31 de jul. de 2010

Marvin Harris - El reino de la misericordia

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En tiempo de Cristo, el monopolio de la matanza por parte de los levitas había adquirido un valor monetario. Los fieles llevaban sus animales a los sacerdotes del templo, que cortaban cuellos a tanto por cabeza. Los peregrinos de Pascua recorrían grandes distancias hasta el templo de Jerusalén a fin de que mataran sus corderos. Los famosos mercaderes del templo cuyas mesas Jesús hizo rodar por los suelos, aseguraban el pago en moneda del reino. El rabinado judío renunció a la práctica de sacrificios animales en el 72 de nuestra era, después de la caída de Jerusalén, pero no totalmente, pues incluso hoy los judíos ortodoxos insisten en que los animales sean sacrificados mediante un corte en el cuello bajo la supervisión de especialistas religiosos.

Dado que la crucifixión de Jesús tuvo tugar en relación con la celebración de la Pascua, su muerte fue fácilmente asimilada a las imágenes y el simbolismo tanto del sacrificio animal como humano. Juan Bautista se refirió al Mesías que venía llamándolo «Cordero del Señor». Mientras tanto, los cristianos mantuvieron rasgos de las funciones redistributivas originales del sacrificio animal en el rito llamado «comunión». Jesús partió el pan y sirvió el vino pascuales y los distribuyó entre los discípulos, «Este es mi cuerpo», dijo del pan. «Y esta es mi sangre», dijo del vino. Durante el sacramento católico romano de la eucaristía, estas actividades redistributivas se repiten como ritual. El sacerdote come el pan en forma de oblea y bebe el vino mientras miembros de la congregación ordinariamente sólo comen la oblea. Apropiadamente, esta oblea se denomina la «hostia», palabra que deriva del vocablo latino hostis, que significa «sacrificio».

Protestantes y católicos han derramado mucha sangre y tinta con respecto a la cuestión de si el vino y la oblea se «transustancian» realmente en la sustancia corpórea de la sangre y el cuerpo de Cristo. Pero, hasta ahora, tanto teólogos como historiadores no han visto el verdadero sentido evolutivo de la «misa» cristiana. Al espiritualizar la ingestión del cordero pascual y reducir su sustancia a una oblea nutritivamente sin valor, el cristianismo se liberó hace mucho tiempo de la responsabilidad de ocuparse de que aquellos que asistían al festín no volvieran a su casa con el estómago vacío. Transcurrió algún tiempo antes de que esto ocurriera. Durante los dos primeros siglos del cristianismo, los comulgantes mancomunaban sus recursos y celebraban realmente una comida comunal conocida como ágape o festín de amor. Después de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano, la Iglesia descubrió que se la utilizaba como comedor de beneficencia y en el Consejo de Laodisea, celebrado en el 363 de nuestra era, se prohibió la celebración de festines de amor en los recintos de la iglesia. La cuestión que realmente merece destacarse es que el valor nutritivo de la comunión es virtualmente nulo, haya o no transustanciación. Los antropólogos del siglo XIX vieron en la línea de desarrollo que conducía del sacrificio humano al sacrificio animal y a la oblea y el vino de la eucaristía, una reivindicación de la doctrina del progreso moral y la ilustración. Antes de felicitar al cristianismo por su trascendencia del sacrificio animal, debemos reparar en que las provisiones de proteínas también eran trascendidas por una población en rápida expansión. En realidad, el significado del final del sacrificio animal fue el final de los festines redistributivos eclesiásticos.

El cristianismo sólo fue una de las diversas religiones que optaron por la generosidad después de la muerte cuando la generosidad en vida dejó de ser útil o necesaria. No creo que quite valor a los actos de misericordia y benevolencia cumplidos en nombre de estas religiones, afirmar que para los gobernantes de la India, el Islam y Roma era muy conveniente humillarse ante los dioses para los cuales el cielo era más importante que la tierra y una vida anterior o futura más importante que ésta. A medida que los sistemas imperiales del Viejo Mundo crecían más y más, consumían y agotaban los recursos a escala continental. Cuando el globo se cubrió de decenas de millones de esclavos harapientos y sudorosos, los «grandes proveedores» fueron incapaces de actuar con la «pródiga generosidad» de los jefes bárbaros de antaño. Bajo la influencia del cristianismo, el budismo y el islamismo se convirtieron en «grandes creyentes» y erigieron catedrales, mezquitas y templos en los que no se servía nada de comer.


Caníbales y Reyes, cap. 10, El reino de la misericordia (fragmento)

30 de jul. de 2010

Geoffrey Chaucer (1343-1400)- El médico

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Prólogo

-Señor doctor en Física -dijo nuestro huésped -, dejemos lo demás, que quiero rogaros que nos narréis algún cuento de tema honrado.
-Así lo haré, si se quiere - repuso el doctor - Ea, buena gente, escuchadme.
Y comenzó su cuento.


