14 feb. 2011

C. W. Ceram - La máscara de Agamenón






Hay vidas que cosechan éxitos en cuantía tan inverosímil, que quien luego las contempla debe cuidar de no incurrir en exageraciones literarias y no usar desde el principio todos los superlativos, pues más tarde van haciéndose cada vez más necesarios. Pero también las hay que transcurren ya en superlativo desde un principio. Y una de ellas es la de Heinrich Schliemann, cuyo carácter fantástico, novelesco, se nos muestra cada vez más asombroso. Sus triunfos arqueológicos alcanzan tres puntos culminantes, el primero de los cuales fue el hallazgo del «tesoro de Príamo», y la exploración de las tumbas reales de Micenas fue el segundo.

Uno de los capítulos más sombríos y sublimes de la humanidad griega, lleno de tragedia, es la historia de los Pelópidas, en Micenas, la historia del retorno y muerte de Agamenón. Durante diez años, Agamenón había estado peleando ante Troya, y Egisto aprovechó tal circunstancia.

«Mientras nosotros estábamos allí realizando tales hazañas, permanecía él sentado en un rincón de Argos, donde pacen los caballos, tranquilo y seduciendo con palabras halagüeñas a la mujer de Agamenón».

Egisto colocó una guardia de veinte hombres que había de anunciarle la vuelta del esposo, y luego ofreció a Agamenón un banquete con aviesos designios. «Y después de la comida le mató lo mismo que se mata al toro en su pesebre. Ninguno de los amigos de Agamenón pudo escapar, todos cuantos le habían seguido perecieron.» Pasados ocho años, Orestes, su hijo y vengador, se presentó y asesinó a Clitemnestra, la madre criminal, y a Egisto, el asesino de su padre.

Todos los autores trágicos utilizaron este relato. Ya la imponente tragedia de Esquilo trata el tema de Agamenón, y hasta el escritor francés Jean Paul Sartre ha escrito en nuestros días un drama que versa sobre el problema de Orestes. Nunca se ha perdido el recuerdo de aquel «rey de los hombres», que había sido uno de los más poderosos y ricos, aquel hombre que dominó el Peloponeso.

Sin embargo, no sólo hubo una Micenas sangrienta, sino que también hubo la Micenas dorada. Según Homero, Troya era rica, pero Micenas lo era todavía más y la palabra «dorada» era el calificativo que le acompañaba siempre en su narración. A Schliemann le había satisfecho el «tesoro de Príamo», pero aquello le animó a buscar otro tesoro. Y —cosa que nadie creía probable— lo halló. Micenas está situada «en el último rincón de Argos, donde pacen los caballos», a mitad de camino entre Argos y el istmo de Corinto. Si desde Occidente se mira el antiguo palacio real, se divisa un campo de escombros, restos de murallas gigantescas, detrás de las cuales, primero en suave pendiente, luego en cuesta sumamente empinada, asciende la montaña de Eubea con el santuario del profeta Elías.

Aproximadamente en el año 170 de nuestra era, Pausanias recorrió este país tomando nota de cuanto veía. Y en aquella época tal espectáculo era mucho más llamativo que lo que ahora se ofrecía a la mirada de Schliemann. Sin embargo, el arqueólogo distinguía un detalle que daba más valor a aquella vista que la primera impresión que tuvo de la zona de Troya: el lugar donde había estado la antigua Micenas estaba bien determinado. Allí pacían corderos donde antaño reinaron los monarcas; pero las ruinas daban patente testimonio del esplendor y magnificencia anteriores.

La «Puerta de los Leones», entrada principal del palacio, se ofrecía despejada ante la mirada del caminante asombrado, así como los llamados «tesoros», que a veces se confundían con hornos, entre ellos el más famoso, el de Atreo, el primer pelópida, padre de Agamenón. La cripta mide más de trece metros de altura, formando cúpula, y en ella una bóveda audaz de piedras ciclópeas se sostiene sin ligamento alguno.

Varios escritores antiguos describían este lugar a Schliemann como el de las tumbas de Agamenón y sus compañeros asesinados con él. La posición del castillo era clara, pero no la de las tumbas. Y lo mismo que Schliemann había hallado el emplazamiento de Troya oponiéndose a la opinión de todos los sabios, basándose nada más que en su Homero, también esta vez se fundó en determinado párrafo de Pausanias, pretendiendo que todos los eruditos se habían equivocado en este punto traduciéndolo e interpretándolo erróneamente. Mientras hasta entonces se había supuesto —dos de los más prestigiosos arqueólogos lo creían así, el inglés Dodwell y el alemán Curtius— que Pausanias describía el lugar de las tumbas situándolas fuera del recinto de la fortaleza, Schliemann pretendía que aquéllas debían estar en el interior. Ya en su libro sobre Ítaca había expuesto tal opinión, con lo que demostraba más fe en los escritos antiguos que reflexión científica y juicio crítico. Pero esto parece tener poca importancia en tales cuestiones, ya que ambas veces, a fuerza de cavar, su piqueta le dio la razón.

