29 de may. de 2010

Richard Dawkins - Conozca a mi primo, el chimpancé*

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La mayoría de las personas tienen la certeza que los humanos son más importantes que los simios. Pero esa presunción tiene que ver más con una doble creación de estándares que con la biología.

Señor, usted está pidiendo dinero para salvar los gorilas. Muy loable sin duda. Pero no parece habérsele ocurrido que hay miles de bebes humanos sufriendo en el mismo continente, el africano. Habrá tiempo suficiente para preocuparnos de los gorilas cuando hayamos cuidado hasta el último de esos niños. ¡Escojamos las prioridades correctas por favor!

Esta carta hipotética podría haber sido escrita prácticamente por cualquier persona bien intencionada hoy en día. Al satirizarla, no quiero decir que no sería una buena idea dar a los niños la prioridad que espero que tengan, y también sería una buena idea hacerlo de otra manera. Solo estoy intentando mostrar la naturaleza irracional y automática de la doble creación de estándares para las especies. Para muchas personas es simplemente evidente por sí mismo que los humanos somos merecedores de un trato especial.

Para volver esto más evidente, considere la siguiente variación de la misma carta:

Señor, usted está pidiendo dinero para salvar los gorilas. Muy loable sin duda. Pero no parece habérsele ocurrido que hay miles de puercos hormigueros sufriendo en el mismo continente, el africano. Habrá tiempo suficiente para preocuparnos de los gorilas cuando hayamos cuidado hasta el último de esos puercos hormigueros. Escojamos las prioridades correctas por favor!

Esta segunda carta no evitará que se haga la pregunta: "¿Qué hay tan especial en los cerdos hormigueros?" Una buena pregunta, que exigirá una respuesta satisfactoria antes de tomarnos la carta en serio. Aún así, sugiero, que la primera carta no haría a la mayoría de las personas a hacerse la pregunta equivalente: "¿Qué hay de especial con los humanos?" Como decía, no niego que esta pregunta, a diferencia de la de los cerdos hormigueros, tuviese una respuesta poderosa. Solo estoy criticando la suposición no pensada de que en el caso de los humanos la pregunta no ha surgido.

La presunción especiecista que se aprecia aquí es muy simple. Los humanos son humanos y los gorilas son animales. Se ha abierto un abismo indiscutiblemente tan grande entre ellos que la vida de un único bebe humano vale más que la vida de todos los gorilas del mundo. El valor de la vida de un animal es apenas el costo de sustitución de substitución para su propietario -o en el caso de una especie rara, para la humanidad-. Pero coloque el mismo rótulo de Homo sapiens a un minúsculo pedazo, insensible de tejido embrionario, y su vida súbitamente salta a un valor infinitamente incalculable.

Esa manera de pensar caracteriza lo que quiero denominar mente discontinua. Todos concordaríamos que una mujer de 1,83 m de altura es alta, y que una mujer de 1,52 no. Palabras como "alta" y "baja" nos tienden a forzar el mundo en clases cualitativas, pero eso no significa que el mundo realmente está distribuido discontinuamente. Si usted me diese una mujer de 1,75 m de altura y se me pidiese decidir si ella debería ser llamada alta o no, yo encogería los hombros y diría: "si ella tiene 1,75 m eso ya no te dice lo que necesitas saber?" Pero una mente discontinua, para caricaturizar un poco, iría al tribunal (probablemente a un costo muy alto) para decidir si la mujer es alta o baja. De hecho, casi no es necesario decir caricatura. Por muchos años, los tribunales de África del sur han tenido un duro trabajo juzgando si individuos en particular, de ascendencia mixta, deben considerarse como blancos, negros o morenos.

La mente discontinua está en todas partes. Esta es especialmente influyente cuando concierne a los abogados y los religiosos (todos los jueces no solamente son abogados, también lo son una gran proporción de los políticos, y todos los políticos tienen que conquistar los votos de los religiosos). Recientemente, después de dar una conferencia pública, fui cuestionado por un abogado en la audiencia. El dirigió todo el peso de argucia legal confrontando un punto interesante de la evolución. Si la especie A evolucionó hasta la especie posterior B, él argumentó, debe haber un punto en que la madre pertenece a la especie A y el hijo pertenece a la nueva especie B. Los miembros de especies diferentes no se pueden cruzar. Entonces te propongo, prosiguió él, que un hijo difícilmente sería tan diferente de sus padres al punto de no poderse cruzar con los de su especie. Así, él concluyó triunfalmente, eso no es una falla falta en la teoría de la evolución?


