8 abr. 2011

Augusto Roa Bastos - Aquel tiempo antiguo






Aquel tiempo antiguo era sin embargo más joven que los que íbamos envejeciendo en la procesión. Hombres, mujeres y niños, igualados, canosos por el polvo seco de la llanura, quemados por el sol y el humo oleoso de la locomotora, iban también envueltos en la memoria del presente. 

A lo largo de más de cien años, la vida del país había quedado detenida en el tiempo. Avanzaba a reculones, más lentamente aún que el tren matusalénico. 

Giraba la llanura inmensa hacia atrás, lentamente. 

El pequeño tren daba la hora al revés, dos veces por semana, para los pueblos de la vía férrea

Esta vía férrea, la primera del país, el más adelantado y próspero de América del Sur en el siglo pasado, era también la única. 

Estaba destinada a ser la última. 

Marcaba una frontera interior entre dos clases de país. No en su geografía física. Más bien en su topografía temporal. 

La frontera de hierro separaba dos tiempos, dos clases sociales, dos destinos. 

De un lado estaba lo antiguo, la gente campesina que conservaba en su modestia y pobreza la dignidad y austeridad de antaño. 

Del otro lado, los acopiadores, los grandes propietarios, los funcionarios civiles y militares instalados en suntuosas mansiones. En grandes coches blindados japoneses o alemanes, de cristales opacos y rojas chapas oficiales, rodaban como bólidos por las calles de la ciudad, por autopistas y carreteras, sin respetar en lo más mínimo las señales del tránsito.

Los pueblos dormidos en el sopor del verano mostraban la tierra de nadie. La frontera de hierro era en todo caso una valla inexpugnable contra el futuro; un mentís rotundo a las glorias del pasado. 

Las poblaciones sembradas en los campos retrocedían hacia atrás, hacia atrás, hasta desaparecer. 

El tiempo no contaba allí. Nadie pensaba en el mañana. Menos aún en el ayer. La gente simple no tiene poder sobre la hora. 


Del otro lado del alambrado de las estancias vacunos esqueléticos, reses flotando en la vibración del sol en los alambres, nos miraban pasar. 

Cuernos apuntando la tierra, ojos hundidos en lo oscuro, colas tiesas, chorreadas de bosta seca, caídas hacia el pasto vitrificado. 

Raspaban con el morro la tierra dura. 

Quién ha de saber si el ánima del hombre sube hacia arriba en tanto que el ánima del animal se hunde bajo tierra. ¿O es a la inversa? 

Esas bestias debían de saberlo. 

No parecían animales vivos. No eran sino bestias inanimadas. El cuero ceniciento era lo único que les quedaba sobre los huesos. 

Osamentas en pie sobre los campos calcinados de luz inmóvil. 

Esperaban el llamado de la tierra para entrar. 

Arriba esperaban las aves carniceras vigilando las carroñas que aún se movían.


Contravida, Segunda parte, cap. 6
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis