6 feb. 2011

Herta Müller - Todo lo que tengo lo llevo conmigo (dos textos)








El bastón

Después de trabajar, desanduve el camino hasta casa desde el otro extremo de las calles residenciales pasando por Grosser Ring. Deseaba comprobar si en la iglesia de la Santísima Trinidad existían todavía el nicho blanco y el santo con la oveja a modo de cuello en la capa.

En Grosser Ring había un chico gordo con calcetines blancos hasta la rodilla, pantalones cortos de pata de gallo y camisa blanca con chorreras, como si se hubiera escapado de una fiesta. Deshojaba un ramo de dalias blancas para alimentar a las palomas. Ocho palomas picoteaban las dalias blancas creyendo que lo que había en el pavimento era pan y las dejaban tiradas. A los pocos segundos lo olvidaban, sacudían las cabezas y comenzaban de nuevo a picotear las mismas flores. Cuánto tiempo creería su hambre que las dalias se convertirían en pan. Qué creía el chico. Era un listo o tan tonto como el hambre de las palomas. Yo no quería pensar en el engaño del hambre. Si el chico hubiera esparcido pan en lugar de dalias deshojadas, no me habría detenido. El reloj de la iglesia marcaba las seis menos diez. Cruce la plaza deprisa, por si la iglesia cerraba a las seis.

Entonces vino a mi encuentro Trudi Pelikan, por primera vez desde el campo. Nos vimos demasiado tarde. Ella se apoyaba en un bastón. Como ya no podía esquivarme, dejó el bastón sobre el pavimento y se agachó hacia su zapato. Pero éste no estaba desabrochado.

Ambos estábamos de nuevo en casa desde hacía más de medio año, en la misma ciudad. No quisimos reconocernos por nuestro propio bien. Es fácil de entender. Aparté deprisa la cabeza. Pero con cuánto gusto la habría abrazado y dicho que estoy de acuerdo con ella. Con cuánto gusto habría dicho: Siento que tengas que agacharte, yo no necesito bastón, la próxima vez lo haré yo por los dos, si me lo permites. Su bastón barnizado llevaba abajo una garra herrumbrosa y una bola blanca en la empuñadura.

En lugar de dirigirme a la iglesia giré de improviso a la izquierda hacia la calle estrecha por la que había venido. El sol me picaba en la espalda, el calor se extendía por debajo de mi pelo como si mi cabeza fuera una chapa a la intemperie. El viento arrastraba una alfombra de polvo, en las copas de los árboles resonaba un canto. Entonces un embudo de polvo se situó sobre la acera y me atravesó tambaleándose hasta que se disolvió. Al caer, dejó el pavimento moteado de negro. El viento rugió y trajo las primeras gotas. Había llegado la tormenta. Crepitaron flecos de cristal y de golpe azotaron las cuerdas del agua. Me refugié en una papelería.

Al entrar me limpié el agua del rostro con la manga. La vendedora salió por una puertecita con cortina. Llevaba en chancleta unas zapatillas de fieltro con borlas, como sí en cada pie le brotara un pincel del empeine. Se situó detrás del mostrador. Yo permanecí junto al escaparate y durante un rato la miré a ella con un ojo y con el otro al exterior. Ahora su mejilla derecha estaba muy hinchada. Sus manos reposaban sobre el mostrador, su anillo de sello era dema-siado pesado para esas manos huesudas, era de caballero. Su mejilla derecha se volvió plana, incluso cóncava, y la izquierda gorda. Oí un chasquido entre sus dientes, chupaba un caramelo. Al momento cerró los ojos, y las tapas de sus ojos eran de papel. El agua de mi té hierve, anunció. Desapareció por la puertecita, y en el mismo momento un gato salió deslizándose bajo la cortina. Vino hacia mí y se frotó contra mi pantalón, como si me conociera. Lo cogí en brazos. No pesaba. No es un gato, me dije, sólo el aburrimiento a rayas grises hecho piel, la paciencia del miedo en una calle estrecha. Olfateó mi chaqueta mojada. Su nariz era coriácea y abombada como un talón. Cuando colocó las patas delanteras sobre mi hombro y examinó mi oreja, no respiraba. Aparté su cabeza y saltó al suelo, donde cayó con el sigilo de un paño, sin producir el menor ruido. Estaba vacío por dentro. También la vendedora salió por la puertecita con las manos vacías. Dónde estaba el té, no podía habérselo bebido tan deprisa. Además, ahora su mejilla derecha había engordado otra vez. Su anillo de sello raspó el mostrador.

Pedí un cuaderno.

Cuadriculado o rayado, inquirió.

Rayado, contesté.

Lleva dinero suelto, no tengo cambio, dijo ella sorbiendo. Y las dos mejillas se tornaron cóncavas. El caramelo resbaló sobre el mostrador. Tenía dibujos diáfanos, y lo introdujo deprisa en su boca. No era un caramelo, ella chupaba el cairel tallado de una araña de cristal.



Cuadernos rayados

Al día siguiente era domingo. Estrené el cuaderno rayado. El primer capítulo se titulaba: Prólogo. Empezaba con la frase: Me entenderás, signo de interrogación.

El tuteo iba dirigido al cuaderno. Y en siete páginas trataba de un hombre llamado T. P. Y de otro con el nombre A. G. Y de un K. H. y un O. E. De una mujer con el nombre B. Z. A Trudi Pelikan le di el nombre supuesto de Cisne. Escribí el nombre de la planta, Koksokhim Zavod, y de la estación del ferrocarril minero, Jasinovataia. También los nombres Kobelian e Imaginaria-Kati. Mencioné asimismo a su hermano pequeño Piold y su momento de lucidez. El capítulo terminaba con una larga frase:

Al amanecer, después de lavarme, se desprendió de mis cabellos una gota que resbaló por la nariz hasta la boca como una gota de tiempo, lo mejor será que me deje crecer una barba trapezoidal, para que nadie más en la ciudad me reconozca.

En las semanas siguientes amplié el Prólogo con tres cuadernos más.

Omití que, en el viaje de regreso, Trudi Pelikan y yo subimos sin previo acuerdo a diferentes vagones de ganado. Silencié mi vieja maleta de gramófono. Describí con exactitud mi nueva maleta de madera, mis nuevas ropas: las balétki, la gorra de visera, la corbata y el traje. Oculté mi llanto convulsivo durante el regreso, al llegar al campo de acogida de Sighetul Marmatiei, la primera estación de ferrocarril rumana. También la cuarentena de una semana en un almacén de mercancías al final de la vía de la estación. Yo me derrumbé por dentro por miedo a mi deportación, a la libertad y a su precipicio más cercano, que cada vez acortaba más el camino a casa. Con mi nueva carne, mis nuevas ropas y las manos levemente hinchadas, permanecía entre la maleta del gramófono y la maleta de madera nueva como si estuviese en un nido. El vagón de ganado no estaba precintado. La puerta se abrió de par en par, el tren entró rodando en la estación de Sighetul Marmatiei. Una nieve fina cubría el andén, caminé sobre azúcar y sal. Los charcos grises estaban helados, el hielo arañado como el rostro de mi hermano cosido.

Cuando el policía rumano nos tendió los salvoconductos para el viaje de regreso, recogí la despedida del campo y sollocé. Hasta casa, con dos transbordos en Baia Mare y Klausenburg, mediaban a lo sumo diez horas. Nuestra cantante Loni Mich se arrimó al abogado Paul Gast, dirigió sus ojos hacia mí y creyó susurrar. Pero yo entendí todas y cada una de sus palabras: Mira cómo llora ése, algo lo supera, dijo.

He reflexionado con frecuencia sobre esta frase. Después la escribí en una página en blanco. Al día siguiente la taché. Al otro volví a escribirla debajo. Volví a tacharla, volví a escribirla. Cuando la hoja estuvo llena, la arranqué. Eso es el recuerdo.

En lugar de mencionar la frase de la abuela, Sé que volverás, el pañuelo blanco de batista y la leche saludable, describí durante páginas, con estilo triunfal, el pan propio y el pan de mejilla. A continuación, mi tesón en el intercambio de salvación con la línea del horizonte y las carreteras polvorientas. Con el ángel del hambre me entusiasmé, como si en lugar de torturarme me hubiera salvado. Por eso taché Prólogo y escribí encima Epílogo. Era el gran fiasco interior de estar ahora en libertad irremisiblemente solo y ser un testigo falso para mí mismo.

Escondí mis tres cuadernos rayados en mi nueva maleta de madera, que yacía bajo mi cama y era mi armario ropero desde mi regreso al hogar.



En Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Traducción del alemán: Rosa Pilar Blanco
Madrid, Siruela, 2010

Premio Nobel de Literatura 2009
Foto: Herta Müller por Sophie Bassouls (Paris, 1987) Corbis