Un anillo alrededor del mundo

Somos nosotros los que dividimos los animales en especies discontinuas. De acuerdo con el punto de vista evolutivo de la vida, tienen que haber intermediarios, sin embargo, de forma conveniente para nuestros rituales de nomenclatura, ellos están generalmente extintos: generalmente más no siempre. El abogado quedaría sorprendido, y espero, intrigado por las así llamadas especies anillo.

El caso más conocido es la gaviota argentea (o gaviota plateada Larus argentatus) versus la gaviota de lomo oscuro (Larus fuscus). En la Gran Bretaña estas son especies claramente distintas, muy diferentes en color. Cualquiera puede diferenciarlas. Pero si usted sigue la población de gaviotas argenteas por el occidente alrededor del hemisferio norte hasta América del Norte, y entrando por Alaska a través de Siberia da vuelta a Europa, notará un hecho curioso. La "gaviota argentea" gradualmente se torna menos parecida a las gaviotas argenteas y se vuelve más semejante a las gaviotas de lomo oscuro.

Se descubrió que las gaviotas de lomo oscuro europeas son el otro extremo de un anillo que comenzó como gaviotas argenteas. En cada estación del largo anillo, lo pájaros son lo suficientemente semejantes a sus vecinos como para poderse cruzar con ellos, hasta que se llega al final del continuo, en Europa. En ese punto la gaviota argentea y la de lomo oscuro no se cruzan. La única cosa especial respecto a las especies anillo es que los intermediarios aún están vivos. Todas las parejas de la especies emparentadas son potencialmente especies anillo. Los intermediarios deben haber vivido algún día. Sucede que en la mayoría de los casos ahora están muertos.

La mente discontinua entrenada del abogado insiste firmemente en colocar los individuos en esta o en otra especie. Él no admite la posibilidad que un individuo puede estar en medio camino entre las dos especies, o a un décimo de camino entre la especie A y la especie B. Los partidarios autodenominados pro-vida, y otros que se dedican a debates absurdos sobre donde exactamente en su desarrollo el feto "se vuelve" humano, exhiben la misma mentalidad discontinua. Es inútil decirles a esas personas que, dependiendo de que características te interesan, un feto puede ser "medio humano" o "un centésimo humano". "Humano", para una mente discontinua, es un concepto absoluto. No puede haber término medio. Y a partir de eso esto va mal.

El término "simios" generalmente significa chimpancés, gorilas, orangutanes, gibones y siamanes (Symphalangus syndactylus). Admitimos que somos semejantes a los simios, pero raramente percibimos que somos simios. Nuestro ancestro común con los chimpancés y los gorilas es mucho más reciente que su ancestro común con los simios asiáticos - los gibones y los orangutanes. No hay una categoría natural que incluya a los chimpancés, gorilas y orangutanes y excluya a los humanos. La artificialidad de la categoría "simios", como se entiende convencionalmente para excluir a los humanos, está representada por la Figura 1. Ese árbol genealógico muestra a los humanos en medio del denso grupo de los simios.




Todos los grandes simios que han vivido, incluyéndonos, están ligados unos a otros por una corriente ininterrumpida de lazos padre-hijo. Lo mismo es cierto para todos los animales y plantas que han vivido, sin embargo, las distancias involucradas son mucho mayores. Las pruebas moleculares sugieren que nuestro ancestro común con los chimpancés vivió en África, entre cinco y siete millones de años atrás, digamos que hay medio millón de generaciones. Esto no es mucho para los estándares evolutivos.

A veces se organizan eventos en los cuales millares de personas se toman de las manos y forman una corriente humana, digamos de costa a costa de los Estados Unidos, en apoyo a alguna causa o institución de caridad. Vamos a imaginar colocar una cadena de esas a lo largo del ecuador, a lo ancho de nuestro continente natal. África. Es un tipo de cadena, involucrando padres e hijos, y tenemos que hacer algunos trucos con el tiempo para imaginarla. Usted se para a la orilla del Océano Indico en el sur de Somalia, mirando hacía el norte, y dando su mano izquierda a su madre. Pero a su vez ella le da su mano a la madre de ella, tu abuela, y así sucesivamente. La corriente sigue su camino por la playa, a través de la árida sabana en dirección occidente, hacía la frontera de Kenia