El médico

-Relata Tito Livio que hubo antaño un caballero llamado Virginio, hombre muy digno y honrado, rico en bienes y en amigos.
No tuvo con su esposa otra progenie que una hija, joven de soberana belleza, porque la naturaleza creóla con tantas excelencias y tan meticuloso primor que parecía querer proclamar con ella:
-Ved cómo sé modelar una criatura, cuando se me antoja. ¿Hay quien me imite? No ciertamente Pigmalión, por mucho que sin cesar forje, grabe o pinte; ni tampoco Apeles o Zeuxis, así se esfuercen en grabar, cincelar o trazar. No, no me emularían que por algo el Creador me hizo su vicario general en materia de formar las criaturas terrestres según mi gusto. Sí, que todas estas cosas están a mi cuidado so la capa de la creciente y menguante luna. Y nada por mi trabajo pido, porque mi Señor y yo estarnos en total armonía, y yo he modelado esa doncella para honrar a mi Señor. Asimismo hago con los demás seres, cualesquiera que sean sus formas y colores.
Catorce años contaba aquella mocita en que tanto se holgaba la naturaleza. Porque ésta, así como sabe pintar de blanco el lirio y de carmín la rosa, supo con iguales calores pintar los lindos miembros de aquella noble criatura antes de nacer, y Febo tiñó los bucles de la niña con los rayos esplendentes de su luz.
Si la doncella era excelsa por su hermosura, mil veces más lo era por sus virtudes. Ninguna buena cualidad le faltaba. Era casta de alma y de cuerpo, humilde y sobria, paciente y abstinente, y modesta en su porte y compostura. Razonaba con discreción y, aunque hubiese sido tan sabia como Palas, se habría expresado con femenil sencillez, huyendo de expresiones rebuscadas, que pudieran oler a doctas usando términos adecuados a su condición y procurando que todos se ajustasen a la virtud y la cortesía.
Mostraba siempre el recato propio de una doncella, era de corazón constante y siempre Procuraba ocuparse en algo, para ahuyentar la vana ociosidad. Baco no prevalecía sobre su boca, porque el vino y la juventud acrecen los placeres de Venus como se acrece el fuego con aceite o grasa. A causa de su espontánea virtud, muchas veces la joven fingiese enferma para rehuir las reuniones donde sólo locuras se hablan, como son los festines, danzas y orgías, que dan ocasiones de retozo. En esos sitios se hacen tales cosas que maduran harto pronto a los niños, infundiéndoles insolencia y, atrevimiento, y esto es peligroso. Que demasiado presto aprenden las mocitas el descaro al hacerse mujeres.
Respecto a esto, vosotras, dueñas, a quienes los señores encomiendan el cuidado de sus hijas, pídoos que no os incomodéis de mis palabras. Pensad que sólo por dos cosas dirigís a las hijas de los señores: ora porque conservasteis vuestra honestidad, o porque, habiendo sido livianas y conociendo asaz bien ese arte, habéis abandonado para siempre tan malhadada práctica. Así, en consideración a Cristo, no desmayéis en instruir a las damiselas en la virtud. Porque el cazador furtivo, cuando deja sus aficiones y mañas, puede ser mejor guardabosque que cualquier otro hombre. En consecuencia, guardad bien a las doncellas, que, si queréis, en vuestra mano está el hacerlo. No les consintáis vicio alguno, y así no se vituperará vuestra mala intención, que si la tuviereis, seria traidora. Y entended que no hay traición más vil que la del que seduce al inocente.
En cuanto a vosotros, padres y madres, si tenéis algún hijo, sabed que os está confiada su custodia mientras se halle bajo vuestra potestad. Cuidad que no se pierda con el ejemplo de vuestra vida, ni tampoco por vuestra negligencia en el castigo, porque si tal aviene, vosotros lo pagaréis caro. Al pastor incurioso e indolente, el lobo le arrebata muchas reses.
Pero quédese esto aquí y volvamos a nuestro tema. La doncella de mi cuento se guardaba sola de tal modo que no necesitaba dueña. En su vida podrían las demás jóvenes haber leído, como en un libro, las buenas palabras y obras que a una mocita virtuosa corresponden, pues era muy discreta y caritativa.
Por ello se propagó la fama de su belleza y muchas bondades, y todas los amantes de la virtud loaban a la hija de Virginio. Sólo la miraba mal la envidia, que se duele de la dicha de los demás y se satisface de su dolor e infortunio, como dice el Doctor.
Un día, aquella joven, según suelen las de su edad, fue a misa con su madre. Había en la ciudad un magistrado que gobernaba la región. Y este juez, al pasar junto a él la damisela, puso sus ojos en ella y la miró buen rato. Y en seguida se alteraron su corazón y pensamiento, por lo enamorado que quedó de la belleza de la muchacha. Así, se dijo en secreto: «Mía será esta moza, aunque pese a todos.»
Y entonces el diablo se adentró en su corazón e insinuóle que él, con destreza, podía conseguir a la jovencita. No le parecía posible obtenerlo con violencia o con dádivas; lo primero por tener ella muchos amigos, y lo segundo por gozar fama de tan elevada virtud, que era obvia que el magistrado no podría persuadirla de que pecase.
Así, habiendo deliberado mucho consigo mismo, hizo llamar a un malvado que en la ciudad había y que gozaba fama de artero y resuelto. El gobernador, secretamente, explicó a aquel malandrín sus designios, mandándole prometer que no los contaría a nadie, so pena de la cabeza. Y habiendo concertado los dos un infame proyecto, el magistrado, muy jubiloso, miró con buen semblante al rufián y le hizo valiosos presentes.
Ya convenida toda la maquinación que debía satisfacer la lascivia del gobernador, el villano, que se llamaba Claudio; retornó a su morada. Y el juez, cuyo nombre era Apio (pues esto no es invención, sino auténtica y palmaria historia, tan cierta como indudable), realizó cuanto le parecía adecuado al fin de lograr su placer.
Así, según cuenta la historia, pocos días después el perverso magistrado acudió a su tribunal, como solía, para sentenciar las cosas que le presentaban. Y el traidor villano entró allí diciendo:
-Señor, si tal es tu voluntad, hazme justicia en una lastimosa demanda que debo presentar contra Virginio. Si él rechazare mi imputación, yo acreditaré con buenos testigos que es cierto lo que declaro.
Contestóle el juez:
-No puedo, en ausencia del acusado, sentenciar en firme. Hágasele llamar y tú habla, que yo te atenderé de buen grado y haré justicia y no iniquidad.
Vino Virginio para saber qué le quería el magistrado, y entonces se leyó la execrable denuncia, que era ésta:
«A .vos, amado señor Apio, vuestro humilde servidor Claudio expone que un caballero llamado Virginio mantiene en su poder, contra mi expreso deseo, atropellando toda equidad y derecho, a una mi sirviente y esclava según la ley, la cual me fue robada de casa una noche, siendo muy niña. Y esto, señor, si os place, probarélo con testigos. No es la moza su hija, como el caballero dice, y, por tanto, señor y juez, suplícoos que me devolváis mi esclava, si así 'os dignáis hacerlo.»
Oyendo tea petición, Virginio miró con ira al malvado villano, pero muy luego, antes de que él expusiera su caso y demostrara como caballero, con testimonio de muchas personas, la falsedad que afirmaba su adversario, el maldito magistrado no quiso esperar ni oír una sola palabra de Virgilio, sino que dispuso:
-Mi determinación es que este villano reciba al punto su sierva, la cual no retendrás tú más tiempo en tu casa. Vete, pues, a buscar a la joven y ponla bajo mi salvaguardia. El villano recibirá su esclava. Tal es mi sentencia.
El digno caballero Virginio, viendo que la sentencia del magistrado le obligaba a entregarle a la mocita para que Apio viviera lascivamente con ella, volvióse a su casa, entró en el salón e hizo llamar a su amada hija. Y luego, mirándola con el rostro descolorido como la ceniza, contempló el púdico semblante de la muchacha, sintiendo abrumado su corazón por la paternal piedad. Mas sus sentimientos no le apartaron de su propósito.
-Hija Virginia -dijo -, dos caminos se te ofrecen: la muerte o la deshonra. ¡Maldito el día en que nací! Nunca tú merecías morir a filo de espada. ¡Oh querida hija, finalidad de mi vida, tú a quien en tanto regalo he criado y que nunca te apartas de mi pensamiento! ¡Oh, hija, mayor deleite y mayor dolor de mi vida! ¡Oh, perla de castidad! Acepta la muerte con resignación, porque mi voluntad es esa. Es el amor y no el odio lo que te mata, y mi mano, por compasión, debe decapitarte. ¡Ay! ¿Por qué te vería Apio nunca? ¡Cuán falsamente, por haberte visto, ha juzgado hoy!
Y contó a la doncella todo el caso, según oísteis. Y ella exclamó:
-¡Misericordia, padre mío!
Y le echó los brazos al cuello, como acostumbraba. Manaron lágrimas de sus ojos y preguntó:
-¡Oh, mi buen padre! ¿Es menester que muera? ¿No existe otro remedio?
-No, en verdad, amada hija-contestó él.
-Pues entonces-dijo la doncella-, dame tiempo, padre, para llorar mi muerte, como Jefté otorgó a su hija la merced de lamentarse antes de que él la matara. Bien sabía Dios que ningún delito había ella cometido, salvo correr para ver llegar antes a su padre y acogerle con muchas demostraciones.
Y luego cayó en un desfallecimiento y en saliendo de él dijo a su progenitor:
-Bendito sea Dios, que me hace morir virgen. Dame la muerte para, evitar la deshonra. Sí, en nombre de Dios, ejecuta tu voluntad con tu hija.
Y le rogó una vez y otra que la hiriera blandamente con la espada, tras lo cual se postró, desvaneci da.El, con triste voluntad y atribulado corazón, le cortó la cabeza y, empuñándola por los cabellos, fue a llevarla al magistrado, que aun estaba en el tribunal.
Dice la historia que, cuando el juez vio la cabeza, mandó que apresasen y ahorcaran sin dilación a Virginio. Pero la traidora iniquidad fumé conocida, y un millar de hombres, impelidos por su compasión, acudieron a salvar al caballero. Ya la gente, oyendo la falsa demanda del villano, había entrado en sospechas de que aquélla era intriga convenida con Apio, cuya lascivia conocía bien.
Así cerraron contra él y le pusieron en prisión, donde él mismo se dio la muerte, mientras Claudio, el traidor empleado por Apio, era condenado a morir en la horca. Pero el clemente Virginio intervino por él, y consiguió que sólo le desterrasen, lo que le libró de una muerte segura. Los demás que habían consentido en tan odioso delito fueron colgados.
Ya veis cómo el crimen recibe su castigo. Precavéos, que nadie sabe a quién puede castigar Dios. ni de qué modo el gusano de la conciencia reprochará la mala vida, siquiera sea ésta tan encubierta que nadie la conozca más que el hombre y Dios. Ni al ignaro ni al instruido les consta cuándo deberán temer. Así, seguid mi consejo y abandonad el pecado antes que el pecado os abandone a vosotros.



En Los cuentos de Canterbury


29 de jul. de 2010

Alberto Laiseca - Una frase que obliga a la reverencia

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La dura princesa Wu pidió una canción.
Muchos han muerto ya, procurando satisfacerla.
Grande es el premio, empero:
su propia mano
Por la posibilidad de su sonrisa festiva,
mueren uno tras otro.
Cantó un joven poeta;
fuerte y vigoroso, pese a su juvenil carencia.
La princesa Wu
chasqueó los labios

como una muerte china.
"Castigad la desfachatez de cantar mal."
Como un juego, con alegría,
entregó al joven a sus verdugos,
para que lo transformaran en un niño sangriento.
También cantó un adulto guerrero;
con tal ingenio, que movió sus batallas hasta la poesía.
"Tu canción me gustó bastante más.
No lo suficiente, empero.
Tendré para contigo la piedad de la naturaleza.
¿Cuándo has oído que el lobo hambriento sea perverso?
Dadle una muerte rápida."
Pero él, desprendiéndose de sus guardias,
se arrojó a un abismo,
deslizando su cuerpo sobre el arpa de las rocas.
Ella movió la cabeza en raro gesto.
"Cayendo hizo música, pero ni aun así me convence.
Preparadle un sacrificio crematorio.
Pero no a su cuerpo,
que ahora está siendo destruido
por los pequeños lavadores de seda.
Quemad una imagen de papel,
previo escribir en ella su nombre.
Así tendrá doble muerte,
como el final abrupto de un segundo sueño.
Ponedlo dentro de una armadura completa y sepultadlo.
En esta forma se mezclará con el hierro,
y poco a poco adquirirá la fortaleza
que le faltó en el último instante."
Por fin vino un sabio arpista.
El músico atrevióse a mirar a la joven princesa Wu.
Ella estaba inmóvil y sin embargo,
pintaba huesos con laca.
El artista sonrió.
Ella dijo:
"Un joven de veinte años es muy tonto.
En su conversación siempre está la disonancia
o el ruido inesperado.
Un hombre de treinta es más tonto aún.
Pretende superarme pero no tiene edad suficiente.
Me parece haberte visto antes.
De cualquier manera,
un anciano de cuarenta es demasiado viejo.
¿Cómo podría conmover mi corazón?
Deberás cantar tres veces mejor
que el centro de los otros.
Pronuncia entonces la frase
que me obligue a la reverencia".
"Ellos murieron por no comprender a tiempo,
princesa Wu,
que tú, bajo tus ropas,
estás desnuda."


Shen Kuci. Reino de Ch’u




Poemas chinos, 1987

28 de jul. de 2010

Henri Michaux - Lenguas

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Para entenderse sólo entre unos cuantos se hicieron las lenguas. Y una infinidad de dialectos. Lenguas de clan, lenguas-contra, lenguas de oposición. Jerga contra lengua. Conseguir que la lengua sea menos bella, más "compinche", más a ras de tierra.


***


Las lenguas se hacen, se desgajan. Las lenguas demasiado bonitas corren peligro. Los hombres también necesitan lo insignificante, lo familiar, lo fácil.
Mejor adaptadas a lo real vulgar, jergas por doquier, para aumentar lo barroco, lo pintoresco, lo rústico.
Lenta y sorda
la guerra de las lenguas. Hoy en día se libra de otro modo.


***


Se sabe de muchos grupos humanos pobres; pero no se sabe de lenguas pobres. Todas tienen miles de palabras. Todas rebosan de sutilezas inesperadas. Enorme haber cuando ese mismo pueblo apenas tiene ropa, sus casas son miserables y a veces no tiene más que unos cuantos escasos y mediocres utensilios y no busca otros.




