Una de las características, y no de las menos importantes, de la masa moderna es ciertamente la ley del secreto. En una pequeña broma sociológica que escribí (Cahiers internationaux de sociologie, 1982, vol. LXXIII, p. 363), traté de mostrar que la mafia podía considerarse como la metáfora de la socialidad. Se trataba de algo más que de una simple private joke para unos cuantos. En particular cuando insistí, por una parte, sobre el mecanismo de protección respecto del exterior, es decir, respecto de las formas superiores del poder, y cuando mostré, por la otra, cómo el secreto que esto inducía no era sino una manera de confortar al grupo. Trasladando la imagen a un terreno apenas menos inmoral (o, mejor dicho, que saca menos provecho de su inmoralidad), podríamos decir que las pequeñas tribus que conocemos, elementos estructurantes de las masas contemporáneas, presentan características parecidas. A mi entender, la temática del secreto es, ciertamente, un ángulo privilegiado para entender el juego social que tiene lugar ante nuestros ojos. Esto puede parecer paradójico cuando se piensa en la gran importancia que tiene la apariencia o la teatralidad en la escena cotidiana. El carácter abigarrado de nuestras calles no debe hacernos olvidar que puede existir una dialéctica sutil entre el mostrar y el ocultar y que, al igual que ocurre en La carta robada de Poe, una ostentación manifiesta puede ser el medio más seguro de no ser descubierto. A este respecto, se puede decir que la multitud y la agresividad de los looks urbanos, a imagen del borsalino de los mafiosos, es el índice más nítido de la vida secreta y densa de los microgrupos contemporáneos.
En su artículo sobre "La sociedad secreta", G. Simmel insiste, por lo demás, en el papel de la máscara, de la que se sabe que, entre otras funciones, tiene la de integrar a la persona en una arquitectónica de conjunto. La máscara puede ser una cabellera extravagante o coloreada, un tatuaje original, la utilización de ropa retro o también el conformismo de un estilo chic. En todos los casos, subordina a la persona a esa sociedad secreta que es el grupo de afinidades escogido. Tenemos aquí una clara "desindividualización", o participación, en el sentido místico del término, en un conjunto más amplio. Como veremos más adelante, la máscara me transforma en conspirador contra los poderes establecidos; pero podemos afirmar desde ahora mismo que esta conspiración me une con otros, y ello de manera nada accidental, sino estructuralmente operante.
Nunca me cansaré de recalcar la función unificante del silencio, el cual llegó a ser entendido por los grandes místicos como la forma por excelencia de la comunicación. Y, aunque su aproximación etimológica se preste a controversia, se puede recordar que existe un vínculo entre el misterio, la mística y lo mudo; este vínculo es aquel de la iniciación que permite compartir un secreto. Que éste sea anodino o incluso objetivamente inexistente, no cambia en esencia las cosas. Basta, incluso fantasmagóricamente, conque los iniciados puedan compartir algo. Es esto lo que les da fuerza y dinamiza su acción. E. Renán mostró bien el papel del secreto en la constitución de la red cristiana en sus orígenes: no deja de tener un efecto inquietante, pero también atrae, y contribuyó en buena medida a su consabido éxito. Cada vez que se quiere instaurar, restaurar o corregir un orden de cosas, una comunidad, se recurre al secreto que fortalece y conforta la solidaridad de base. Es tal vez el único punto que han visto atinadamente los que hablan del "encogimiento" en la vida cotidiana. Pero su interpretación es errónea: el recentrarse en lo próximo, así como el compartir iniciático que esto induce, no son en modo alguno signos de debilidad; son, por el contrario, el índice más seguro de un acto de fundación. El silencio concerniente a lo político apela al resurgimiento de la socialidad.
En las antiguas cofradías, la comida tomada en común implicaba el saber guardar el secreto respecto del exterior. "Cosas de familia", ya sean las de la familia stricto sensu, las de la familia ampliada o las de la mafia, cosas de familia de las que no se habla. Este secreto dificulta muy a menudo el trabajo de los policías, educadores o periodistas. Y es cierto que los destrozos de los menores, los crímenes del pueblo y tantos otros sucesos suelen resultar de difícil acceso. Lo propio ocurre respecto a la encuesta sociológica. Aunque sólo sea de manera alusiva, conviene señalar que existe siempre cierta reticencia a mostrarse a las miradas ajenas; éste es un parámetro que debemos integrar en nuestros análisis. Así, yo contestaré a quienes invalidan (aunque sólo sea semánticamente) el "encogimiento" en lo cotidiano, diciendo que estamos en presencia de una collective privacy, de una ley no escrita, de un código de honor, o de una moral ciánica, que, de manera casi intencional, se protege contra lo que viene de afuera o de arriba. Se trata de una actitud que no deja de tener su pertinencia desde el punto de vista de este estudio.