¿Qué tan largo tenemos que ir para descubrir el ancestro común nuestro con los chimpancés? Es un camino supremamente corto. Admitiendo cerca de una yarda por persona (N. del T. 1 yarda = 0,91 metros), llegamos al ancestro que compartimos con los chimpancés en menos de 300 millas (N. Del T 483 Km.). Apenas habríamos empezado a cruzar el continente; aún no estaríamos a medio camino al Gran Valle del Rift. El ancestro está bien al oriente del monte de Kenia, y asegurado en su mano una corriente entera de sus descendientes lineares, culminando con usted, de píe en la pradera somalí.

La hija cuya mano está asegurando en su mano derecha es aquella persona de la cual nosotros somos descendientes. Ahora, el archí-ancestro gira hacía el oriente, y con su mano izquierda ella toma a su otra hija, aquella de la cual los chimpancés son descendientes (o su hijo, por supuesto). Las dos hermanas se están mirando cara a cara la una a la otra, y cada una de ellas está tomada de la mano a su madre. Ahora, la segunda fila, la ancestral de los chimpancés, seguirá de la mano de su hija en una nueva corriente que se ha formado dirigiéndose en dirección a la costa. La primera prima mira a la primera prima, la segunda prima mira a la segunda prima, y así sucesivamente. Con el tiempo la doble cadena habrá llegado a la costa nuevamente, está desemboca en los chimpancés modernos. Usted está cara a cara con su prima chimpancé, y estás unido a ella por una corriente sin interrupción de manos de madres dadas a sus hijas.

Si usted recorriese la línea por encima como un general haciendo una inspección - pasando por el Homo erectus, Homo habilis, y tal vez por el Australopithecus afarensis - y por abajo por el otro lado (los intermediarios del lado chimpancé no son mencionados porque hasta ahora no se ha encontrado ningún fósil), usted no encontraría en parte alguna una discontinuidad abrupta. Las hijas se parecen a sus madres tanto (o tan poco) como ellas siempre se asemejarán. Las madres amarían a sus hijas y sentirían afinidad con ellas, de la forma como siempre lo hacen. Y ese continuo de manos dadas, uniéndonos indeleblemente a los chimpancés es tan corto que escasamente cruza el interior de África, el continente madre.


Procreando con los eslabones perdidos

La corriente de simios africanos subdividiéndose sobre si misma, es en miniatura como el anillo de gaviotas alrededor del hemisferio norte, excepto que los intermediarios ya están muertos. El punto que quiero enfatizar es que, sin tener en cuenta la moralidad, podría ser incidental que los intermediarios. ¿Y si no lo estuviesen? Y si un grupo de especimenes intermediarios hubiese sobrevivido para ligarnos a los chimpancés modernos por una corriente, no solo de manos tomadas, sino de entrecruzamientos? Recuerdas la canción: "Bailé con un hombre, que bailó con una chica que bailó con el Príncipe de Gales? No podemos (del todo) procrear con los chimpancés modernos, pero necesitaríamos tan solo de un puñado de especimenes intermediarios para ser capaces de cantar: "Procreé con un hombre, que procreó con una chica, que procreó con un chimpancé".

Es una suerte rara que ese puñado de intermediarios no existan más ("suerte" desde un punto de vista; personalmente adoraría conocer-los). Pero en ese caso nuestras leyes y reglas morales habrían sido muy diferentes.

Solo necesitaríamos conocer un único sobreviviente; digamos un Australopithecus remanente en una selva Budongo, y nuestro precioso sistema de normas y de ética sería despedazado. Las fronteras con las cuales segregamos nuestro mundo serían despedazadas. El racismo se desvanecería junto con el especiesismo en una confusión inflexible y brutal. El Apartheid, para aquellos que han creído en el, tomaría una importancia nueva y tal vez más urgente.

Pero por qué, podría preguntarse un filósofo de la moral, esto debería ser importante para nosotros? Al final, no es solamente la mente discontinua la que quiere colocar barreras en cualquier caso? Tanto que si, en el continuo de los simios que han vivido en África, los sobrevivientes dejarían un abismo conveniente entre el Homo y el Pan?.