En
Puntos de referencia
En
Frente a los cerrojos seguido de Puntos de referencia
Trad. Julia Escobar
Valencia, Editorial Pretextos, 2000



27 de jul. de 2010

Arturo Capdevila - Aulo Gelio

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Aulo Gelio, feliz bajo Elio Adriano,
autor preclaro de Las noches áticas,
que en plácidos inviernos escribiste,
seguro de tu dicha y de tu fama.


A la mesa de prósperos amigos 5
ingeniosos equívocos llevabas
o eruditas anécdotas festivas
con una erudición del todo vana.


(Si los lacedemonios al combate
iban a son de trompa o son de flauta; 10
si en diez mil dracmas cotizó Corinto
la noche de Lais, la cortesana.)


Historias antiquísimas sabías
y mil reglas de estética y gramática
y orígenes de fiestas y proverbios 15
y quisicosas de las Doce Tablas.


Y las contabas entre vino y vino,
entre acertijos y triviales fábulas:
que tu espíritu fué dorada abeja
y de ingenuo sabor tu miel pagana. 20


A la vera de Atenas, en la finca
señorial, donde bien te regalabas,
armonizaste la elocuencia griega
con la mejor comodidad romana.


Siempre pensaste que importaba mucho 25
tener en el festín un alma clara;
que un alma en armonía es grande cosa...
Cosa a los hombres y a los dioses grata.


Volviendo a Roma, por cambiar tus ocios,
Roma cordial conversación te daba: 30
con famosos retóricos de Roma
por el campo de Agripa te paseabas.


O en minuciosa búsqueda de alguna
vieja memoria de la edad pasada,
con dichosa paciencia recorrías 35
las librerías de las Sigilarias.


O en la casa del grave Favorino
solías en reuniones dilatadas,
disertar sobre Píndaro y Homero
hasta que entraba el día entre las lámparas... 40


Buen catador de los mejores vinos,
buen gustador de las mejores viandas,
en la fiesta del mundo sonreías,
la cabeza de rosas coronada.


Hoy todavía tu lector, Agelio, 45
en lánguida actitud te evoca y te halla.
Mientras boga tu barca a Grecia o Roma,
festín recuerdas y festín preparas.

26 de jul. de 2010

Walter Benjamin - Una imagen de Proust

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Los trece volúmenes de A la Recherche du Temps Perdu, de Marcel Proust, son el resultado de una síntesis inconstruible, en la que la sumersión del místico, el arte del prosista, el brío del satírico, el saber del erudito y la timidez del monómano componen una obra autobiográfica. Se ha dicho, con razón, que todas las grandes obras de la literatura fundan un género o lo deshacen, esto es que son casos especiales. Entre ellos es éste uno de los más inaprehensibles. Comenzando por la construcción, que expone a la vez creación, trabajo de memorias y comentario, hasta la sintaxis de sus frases sin riberas (Nilo del lenguaje que penetra, para fructificarlas, en las anchuras de la verdad), todo está fuera de las normas. El primer conocimiento, que enriquece a quien considera este importante caso de la creación literaria, es que representa el logro más grande de los últimos decenios. Y las condiciones que están a su base son insanas en grado sumo. Una dolencia rara, una riqueza poco común y una predisposición anormal. No todo es un modelo en esta vida, pero sí que todo es ejemplar. A la sobresaliente ejecutoria literaria de nuestros días le señala su lugar en el corazón de lo imposible, en el centro, a la vez que en el punto de equilibrio, de todos los peligros; caracteriza además a esa gran realización de la "obra de una vida" como última y por mucho tiempo. La imagen de Proust es la suprema expresión fisiognómica que ha podido adquirir la discrepancia irreteniblemente creciente entre vida y poesía. Esta es la moral que justifica el intento de conjurar dicha imagen. Se sabe que Proust no ha descrito en su obra la vida tal y como ha sido, sino una vida tal y como la recuerda el que la ha vivido. Y, sin embargo, está esto dicho con poca agudeza, muy, pero que muy bastamente, Porque para el autor reminiscente el papel capital no lo desempeña lo que él haya vivido, sino el tejido de su recuerdo, la labor de Penélope rememorando. ¿0 no debiéramos hablar más bien de una obra de Penélope, que es la del olvido? ¿No está más cerca el rememorar involuntario, la mémoire involontaire de Proust, del olvido que de lo que generalmente se llama recuerdo? ¿Y no es esta obra de rememoración espontánea, en la que el recuerdo es el pliegue y el olvido la urdimbre, más bien la pieza opuesta a la obra de Penélope y no su imagen y semejanza? Porque aquí es el día el que deshace lo que obró, la noche. Cada mañana, despiertos, la mayoría de las veces débiles, flojos, tenemos en las manos no más que un par de franjas del tapiz de la existencia vivida, tal y como en nosotros las ha tejido el olvido. Pero cada día, con labor ligada a su finalidad, más aún con un recuerdo prisionero de esa finalidad, deshace el tramaje, los ornamentos del olvido. Por eso Proust terminó por hacer de sus días noche, para dedicar sin estorbos, en el aposento oscurecido, con luz artificial, todas sus horas a la obra de no dejar que se le escapase ni uno solo de los arabescos entrelazados. Los romanos llaman a un texto tejido; apenas hay otro más tupido que el de Marcel Proust. Nada le parecía lo bastante tupido y duradero. Su editor Gallimard ha contado cómo las costumbres de Proust al leer pruebas de imprenta desesperaban a los linotipistas. Las galeradas les eran siempre devueltas con los márgenes completamente escritos. Pero no subsanaba ni una errata; todo el espacio disponible lo rellenaba con texto nuevo. La legalidad del recuerdo repercutía así en la dimensión de la obra. Puesto que un acontecimiento vivido es finito, al menos está incluido en la esfera de la vivencia, y el acontecimiento recordado carece de barreras, ya que es sólo clave para todo lo que vino antes que él y tras él. Y todavía es en otro sentido el recuerdo el que prescribe estrictamente cómo ha de tejerse. A saber, la unidad del texto la constituye únicamente el actus purus del recordar. No la persona del autor, y mucho menos la acción. Diremos incluso que sus intermitencias no son más que el reverso del continuum del recuerdo, el dibujo retroactivo del tapiz. Así lo quiso Proust y así hay que entenderlo, cuando él mismo dice que como más le gustaría ver su obra es impresa a dos columnas en un solo volumen y sin ningún punto y aparte. ¿Qué es lo que buscaba tan frenéticamente? ¿Qué había a la base de este empeño infinito? ¿Se nos permitiría decir que toda vida, obra, acto, que cuentan, nunca fueron otra cosa que el despliegue sin yerro de las horas más triviales, fugaces, sentimentales y débiles en la existencia de aquél al que pertenecen? Y cuando Proust, en un pasaje célebre, ha descrito esa hora que es la más suya, lo ha hecho de tal modo que cada uno vuelve a encontrarla en su propia existencia. Muy poco falta para que podamos llamarla cotidiana. Viene con la noche, con un gorjeo perdido o con un suspiro en el antepecho de una ventana abierta. Y no prescindamos de los encuentros que nos estarían determinados, si fuéramos menos proclives al sueño. Proust no está dispuesto a dormir. Y sin embargo, o más bien por eso mismo, ha podido Jean Cocteau decir, en un bello ensayo, respecto de su tono de voz, que obedecía a las leyes de la noche y de la miel. En cuanto entraba bajo su dominio vencía en su interior el duelo sin esperanza (lo que llamó una vez "l'imperfection incurable dans l'essence même du présent") y construía del panal del recuerdo una mansión para el enjambre de los pensamientos. Cocteau se ha dado cuenta de lo que de derecho hubiese tenido que ocupar en grado sumo a todos los lectores de este creador y de lo cual, sin embargo, ninguno ha hecho eje de su cavilación o de su amor. En Proust vio el deseo ciego, absurdo, poseso, de la dicha. Brillaba en sus miradas, que no eran dichosas. Aunque en ellas se asentaba la dicha como en el juego o como en el amor. Tampoco es muy difícil decir por qué esa voluntad de dicha, que paraliza, que hace estallar el corazón y que atraviesa las creaciones de Proust, se les mete dentro tan raras veces a sus lectores. El mismo Proust les ha facilitado en muchos pasajes considerar su oeuvre bajo la cómoda perspectiva, probada desde antiguo, de la renuncia, del heroísmo, de la ascesis. Nada les ilustra tanto a los discípulos ejemplares de la vida como que logro tan grande no sea sino fruto del esfuerzo, de la aflicción, del desengaño. Que en lo bello pudiese también la dicha tener su parte, sería demasiado bueno. Su resentimiento jamás llegaría a consolarse. Pero hay una doble voluntad de dicha, una dialéctica de la dicha. Una figura hímnica de la dicha y otra elegíaca. Una: lo inaudito, lo que jamás ha estado ahí, la cúspide de la felicidad. La otra: el eterno una vez más, la eterna restauración de la dicha primera, original. Esta idea elegíaca de la dicha, que también podríamos llamar eleática, es la que transforma para Proust la existencia en un bosque encantado del recuerdo. No sólo le ha sacrificado amigos y compañía en la vida, sino acción en su obra, unidad de la persona, fluencia narrativa, juego de la fantasía. No ha sido el peor de sus lectores —Max Unhold— el que, apoyándose en el "aburrimiento" así condicionado de sus escritos, los ha comparado con "historias cualesquiera" y ha encontrado la siguiente formulación: "Proust ha conseguido hacer interesante una historia cualquiera. Dice: imagínese usted, señor lector, que ayer mojé una magdalena en mi té y me acordé de repente de que siendo niño estuve en el campo. Y así utiliza ochenta páginas, que resultan tan irresistibles, que creemos ser no ya quienes escuchan, sino los que sueñan despiertos." En estas historias cualesquiera —"todos los sueños habituales se convierten, no más contarlos, en historias cualesquiera"— ha encontrado Unhold el puente hacia el sueño. En él debe apoyarse toda interpretación sintética de Proust. Hay suficientes puertas discretas que conducen a él. Por ejemplo, el studium frenético de Proust, su culto apasionado por la semejanza. La cual no deja que se conozcan los verdaderos signos de su dominio precisamente cuando el creador la destapa por sorpresa, inesperadamente, en las obras, en las fisionomías o en las maneras de hablar. La semejanza de lo uno con lo otro, con la que contamos y que nos ocupa despiertos, juega alrededor de otra más profunda, la del mundo de los sueños, en el cual lo que ocurre nunca es idéntico, sino semejante: emerge impenetrablemente semejante a sí mismo. Los niños conocen una señal distintiva de ese mundo, la media, que tiene la estructura del mundo de los sueños, cuando enrollada en el cajón de la ropa puede serlo todo a la vez. E igual que ellos no pueden saciarse y con un toque todo lo transforman en otra cosa, así Proust tampoco se sacia de vaciar el cajón de los secretos, el yo, poniendo dentro con un toque su otra cosa, la imagen que aplaca su curiosidad, no, su nostalgia. Devorado por la nostalgia se tendía en la cama, por una añoranza por el mundo tergiversado en el estado de la semejanza y en el cual irrumpe el verdadero rostro surrealista de la existencia. A ese mundo pertenece lo que sucede en Proust y el modo cuidadoso y distinguido en que todo emerge. A saber, nunca aisladamente, patéticamente, visionariamente, sino anunciándose, apoyándose mucho, sustentando una realidad preciosa y frágil: la imagen. Se desprende ésta de la ensambladura de las frases de Proust (igual que el día de verano en Balbec entre las manos de Françoise), antigua, inmemorial, como una momia entre los visillos de tul.


