25 mar. 2011

Rudyard Kipling - A través del fuego





El Policía cabalgaba por la selva del Himalaya, bajo los robles cubiertos de musgo, y su ordenanza trotaba tras él.

–– Un feo asunto, Bhere Singh ––dijo el Policía–– ¿Dónde están?

–– Muy feo ––dijo Bhere Singh–– y, en cuanto a ellos, seguro que se están asando en un fuego más vivo que el que nunca hayan producido las ramas de abeto.

–– Esperemos que no ––dijo el Policía––, porque, teniendo en cuenta la diferencia entre las dos razas, es la misma historia que la de Francesca da Rimini, Bhere Singh.

Bhere Singh no sabía nada de Francesca da Rimini, así que siguió su marcha al mismo ritmo, hasta que llegaron al claro del bosque donde los carboneros quemaban su carbón vegetal y donde las llamas moribundas decían crisp, crisp, crisp mientras revoloteaban y susurraban sobre las cenizas blancas. Tuvo que ser un buen fuego, en su momento de mayor esplendor. Uno hombres lo habían visto en Donga Pa desde el otro lado del valle, vacilando y resplandeciendo a través de la noche, y se dijeron que los carboneros de Kodru se estaban emborrachando. Pero se trataba tan sólo de Suket Singh, cipayo del 102.° Regimiento de Infantería Indígena del Punjab, y de Athira, una mujer, ardiendo... ardiendo... ardiendo.

Así es como sucedieron las cosas; y el diario del Policía confirmará mis palabras.

Athira era la mujer de Madu, un carbonero tuerto y de mal carácter. Una semana después del matrimonio, él pegó a Athira con un palo muy pesado. Un mes más tarde, Suket Singh, cipayo, llegó a aquel lugar, buscando la frescura de las montañas, de permiso de su regimiento, y electrizó a los campesinos de Kodru con sus relatos de gloria y de servicio al Gobierno, y del honor en que le tenía a él, Suket Singh, el sahib coronel Bahadur Y Desdémona escuchaba a Otelo como lo han hecho todas las Desdémonas del mundo. Y, al escuchar, amaba.

–– Yo ya tengo una esposa ––dijo Suket Singh––. aunque eso no es problema si lo piensas bien. También tengo que volver a mi regimiento dentro de poco, y no puedo ser desertor, yo que pretendo llegar a ser havildar.

No hay versión himalaya del poema «No podría amarte tanto, mi amor, si al honor no amara más», pero Suket Singh casi consiguió inventar una con sus palabras.

–– No importa ––le decía Athira––: quédate conmigo y, si Madu trata de pegarme, le pegas a él.

–– Muy bien ––dijo Suket Singh; y pegó a Madu severamente, para regocijo de todos los carboneros de Kodru.

–– Ya es suficiente ––dijo Suket Singh, haciendo rodar a Madu por la pendiente––. Ahora tendremos paz.

Pero Madu reptaba de nuevo por la montaña cubierta de hierba y rondaba en torno a su cabaña con ojos airados.

–– No parará hasta matarme ––le decía Athira a Suket Singh––. Tienes que sacarme de aquí.

–– Habrá problemas en el campamento. Mi mujer me arrancará las barbas, pero no importa ––dijo Suket Singh––: te llevaré.

Hubo un problema considerable en el campamento, y a Suket Singh le arrancaron la barba, y la mujer de Suket Singh se fue a vivir con su madre y se llevó a lo niños con ella.

–– No importa ––dijo Athira.

Y Suket Singh dijo:

–– Sí; no importa.

Y así Madu se quedó solo en la cabaña que domina el valle frente al Donga Pa; y desde el comienzo de los tiempos nadie ha tenido simpatía por los maridos tan poco afortunados como Madu.

Así que fue a ver a Juseen Dazé, el brujo que guarda la Cabeza del Mono Hablador.

–– Devuélveme a mi mujer ––dijo Madu.

–– No puedo ––dijo Juseen Dazé–– hasta que consigas que el río Sutlej deje el valle y suba hasta el Donga Pa.

–– Déjate de enigmas ––dijo Madu, y sacudió el hacha por encima de la cabeza de Juseen Dazé.

–– Dales todo tu dinero a los ancianos del pueblo ––dijo Juseen Dazé–– y ellos convocarán un Concejo comunal y el Concejo enviará un mensaje a tu mujer cominándola a volver.

Y Madu, consiguientemente, entregó todos sus bienes terrenales, que ascendían a veintisiete rupias, ocho annas, tres paisás y una cadena de plata, al Concejo de Kodru. Y ocurrió tal y como Jussen Dazé había dicho

Enviaron al hermano de Athira al regimiento de Suket Singh para que hiciera volver a Athira. Suket Singh, para empezar, le pegó y arrastró a lo largo de todo el cuartel, y luego lo entregó al havildar, que le pegó con un cinturón.

–– Vuelve ––gritaba el hermano de Athira.