«Empecé la magna obra el 7 de agosto de 1876 con sesenta y tres obreros... Desde el 19 de agosto, he continuado las excavaciones con unos ciento veinticinco por término medio y con cuatro carretillas, realizando buenos progresos.»

En efecto, lo primero que halló, después de cantidades inmensas de vasijas y más vasijas, fue un círculo extraño, formado por una doble fila de mojones colocados verticalmente. No hubo vacilación alguna para Schliemann de que allí aparecía el ágora redonda de Micenas, sobre todo al ver el banco, también redondo, situado dentro de aquel extraño círculo de piedra, donde los Sublimes del castillo se habían sentado en las asambleas de consejo y de justicia; donde había estado el mensajero de Eurípides, que en la tragedia Electra llamaba al pueblo al ágora.

Unos amigos suyos «entendidos» lo confirman. Y cuando halló en Pausanias, refiriéndose a otra ágora, la frase: «Aquí se celebraban las reuniones y los consejos, y se deliberaba, para que de este modo la tumba del héroe se hallara dentro de la misma plaza de la asamblea», él sabía ya a pies juntillas, con aquella evidencia de sonámbulo que le había llevado a través de seis ciudades al «tesoro de Príamo», que en aquel momento estaba sobre la misma tumba de Agamenón.

Y cuando halló nueve tumbas, cinco en forma de pozo en el interior del castillo, y cuatro de cúpula, cien años más modernas, fuera del mismo —hoy se conocen en total quince—, y entre ellas halló cuatro con relieves bien conservados, se disiparon todas sus dudas, desapareció la prudencia del hombre científico, y escribió: «Efectivamente, ya no dudo ni un instante en anunciar que aquí he hallado las tumbas que Pausanias, siguiendo la tradición, atribuye a Atreo, al rey de los hombres Agamenón, a su conductor de carro Eurimedonte, a Casandra y a sus compañeros».

Mientras tanto, el trabajo en el tesoro situado cerca de la «Puerta de los Leones» progresaba con lentitud. Escombros duros como piedra dificultaban la excavación. Pero allí también se reveló útil su seguridad de iluminado: «Estoy convencido de que la tradición, según la cual estos misteriosos edificios servían como depósitos para guardar los tesoros de reyes antiquísimos, es completamente auténtica».

Y los primeros hallazgos realizados entre los cascotes que tuvo que quitar para despejar la entrada, superan ya en finura de formas, belleza de la ejecución y calidad del material empleado a todo cuanto había encontrado del mismo tipo y materia en Troya. Fragmentos de frisos, vasos pintados, imágenes de Hera en barro cocido, matrices de piedra labrada para fundir las joyas «que probablemente eran todas de oro y de plata» —concluía nuestro cavador de tesoros, inmediatamente—, ornamentos de arcilla vidriada, perlas de cristal y gemas.

La profundidad de la tierra removida por sus obreros nos la aclara con esta observación: «En cuanto han progresado un poco mis excavaciones, no hallo en ningún sitio un foso que tenga más de veintiséis pies de profundidad, y esto sólo al lado de la gran muralla circular; porque, desde allí, la roca asciende rápidamente, y la profundidad de las excavaciones es aún menor: entre los trece y los veinte pies».

Pero el trabajo valía la pena.

En sus anotaciones, el 6 de diciembre de 1876 señala Schliemann el descubrimiento de la primera tumba. La excavación tuvo que hacerse con el máximo cuidado. Durante veinticinco días, Sofía, su colaboradora infatigable, se arrastró de rodillas, arañando con una navaja de bolsillo o escarbando la tierra con las manos. Después, hallaron cinco tumbas, en las que yacían quince esqueletos. Mandaron un cable al rey de Grecia:

«Con alegría extraordinaria comunico a Su Majestad que he descubierto las tumbas que, según la tradición, corresponden a Agamenón, Casandra, Eurimedonte y sus compañeros, asesinados durante el famoso banquete por Clitemnestra y su amante Egisto.»

