil pero claramente nocivo, que contribuye significativamente a promover tendencias agresivas y xenófobas y que hace flaquear nuestra fuerza de voluntad. La exposición temprana y habitual a la música, tanto para quien la practica como para quien la escucha, aumenta en un 40 por ciento la predisposición a sufrir depresión severa, reduce en un promedio de 10 puntos el coeficiente intelectual y casi duplica la probabilidad de cometer un acto de violencia en algún momento de la vida. Un grupo de investigadores recomienda que las personas restrinjan su consumo de música a un máximo de una hora diaria (y esto incluye toda la música, desde la del ascensor, pasando por la música de fondo de la televisión, hasta los conciertos sinfónicos), y además la inmediata reducción de la tan generalizada práctica de ofrecer lecciones de música a los niños.

Más allá de la completa incredulidad con que recibiría la noticia de tales "hallazgos", puedo detectar, entre mis reacciones imaginadas, una defensiva oleada visceral que sería más o menos así: "¡Peor para los de Cambridge y los de Caltech! ¿Qué saben ellos acerca de la música?". O tal vez así: "¡No me importa si es verdad! Cualquiera que intente arrebatarme mi música tendrá que estar preparado para una pelea, porque una vida sin música no vale la pena de ser vivida. No me importa si me hace 'daño'; de hecho, no me importa si les hace 'daño' a los otros. ¡Vamos a tener música y se acabó!". Así es como estaría tentado de responder. Preferiría no vivir en un mundo sin música. Pero, "¿por qué? -alguien podría preguntar-. Si la música no es más que rascar tontamente unos instrumentos y hacer ruido juntos. No alimenta al hambriento ni cura el cáncer ni...". A lo que respondería: "Pero nos brinda gran consuelo y alegría a cientos de millones de personas. Claro que hay excesos y controversias, pero, de todos modos, ¿alguien podría poner en duda que la música es, por lo general, algo bueno?". "Bien, pues sí" -rezaría la réplica-. Existen algunas sectas religiosas -como los talibanes, por ejemplo, aunque también las sectas puritanas del cristianismo de antaño, y sin duda algunas otras- que han sostenido que la música es una pasatiempo negativo, un tipo de droga que ha de ser prohibida. La idea no es del todo descabellada, así que debemos aceptar la responsabilidad intelectual de demostrar que es un error.

Reconozco que muchas personas sienten con la religión lo que yo siento con la música. Tal vez estén en lo cierto. Averigüémoslo. Es decir, sometamos a la religión al mismo tipo de investigación científica que hemos efectuado con el tabaco, el alcohol y, por qué no, con la música. Vamos a averiguar por qué la gente ama su religión, y si hay algo de bueno en ello. Pero no debemos confiarnos en que las investigaciones existentes vayan a resolver el asunto de una vez por todas, por la misma razón por la que no aceptamos sin más las campañas en favor de la inocuidad del cigarrillo promovidas por las industrias tabacaleras. Claro, la religión salva vidas. Pero también el tabaco; o si no, preguntémosles a aquellos soldados americanos para quienes el tabaco fue un consuelo mucho mayor que la religión durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam.

Estoy dispuesto a estudiar con atención las ventajas y las desventajas de la música, y si resulta que la música causa cáncer, odio hacia otras etnias y guerras, entonces tendré que pensar seriamente respecto de cómo vivir sin música. Es sólo porque estoy tan absolutamente seguro de que la música no hace mucho daño que puedo disfrutarla con la conciencia tranquila. Si personas dignas de crédito me dijeran que, una vez considerados todos los factores, la música puede ser dañina para el mundo, me sentiría moralmente obligado a examinar la evidencia tan imparcialmente como me fuera posible. No hacerlo me haría sentir culpable por mi lealtad hacia la música.