–– ¿Adónde? ––dijo Athira.

–– Con Madu ––decía él.

–– Nunca ––decía ella.

–– Entonces Jussen Dazé te enviará una maldición y te marchitarás como un árbol descortezado en la primavera ––dijo el hermano de Athira.

Athira lo consultó con la almohada.

A la mañana siguiente tenía reumatismo.

–– Empiezo a marchitarme como un árbol descortezado en la primavera ––dijo––. Es la maldición de Juseen Dazé.

Y realmente empezó a marchitarse, porque el miedo le secó el corazón, y los que creen en las maldiciones mueren de maldiciones. También Suket Singh tenía miedo, porque amaba a Athira más que a su propia vida. Pasaron dos meses, y el hermano de Athira volvió al cuartel y se desgañitaba gritando:

–– ¡Ajá! Te estás marchitando. Vuelve. 

–– Volveré ––dijo Athira.

–– Di más bien que volveremos ––dijo Suket Singh.

–– Sí, pero ¿cuándo? ––dijo el hermano de Athira.

–– Un día cualquiera muy temprano por la mañana ––dijo Suket Singh; y a paso lento fue en busca del sahib coronel Bahadur para solicitar una semana de permiso.

–– Me estoy marchitando como un árbol descortezado en la primavera ––––se quejaba Athira.

–– Pronto estarás mejor ––decía Suket Singh; y le contó lo que guardaba en su corazón y los dos rieron dulcemente, porque se amaban.

Pero Athira empezó a encontrarse mejor desde aquel momento.

Se fueron juntos, en tren y en tercera clase, como mandaban las normas, y luego en un carro hasta las colinas, y a pie hasta las grandes montañas. Athira olía el aroma de los pinos de sus montañas, las montañas húmedas del Himalaya.

–– Qué bueno es estar vivo ––decía Athira.

–– ¡Ja! ––dijo Suket Singh––, ¿dónde está la carretera de Kodru y dónde está la casa del guardabosques...?

–– Me costo cuarenta rupias hace dos años ––––le dijo el guardabosques, enseñándole la escopeta.

–– Aquí tienes veinte dijo Suket Singh––, y me tienes que dar las mejores balas.

–– Es muy bueno estar vivo ––dijo Athira melancólica, husmeando el aroma de la tierra húmeda bajo los pinos; y esperaron hasta que hubo caído la noche en la carretera de Kodru y en el Donga Pa.

Madu había apilado la leña seca para la hoguera de carbón del día siguiente, en un claro junto a su cabaña.

–– Que cortés por parte de Madu el ahorrarnos este cuidado ––dijo Suket Singh al tropezar con la pila de leña, que tenía doce pies cuadrados y una altura de cuatro ––. Debemos esperar hasta que salga la luna.

Cuando salió la luna, Athira se arrodilló en la pira.

–– Si fuera un Snider de los que utiliza el Gobierno... ––dijo Suket Singh, pesaroso, mirando de reojo el cañón amarrado con alambre del rifle del guardabosques.

–– Sé rápido ––dijo Athira; y Suket Singh fue rápido, pero Athira ya no lo fue más. Entonces él encendió la pira en las cuatro esquinas y subió a ella, a la vez que volvía a cargar el arma.

Las pequeñas llamas empezaron a asomarse entre los grandes leños, por encima de las hojas secas.

–– El Gobierno debería enseñarnos a darle al gatillo con los dedos de los pies ––dijo Suket Singh, lúgubre, a la luna.

Aquella fue la última observación pública del cipayo Suket Singh.

Un día, por la mañana temprano, Madu llegó a la pira, gritó amargamente y corrió a buscar al policía que estaba de servicio en el distrito.

–– Ese hombre de baja casta ha destruido cuatro rupias de leña de quemar carbón ––jadeaba Madu––. También ha matado a mi mujer, y ha dejado una carta que no sé leer, atada a la rama de un pino.

Con la grafía rígida y formal que enseñaban en la escuela del regimiento, el cipayo Suket Singh había escrito:

«Que nos quemen juntos, si es que algo queda de nosotros, porque hemos realizado las plegarias necesarias. También hemos maldecido a Madu y Malak, el hermano de Athira, ambos hombres malvados. Comunicad mi devoción al sahib coronel Bahadur».

El Policía se quedó mirando largo rato y con curiosidad la cama nupcial de cenizas blancas y rojas en la que reposaba, negro opaco, el cañón de la escopeta del guardabosques. Hincó su talón calzado con espuela distraídamente en un leño medio chamuscado, y unas chispas castañetearon volando hacia arriba.

–– Una gente muy extraordinaria ––dijo el Policía.

–– Jim, jinn, uyu ––decían las llamas.

El Policía consignó los hechos escuetos de aquel caso, porque el Gobierno del Punjab no aprueba el romanticismo, en su diario.

–– Pero ¿quién me va a pagar a mí esas cuatro rupias? ––dijo Madu.


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