II

Lo más importante que uno tiene que decir no siempre lo proclama en alto. Y tampoco, quedamente, lo confía siempre al de mayor confianza, al más próximo, no siempre al que más devotamente está dispuesto a recibir su confesión. Y no sólo personas, sino que también épocas tienen esa casta, redomada y frívola manera de comunicar a quienquiera que sea su intimidad; no precisamente son Zola o Anatole France en el siglo diecinueve los que lo hacen, sino que es el joven Proust, snob sin importancia, juguetón en los salones, quien caza al vuelo las confidencias más sorprendentes sobre el tiempo envejecido (como de otro Swann mortalmente lánguido). Proust es el primero que ha hecho al siglo diecinueve capaz de memorias. Lo que antes de él era un espacio de tiempo sin tensiones, se convierte en un campo de fuerzas en el que despertaron las corrientes múltiples de autores posteriores. Tampoco es una casualidad que las dos obras más importantes de este tipo procedan de autores cercanos a Proust como admiradores y amigos. Se trata de las memorias de la princesa Clermont-Tonnerre y de la obra autobiográfica de León Daudet. Una inspiración eminentemente proustiana ha llevado a León Daudet, cuya extravagancia política es demasiado tosca y estrecha para que pueda desgastar su admirable talento, a hacer de su vida una ciudad. A Paris vécu —la proyección de una biografía sobre el plan Taride— le rozan en más de un pasaje sombras de figuras proustianas. Y en lo que concierne a la princesa Clermont-Tonnerre, ya el título de su libro, Au Temps des Equipages, es antes de Proust apenas concebible. Por lo demás es el eco que vuelve suavemente a la llamada plural, amorosa y exigente del creador del Faubourg Saint-Germain. Además esta exposición melódica está llena de relaciones directas o indirectas a Proust tanto en su actitud como en sus figuras, entre las cuales él mismo y no pocos de sus objetos de estudio preferidos provienen del Ritz. Con lo cual estamos desde luego, no es cosa de negarlo, en un medio muy feudal y con apariciones como la de Robert de Montesquiou, al que la princesa Clermont-Tonnerre representa con maestría y de manera además muy especial. Es decir, que estamos en Proust, en el que tampoco falta, como sabemos, la contraposición a Montesquiou. Pero esto no merecería ser discutido, toda vez que la cuestión de los modelos es de segundo rango, si la crítica no gustase facilitar las cosas. Sobre todo: no podía dejar pasar la ocasión de encanallarse con la chusma de las librerías de compra y venta. A los habituales nada les resultaba más fácil que del ambiente snob de la obra concluir sobre su autor, caracterizando la obra de Proust como asunto francés interno, como un apéndice cotilla al Gotha. Está a la mano: los problemas de los personajes proustianos proceden de una sociedad saturada. Pero ni siquiera hay uno que se arrope con los del autor. Estos son subversivos. Si tuviésemos que reducirlos a una fórmula, su deseo sería construir toda la edificación interna de la sociedad como una fisiología del chisme. En el tesoro de los prejuicios y máximas de ésta no hay nada que no aniquile su peligrosa comicidad. Pierre-Quint es el primero que ha dirigido su mirada sobre ella. "Cuando se habla de obras de humor, por lo común se piensa en libros breves, divertidos, con portadas ilustradas. Se olvida a Don Quijote, a Pantagruel y a Gil Blas, mamotretos informes de impresión apretada." Claro que no se acierta la fuerza explosiva de la crítica social proustiana con estas comparaciones. Su sustancia no es el humor, sino la comicidad. No alza al mundo en risas, sino que lo arruina en risas. Corriendo el peligro de que se haga pedazos, ante los cuales él mismo rompa a llorar. Y se hace pedazos: la unidad de la familia y de la personalidad, de la moral sexual y del matrimonio por conveniencia. Las pretensiones de la burguesía tintinean en risas. El tema sociológico de la obra es su contramarea, su reasimilación por parte de la nobleza. Proust no se cansó nunca del entrenamiento que exigía el trato en los círculos feudales. Perseverantemente, y sin tener que hacerse demasiada fuerza, maleaba su naturaleza para hacerla tan impenetrable y diestra, tan devota y difícil como debía ser por su tarea. Más tarde la mixtificación, el formalismo son en él en tal medida naturales, que a veces sus cartas son sistemas enteros de paréntesis —y no sólo gramaticales, cartas cuya redacción infinitamente ingeniosa y ágil, por momentos recuerdan aquel esquema legendario: "Distinguida, respetada señora, advierto ahora que olvidé ayer en su casa mi bastón, y le ruego que se lo entregue al portador de esta carta. P. S. Disculpe Ud., por favor, la molestia; acabo de encontrarlo." ¡Qué ingenioso era en las dificultades! Muy entrada ya la noche se presenta en casa de la princesa Clermont-Tonnerre y condiciona quedarse a que le traigan de su casa un medicamento. Y envía al ayuda de cámara, dándole una larga descripción de los alrededores y de la casa. Por último: "No podrá Ud. equivocarse. Es la única ventana en el boulevard Haussmann en la que todavía hay luz encendida." Pero lo único que no le dice es el número. Si intentamos averiguar en una ciudad extraña la dirección de un burdel y recibimos una información por demás prolija, todo menos la calle y el número de la casa, entenderemos el amor de Proust por el ceremonial, su veneración por Saint-Simon, y (no precisamente en último término) su francesismo intransigente. ¿No es la quintaesencia de la experiencia: experimentar lo sumamente difícil que resulta experimentar mucho de lo que en apariencia podría decirse en pocas palabras? Sólo que esas palabras pertenecen a una jerga fija según una casta y una clase y los que están fuera de éstas no pueden entenderlas. No es extraño que a Proust le apasionase el lenguaje secreto de los salones. Cuando más tarde dispone la implacable descripción del "petit clan", de los Courvoisier, del "esprit d'Oriane", había ya aprendido en su trato con los Bibesco un lenguaje en clave al que también nosotros hemos sido introducidos recientemente. En los años de su vida de salón, Proust no sólo ha adquirido en grado eminente, casi diríamos que teológico, el vicio de la adulación, sino que también ha desarrollado el de la curiosidad. En sus labios había un destello de aquella sonrisa que, en las bóvedas de muchas de las catedrales, que él amaba tanto, se deslizaba como un reguero de pólvora sobre los labios de las vírgenes necias. Es la sonrisa de la curiosidad. ¿Es la curiosidad la que en el fondo le ha hecho un parodista tan grande? Sabríamos entonces a qué atenernos respecto a este término de "parodista". No mucho. Puesto que aun haciendo justicia a su malicia sin fondo, reconozcamos que pasa de largo por lo amargo, escabroso, sañudo de los grandes reportajes, que redacta al estilo de Balzac, de Flaubert, de Sainte-Beuve, de Henri de Régnier, de los Goncourt, de Michelet, de Renan y finalmente de su preferido, Saint-Simon, y que luego recoge en el volumen Pastiches et Mélanges. Es la mimética del curioso, martingala genial de esta serie, pero que a la vez ha sido un momento de toda su creación, en la que nunca tomaremos lo bastante en serio su pasión por lo vegetal. Es Ortega y Gasset el primero que ha prestado atención a la existencia vegetativa de las figuras proustianas que de manera tan persistente están ligadas a su yacimiento social, determinadas por un estamento feudal, movidas por el viento que sopla de Guermantes o de Méséglise, impenetrablemente enmarañadas unas con otras en la jungla de su destino. La mimética, como comportamiento del creador, procede de este círculo. Sus conocimientos más exactos, más evidentes, se posan sobre sus objetos como insectos sobre sus hojas, flores y ramas, insectos que nada delatan de su existencia hasta que un salto, un golpe de alas, una pirueta, muestran al espectador asustado que una vida incalculablemente propia se ha entrometido, inadvertida, en un mundo extraño. Al verdadero lector de Proust le sacuden constantemente pequeños sustos. En las parodias como juego con "estilos" encuentra lo que muy de otra manera le ha concernido en cuanto lucha por la existencia de ese espíritu en el enramaje de la sociedad. Es éste el lugar para decir algo sobre lo íntima y fructíferamente que ambos vicios, la curiosidad y la adulación, se han interpenetrado. Un pasaje de la princesa Clermont-Tonnerre nos parece rico en enseñanzas: "Y para acabar, no podemos callarnos: a Proust le arrebataba el estudio del personal de servicio. ¿Era porque se trataba de un elemento que nunca encontraba en otra parte, estimulante de su sagacidad, o les envidiaba que pudiesen observar mejor los detalles íntimos de las cosas que a él le interesaban? Sea como sea, el personal de servicio, en sus figuras y tipos diversos, era su pasión." En los sombreados extraños de un Jupien, de un monsieur Aimé, de una Céleste Albaret, prosigue la línea de la figura de Françoise, que parece surgir en persona de un libro de oraciones con los rasgos ásperos y cortantes de una Santa Marta, y de esos groomsy chasseurs a quienes no se paga trabajo, sino ocio. Y quizá nunca como en estos grados ínfimos capte la representación el interés tenso de este conocedor de las ceremonias. ¿Quién medirá cuánta curiosidad de quien está servido entra en la adulación de Proust, cuánta adulación de quien está servido entra en su curiosidad? ¿Dónde tenía sus límites en las alturas de la vida social esta copia taimada del papel de quien está servido? La dio, ya que no podía hacer otra cosa. Porque como él mismo delató una vez: "Voir et désirer imiter" eran para él lo mismo. Esta es la actitud que, soberana y subalterna como era, fijó Maurice Barrès en las palabras más perfiladas que jamás se han acuñado sobre Proust: "Un Poéte persan dans une loge de concierge." En la curiosidad de Proust había un soplo detectivesco. La crema de la sociedad era para él un clan de criminales, una banda de conspiradores con la que ninguna otra puede compararse: la carnorra de los consumidores. Excluye de su mundo todo lo que participe en la producción, y por lo menos exige que esa participación se esconda, graciosa y púdicamente, tras un gesto, igual que la exhiben los profesionales consumados de la consumición. El análisis de Proust del snobismo, que es mucho más importante que su apoteosis del arte, representa en su crítica a la sociedad el punto culminante. Porque no otra cosa es la actitud del snob que la consideración consecuente, organizada, acerada de la existencia desde el punto de vista químicamente puro del consumidor. Y puesto que en esa comedia satánica había que exilar el recuerdo más lejano, tanto como el más primitivo, de las fuerzas productivas de la Naturaleza, la liaison pervertida le resultaba en el amor más utilizable que la normal. El consumidor puro es el explotador puro. Lógica, teóricamente, está en Proust en la completa actualidad concreta de su existencia histórica. Concretamente, porque es impenetrable y no se deja exponer. Proust describe una clase obligada a camuflar su base material y que por eso se imagina un feudalismo que, sin tener de suyo una importancia económica, es tanto más utilizable como máscara de la alta burguesía. El desencantador implacable, sin ilusiones, del yo, del amor, de la moral, que así es como Proust gustaba verse a sí mismo, hace de su arte ilimitado un velo para ese misterio, el más importante para la vida de su clase: el económico. No como si por ello estuviese a su servicio. No es en este punto Marcel Proust quien habla, sino que habla la dureza de la obra, habla la intransigencia del hombre que va por delante de su clase. Lo que lleva a cabo, lo lleva a cabo como su maestro. Y mucho de la grandeza de esta obra seguirá siendo inexplorado, quedará sin descubrir, hasta que en la lucha final esa clase haya dado a conocer sus rasgos más pronunciados.