De hecho no deberíamos, en cualquier caso, basar nuestro tratamiento a los animales en el hecho de poder o no procrear con ellos. Si queremos justificar nuestra ética de doble creación de estándares -si una sociedad concuerda que las personas deben ser tratadas mejor que, digamos las vacas (las vacas pueden ser cocinadas y comidas, las personas no)- debe haber mejores razones que las del parentesco de primos. Los humanos pueden ser taxonómicamente distantes de las vacas, pero no es más importante el hecho de que somos más inteligentes? O mejor, de acuerdo con Jeremy Bentham, los humanos pueden sufrir más que las vacas, aún si ellas lo detestarán tanto como los humanos (¿y por que rayos deberíamos suponer que no es así?), por no saber lo que están por vivir?.

Suponga que el linaje de los pulpos ha desarrollado cerebro y sentimientos comparables a los nuestros. Fácilmente podrían haberlo hecho. La mera posibilidad muestra la naturaleza accidental del parentesco de primos. Entonces, pregunta el filósofo moral, por qué enfatizar la continuidad humano/chimpancé? Sí, en un mundo ideal probablemente presentaríamos una mejor razón que la del parentesco, para, digamos, preferir la carnivoría al canibalismo. Pero el hecho melancólico es que, en el momento, las actitudes morales de la sociedad reposan casi enteramente en el imperativo especiesista y discontinuo.

¿Y si alguien consigue crear un híbrido humano/chimpancé?. Puedo asegurar, sin miedo a contradicción, que las noticias sacudirían al mundo. Los obispos irían a relinchar, los abogados se deleitarían en anticipación, los políticos conservadores irían a tronar, los socialistas no sabrían donde poner las barricadas. Los científicos que hubiesen hecho tal hazaña serían apabullados por los ámbitos políticamente correctos, denunciados en el pulpito y la prensa amarillista, condenado, tal vez, por la fatwa de un ayatolá. La política nunca más sería la misma, ni la teología, la sociología, la sicología o la mayoría de las ramas de la filosofía. El mundo que sería sacudido, por tal evento incidental como una hibridización, es de hecho un mundo especiesista, dominado por la mente discontinua.

He argumentado que la laguna discontinua entre los humanos y "los simios" que levantamos en nuestras mentes es lamentable. También argumenté que, en cualquier caso, la presente posición del abismo sacrosanto es arbitraria, resultado de un accidente evolutivo. Si las contingencias de supervivencia y de extinción hubiesen sido diferentes el abismo estaría en un lugar diferente. Los principios éticos que son basados en un capricho accidental no deberían considerase como si estuviesen grabados en piedra.


* Traducido por Ferney Yesyd Rodríguez

Publicado originamente en New Scientist, 5 de junio de 1993



Oliverio Girondo - Apunte callejero

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En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.

Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.


En Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922


28 de may. de 2010

Alonso Fernández de Avellaneda - Quijote apócrifo, capítulo V

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De la repentina pendencia que a nuestro don Quijote se le ofreció con el huésped al salir de la venta


Llegada la mañana, Sancho echó de comer a Rocinante y a su jumento, y hizo poner a asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese de su madre, que de la virtud del ventero todo se podía presumir; y tras esto se fue a despertar a don Quijote, el cual en toda la noche no había podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado con las trazas de sus negras justas, que le sacaban de juicio, y más aquella noche, que había imaginado defender la hermosura de la gallega contra todos los caballeros estranjeros y naturales, y llevarla al reino o provincia de donde imaginaba que era reina o señora. Despertó don Quijote, despavorido a las voces que dio Sancho, diciendo:

-Date por vencido,   ¡oh valiente caballero!, y confiesa la hermosura de la princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia Albana ni Dido fueran dignas si vivieran, de descalzarle su muy justo y pequeño zapato.

-Señor -dijo Sancho-, la gallega está muy contenta y bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que vuesa merced me mandó; y dice que besa a vuesa merced las manos, y que la mande, que allí está pintipintada para helle toda merced.

-Pues dile, Sancho -dijo don Quijote-, que apareje su preciado palafrén, mientras yo me visto y armo, para que partamos.

Bajó Sancho, y lo que primero hizo fue ir a ver si estaba aderezado el almuerzo. Ensilló a Rocinante y enalbardó a su jumento, poniendo a punto el adarga y lanzón de don Quijote; el cual bajó muy de espacio, con sus armas en la mano, y dijo a Sancho que le armase, porque quería partir luego. Sancho le dijo que almorzase, que después se podría armar; lo cual él no quiso hacer en ninguna manera, ni quiso tampoco sentarse a la mesa, porque dijo que no podía comer en manteles hasta acabar cierta aventura que había prometido. Y así, comió en pie cuatro bocados de pan y un poco de carnero asado, y luego subió en su caballo con gentil continente y dijo al ventero y a los demás huéspedes que allí estaban:

-Castellano y caballeros, mirad si de presente se os ofrece alguna cosa en que yo os sea de provecho; que   aquí estoy prompto y aparejado para serviros.

El ventero respondió:

-Señor caballero, aquí no habemos menester cosa alguna, salvo que vuesa merced o este labrador que consigo trae me paguen la cena, cama, paja y cebada, y váyanse tras esto muy en hora buena.

-Amigo -dijo don Quijote-, yo no he visto en libro alguno que haya leído, que cuando algún castellano o señor de fortaleza merece por su buena dicha hospedar en su casa algún caballero andante, le pida dinero por la posada; pero pues vos, dejando el honroso nombre de castellano, os hacéis ventero, yo soy contento que os paguen. Mirad cuánto es lo que os debemos.

Dijo el ventero que se le debían catorce reales y cuatro cuartos.

-De vos hiciera yo esos por la desvergüenza de la cuenta -replicó don Quijote-, si me estuviera bien, pero no quiero emplear tan mal mi valor.

Y, volviéndose a Sancho, le mandó se los pagase. A la que volvió la cabeza para decírselo, vio junto al ventero a la moza gallega, que estaba con la escoba en la mano para barrer el patio, y díjola con mucha cortesía:

-Soberana señora, yo estoy dispuesto para cumplir todo aquello que la noche pasada vos he prometido, y seréis, sin duda alguna, muy presto colocada en vuestro precioso reino; que no es Justo que una infanta como vos ande así desa suerte, y tan mal vestida como estáis, y barriendo las ventas de gente tan infame como ésta es.   Por tanto, subid luego en vuestro vistoso palafrén; y si acaso, por la vuelta que ha dado la enemiga Fortuna, no le tenéis, subid en este jumento de Sancho Panza, mi fiel escudero; veníos conmigo a la ciudad de Zaragoza, que allí, después de las justas, defenderé contra todo el mundo vuestra estremada fermosura, poniendo una rica tienda en medio de la plaza, y, junto a ella, un cartel; junto el cartel, un pequeño, aunque bien rico tablado, con un precioso sitial, adonde vos estéis vestida de riquísimas vestiduras, mientras yo pelearé contra muchos caballeros, que, por ganar las voluntades de sus amantes damas, vendrán allí con infinitas cifras y motes que declararán bien la pasión que traerán en sus fogosos corazones y el deseo de vencerme, aunque les será dificultosa empresa, por no decir imposible, emprender ganar la prez y honra que yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra beldad. Y así digo, señora, que, dejando todas las cosas, os vengáis luego conmigo.

El ventero y los demás huéspedes, que semejantes razones oyeron a don Quijote, le tuvieron totalmente por loco y se rieron de oír llamar a su gallega «princesa» y «infanta». Con todo, el ventero se volvió a su moza colérico, diciéndola:

-Yo os voto a tal, doña puta desvergonzada, que os tengo de hacer que se os acuerde el concierto que con este loco habéis hecho; que ya yo os entiendo. ¿Así me agradecéis   el haberos sacado de la putería de Alcalá y haberos traído aquí a mi casa, donde estáis honrada, y haberos comprado esa sayuela, que me costó diez y seis reales, y los zapatos tres y medio, tras que estaba de hoy para mañana para compraros una camisa, viendo no tenéis andrajo della? Pero no me la haga yo en bacín de barbero, si no me la pagáredes todo junto; y después os tengo de enviar como vos merecéis, con un espigón (como dicen) en el rabo, a ver si hallaréis que nadie os haga el bien que yo en esta venta os he hecho. Andad ahora en hora mala, bellaca, a fregar los platos, que después nos veremos.

Y, diciendo esto, alzó la mano y diola una bofetada, con tres o cuatro coces en las costillas, de suerte que la hizo ir tropezando y medio cayendo. ¡Oh, santo Dios, y quién pudiera en esta hora notar la inflamada ira y encendida cólera que en el corazón de nuestro caballero entró! No hay áspid pisado con mayor rabia que la con que él puso mano a su espada, levantándose bien sobre los estribos, de los cuales, con voz soberbia y arrogante, dijo:

-¡Oh sandio y vil caballero, así has ferido en el rostro a una de las más fermosas fembras que a duras penas en todo el mundo se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande follonía y sandez quede sin castigo.