En efecto, lo propio de esta actitud es el favorecer la conservación de uno mismo: "egoísmo de grupo" que hace que éste pueda desarrollarse de manera casi autónoma en el seno de una entidad más amplia. Esta autonomía, contrariamente a la lógica política, no se hace en "pro" ni en "contra", sino que se sitúa deliberadamente a un lado. Esto se expresa mediante una clara repugnancia al enfrentamiento, una saturación del activismo y un distanciamiento respecto del militantismo, cosas todas que se pueden observar en la actitud general de las jóvenes generaciones con respecto a lo político, y que se descubre asimismo en el seno de esos neófitos de la temática de la liberación que son los movimientos feministas, homosexuales o ecológicos. Son numerosas las bellas almas que califican esto como un compromiso poco honorable, degeneración o hipocresía. Como siempre, el juicio normativo es de poco interés; en nuestro caso, no permite captar la vitalidad operante en estos modos de vida, "eludiéndolo". En realidad, esta evasión o este relativismo pueden ser tácticas para asegurar lo único de lo que la masa se siente responsable: el perdurar de los grupos que la constituyen.
De hecho, el secreto es la forma paroxística del ensimismamiento popular cuya continuidad socioantropológica ya mostré con anterioridad. En cuanto "forma" social (no hablo de sus actualizaciones particulares, que pueden ser justo lo opuesto), la sociedad secreta permite la resistencia. Mientras que el poder tiende a la centralización, a la especialización, a la constitución de una sociedad y de un saber universales, la sociedad secreta se sitúa siempre en el margen, siendo resueltamente laica, descentralizada e incapaz de tener un cuerpo de doctrinas dogmáticas e intangibles. Sobre esta base, la resistencia surgida del ensimismamiento popular puede proseguir, imperturbable, su camino por medio de los siglos. Varios ejemplos históricos precisos, como el del taoísmo, muestran claramente el vínculo entre estos tres términos: secreto, popular, resistencia. Lo que es más, resulta que la forma organizacional de esta conjunción es la red, causa y efecto de una economía, de una sociedad e incluso de una administración paralelas. Así, pues, posee una fecundidad propia que merece atención, aun cuando ésta no se exprese por medio de las categorías a las que nos había acostumbrado la politología moderna. Nos encontramos aquí ante una pista de investigación que puede resultar rica en enseñanzas, pese a que (y dado que) raras veces se le suele prestar atención. Propongo llamar a esto la hipótesis de la centralidad subterránea.
A veces el secreto puede ser el medio de establecer contacto con la alteridad en el marco de un grupo restringido; al mismo tiempo, condiciona la actitud de este último respecto de cualquier tipo de exterior.
Esta hipótesis es la de la socialidad, y si sus expresiones pueden ser sin duda alguna muy diferenciadas; su lógica no deja por ello de mostrarse constante: el hecho de compartir una costumbre, una ideología o un ideal determina el estar-juntos y permite que esto sea una protección contra la imposición, venga ésta de donde venga. Contrariamente a una moral impuesta y exterior, la ética del secreto es a la vez federativa e igualadora. El rudo canciller Bismarck, refiriéndose a una sociedad de homosexuales de Berlín, no deja de notar este "efecto igualador de la práctica colectiva de la prohibición". La homosexualidad no estaba entonces de moda, como tampoco lo estaba, para el caso, la igualdad; y si conocemos el sentido de las distancias sociales que tenían los junkers prusianos, podremos apreciar mejor, en el sentido que acabo de indicar, la naturaleza y función del secreto en dicha sociedad de homosexuales.