III

En el siglo pasado había en Grenoble —no sé si existe todavía— un local llamado Au temps perdu. También en Proust somos huéspedes, que atravesamos, bajo un letrero oscilante, un umbral tras el cual nos esperan la eternidad y la ebriedad. Con razón ha distinguido Fernández en Proust un tema de la eternidad de un tema del tiempo. Desde luego que esa eternidad no es nada platónica, nada utópica: es embriagadora. Por tanto, si "el tiempo le descubre, a cada uno que ahonda en su decurso, una índole nueva, desconocida hasta entonces, de eternidad", no es que cada uno se acerque por eso a "los nobles paisajes, que un Platón o un Spinoza alcanzaran con un golpe de alas". No; porque en Proust hay rudimentos de un idealismo perenne. Pero hacer de ellos base de una interpretación —y el que más groseramente lo ha hecho es Benoist-Méchin— es un desacierto. La eternidad de la que Proust abre aspectos no es el tiempo ilimitado, sino el tiempo entrecruzado. Su verdadera participación lo es respecto de un decurso temporal en su figura más real, que está entrecruzada en el espacio, y que no tiene mejor sitio que dentro, en el recuerdo, y afuera, en la edad. Seguir el contrapunto de edad y recuerdo significa penetrar en el corazón del mundo proustiano, en el universo de lo entrecruzado. Es el mundo en estado de semejanza y en él dominan las "correspondencias", que en primer lugar captó el romanticismo y más íntimamente Baudelaire, aunque ha sido Proust el único capaz de ponerlas de manifiesto en nuestra vida vivida. Esta es la obra de la mémoire involontaire, de la fuerza rejuvenecedora a la altura de la edad implacable. Donde lo que ha sido se refleja en el "instante" fresco como el rocío, se acumula también, irreteniblemente, un doloroso choque de rejuvenecimiento. Así, la dirección de los Guermantes se entrecruza para Proust con la dirección de Swann, ya que (en el volumen decimotercero) ronda una última vez los parajes de Combray y descubre que los caminos se entrecruzan. Al instante como con el viento cambia el paisaje. "Ah que le monde est grand à la clarté des lampes, aux yeux du souvenir que le monde est petit." Proust ha conseguido algo enorme: dejar que en un instante envejezca el mundo entero la edad de la vida de un hombre. Pero precisamente esa concentración, en la cual se consume como en un relámpago lo que de otro modo sólo se mustiaría y aletargaría, es lo que llamamos rejuvenecimiento. A la Recherche du Temps Perdu es un intento ininterrumpido de dar a toda una vida el peso de la suma presencia de espíritu. El procedimiento de Proust no es la reflexión, sino la presentización. Está penetrado por la verdad de que ninguno de nosotros tiene tiempo para vivir los dramas de la existencia que le están determinados. Y eso es lo que nos hace envejecer. No otra cosa. Las arrugas y bolsas en el rostro son grandes pasiones que se registran en él, vicios, conocimientos que nos visitaron, cuando nosotros, los señores, no estábamos en casa. Difícilmente ha habido en la literatura occidental, desde los Ejercicios Espirituales de Loyola, un intento más radical de autoinmersión. Esta tiene en su centro una soledad que arrastra al mundo en sus torbellinos con la fuerza del Maelström. Y el parloteo más que ruidoso, huero de todo concepto, que brama hacia nosotros desde las novelas de Proust, no es más que el ruido con el que la sociedad se hunde en el abismo de esa soledad. Este es el lugar de las invectivas de Proust contra la amistad. La calma en el fondo de este vórtice —sus ojos son los más quietos y absorbentes— debe ser preservada. Lo que en tantas anécdotas se manifiesta irritante y caprichosamente es que la intensidad sin ejemplo de la conversación va unida a una insuperable lejanía de aquel con quien se habla. Jamás ha habido alguien que pudiera mostrarnos las cosas como él. El dedo con el que señala no tiene igual. Pero en la compañía amistosa, en la conversación se da otro gesto: el contacto. Dicho gesto a nadie le es más ajeno que a Proust. No es capaz de tocar a su lector y no lo es por nada del mundo. Si se quisiera ordenar la creación literaria según esos dos polos, el que señala y el que toca, el centro del primero sería la obra de Proust y el del segundo la de Péguy. En el fondo se trata de lo que Fernández ha captado de manera excelente: "La hondura o, mejor, la penetración está siempre de su lado, no del lado de aquel con quien habla." En su crítica literaria aparece esto con virtuosismo y con un ramalazo de cinismo. Su documento más importante es un ensayo que surgió a la gran altura de su fama y en la miseria del lecho de muerte: A propos de Baudelaire. En acuerdo jesuítico con su propio padecimiento, sin medida en la cotorrería del que reposa, aterrador en la indiferencia de quien está consagrado a la muerte y quiere hablar de lo que sea. Lo que le inspiró frente a la muerte, le determina en el trato con sus contemporáneos: una alternancia dura, a modo de golpe entre el sarcasmo y la ternura, la ternura y el sarcasmo. Bajo ella amenaza su objeto quebrarse por agotamiento. Lo perturbador, lo versátil del hombre, concierne también al lector de las obras. Ya es bastante pensar en la cadena imprevisible de los "soit que", los que muestran una acción de manera exhaustiva, deprimente, a la luz los innumerables motivos que hubiesen podido servirles de base. Y, desde luego, es en esta fuga paratáctica donde aparece lo que en Proust es a una genio y debilidad: la renuncia intelectual, el escepticismo bien probado que oponía a las cosas. Llegó después de las suficientes interioridades románticas y, como dice Jacques Rivière, estaba resuelto a no otorgar la fe más mínima a las "sirènes intérieures". "Proust se acerca a la vivencia sin el más leve interés metafísico, sin la más leve proclividad constructivista, sin la más leve inclinación al consuelo." Nada es más verdad. Y así es también la figura fundamental de esta obra, de la cual Proust no se cansó nunca de afirmar nada menos que la construcción de un plan completo. Pero la plenitud de un plan es como el curso de las líneas de nuestras manos o como la disposición de los estambres en el cáliz. Proust, niño viejo, se recuesta, profundamente cansado, en los senos de la Naturaleza no para mamar de ella, sino para soñar junto a los latidos de su corazón. Así de débil hay que verle. Jacques Rivière ha acertado al entenderle por su debilidad, cuando dice: "Marcel Proust ha muerto de la misma inexperiencia que le ha permitido escribir su obra. Ha muerto por ser extraño al mundo y porque no supo modificar las condiciones de su vida que terminaron por destruirle. Ha muerto por no saber cómo se enciende el fuego, cómo se abre una ventana." Y desde luego a causa de su asma nerviosa. Frente a esta dolencia los médicos son impotentes. No así el creador literario que la ha puesto planificadoramente a su servicio. Proust era, para comenzar por lo más externo, un consumado director de escena de su enfermedad. A lo largo de meses une con ironía destructora la imagen de un admirador, que le había enviado flores, con el insoportable perfume de éstas. Con los tempi de flujo y reflujo de su dolencia alarma a sus amigos, que temen y desean el instante en que el novelista aparece de pronto, muy entrada la medianoche, en el salón, roto de fatiga y anunciando que es sólo por unos minutos, aunque luego se quede hasta el albor de la mañana, demasiado cansado para levantarse, demasiado cansado para interrumpir su charla. Incluso escribiendo cartas no pone fin a ganarle a su mal los efectos más remotos. "E1 ruido de mi respiración se oye por encima del de mi pluma y del de una bañera que han dejado correr en el piso de abajo." Pero no es solamente esto. Tampoco es que la enfermedad le arrancase a la existencia mundana. Ese asma ha penetrado en su arte, si no es su arte quien lo ha creado. Su sintaxis imita rítmicamente, paso a paso, su miedo a la asfixia. Y su reflexión irónica, filosófica, didáctica, es todas las veces una respiración con la que su corazón se descarga de la pesadilla del recuerdo. Pero en mayor medida la muerte, que tiene incansablemente presente, sobre todo cuando escribe, es la crisis que amenaza, que ahoga, Mucho antes de que su padecimiento adoptase formas críticas, estaba ya frente a Proust. No desde luego como extravagancia hipocondríaca, sino en cuanto "realité nouvelle", en cuanto esa realidad nueva, desde la cual la reflexión sobre hombres y cosas es rasgo de envejecimiento. Un conocimiento fisiológico del estilo conduciría a lo más íntimo de esta creación. Nadie que conozca la tenacidad especial con la que se guardan recuerdos en el olfato (de ningún modo olores en los recuerdos) declarará que la sensibilidad de Proust para los olores es una casualidad. Cierto que la mayoría de los recuerdos que buscamos se nos aparecen como imágenes de rostros. Y en buena parte las figuras que ascienden libremente de la mémoire involontaire son imágenes de rostros aisladas, presentes sólo enigmáticamente. Por eso, para entregarse con conciencia a la vibración más íntima en esta obra literaria, hay que transponerse a un estrato especial y muy hondo de su rememorar nada caprichoso: a los momentos del recuerdo, que no ya como imágenes, sino sin imagen, sin forma, indeterminados e importantes, nos dan noticias de un todo igual que el peso de la red se la da al pescador respecto de su pesca. El olfato es el sentido para el peso de quien arroja sus redes en el mar del temps perdu. Y sus frases son el juego muscular del cuerpo inteligible; contienen el indecible esfuerzo por alzar esa pesca. Por lo demás: la intimidad de la simbiosis de esa creación determinada y de ese determinado padecimiento se muestra muy claramente en que jamás en Proust irrumpe el heroico "sin embargo" con el que los hombres creadores se alzan contra su sufrimiento. Por ello podemos decir (desde el otro lado): sobre otra base, y no sobre una dolencia tan honda e ininterrumpida, la complicidad de existencia y curso del mundo, tan profunda como se dio en Proust, hubiese tenido que conducir infaliblemente a un contentarse con lo común y perezoso. Pero su dolencia estaba determinada a dejarse señalar, por un furor sin deseos ni remordimientos, su sitio en el proceso de la gran obra. Por segunda vez se alzó un andamiaje como el de Miguel Angel, en el que el artista, la cabeza sobre la nuca, pintaba la creación en el techo de la Sixtina: el lecho de enfermo en el que Marcel Proust dedicaba a la creación de su microcosmos las hojas incontadas que cubría como en el viento con su escritura.


