5 mar. 2011

William Carlos Williams - Asfódelo







Del asfódelo, esa flor algo verde, 
igual que un botón de oro
sobre su tallo bifurcado 
—si no fuera porque es verde y leñoso—
yo vengo, querida,
a cantarte.
Vivimos mucho tiempo juntos 
una vida llena,
si quieres, 
de flores- Así que 
me alegré
apenas supe
que también había flores 
en el infierno.
Hoy
estoy lleno de la memoria borrosa de aquellas flores 
que a los dos nos gustaban
incluso esta pobre 
cosa descolorida 
—la vi
cuando era un niño— 
poco apreciada entre los vivos
aunque los muertos la ven,
preguntándose entre ellos: 
¿ Recuerdo algo
que estuviera modelado 
como esta cosa? 
mientras nuestros ojos se llenan 
de lágrimas.
De amor, constante amor 
contarán que
aunque demasiado débil un baño de carmesí
le da color
para hacerla totalmente creíble. 
Hay algo,
algo urgente 
que debo decirte a ti 
y sólo a ti
pero que debe esperar 
mientras bebo en
el goce de tu cercanía
quizá por última vez. 
Y así,
con el miedo en el corazón,
dejo que pase el tiempo 
y sigo hablando
porque no me atrevo a detenerme.
Óyeme mientras hablo 
contra el tiempo. 
No durará
mucho
He olvidado
y veo sin embargo con bastante claridad
algo
central en el cielo 
que
¡Un olor 
emana de él!
¡Un olor dulcísimo!
¡Madreselva! Y ahora 
llega el zumbar de una abeja 
y toda una marea 
de memorias hermanas. 
Sólo dame tiempo,
tiempo para recordarlas
antes de que deba hablar.
Dame tiempo, 
tiempo
Cuando era muchacho 
tenía un libro
al que, de tanto en tanto,
agregaba flores prensadas;
luego, tras cierto tiempo, 
tuve una buena colección. 
El asfódelo,
agorero, 
entre ellas.
Te traigo
resucitada,
la memoria de esas flores. 
Eran dulces
al prensarlas 
y retenían
algo de su dulzura
por largo tiempo. 
Es un curioso olor, 
un olor moral,
éste que me trae 
cerca de ti.
El color
fue lo primero en irse. 
Tuvo que llegarme 
un desafío,
tu querido ser 
mortal como yo lo era,
¡la garganta del lirio 
ante el colibrí! 
La riqueza sin fin 
pensé,
me tiende sus brazos.
Mil tópicos
en un florecer del manzano.
A sí misma
se dio de buena gana la tierra generosa 
¡El mundo entero
llegó a ser mi jardín! 
Pero el mar
que nadie cultiva
también es jardín 
cuando el sol lo hiere 
y las olas
despiertan. 
Lo vi
lo mismo que tú
cuando hace avergonzar 
a todas las flores.
Además, allí está la estrella de mar
endurecida por el sol 
y las otras hierbas
y algas marinas. Sabíamos esto
y lo demás acerca suyo 
porque nacimos junto al mar, 
conocimos sus setos rosa
al mismo borde del agua. 
Allí crece la malva coral, 
y cuando es época 
las frutillas 
y allí, más tarde,
fuimos a recoger
la ciruela silvestre. 
No puedo decir
que llegué al infierno
por tu amor 
pero muchas veces
me descubrí allí
al ir en tu búsqueda.
No me gustó
y quise estar
en el Cielo. Óyeme. 
No te alejes.
Aprendí mucho durante mi vida, 
en los libros
y fuera de ellos 
acerca del amor. 
La muerte
no marca su fin. 
Hay una jerarquía
que puede ser recorrida,
creo, 
en su servicio.
Su galardón:
es una flor mágica; 
un gato de veinte vidas.
Si nadie viene a ponerlo a prueba
el mundo 
saldrá perdiendo. 
Ha sido
para ti y para mí 
como el que vigila una tormenta 
viniendo sobre el agua.
Estuvimos 
año tras año
frente al espectáculo de nuestras vidas
con las manos juntas. 
La tormenta desenvuelta. 
El relámpago
juega sobre el filo de las nubes. 
Hacia el norte el cielo 
es plácido,
azul en los arreboles 
mientras la tormenta crece. 
Es una flor
que pronto alcanzará 
el máximo de su florecer. 
Bailábamos,
en nuestras mentes, 