Es de imaginar la emoción de Schliemann cuando, poco a poco, fue descubriendo los esqueletos de aquellos a quienes todo el mundo había considerado como seres mitológicos, lo mismo que los héroes que lucharon ante Troya; o al ver aquellas calaveras roídas por los siglos, pero aún reconocibles, con las órbitas de los ojos vacías, ausente de ellas la bella nariz helénica, la boca torcida en horrible mueca como bajo la impresión del crimen vivido en el último instante. Huesos, sólo huesos donde palpitara la carne, donde brillaron bellos brazaletes y lucieron hermosas joyas, huesos de personas que vivieron hacía más de dos milenios, pero de las cuales persistía aún el eco de sus odios y de sus pasiones.

Para Schliemann no cabía duda alguna. Y, efectivamente, eran muchas las razones que parecían confirmar su creencia. «Aquellos cuerpos estaban realmente cargados de joyas y de oro», escribía. ¿Es posible que unos simples mortales fueran enterrados con tales tesoros?, preguntaba. Y halló armas, armas ricas, preciosas, aquellas con las cuales los que allí yacían iban equipados contra todo evento en el mundo de las sombras. Todo indicaba que los cuerpos fueron quemados con gran rapidez y que sus verdugos apenas aguardaron a que el fuego los consumiera para echar pronto greda y tierra, con la prisa de los asesinos que anhelan borrar pronto todo rastro. Todo indicaba que, aunque se les añadiesen joyas, con lo cual se revelaba el supersticioso respeto de la costumbre, el entierro y el lugar de la sepultura eran indignos, acto propio sólo de asesinos llenos de odio hacia sus víctimas. ¿No fueron echados en hoyos miserables como cadáveres de animales impuros?

Schliemann consultaba con sus autoridades, los autores antiguos. Citaba el Agamenón de Esquilo, la Electra de Sófocles y el Orestes de Eurípides. No tenía duda alguna, y, sin embargo, como hoy sabemos, su teoría estaba equivocada. Sí, había hallado en efecto tumbas de reyes bajo el ágora, pero no las de Agamenón y sus compañeros, sino otras cuatrocientos años más recientes.

Pero este detalle no jugaba ningún papel en aquel momento. Lo importante era que había dado un segundo gran paso en un mundo antiguo desaparecido, que de nuevo había demostrado la autenticidad de los textos de Homero y que había extraído tesoros de valor científico y material que ilustraban sobre una civilización que es nuestra antepasada en suelo europeo.

«Era un mundo completamente nuevo, nunca sospechado, el que descubría para la arqueología.»

Aquel hombre admirable, de nuevo en la cumbre de su triunfo, que se hallaba telegráficamente en relación con ministros y reyes, poseído de un orgullo inmenso, pero nunca jactancioso, en una época en que todo el mundo esperaba sus informaciones, no se olvida de los menores detalles y se indigna ante la menor injusticia. Un día, después de muchas visitas, se presentó el emperador del Brasil e inspeccionó la zona de Micenas, y al marcharse dio al jefe de la guardia, Leonardo, una propina verdaderamente indigna de un emperador. ¡Cuarenta francos! El jefe de la guardia siempre había observado una actitud leal respecto a Schliemann, por lo cual se molestó cuando supo que otros funcionarios envidiosos afirmaban que, en realidad, Leonardo había cobrado mil francos, guardándose el resto. Tanto se habló del asunto que Leonardo fue destituido de su cargo. Entonces Schliemann tomó cartas en el asunto. Aquel investigador de fama universal movilizó a sus mejores amigos por un simple guardia subordinado suyo y no se anduvo con rodeos, sino que telegrafió al ministro:

afirmaban que, en realidad, Leonardo había cobrado mil francos, guardándose el resto. Tanto se habló del asunto que Leonardo fue destituido de su cargo. Entonces Schliemann tomó cartas en el asunto. Aquel investigador de fama universal movilizó a sus mejores amigos por un simple guardia subordinado suyo y no se anduvo con rodeos, sino que telegrafió al ministro:

«En compensación de los muchos millones con que yo he enriquecido a Grecia, pido el favor de que mi amigo, el jefe de la guardia, Leonardo, sea perdonado y mantenido en su cargo. Hágalo por mí. Schliemann.»

Al ver que no le contestan inmediatamente, envía un nuevo telegrama:

«Juro que el guardia Leonardo es honrado y vale mucho. ¡Exijo justicia!»