25 de jul. de 2010

Juan José Saer - Madame Madeleine

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Esta señora, que vive en París desde el final de la Segunda Guerra, es en realidad normanda. Se casó con un ingeniero, especialista en telecomunicaciones, en 1950, y tres años más tarde nació su única hija, Muriel.

En 1961, una avioneta del ministerio de Comunicaciones se estrelló en los Pirineos y el piloto y los cuatro pasajeros, todos técnicos de la compañía pública de teléfonos, murieron en el accidente. El marido de madame Madeleine era uno de ellos, pero al morir dejó un seguro importante, una pensión confortable y un interesante patrimonio inmobiliario, lo que le permitió a madame Madeleine encarar con cierta tranquilidad la larga viudez que comenzaba. Había sido feliz con su marido, de modo que la posibilidad de un nuevo casamiento ni siquiera la rozaba. Ningún hombre hubiese podido substituir a su marido según ella pero, por sobre todo, no lo consideraba necesario. La evocación agradecida y melancólica del ingeniero y la educación de su hija ocupaban enteramente las horas de su viudez.

Muriel creció, atractiva y vivaz; era una adolescente un poco turbulenta en la que los tiempos que cambiaban parecían tener una influencia mayor que el departamento burgués en el que vivía con la viuda atildada y respetable que la había traído al mundo, pero a pesar de sus diferencias las relaciones entre la madre y la hija eran, no únicamente buenas, sino también afectuosas y sinceras. Se comprendían a medias, pero tenían confianza una en la otra. La soledad y el buen pasar, la inactividad sin apremios, volvían conformista a la madre, en tanto que la muchacha parecía haber heredado algo del alma aventurera del ingeniero, que creía en la mecánica ondulatoria como otros en las letras de un libro mágico, y estaba convencido de que con su aplicación práctica el mal —la incomunicación— sería aniquilado. En 1968 Muriel, que tenía quince años, se mezcló con la muchedumbre de jóvenes que, en las calles del Barrio Latino, salían en las mañanas de mayo a cambiar la vida. Y aunque en los años que siguieron esa esperanza juvenil se disipó, Muriel se inscribió en la Facultad de Medicina movida por una especie de obsesión humanitaria.

Madame Madeleine, que no ignoraba esa obsesión, no se sintió del todo descontenta con la elección, pensando que la carrera era respetable, y que con la madurez un uso más convencional del diploma terminaría por imponerse a su hija, pero en realidad, con el tiempo, las cosas empeoraron. El pionero que la había engendrado una mañana de la que todavía, casi un cuarto de siglo más tarde, madame Madeleine guardaba fresco el recuerdo, hervía decidido y enérgico en las venas de la muchacha, y apenas tuvo su diploma Muriel se inscribió en una de esas organizaciones de médicos que, desde las naciones ricas que contribuyeron a despojarlos, mandan misiones sanitarias a los países pobres.

Las relaciones entre las dos mujeres se degradaron. Los mismos rasgos de carácter que la habían seducido en el padre, le resultaban a madame Madeleine insoportables en la hija. Y, como sucede en ese tipo de rencillas familiares, de lo más banales por otra parte, por orgullo u obstinación, las posiciones, discretamente opuestas al principio, a medida que iba pasando el tiempo se radicalizaban. Casi de un modo sistemático, y aunque no había ninguna deliberación en ellas, sus opiniones eran siempre contradictorias. Mientras Muriel se abría al mundo, su madre se cerraba. A la hija, el confort europeo le resultaba moralmente abominable, un simulacro de civilización, y era en las aldeas perdidas de África, del Lejano Oriente o de América latina donde según ella se manifestaba la realidad de la vida. Para la madre, por el contrario, en lo exterior del círculo claro de valores burgueses en cuya zona, cada día más, se atrincheraba, reptaban sombras confusas, tan poco humanas en apariencia que era difícil identificarse con ellas, y que le parecían incomprensibles y amenazadoras. Un desdén por lo extranjero, lo lejano, la inducía a arroparse en una especie de culto por lo local, por las formas de vida que practicaban los que se le asemejaban en su aspecto físico, en sus costumbres, en su vestimenta, en las cosas que comían, en la decoración de sus casas, etcétera. Y para la hija, en una obcecación antitética, la pobreza, la piel oscura, la intemperie, eran prueba suficiente de integridad y de inocencia.

Durante los dos o tres primeros años de las actividades de Muriel, las dos mujeres sufrían y rabiaban, hasta que un día en el que la hija vino a anunciarle su casamiento, la ruptura se produjo. No había habido ninguna provocación, consciente por lo menos, en la elección del marido, pero lo cierto es que era árabe, argelino para ser más exactos, o sea, para la madre, que revive viejas conversaciones políticas con el ingeniero, originario de las filas del enemigo. A decir verdad, aunque su tipo árabe era pronunciado hasta la caricatura, lo realmente molesto era su adaptación casi demasiado perfecta al modo de vida francés, del que imitaba hasta los tics más superfluos y llamativos. Era médico como Muriel, pero sus ideas sobre la profesión eran más afines con las de la madre que con las de la hija, y había instalado su consultorio en un barrio bastante burgués de la Rive Gauche.