y leíamos un libro juntos. 
¿Recuerdas?
Era un libro serio. 
Y así los libros
entraron en nuestras vidas. 
¡El mar! ¡El mar! 
Siempre
cuando pienso en el mar 
me viene a la mente la Ilíada
y el yerro público de Helena 
que engendró el poema.
De no haber sido por él
no hubiera habido poema y el mundo,
si hubiésemos recordado
esos pétalos carmesí 
desparramados sobre las piedras,
lo hubiera llamado simplemente
asesinato.
La orquídea sexual que floreció entonces 
enviando a tantos 
hombres
desinteresados a sus tumbas 
les dejó su memoria
a una raza de locos 
o de héroes
si el silencio es una virtud.
El mar solo 
en su multiplicidad
guarda alguna esperanza. 
La tormenta
resultó abortada
pero nosotros seguimos
tras los pensamientos que ella despertó 
para
cimentar de nuevo nuestras vidas.
Es la mente 
la mente
que debe ser curada
antes de la intervención 
de la muerte
y se volverá otra vez
un jardín. El poema
es complejo y también el lugar que hay hecho 
en nuestras vidas
para el poema.
El silencio puede asimismo ser complejo también 
pero no se llega lejos 
con el silencio. 
Empieza otra vez.
Es como el catálogo
de naves en Homero: 
ocupa el tiempo.
Hablo con figuras
lo suficiente, los vestidos 
que llevas puestos también son figuras, 
no podríamos encontrarnos
de otro modo. Cuando hablo 
de flores
es para recordar
que en un tiempo 
fuimos jóvenes.
No todas las mujeres son Helena,
ya lo sé,
pero tienen a Helena en sus corazones. 
Querida mía:
lo tienes en el tuyo, por eso 
te amo
y no podría amarte si no fuera así, de otro modo.
Imagina que ves 
un campo hecho de mujeres
todas de un blanco-plata.
¿Qué habrías de hacer 
sino amarlas?
¡La tormenta estalla
o se disipa! y no es 
el fin del mundo.
El amor es algo más,
o al menos así lo pensé, 
un jardín que se expande,
aunque te conocí como mujer
y nunca pensé de otra forma, 
hasta que el mar entero 
haya sido tomado 
y todos sus jardines. 
Era el amor del amor
el amor que devora todo el resto,
un amor agradecido, 
un amor a la naturaleza, la gente, 
los animales,
un amor que engendra 
la gentileza y bondad
que me movieron
y eso fue lo que en ti yo vi. 
Debí haber sabido
aunque no lo supe,
que el lirio del valle 
es una flor que causa mucho mal 
al que la sopla.
Tuvimos nuestros hijos 
rivales en la furiosa arremetida general. 
Los dejé a un lado
a pesar de cuidarlos
tanto como un hombre
puede cuidar a sus hijos
en la medida de mis luces. 
Tú lo entiendes
tenía que encontrarte
después de lo que pasó 
y tengo todavía que encontrarte. 
Amor
al que también tú reverenciarás 
conmigo;
una flor
una flor muy frágil 
será nuestra alianza 
y no porque
seamos demasiado débiles 
para actuar de otro modo 
sino porque
en la cumbre de mi potencia 
arriesgué lo que debía hacer,
para probar que no obstante
nos amamos 
mientras mis huesos sudaban
porque no podía gritártelo
en el acto.
Del asfódelo, esa flor algo verde, 
yo vengo, mi amor,
a cantarte!
Mi corazón revive
cuando piensa que te trae noticias
de algo 
que te concierne
y concierne a muchos hombres. Mira
lo que se hace pasar por nuevo. 
No lo encontrarás allí sino
en los poemas despreciados.
Es difícil 
obtener noticias de los poemas
aun cuando los hombres mueren miserablemente todos los días
por carecer
de lo que se encuentra allí. 
Oyeme
que también a mí me conciernen 
y a cada hombre
que quiere morir en su cama pacíficamente 
reconciliado.


Apshodel, That Greeny Flower, Libro primero
Versión de Jorge Santiago Perednik
Imagen: John D. Schiff
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