Arrojó en esto una terrible cuchillada al ventero, y diole con toda su fuerza sobre la cabeza, de suerte   que, a no torcer un poco la mano don Quijote, lo pasara sin duda mal; pero con todo eso le descalabró muy bien. Alborotáronse todos los de la venta, y cada uno tomó las armas que más cerca de sí halló. El ventero entró en la cocina y sacó un asador de tres ganchos bien grande, y su mujer un medio chuzo de viñadero. Don Quijote volvió las riendas a Rocinante, diciendo a grandes voces:

-¡Guerra, guerra!

La venta estaba en una cuestecilla, y luego, a tiro de piedra, había un prado bien grande, en medio del cual se puso don Quijote haciendo gambetas con su caballo, la espada desnuda en la mano, porque Sancho tenía la adarga y lanzón; al cual, luego que vio todo el caldo revuelto, se le representó que había de ser segunda vez manteado, y así peleaba cuanto podía por sosegar la gente y aplacar aquella pendencia. Pero el ventero, como se sintió descalabrado, estaba hecho un león y pedía muy aprisa su escopeta; y sin duda fuera y matara con ella a don Quijote, si el cielo no le tuviera guardado para mayores trances. Estorbólo la mujer y los huéspedes con Sancho, diciendo que aquel hombre era falto de juicio, y, pues la herida era poca, que le dejase ir con todos los diablos. Con esto, se sosegó, y Sancho, escusándose que no tenía culpa de lo sucedido, se despidió dellos muy cortésmente y se fue para su amo, llevando al jumento del cabestro y la adarga y   lanzón. Llegando a don Quijote, le dijo:

-¿Es posible, señor, que por una moza de soldada, peor que la de Pilatos, Anás y Caifás, que está hecha una pícara, quiere vuesa merced que nos veamos en tanta revuelta, que casi nos costara el pellejo, pues quería venir el ventero con su escopeta a tirarle? Y, a hacerlo, sobre mí que no le defendieran sus armas de plata, aunque estuvieran aforradas en terciopelo.

-¡Oh Sancho! -dijo don Quijote-, ¿cuánta gente es la que viene? ¿Viene un escuadrón volante o viene por tercios? ¿Cuánta es la artillería, corazas y morriones que traen, y cuántas compañías de flecheros? Los soldados, ¿son viejos o bisoños? ¿Están bien pagados? ¿Hay hambre o peste en el ejército? ¿Cuántos son los alemanes, tudescos, franceses, españoles, italianos y esguízaros? ¿Cómo se llaman los generales, maeses de campo, prebostes y capitanes de campaña? ¡Presto, Sancho, presto, dilo! Que importa para que, conforme a la gente, hagamos en este grande prado trincheas, fosos, contrafosos, rebellines, plataformas, bestiones, estacadas, mantas y reparos para que dentro les echemos naranjas y bombas de fuego, disparando todos a un tiempo nuestra artillería, y primero las piezas que están llenas de clavos y medias balas, porque éstas hacen grande efeto al primero ímpetu y asalto.

Respondió Sancho:

-Señor, aquí no hay peto ni salto, pecador de mí, ni hay ejércitos de turquescos, ni   animales, ni borricadas, ni bestrones; bestias, sí, que lo seremos nosotros, si no nos vamos al punto. Tome su adarga y lanza, que quiero subir en mi asno; y, pues Nuestra Señora de los Dolores nos ha librado de los que nos podían causar los palos que tan bien merecidos teníamos en esta venta, huyamos della como de la ballena de Jonás, que no le faltarán a vuesa merced por esos mundos otras aventuras más fáciles de vencer que ésta.

-Calla, Sancho -dijo don Quijote-, que si me ven huir, dirán que soy un gallina cobarde.

-Pues, pardiez -replicó Sancho-, que, aunque digan que somos gallinas, capones o faisanes, que por esta vez que nos tenemos de ir. ¡Arre acá, señor jumento!