Todo eso madame Madeleine lo supo un año después del casamiento, cuando, al cabo de cierto tiempo de vivir distanciados, él viejo afecto terminó prevaleciendo y tuvo lugar la reconciliación. Un domingo, la hija y el yerno vinieron a almorzar a la casa materna. Muriel se mostró afectuosa y contenta con el reencuentro, y su marido le pareció a madame Madeleine educado, discreto y lleno de consideración hacia su persona. Pero su aspecto tan típicamente árabe la incomodaba. Hubiese querido presentárselo a sus amigas, pero más de una vez había coincidido con ellas en lo desagradable que eran los rasgos exteriores de esa raza y de ese pueblo que tantos conflictos había motivado a su propio país. A causa quizás de su mimetismo con todo lo que fuese francés, Ahmed la fascinaba y la repelía a la vez. Aunque cualquiera que fuese el tema de discusión él estaba siempre más cerca de sus posiciones que de las de Muriel, madame Madeleine hubiese preferido tenerlo como antagonista y no como aliado. Y si bien no tenía nada concreto que reprocharle, no podía reprimir en su interior, aunque hacía muchos esfuerzos para disimularlo, el inextinguible reproche de haberse casado con su hija, de haber traído lo extranjero al interior mismo de la fortaleza en la que, al igual que tantos otros semejantes a ella, se había retirado. Y al cabo de algunos meses de almuerzos dominicales íntimos y un poco aburridos, Muriel le anunció que estaba embarazada.

Cuando el niño nació, el parecido con su padre le resultó a madame Madeleine casi humillante: ni un solo rasgo normando se había intercalado en la criatura para atenuar la ortodoxia semítica de su aspecto físico. Muriel quería darle un nombre africano, pero Ahmed insistió y obtuvo Claude, por Claude Bernard, como homenaje al creador de la medicina experimental, lo que no dejó de sugerir a la abuela que ese nombre era un anacronismo si se tenía en cuenta al ser que designaba, y que tal vez hubiese sido preferible que un nombre más adecuado a su aspecto exterior lo nombrara. Esas reflexiones eran fugaces, atenuadas, más parecidas a sensaciones vagas que a pensamientos, y una especie de estoicismo la inducía a ocultarlas, de modo que su reticencia se parecía menos al reproche que a la tristeza, y la hija y el yerno la ignoraban, aunque las relaciones, sobre todo con Muriel, eran a la vez cordiales y distantes. Madame Madeleine se sentía tironeada entre su familia y sus amistades, sin decidirse a romper con ninguna de las dos. A veces, cuando estaban demasiado ocupados, la hija y el yerno le dejaban al nieto un día entero, y ella lo cuidaba, le compraba juguetes, le daba de comer, y aunque no lo desquería, tampoco sentía un afecto particular por ese extranjero diminuto, de piel oscura, labios protuberantes y pelo enrulado que, a parte de sus padres y de ella, no tenía a nadie más en el mundo.

Una vez, como tenían que asistir a un congreso, Muriel y su marido se lo dejaron por un fin de semana, y aunque únicamente habían ido en auto hasta Avignon, nunca más volvieron a buscarlo: un accidente en la autopista los mató a los dos, y la muerte de Muriel, si se piensa en la del ingeniero, podría darle la razón a los que piensan que también las muertes por accidente pueden ser hereditarias (después de todo, también existen los que afirman haber descubierto los genes del suicidio). Lo cierto es que cuando terminó de llorar a los padres, y madame Madeleine quedó sola con su nieto, el dolor empezó a disiparse al paso del presente que afloraba con su curiosa realidad. El chico, que tenía dos años y medio, parecía ignorar la muerte de los padres, y se aferraba al cuerpo caliente y blando de la abuela. Madame Madelaine sabía que nunca lo abandonaría, y que a pesar de haber rechazado siempre, sin saber por qué, lo extranjero, por una ironía del destino debería resignarse a admitir que, a causa del cuerpecito oscuro que se pegaba obstinadamente al suyo, de ahora en adelante lo extranjero, lo exterior, era ella la que lo encarnaba.

24 de jul. de 2010

Juan Carlos Onetti - Convalescencia

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Casi en el mediodía, el hombre me rociaba de arena, empujando con el pie desnudo. Me volvía, medio dormida, desperezándome a la sombra de la cara inclinada y sonriente. El hombre cambiaba o alteraba un poco, con frecuencia, sus mallas de baño. Pero la aguda cara permanecía igual e incomprensible, sonriéndome. La cara recordaba con intensidad a un animal conocido. Y, al mismo tiempo, siguiendo sin esfuerzo las líneas del rostro había allí una expresión de inteligencia humana y maliciosa.

Sólo a fines de abril, lejos, en un otoño destemplado, pude comprender cuán semejante era la cara a la de un fauno pequeño y jovial.

Extendida en la hondonada llena de hierbas, no podía divisar los extremos del hotel y las rocas. La playa se reducía a un triángulo cuyas puntas se clavaban con firmeza en el horizonte.

Una mañana el mar era azul, grave, alzando repentinas olas contra la arena. Las tres muchachas iban paseando por la orilla, despacio. Sólo me llegaban las risas, sin concierto, menudas risas líquidas, con la misma música que hacían las aguas al amanecer, en la lejana punta rocosa.

Nada más que a una hora, en el alba, podía escucharse la música. Desde cualquier punto en que me colocara, la sentía acercarse oblicuamente, nerviosa, con el mismo andar soslayado de los caballos de raza que paseaban por la arena en el alba.

Los colores de las mallas de las tres muchachas aparecían, en el sol enfurecido, fríos y extraños. Azul oscuro las de los dos extremos, pantalones azules y camisilla blanca vestía la más alta, que iba a largos pasos entre las amigas, desprendiéndose un trecho, alcanzada en seguida.

Hubiera querido vestir a las muchachas con naranjas y amarillos, rojos violentos. Pero luego descubrí que los graves azules de las mallas y la blancura de la camisilla se correspondían con el mar, en una réplica amistosa que sólo muchachas en la mañana podían dar. Las vi, al regreso, pasear por la orilla de diminuta y mansa ola, con el sonido de las risas, manchas de agua y de luz en los pies descalzos, que empujaban e iban formando con los colores de sus trajes.

Desde la carpa del club alemán, próxima e invisible, llegó una voz masculina. Arrulló, alegre y misteriosa, una risa de mujer. Y en seguida entre carcajadas:

—¡No miréis donde el sol no miró!...

Podía imaginarme sola hasta las diez. Por el camino retorcido entre tamarices se acercaban pasos y una voz sajona. Desembocaban a mi derecha y tomaban posesión de su pedazo de playa, clavando una enorme sombrilla de colores. El hombre era rubio o canoso, atlético, con una risa que quería decir: “Lindo, a la mañana, en la playa, el aire y el sol, ¿eh?”. Su risa terminaba siempre en pregunta, levemente. La mujer no contestaba. Desnudaba al niño y le azuzaba después para que la persiguiera, gateando. Llevaba pantalones cortos, blancos sobre la malla, y anteojos oscuros. Avanzaba en línea recta hacia el mar, las manos en la espalda. Era visible su fe en el alma del agua. Avanzaba, siempre recta, hasta la orilla para saludar el mar y tributarle alguna cosa.

Una vez el hombre llamó a la mujer de pantalones blancos: “Tuca”. Era cercano el mediodía y las gaviotas, al sonar el nombre, iniciaron el vuelo de reconocimiento, chillando sobre el pedazo desierto de playa.

Cuando llegaba el momento de tostarme la espalda, buscaba despedirme de la playa con una rápida mirada. Una nueva y poderosa sabiduría mandaba ahora en mi cuerpo y era forzosa la obediencia. Quedaba con la cara escondida entre los codos, pasando en seguida al mundo de los filosos pastos amarillos y las hormigas. Pero nunca pude comprender la actividad de los insectos, sus carreras indecisas, eternamente buscando. Les sonreía, soplando unos pocos granos de arena para cubrirlos y verlos resucitar, a la tercera tentativa, de entre los muertos.

Atrás y arriba mío el mar resoplaba, más fuerte entonces, balanceando y hundiendo las insignificantes voces humanas que buscaban reconstruir para mí la playa perdida. Y, cuando no era posible soportar el sol en los hombros y en los riñones, una sombra venía de cualquier parte.

—¿Dormía?

Yo levantaba entonces la mejilla arenosa para saludar. Todas las tardes, al anochecer había olvidado la cara del vecino de playa. Ahora, en la mañana, volvía a conocerla. La risa, alargándole los ojos, prometía revelar la clave del rostro, el signo que permitiría recordarlo siempre.

—¿Cómo se siente hoy?

Yo me sentía siempre bien, aunque un poco menos cuando él se acercaba. Lo veía como a un mensajero de mil cosas que me molestaba recordar. Llegaba siempre el momento en que, estirado, apoyado el cuerpo en los codos, el hombre sonreía a su propio pie en movimiento y murmuraba:

—¿Sabe lo que me dice en la carta de hoy?

—¿Eduardo? ¡Una carta por día! A veces pienso que usted las inventa.

—Si quiere verlas... De lejos, claro. No todo es hablar de usted.

—No. Ni de lejos. ¿Pero no es posible que entienda lo que significa no tener relación con nadie? Hombre o mujer, en ninguna parte del mundo. No hay nada más que la playa y yo.

—Gracias.

—Bah. Usted no existe, como individuo. Está en la playa simplemente.

—Bueno. ¿No piensa escribirle más?

—No puedo. Mire: soy feliz. ¿Qué puedo decirle a Eduardo?

El hacía una mueca de burla y se callaba. Antes de irse, insistía:

—Claro que Eduardo es inteligente y puede comprenderlo. Pero usted ya está bien. Tendrá que volverse. Si se fabrica complicaciones por adelantado...

Lo despedía moviendo la mano y volvía a echarme.