La confianza que se establece entre los miembros del grupo se expresa mediante rituales y signos de reconocimiento específicos que no tienen otro objetivo que el de fortificar el grupo pequeño con relación al grande. Como se ve, se repite el doble movimiento formulado anteriormente; desde la criptolalia erudita hasta "el argot más corriente" (lenguaje a la "inversa")" el mecanismo es el mismo: el secreto compartido del afecto, a la vez que conforta los vínculos próximos, permite resistir a las tentativas de uniformización. La referencia al ritual destaca el hecho de que la cualidad esencial de la resistencia de los grupos y de la masa es la de ser más astuta que ofensiva. Así, ésta puede expresarse por medio de prácticas pretendidamente alienadas o alienantes. Eterna ambigüedad de la debilidad, que puede ser la máscara de una fuerza innegable, cual mujer sumisa que no tiene necesidad de dar muestras manifiestas de su poder, segura como está de ser una verdadera tirana doméstica. En este mismo contexto hay que situar el análisis que hace E. Canetti a propósito de Kafka: cómo una humillación aparente confiere, en contrapartida, una fuerza real a quien se somete a ella. En su combate contra las concepciones conyugales de Felice, Kafka practica una obediencia a contratiempo. Su mutismo y su gusto por el secreto "han de considerarse ejercicios necesarios en su obstinación". Se trata de un procedimiento que encontramos en la práctica grupal. La astucia, el silencio, la abstención, el "vientre fláccido" de lo social son armas temibles de las que hay motivos para no fiarse. Otro tanto ocurre con la ironía y la risa, que han desestabilizado, a mediano o a largo plazo, las opresiones más sólidas. La resistencia adopta un perfil bajo en relación con las exigencias de una batalla frontal, pero que posee la ventaja de favorecer la complicidad entre quienes la practican, y eso es lo esencial. El combate comporta siempre un más allá de sí mismo, un más allá para quienes lo emprenden; siempre hay un objetivo por alcanzar. En cambio, las prácticas del silencio son ante todo orgánicas, es decir, que el enemigo importa menos que la argamasa social que secretan. Según la primera hipótesis, nos hallamos en presencia de una historia que elaboramos, solos o asociados contractualmente; según la otra, nos hallamos ante un destino afrontado colectivamente, aun cuando ésto sea impuesto por la fuerza de las cosas. En este último caso, la solidaridad no es una abstracción o el fruto de un cálculo racional, es una imperiosa necesidad que compele a actuar pasionalmente. Es un trabajo duradero que suscita la obstinación y la astucia a que nos hemos referido; pues, al no tener un objetivo en particular, el pueblo no retiene más que uno, esencial: el de asegurar a muy largo plazo la supervivencia de la especie. Por supuesto, este instinto de conservación no es algo consciente, así pues, no implica una acción ni una determinación racionales. Sin embargo, para poder ser más eficaz, este instinto ha de ejercerse en el plano más próximo. Es precisamente esto lo que justifica el vínculo que postulo entre los grupos pequeños y la masa. Y es esto lo que hace precisamente que eso que llamamos "los modos de vida", que están en el orden de la proxémica, tengan la actualidad que todos conocemos.
Volveremos después sobre esta cuestión de manera más precisa; pero por ahora ya se puede afirmar que la conjunción "conservación del grupo solidaridad-proximidad" encuentra una expresión privilegiada en la noción de familia, entendida naturalmente en su sentido más amplio. A este respecto, es curioso observar que esta constante antropológica no deja de tener eficacia, y ello pese a que los historiadores o los analistas sociales la olvidan muy a menudo. Ahora bien, desde las ciudades de la Antigüedad hasta nuestras urbes modernas, la "familia" así entendida tiene la función de proteger, de limitar la intrusión del poder dominante, de servir de muralla contra el exterior. Toda la temática de los padroni, del clientelismo y de las distintas formas de mafia, encuentra ahí su origen. Volviendo al período de la Antigüedad tardía, tan pertinente para nuestro tema, se puede destacar que san Agustín concibe su papel de obispo precisamente en este sentido: la comunidad cristiana es la familia Dei. En parte la extensión de la Iglesia se debe a la calidad de sus patrones y de sus redes de solidaridad, que supieron protegerla contra las exacciones del Estado.
Pero si esta estructuración social está particularmente bien representada en la cuenca mediterránea, si adopta ahí formas paroxísticas, esto no significa que se quede circunscrita en ella. Hay que afirmar con fuerza que, aunque se hallen atemperadas por la preocupación de objetividad, las estructuraciones sociales de que nos hablan las historias, incluidas las más contemporáneas o las más racionales, están todas ellas atravesadas por los mecanismos de afinidades a que acabamos de referirnos. El familiarismo y el nepotismo, en sentido estricto o metafórico, hallan aquí su sitio, y no cesan, por medio de los "cuerpos", de las escuelas, de los gustos sexuales y de las ideologías, de recrear nichos protectores o territorios particulares en el seno de los grandes conjuntos políticos, administrativos, económicos o sindicales. Es la eterna historia de la comunidad o de la "parroquia" que no se atreven a reconocerse. Y, para alcanzar este fin naturalmente no se escatiman los medios, por poco honorables que sean. Diversas investigaciones han puesto de manifiesto el procedimiento informal de la "palanca" para favorecer a la "familia". Y, desde los altos ejecutivos salidos de las prestigiadas escuelas parisienses hasta los estibadores de Manchester que utilizan el filón sindical, la ayuda mutua es exactamente la misma y, para el caso que nos ocupa aquí, expresa claramente un mecanismo de astucia que conforta una socialidad específica. No carecería de interés poner de manifiesto este ilegalismo tal y como opera en el seno de las capas sociales que se declaran garantes de la más pura moral: altos funcionarlos del Estado, alta inteliguentsia, periodistas de opinión y demás altas conciencias. Bástenos con señalar que no existen "justos" ante los ojos de lo universal, es mejor no hacerse ilusiones al respecto. Permítaseme añadir que más vale así, pues, en definitiva, por poco que se contrarresten, estos distintos ilegalismos, a imagen de la guerra de los dioses tan querida a M. Weber, se relativizan y neutralizan. Utilizando una expresión de Montherlant, se puede decir que siempre existe "una cierta moral en el interior de la inmoralidad [,..] una cierta moral que el clan se forjó únicamente para él" y cuyo corolario es la indiferencia respecto de la moral en general.
