9 feb. 2011

Roland Auguet - La cacería en el anfiteatro









Espectáculo del pobre y gala suntuosa

En las graderías, para asistir a las «cazas» (venationes), no vemos al público bullicioso que encontramos allí por las tardes. Estos espectáculos, que de caza no tienen más que el nombre, considerados como más vulgares que los otros, tienen lugar por la mañana —«a partir del alba», dice Suetonio—, en unas horas que el romano, tanto si pertenece a la élite como a la clase trabajadora, dedica a sus actividades. Hay que creer que Roma contaba con suficientes desocupados, mirones y turistas como para llenar un anfiteatro. La venado venía a ser como una especie de entremés consistente: aparecida más tarde —por lo menos a título de espectáculo bien definido— que los combates de gladiadores, fue asociada a éstos de manera casi sistemática: era obligado que un munus fuera acompañado de una «caza», que tenía por finalidad dar más realce a la fiesta, de la misma manera que la procesión solemne y el boato con que aparecía rodeada.

No obstante, a partir del final de la República, las venationes adquirieron una tal amplitud que, en determinados casos excepcionales, llegaron a constituir un espectáculo autónomo, esperado por sí mismo; en estos casos tenían lugar a últimas horas de la tarde, y no durante las horas vacías de la madrugada; algunas, como podemos comprobar en numerosas inscripciones, duraban muchos días consecutivos. Hacía falta algún tiempo para matar a los centenares, incluso a los millares de animales de que nos hablan los historiadores; y también hacía falta un sitio adecuado: se celebraron venationes por todas partes, en el Foro, en el recinto de los Saepta, en el Circo, según que la disposición del lugar se prestara más o menos bien a la exhibición proyectada.

La venatio era, pues, menos estereotipada que el munus, y hay que distinguir las cacerías como gran espectáculo de las tardes, de aquellas cacerías matinales convertidas en pura rutina. Estas últimas tenían lugar generalmente en el Coliseo, especialmente preparado para ello. Mientras los animales aparecían en la arena encadenados, no hubo que preocuparse por la seguridad de los espectadores; pero cuando, en tiempos de Sila, se renunció a dicho principio de prudencia, tuvieron que levantar unas barricadas especiales, e incluso, como hizo César, cavar un foso alrededor de la arena para impedir que los elefantes arremetieran contra el público.

Pero, en el Coliseo, esto último era superfluo: el muro anterior del podium, de una altura de cuatro metros, era ya una defensa bastante considerable que, completamente lisa, no ofrecía ningún asidero a las garras; un sistema ingenioso de rodillos con movimiento continuo impedía, además, que los animales pudieran apoyarse en él; finalmente, se precavían contra los saltos de las fieras instalando unas redes que, ciertamente, eran una molestia para la visibilidad, ya bastante dificultosa por los postes que sostenían el velarium, pero que permitían, por lo menos, que el espectador se sintiera como en su casa.

El Coliseo poseía también otros dispositivos especialmente estudiados para simplificar el acceso de los animales a la arena. No era nada sencillo hacer entrar en ella, a la vez, veinte leones que conservaban su estado salvaje. No se les hacía «entrar» por las puertas. Unos extensos subterráneos permitían mantenerlos fuera de la vista del público hasta el momento del espectáculo. Llegado este momento, las jaulas eran colocadas en el subterráneo que daba la vuelta a la arena y, mediante un sistema de montacargas, eran subidas a las que había empotradas en el muro del podium. Una vez la jaula abierta y el animal fuera, volvía a cerrarse para cortar toda posible retirada: ocurría, en efecto, que, lleno de pánico ante la arena vacía y el rumor de la gente, el animal intentara huir; al no conseguirlo, se acurrucaba contra la jaula, de donde unos empleados (magistri) especialmente encargados de llevarlo al combate lo hacían salir sirviéndose de paja encendida.

Estos hombres, que a veces vemos representados con un látigo en la mano al lado de los «cazadores» (venatores), con los que no debemos confundirlos, debían poder esquivar un ataque imprevisto encerrándose en una especie de casitas adosadas al muro del podium; eran también los que se ocupaban de la tarea más delicada de «recuperar» a los animales después del combate, pues, como veremos, no siempre morían todos.

La única constante de la venado era que siempre aparecían en ella animales; pero su suerte dependía del papel que les había sido asignado, y este papel estaba sujeto a un gran número de variantes: ninguna clase de espectáculo revistió en Roma aspectos más diversos. Mencionemos únicamente las exhibiciones: César consiguió mucha gloria sacando a la arena, por primera vez en Roma, a una jirafa. Augusto se había propuesto exponer en el Foro, para satisfacer el gusto de sus conciudadanos hacia lo raro y lo monstruoso, las especies desconocidas que le mandaban los príncipes extranjeros o los gobernadores de las provincias limítrofes. Pero estas exhibiciones no tuvieron un gran papel en los espectáculos por la sencilla razón de que muy pronto, dado el encarnizamiento con que se acosó a todas las especies hacia las fronteras del mundo entonces conocido, los romanos ya no se sorprendían ante nada, ni tan siquiera ante una foca. Para distraerle, hacía falta algo más que unas vagas emociones seculares: a partir ya de los primeros tiempos, pues, fue habitual recurrir también a la sangre.

Primeramente, la de las bestias: se las enfrentaba entre sí en unos combates mortíferos. Más tarde, la de los hombres. A este respecto, conviene que establezcamos, ya desde ahora, una distinción bien clara entre dos formas de venatio muy diferentes. Había una forma —y era, si se quiere, la más parecida a la caza— que consistía en hacer luchar con bestias salvajes a unos hombres provistos de armas ofensivas, especialmente entrenados para esta clase de lucha, generalmente denominados venatores; y otra forma, el «espectáculo» bien conocido en que unos condenados a muerte, que no eran forzosamente cristianos, eran lanzados a las fieras sin defensa de ninguna clase, y con la recomendación de gesticular, cuando podían, para atraer hacia sí al león o al tigre que no se decidiera a atacar. Esta última forma de la venatio sólo tiene en común con la precedente el hecho de formar parte de un mismo conjunto: la condición —tómese la palabra en su acepción humana o jurídica— de los hombres que figuraban en ella, así como algunos detalles de su organización, hacen que sea un espectáculo completamente distinto,'del cual trataremos más adelante.

No obstante, no siempre manaba sangre en las cacerías. La existencia en Roma de gigantescas casas de fieras favoreció la constitución de un auténtico parque de animales adiestrados para los juegos más variados. Se adquirió la costumbre de hacer que los ejecutaran en la arena. De tal manera, que la venatio terminó por incluir, al mismo tiempo que las matanzas en serie y las escenas de carnicería dignas de la jungla, en las que se enfrentaba a toda clase de animales, atracciones anodinas absolutamente parecidas a las de nuestros circos. Los romanos, naturalmente, no establecían entre estas diferentes fórmulas las distinciones a que nos obliga a nosotros la preocupación por la máxima claridad posible. La venatio formaba un todo, y el público la apreciaba en función de las novedades que podían introducir en los detalles, dentro de un marco más o menos rutinario, aquellos emperadores preocupados por superar a sus predecesores.


Reconstitución laboriosa de las luchas de la jungla

Entre los animales enfrentados en combate individual, el rinoceronte era el que más humor mostraba en sus reticencias. No lo mostraba, según parece, más que ante el elefante, cuya recia piel no conseguía atravesar. Para convencerle de que luchara, había que excitarlo durante mucho tiempo. Se ocupaban de ello los empleados de que ya hemos hablado: vestidos con simples túnicas, se situaban detrás de él, y de vez en cuando lo pinchaban prudentemente con sus lanzas. El resultado obtenido no era siempre definitivo: podía ocurrir que el animal, después de una primera carga ineficaz, volviera a dudar entre el furor y la contemplación. A veces, incluso se retiraba para frotar negligentemente su cuerpo contra el mármol del podium. A veces el público llegaba a perder la esperanza de conseguir contemplar el combate anunciado. Los magistri, con no poco miedo, debían intervenir de nuevo. Una vez desencadenada la cólera del rinoceronte, no podía resistírsele ninguno de los mastodontes que generalmente se le oponían: ni los toros, a los que despanzurraba como si se tratara de maniquíes, ni los osos, a los que levantaba del suelo como si fueran vulgares perritos.

Parece ser que estos duelos, en los que cada uno de los contendientes luchaba a su manera, eran más apreciados que aquellos en los que se enfrentaban dos fieras de una misma especie. Había «parejas» cuya lucha en un principio debió procurar grandes emociones a los espectadores, en la medida en que el desenlace del combate entre unas especies todavía mal conocidas dejaba lugar a la incertidumbre. Pero pronto se establecieron determinadas constantes. Los toros, por ejemplo, como los rinocerontes, tampoco resistían a los elefantes, así como tampoco a los osos, algunos de los cuales adquirían la técnica de colgárseles del hocico o de los cuernos: el toro furioso, recorriendo la arena en todos sentidos, se agotaba pronto bajo el peso de su jinete. Era también clásico oponer el león al tigre, al toro, e incluso al jabalí, especies que eran entonces más diversificadas que las de nuestros bosques. Los dos últimos animales mencionados, dice Claudio, habían «cansado el brazo de Hércules»; y, sin duda, el verles erizar a uno la crin y a otro las cerdas en una parodia de desafío homérico, debía recordar confusamente al romano un poco cultivado las gestas mitológicas. El león, si hacemos caso a los monumentos, solía salir vencedor: podemos verlo, apresando con la boca el cuello de la víctima, empujar con todo su cuerpo sobre el espinazo del adversario medio abatido.

Otros combates eran una concesión al puro sadismo: detrás de los ciervos se soltaba una jauría, o leones y, en este caso, el resultado no ofrecía ninguna sorpresa: no era más que una carrera de habilidad. Naturalmente, se intentó romper la monotonía de estas escenas cuyo desarrollo era siempre parecido: como vamos a ver, los recursos de que disponían las casas de fieras romanas eran imponentes, tanto por la variedad de los animales allí reunidos como por la cantidad. Además de los que ya hemos citado, el hipopótamo, el cocodrilo, la hiena, el bisonte, la foca, y todas las variedades de panteras que podían salir de Oriente o de África eran especies corrientes en la Roma del Imperio. Únicamente el tigre siguió siendo una rareza, por lo menos durante cierto tiempo. Debía recurrirse, pues, a combinaciones inéditas, susceptibles de reavivar el interés del espectáculo: por ello al lado de las «parejas» clásicas de que nos hablan los historiadores, vemos también en los monumentos al oso luchando con una boa, al león con un cocodrilo, a la foca con un oso, etc.

Séneca nos describe uno de los artificios que fueron llevados a la práctica para renovar, dentro de lo posible, esta clase de espectáculos: se sujetaban a ambos extremos de una correa, por ejemplo, un toro y una pantera; al tratar ambos de liberarse, empezaban a luchar entre sí; pero al no tener libres los movimientos, al no poder tomar impulso para una lucha abierta, iban destrozándose allí mismo poco a poco. Al final del combate, el vencedor era tan irrecuperable como el vencido: unos hombres armados, llamados confectores, remataban a ambos.


Un fracaso de la propaganda de Pompeyo

En los juegos que Pompeyo ofreció el año —79 fueron colocados en el circo, para diversión del pueblo, una veintena de elefantes de África, de aquellos que tiempo atrás habían hecho huir a toda prisa a los ejércitos romanos. El espectáculo de su enorme masa no podía intrigar a los ciudadanos. Hacía ya mucho tiempo que los romanos estaban familiarizados con los elefantes. En muchas ocasiones los habían podido contemplar en el circo. Pero esta vez, para dar más brillantez a los juegos, debían enfrentarse con hombres.

Tal vez entre los combatientes había algunos gladiadores; los historiadores no se han puesto de acuerdo al respecto. Pero era corriente, en tiempos de la República, hacer luchar a hordas bárbaras ocupando el sitio de los venatores que todavía no proporcionaba el Ludus matutinus. Bocchus había enviado, junto a los cien leones que destinaba a Sila, a los arqueros experimentados que debían cazarlos. Fueron, pues, sin ninguna duda, los gétulos, un pueblo nómada que vivía en los confines del desierto, los que, en los juegos de Pompeyo, formaban el grueso de la tropa. Como medida de seguridad, se contentaron con rodear el circo con rejas de hierro.

Aquel duelo inédito sorprendió al público, e incluso le divirtió. Los gétulos, cazadores experimentados, poseían una técnica de combate muy concreta: lanzaban el venablo hacia el párpado inferior de la fiera, y ésta, alcanzada en el cerebro, se desplomaba sin dar ni un paso, ante la gran sorpresa de los espectadores; o bien la paralizaban atravesándole los pies: uno de los elefantes, con los pies atravesados por varios venablos, arrastrándose sobre las rodillas hasta sus adversarios, les arrancó los escudos con la trompa y los lanzó al aire. El público vio en ello una «broma» y se rió.

Súbitamente, la desesperación hizo renacer en los animales el espíritu comunitario que les es propio: cargaron todos a la vez contra las rejas que rodeaban el circo. Las rejas no cedieron del todo. Entonces, resignados, barritando lastimeramente, se dirigieron al centro de la arena para morir con larga agonía.

Pero los espectadores ya no tenían el mismo estado de ánimo: todos estaban en pie y, tal vez impulsados por un sentimiento real de piedad, o por el terror que había podido causar el incidente, maldecían a Pompeyo y llegaban a intervenir para que les fuera conservada la vida a los animales que no habían sido heridos de muerte. Dion Casio, a su manera, nos describe la escena: «Los elefantes se habían retirado del combate cubiertos de heridas e iban de un lado para otro, levantando la trompa hacia el cielo y emitiendo unos gemidos que no parecían surgir por casualidad: se creyó que de esta manera invocaban el juramento que los había decidido a salir de Libia y que imploraban con sus lamentos la venganza de los dioses. Pues, en efecto, no habían subido a los navíos hasta que los que querían llevarlos consigo les hubieron jurado que no se les haría ningún daño...»

Algunos han sacado de aquel incidente la conclusión de que los romanos experimentaron «una especie de ternura hacia los elefantes cuya dulzura e inteligencia les recordaban algo humano». Ternura en verdad un poco sospechosa, pues no impidió que César ofreciera al pueblo, unos años más tarde, un combate del mismo tipo, en el que enfrentó a veinte elefantes contra quinientos soldados. El dictador, que poseía en muy alto grado el don de hacer repercutir en provecho propio las lecciones de una experiencia, aunque fuera a costa de otro, tuvo mucho cuidado en facilitar a los espectadores una seguridad definitiva haciendo cavar alrededor de la arena el foso de que hablábamos antes.

Actuó, en todo caso, como si hubiera pensado que la irritación manifestada contra Pompeyo hubiera sido, más que el fruto de una compasión provocada por la vergüenza de una carnicería odiosa, un reproche de ligereza dirigido indirectamente al general por haberse preocupado tan poco de la salvaguardia del público. Si aquella compasión hubiera sido auténtica, no se comprendería que un hombre tan sutilmente calculador y atento a las fluctuaciones de su prestigio, se hubiera arriesgado a quedar mal ante sus conciudadanos reproduciendo exactamente un espectáculo cuyo fracaso había sido rotundo.

Por otro lado, nunca se dejó de dar muerte a elefantes en la arena. Lo cierto es que bajo el Imperio no figuraron en esas matanzas colectivas mediante las cuales los generales de la República habían deslumbrado a sus conciudadanos y cuya costumbre no se perdió jamás. Centenares de osos, de leones, de panteras fueron hechos matar en masa, por los emperadores, en la arena. Claudio concibió la idea original de oponerles un escuadrón de caballería pretoriana mandado por sus tribunos y su prefecto, idea que fue tomada de nuevo por Nerón. Bajo Probo, fueron soltados un centenar de leones que se han hecho memorables porque se negaron a toda clase de colaboración: se dejaron matar sin ofrecer resistencia; algunos incluso no querían andar por la arena y tuvieron que ser muertos, de lejos, a flechazos.




Crueldad y civilización: los juegos romanos
Traducción: Carmen Marsal
Barcelona Orbis, 1970