Recién una mañana en que la sombrilla de colores fue clavada más temprano, pude conocer el secreto de la mujer de los pantaloncitos blancos. Caminaba hacia el mar, como siempre, con las manos unidas en la espalda. Segura de la soledad en aquella hora, se hizo traición: la vi ofrecer al mar las piernas, el movimiento de las piernas en marcha. En cuatro patas, el niño se había detenido y contemplaba inmóvil, con un pequeño y confuso espanto, los pasos de su madre. Comprendí la calidad marina de aquellos pasos, un poco entrecortados, repentinamente veloces, con la marcha disparada de los crustáceos. Suspendidos, en suaves movimientos donde participaba la totalidad de las piernas, como curvas de peces en luz. Acariciando con calma el aire, hasta no ser más que un puro contacto. Y en seguida el mar rodeaba las piernas, trepando, y era allí donde se quebraba con más fuerza, con un ronquido de bestia que reconoce después de olfatear.

Recuerdo que tuve desde entonces un gran cariño por la marcha de aquellas piernas flacas.

Había presentido, anteriormente, aquella libertad, el sentimiento de libertad que me llenaba la playa en las mañanas iluminadas.

Era como si alguno, diestramente, aflojara todas mis ligaduras. Me sentía instalada en un tiempo remoto, segura en mi tierra despoblada, antes de la tribu y los primeros dioses.

Una embarcación pasaba entre la isla y el horizonte. Oía a un pájaro picotear la madera de un árbol. Aquella mañana, la última, me dijo el hombre:

—Hola. Estaba dormida, ¿eh? Bien, distinguida y apreciada señorita... Sucede que... La carta de hoy.. Ultimátum, damisela. Inaplazable. Se le da plazo para telefonear hasta la una. Puede hacer lo que quiera. ¿Se fijó en las nubes a la izquierda? Tormenta. Lo dice un viejo lobo de mar. Le debe quedar una media hora de plazo. Estoy seguro de que se va a arrepentir. De todos modos, ya está curada. Día más o menos, tendrá que volver. ¿Entonces? Ya relampaguea del lado del hotel. No le conviene resfriarse.

Se levantó riendo, mirando las nubes que se acercaban. Antes de irse volvió a sonreírme. En la cara, entonces, no tuvo más que una expresión de burla mezquina, un desprecio agresivo. Estaba segura de que iba a telefonear a Eduardo.

Me levanté un poco después, envolviéndome en la bata. Recuerdo haber mirado el cielo oscurecido y, en seguida, la playa. Mi mirada fue sostenida y devuelta por el mar, la orilla húmeda y lisa, la mujer de los pantalones blancos, el niño, los pastos humildes y alargados. Todo aquello, tan antiguo y tercamente puro, todo aquello que me había alimentado con su sustancia, día tras día.

Mientras esperaba la comunicación en la cabina del teléfono, ya en el hotel, oía el ruido de los truenos y los primeros golpes de agua en las vidrieras. La voz de Eduardo empezó a repetir, lejana: “Hola, hola... ¿Quién? Hola...”. Detrás de la voz, más allá del rostro que la voz formaba, imaginé percibir el zumbido de la ciudad, el pasado, la pasión, el absurdo de la vida del hombre.

Desde el coche, yendo a la estación, derrumbada entre maletas, busqué el pedazo de playa donde había vivido. La arena, los colores amigos, la dicha, todo estaba hundido bajo un agua sucia y espumante. Recuerdo haber tenido la sensación de que mi rostro envejecía rápidamente, mientras, sordo y cauteloso, el dolor de la enfermedad volvía a morderme el cuerpo.

23 de jul. de 2010

Ezra Pound - Francesca

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Saliste de la noche
y había flores en tus manos;
ahora surgirás de una confusa muchedumbre,
de un tumulto de rumores en torno a ti.


Yo que te vi entre las cosas primordiales,
me enfurecía al oír que te nombraban
en sitios ordinarios.
Hubiera querido que las olas frías inundaran mi espíritu
y el mundo se secara como una hoja muerta
o una vaina de amargón, y lo barrieran lejos,
para hallarte de nuevo
sola.




En Ezra Pound, Cantares y otros poema
Buenos Aires, CEAL, 1988


Selección y traducción: Gerardo Gambolini
Prólogo de Jorge Frondebider

22 de jul. de 2010

Franz Kafka - Cuadernos en octava: Tercer cuaderno

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18 de octubre de 1917. Miedo de la noche. Miedo en la no-noche.

19 de octubre. La insensatez (palabra demasiado fuerte) de distinguir lo que es nuestro y lo que es del adversario en las luchas espirituales.

Toda ciencia es metodología respecto de lo absoluto. Por lo que no es dado temer a lo unívocamente metodológico. No es más que una cáscara, un ropaje, pero no más que cualquier otro, salvo aquella sola.

Todos nosotros libramos una lucha. (Cuando, acometido por el último desafío, tiendo la mano atrás para empuñar un arma, no puedo evidentemente elegir entre varias, y si pudiera debería tomar una "ajena", dado que todos nosotros tenemos un solo depósito de armas.) No puedo librar una lucha personal. Si, de vez en cuando, me creo independiente y no percibo a nadie cerca, muy pronto descubriré que, dada la situación general, no captada enseguida por mí o directamente imperceptible por mí, debía ocupar precisamente ese lugar. Lo que no excluye, naturalmente, que existen correos, retaguardias, francotiradores y todas las otras gamas y características del arte de la guerra, pero no hay nadie que guerree por cuenta propia... ¿(Humillación) de la vanidad? Sí, pero también necesario y verdadero estímulo.

Hay que recobrar el aliento cada vez que se sale de un tanque de vanidad o de autocomplacencia. La orgía constituida por la lectura de mi cuento publicado en Der Jude*. Como una ardilla enjaulada. Felicidad por el movimiento, desesperación por la estrechez, locura de la perseverancia, sensación de desolación frente a la calma exterior. Todo ello alternativa o simultáneamente, aun en el lodo del fin.

Una soleada franja de felicidad.

Debilidad de la memoria respecto de los detalles y la estructura del propio concepto del mundo: pésima señal. Solamente fragmentos de un todo. ¿Cómo quieres siquiera rozar tu deber supremo, cómo quieres siquiera intuir la proximidad, siquiera soñar la existencia, siquiera invocar el sueño, siquiera aprender las letras que componen la invocación, si no estás en condiciones de concentrarte hasta el punto que, cuando sea el momento decisivo, puedas apretar tu todo en la mano como se aprieta una piedra para arrojarla, un cuchillo para matar? Por otra parte: no hace falta escupirse en las manos antes de unirlas en plegaria.

¿Es posible pensar una cosa desconsolada? O mejor, ¿una cosa tan desconsolada que no tenga siquiera soplo de consuelo? Una escapatoria sería considerar como consuelo el conocer por sí mismo. Podría pensarse, por ejemplo: debes abolir-te, y mantenerse moralmente en pie sin falsear la realidad de tal descubrimiento, sostenido por la conciencia de haberse dado cuenta. Lo que significa verdaderamente arrancarse de la ciénaga tirando del propio pelo. Pero lo que es ridículo en el mundo físico, es posible en el espiritual. En él no rige la ley de gravedad (los ángeles no vuelan, no abolieron ninguna gravedad, somos nosotros, observadores de este mundo terreno, que no sabemos expresarnos mejor), cosa que para nosotros, desde luego es inimaginable, o lo es sólo en un grado más elevado. Qué mísero es el conocimiento que tengo de mi habitación. (Ñocha.) ¿Por qué? No existe una observación del mundo exterior. La psicología descriptiva, por lo menos, se incluye con toda probabilidad en el campo del antropomorfismo, y del mundo interior apenas toca los límites. El mundo interior se puede vivir nada más, no describir. -La psicología es la descripción del reflejo del mundo terreno en la superficie celeste, o mejor: la descripción de un reflejo, como nos lo imaginamos nosotros, criaturas impregnadas de tierra, porque en realidad no hay ningún reflejo, somos nosotros únicamente quienes vemos tierra hacia donde miremos.

La desgracia de Don Quijote no es su fantasía, es Sancho Panza.

Nosotros, vistos con nuestros ojos sucios de tierra, nos encontramos en la situación de un grupo de viajeros en ferrocarril que han sufrido un accidente en un túnel, precisamente en un punto donde no se ve ya la luz de la entrada, y en cuanto a la de la salida, parece tan minúscula que la vista ha de buscarla continuamente y perderla continuamente, mientras no se tiene siquiera la seguridad de si se trata del principio o del fin del túnel. Entre tanto, en torno de nosotros, en el desorden de nuestros sentidos o en su hipersensibilidad, se da una multitud de monstruos y una especie de juego caleidoscópico fascinante o fatigante, según el humor y las heridas de cada uno.

¿Qué debo hacer? o bien: ¿Por qué debo hacerlo?, no son preguntas que se mediten allí dentro.

Muchas sombras de difuntos no hacen más que lamer las ondas del río de los muertos, porque llega de nuestro mundo y conserva el gusto salobre de nuestros mares. Entonces, el río, detenido por el asco, se pone a correr hacia atrás y empuja a los muertos de vuelta a la vida. Pero ellos están felices, cantan himnos de agradecimiento y acarician las aguas trastornadas.

A partir de cierto punto, en adelante no hay regreso. Es el punto que hay que alcanzar.

El momento decisivo de la evolución humana está siempre en transcurso. Por eso tienen razón aquellos movimientos espirituales revolucionarios que declaran insignificante todo lo anterior, ya que, efectivamente, no ha sucedido nada todavía.



* En la revista mensual Der Jude, dirigida por Martin Buber, apareció en octubre de 1917 el cuento de Kafka "Chacales y árabes".