La reflexión en torno del secreto y de sus efectos, por anómicos que sean, conduce a dos conclusiones que pueden parecer paradójicas: por una parte, asistimos a la saturación del principio de individualización, con las consecuencias económico-políticas que esto conlleva, y, por la otra, podemos ver cómo se perfila un desarrollo de la comunicación. Es este proceso lo que puede hacer decir que la multiplicación de los microgrupos no es comprensible más que en un contexto orgánico. El tribalismo y la masificación son dos cosas que van a la par.
Al mismo tiempo, tanto en la esfera de la proximidad tribal como en la de la masa orgánica, hay cada vez mayor tendencia a recurrir a la "máscara" (en el sentido indicado anteriormente). Cuanto más se avanza enmascarado tanto más se conforta el lazo comunitario. En efecto, en un proceso circular, para poder reconocerse se necesita el símbolo, es decir, la duplicidad, la cual engendra el reconocimiento. Es así como se puede explicar, a mi entender, el desarrollo del simbolismo desde sus distintas modulaciones que se pueden observar en nuestros días.
Lo social descansa sobre la asociación racional de individuos dotados de identidad precisa y de existencia autónoma, la socialidad en cuanto a ella sirve como fondo, por su parte, a la ambigüedad fundamental de la estructuración simbólica.
Prosiguiendo el análisis, se podría decir que la autonomía abandona el orden individual y se desplaza hacia la "tribu", el pequeño grupo comunitario. Numerosos analistas políticos observan esta autonomización galopante (lo que la mayoría de las veces los inquieta). En este sentido, se puede considerar el secreto como una palanca metodológica para la comprensión de los modos de vida contemporáneos, pues, repitiendo una fórmula lapidaria de Simmel, "La esencia de la sociedad secreta es la autonomía", autonomía que él aproxima a la anarquía. Baste con recordar, a este respecto, que la anarquía es ante todo la búsqueda de un "orden sin Estado". Esto es, de cierta manera, lo que se perfila en la arquitectónica que vemos operar en el interior de los microgrupos (tribalismo) y entre los distintos grupos que ocupan el espacio urbano de nuestras megalópolis (masa).
A modo de conclusión, se puede afirmar que el "desarreglo", o tal vez sería mejor decir la desreglamentación, introducido por el tribalismo y la masificación, así como el secreto y el clientelismo inducidos por este proceso, todo ello no ha de considerarse ni como algo completamente nuevo, ni tampoco de manera puramente negativa.
Por una parte se trata de un fenómeno que hallamos frecuentemente en las historias humanas, en particular durante los períodos de cambio cultural (el ejemplo de la Antigüedad tardía es, a este respecto, instructivo); por la otra, al romper la relación unilateral con el poder central, o con sus delegados locales, la masa, por medio de sus grupos, va a poner en juego la competencia y la reversibilidad: competencia de los grupos entre sí y, en el interior de éstos, competencia entre los distintos "patrones". Es este politeísmo el que, por lo demás, puede hacernos afirmar que la masa es mucho menos involutiva que dinámica. En efecto, el hecho de formar "una banda aparte", como se puede ver en las redes sociales, no implica el final del estar-juntos, sino simplemente que éste se manifiesta en otras formas que no son las reconocidas por la legalidad institucional. El único problema serio es el del umbral a partir del cual la abstención, el hecho de hacer "banda aparte", provoca la implosión de una sociedad dada. Se trata de un fenómeno que ya hemos podido observar y que, por ende, no debe extrañar al sociólogo quien, más allá de sus preferencias, de sus convicciones, y hasta de sus nostalgias, está ante todo atento a lo que se halla en vías de nacer.
En El tiempo de las tribus
Traducciòn: Daniel Gutièrrez Martìnez



0 Comentarios:
Publicar un comentario