Y tras esto da un nuevo paso más audaz todavía. Telegrafía al propio emperador del Brasil, que mientras tanto había desembarcado en El Cairo y le dice:

«Cuando Su Majestad partió de Nauplia, dio al jefe de la guardia, Leónidas Leonardo, cuarenta francos para que los repartiera entre su gente. El alcalde, para calumniar a este hombre honrado, pretende que recibió de S. M. mil francos. Leonardo ha sido destituido de su cargo, y yo sólo he podido salvarle a duras penas de la prisión. Como desde hace años le conozco y sé que es el hombre más honrado del mundo, ruego a S. M., en nombre de la santa verdad y de la humanidad, haga me telegrafíen diciendo cuánto dinero percibió Leonardo, si cuarenta francos o más.»

Y Heinrich Schliemann, el ya famoso investigador, en nombre de la justicia, obligó de este modo al emperador del Brasil a confesar públicamente su mezquindad. El guardia Leonardo quedó a salvo. Así obraba Schliemann: un soñador cuando estudia los mundos antiguos; un detective que reflexiona fríamente cuando busca tesoros; pero un apasionado cuando defiende una causa justa.

Los hallazgos de oro eran inmensos. Sólo mucho más tarde, ya en nuestro siglo, sus triunfos han sido superados por los descubrimientos de Carnarvon y de Carter, en Egipto. «Todos los museos del mundo, conjuntamente, no poseen ni la quinta parte de lo que aquí tenemos», pudo escribir un día Schliemann.

En la primera tumba halló, en cada uno de los tres esqueletos, cinco diademas de oro puro, con hojas de laurel y cruces de oro. En otra, donde había tres mujeres, reunió setecientas una láminas de oro, delgadas, con adornos magníficos, representando animales, flores, mariposas y pulpos. Otras joyas tenían figuras simbólicas, leones y otros animales, guerreros en actitud de lucha, etcétera.

También había alhajas representando leones y grifos, ciervos tumbados y mujeres con palomas. Uno de los esqueletos llevaba en la cabeza una corona de oro, en cuya diadema iban fijadas treinta y seis hojas también de láminas de oro colocadas alrededor de aquella cabeza convertida casi en polvo; junto a ella había otra que llevaba igualmente una diadema artística en la cual se conservan aún, pegados, trozos del cráneo.

Halló también otras cinco diademas de oro que conservan el hilo de oro con que eran sujetadas a la cabeza, gran número de cruces y rosetas doradas, alfileres para el pecho y broches para los rizos del pelo, cristal de roca, pasadores de ágata y gemas en forma de lentes de sardónice y de amatista, cetros de plata dorada con empuñadura de cristal de roca, copas y cajas de oro, y otras alhajas de alabastro. Halló máscaras doradas y pectorales con los cuales, siguiendo una remota tradición, se trataba de proteger a los regios cadáveres contra toda influencia del exterior.

Otra vez se vio, de rodillas y ayudado solamente por su mujer, arrancando la capa de arcilla que cubría los cinco cadáveres de la cuarta tumba. Las cabezas de los muertos sólo pudo verlas por unas horas, ya que enseguida se deshicieron y quedaron reducidas a polvo. Pero las mascarillas doradas, con su esplendor brillante, conservaban su forma, y así sus rasgos eran completamente individuales y muy distintos de los tipos ideales de dioses y de héroes, por lo que sin duda alguna cada uno de ellos debía representar fielmente el retrato de los que allí habían muerto.

Encontró anillos de sello con maravillosas labores talladas, brazaletes, diademas y cinturones; ciento diez flores doradas, sesenta y ocho botones de oro sin adorno y ciento dieciocho botones de oro también tallados. En la página siguiente de la descripción de los hallazgos de aquella tumba, menciona Schliemann otros ciento treinta botones de oro, y en la siguiente, un modelo de templo de oro; en otra posterior, un pulpo de oro. Baste decir que esta descripción de Schliemann, que es una relación escueta, ocupa doscientas seis grandes páginas y en ellas casi todo lo reseñado era oro, oro, oro.

Cuando moría el día y en la acrópolis de Micenas bajaban las sombras de la noche, Schliemann mandaba encender hogueras, cosa que no se había hecho desde hacía 2.344 años. Hogueras que recordaban aquellas otras que habían anunciado a Clitemnestra y a su amante que Agamenón se aproximaba. Mas ahora, tales hogueras servían para impedir el paso a los ladrones que merodeaban en torno a uno de los tesoros más valiosos que jamás se habían extraído de la tumba de un rey.


En Dioses, tumbas y sabios
Imagen: Bettmann/CORBIS