Don Quijote, que vio resuelto a Sancho, no quiso contradecirle más; antes, comenzó a caminar tras él, diciendo:

-Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no volver a la venta y retar a todos aquéllos por traidores y alevosos, pues lo son verdaderamente, dándoles después desto a todos la muerte. Porque tan vil canalla y tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra, pues quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no tuvimos ánimo para acometellos, cosa que sentiré a par de muerte se diga de mí. En fin, Sancho, nosotros habemos sido, en volvernos, grandísimos borrachos.

-¿Borrachos, señor? -respondió Sancho-. Borrachos seamos delante de Dios, que, para lo deste mundo, ello hemos   hecho lo que toca a nuestras fuerzas. Por tanto, caminemos antes que entre más el sol, que deja vuesa merced bien castigados todos los de la venta. 


Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha



27 de may. de 2010

Infante Don Juan Manuel - El brujo postergado

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Don Juan Manuel, príncipe español, nacido en Escalona, en 1282; muerto en Peñafiel, en 1348. Fue sobrino de Alfonso el Sabio. Hombre de cultura latina y de erudición islámica, es uno de los padres de la prosa española.

En Santiago había un deán que tenía gran deseo de saber el arte de la nigromancia. Oyó decir que don Ilián de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.
El día que llegó a Toledo enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una cámara muy apartada. Este lo recibió con bondad, le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don lllán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus ordenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no podían aprenderse sino en lugar apartado, y tomándolo por la mano lo llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandara. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres, con una carta para el deán escrita por el Obispo su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que si quería encontrarlo vivo no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que interrumpir los estudios. Optoó por escribir una disculpa y la mandó al Obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el Obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.
A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron Obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El Obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses el Obispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el Arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo que asentir.
Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años el Arzobispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el Arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa y el Cardenal fue elegido para el Papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el Cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:
—Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué. —La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.

Don Juan Manuel. Libro de los Enxiemplos
 versión de Jorge Luis Borges,
en La Historia Universal de la Infamia

En Antología de la literatura fantástica
Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. 


25 de may. de 2010

La revolución de Mayo, film de Mario Gallo, 1909

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La Revolución de Mayo es una película muda de Argentina, realizada en el año 1909 y estrenada el 22 de mayo de 1909 en el teatro Ateneo de la esquina de Corrientes y Maipu. Tal como indica su nombre, representa los acontecimientos de la Revolución de Mayo, cuyo centenario tuvo lugar por entonces. Fue dirigida por el director Mario Gallo. Fue el primer film de ficción argentino realizado con actores profesionales.(Fuente:Wapedia).


Jean Baudrillard – La desencarnación del mundo

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baudrillard

 

La Abstracción fue la gran aventura del arte moderno. En su fase "irruptora", primitiva, original, ya sea expresionista o geométrica, formaba todavía parte de una historia heroica de la pintura, de una deconstrucción de la representación y de un relumbre del objeto. Al volatilizar su objeto, es el objeto mismo de la pintura el que se aventura a los confines de su propia desaparición. Pero las formas múltiples de la abstracción contemporánea (y también la Nueva Figuración) están más allá del avatar revolucionario, más allá de la desaparición "en el acto": no aportan más que una traza en el campo indiferenciado, banalizado, desintensificado de nuestra vida cotidiana, la banalidad de las imágenes que ha entrado en las costumbres. La Nueva Abstracción, la Nueva Figuración, no se oponen más que en apariencia; de hecho trazan por igual la desencarnación de nuestro mundo, ya no en su fase dramática, sino en su fase banalizada. La abstracción de nuestro mundo se adquiere de aquí en adelante, y desde hace tiempo, en todas las formas de arte en un mundo indiferente, portando los mismos estigmas de la indiferencia. No se trata ni de una negación ni de una condena, así son las cosas. Una pintura actual auténtica debe ser también indiferente a sí misma porque el mundo la ha convertido en eso, una vez desvanecidas las puestas en juego esenciales. El arte en su conjunto no es otra cosa que el metalenguaje de la banalidad. ¿Será posible que esta simulación desdramatizada pueda seguir al infinito? Cualquiera que sean las formas mismas de que nos sirvamos, nos hemos dirigido durante mucho tiempo hacia el psicodrama de la desaparición y de la transparencia. No hace falta engañarnos con una falsa continuidad del arte y de su historia.

En breve, y para retomar la expresión de Benjamin, existe un aura del simulacro así como había un aura de lo original, hay una simulación auténtica y una simulación inauténtica.