Pero, ¿acaso la hipótesis de que los costos de la religión pesan más que sus beneficios no es más ridicula que la fantástica tesis sobre la música? No lo creo. Es posible que la música sea aquello que Marx dijo respecto de la religión: el opio de los pueblos, lo que mantiene al pueblo trabajador tranquilamente subyugado, pero también puede ser una llamada a la revolución, a cerrar filas y a infundir un nuevo espíritu de unión. A esta altura, la música y la religión tienen perfiles muy similares. En otros aspectos, la música parece ser mucho menos problemática que la religión. A lo largo de varios milenios la música ha originado algunos disturbios, y es probable que algunos músicos carismáticos hayan abusado sexualmente de un impresionante número de jóvenes y susceptibles admiradores, así como deben haber inducido a muchos otros a abandonar a sus familias (¡y a perder la cabeza!). Sin embargo, las diferencias entre tradiciones musicales no han perpetrado ni cruzadas ni jihads, ni se han institucionalizado programas en contra de los amantes de los valses, las ragas o los tangos. No ha habido poblaciones enteras a las que se les haya obligado a tocar la escala, o que se hayan visto obligadas a pasar penurias con el fin de proporcionarles la mejor acústica y los más finos instrumentos a las salas de concierto. Tampoco ha habido músicos -ni siquiera acordeonistas- que fueran objeto de fatwas por parte de organizaciones musicales.

La comparación entre la música y la religión resulta particularmente útil aquí, pues la música es otro fenómeno natural que, pese a que ha sido hábilmente estudiado por muchos académicos durante cientos de años, sólo ahora está empezando a convertirse en objeto del tipo de estudio científico que estoy recomendando. No ha habido la más mínima carencia de investigación profesional sobre teoría musical, y se han cubierto temas como la armonía, el contrapunto y el ritmo, además de técnicas de habilidad musical, o de la historia de cada género y de cada instrumento. Los etnomusicólogos han estudiado la evolución de los estilos musicales y de sus prácticas en relación con factores culturales como el económico y el social, entre otros. Y, más recientemente, los neurocientíficos y los psicólogos han comenzado a estudiar la percepción y la creación musical, utilizando la última tecnología para descubrir los patrones de actividad cerebral asociados con la experiencia musical, la memoria musical y demás temas relacionados. No obstante, la mayor parte de estas investigaciones aún dan la música por sentado. Con muy poca frecuencia se preguntan por qué existe la música. Hay una respuesta rápida, que además es verdadera, dentro de lo que cabe: la música existe porque la amamos y, por lo tanto, seguimos creando más y más música. Pero, ¿por qué la amamos? Porque la consideramos hermosa. Pero, ¿por qué nos parece hermosa? A esta pregunta, que es perfecta para la biología, aún no se le ha encontrado una buena respuesta. Compáresela, por ejemplo, con la siguiente pregunta: ¿por qué nos gusta el dulce? En este caso ya conocemos la respuesta evolutiva, incluso con algún detalle, y sabemos que a veces toma curiosos giros inesperados. No es accidental que tengamos tanto gusto por las cosas dulces. Además, si en el futuro queremos ajustar nuestras políticas respecto de los dulces, bien vale la pena que entendamos las bases evolutivas de su atractivo. No debemos cometer el mismo error que aquel hombre del viejo chiste, que se quejaba de que justo cuando finalmente pudo entrenar a su burro para que dejara de comer, el estúpido animal tuvo que morirse.

Algunas cosas son tan necesarias en la vida, y algunas, al menos, tan edificantes o tan vivificantes que las manipulamos bajo nuestra cuenta y riesgo, y por ello es necesario que averigüemos qué papel juegan y cuáles son las necesidades que tenemos. Desde el siglo XVIII, con la Ilustración, muchas personas brillantes y bien informadas creyeron confiadamente que la religión pronto se desvanecería, porque se trataba de un objeto del gusto humano que puede ser satisfecho por otros medios. Muchos aún siguen esperando, con un poco menos de confianza. Cualquiera sea la cosa de la que nos provee la religión, es algo sin lo cual muchos piensan que no pueden vivir. Tomémoslos con seriedad esta vez, pues quizás estén en lo cierto. Pero sólo existe un modo en que podemos tomarlos seriamente: estudiándolos científicamente.


En Romper el hechizo