Esto puede resultar paradójico, pero es cierto: hay una "verdadera" y una "falsa" simulación. Cuando Warhol pinta sus Sopas Campbell en los años sesenta, se trata de un atisbo del brillo de la simulación y de todo el arte moderno: de un solo golpe, el objeto-mercancía, el signo-mercancía se vuelve sagrado de una manera irónica: es el único ritual que nos queda, el ritual de la transparencia. Sin embargo, cuando pinta las Soup Boxes en 1986, ya no hay fulgor, ya está en el estereotipo de la simulación. En 1965, se atacaba el concepto de originalidad de una manera original. En 1986, se reproduce la inoriginalidad de una manera poco original. En 1965, es todo el traumatismo estético de la mercancía irrumpiendo en el arte, tratado de una forma al mismo tiempo ascética e irónica (el ascetismo de la mercancía, su lado a la vez puritano y férrico, enigmático, como decía Marx) y que simplifica de un solo golpe la práctica artística. La genialidad de la mercancía, el genio maligno de la mercancía, suscita una nueva genialidad del arte: el genio de la simulación. Nada queda de esto en 1986, o se trata simplemente del genio publicitario que viene a ilustrar una nueva fase de la mercancía. Es de nuevo un arte oficial que viene a estetizar la mercancía, que recae en la estetización cínica y sentimental que estigmatizaba Baudelaire. Se puede pensar que se trata de una ironía superior más que de rehacer la misma cosa veinte años después. No lo creo así. Yo creo en el genio (maligno) de la simulación, no en su fantasma. Ni en su cadáver, aunque sea en estéreo. Sé que dentro de algunos siglos no habrá ninguna diferencia entre una villa pompeyana verdadera y el museo Paul Getty en Malibu, ni tampoco alguna diferencia entre la Revolución Francesa y su conmemoración olímpica en Los Angeles durante 1989, sin embargo nosotros vivimos todavía en esa diferencia.

 

Traducción: Bruno Mazzoldi

Domingo Faustino Sarmiento - El rastreador

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El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador. Todos los gauchos del interior son rastreadores.En llanuras tan dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones, y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil, conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de vacío: ésta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como de costumbre, la vista al suelo: «Aquí va -dijo luego- una mulita mora muy buena...; ésta es la tropa de don N. Zapata..., es de muy buena silla..., va ensillada...,ha pasado ayer...» Este hombre venía de la Sierra de San Luis, la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año que él había visto por última vez la mulita mora, cuyo rastro estaba confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto, que parece increíble, es con todo,la ciencia vulgar; éste era un peón de arrea, y no un rastreador de profesión.

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan con consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un robo se ha ejecutado durante la noche: no bien se nota, corren a buscar una pisada del ladrón, y encontrada,se cubre con algo para que el viento no la disipe. Se llama enseguida al rastreador, que ve el rastro y lo sigue sin mirar,sino de tarde en tarde, el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y,señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: «¡Estees!» El delito está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación. Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la evidencia misma: negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido, en una provincia, su oficio durante cuarenta años consecutivos. Tiene, ahora,cerca de ochenta años: encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta: «Ya no valgo nada; ahí están los niños.» Los niños son sus hijos, que han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después, Calíbar regresó, vio el rastro, ya borrado e inapercibible para otros ojos, y no se habló más del caso.Año y medio después, Calíbar marchaba cabizbajo por un acalle de los suburbios, entra a una casa y encuentra su montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Habíaencontrado el rastro de su raptor, después de dos años! El año 1830, un reo condenado a muerte se había escapado Delia cárcel. Calíbar fue encargado de buscarlo. El infeliz,previendo que sería rastreado, había tomado todas las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió.¡Precauciones inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle,porque comprometido Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosa vista.El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba su sitio y volvía para atrás; Calíbar lo seguía sin perder la pista. Si le sucedía momentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: «¡Dónde te mi asdir!» Al fin llegó a una acequia de agua, en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al rastreador...¡Inútil! Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se detiene, examina unas yerbas y dice: «Por aquí ha salido; no hay rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican.» Entra en una viña: Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentro está.» La partida desoldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta de la inutilidad de las pesquisas. «No ha salido», fue la breve respuesta que, sin moverse, sin proceder a nuevo examen,dio el rastreador. No había salido, en efecto, y al día siguiente fue ejecutado. En 1831, algunos presos políticos intentaban una evasión: todo estaba preparado, los auxiliares de fuera, prevenidos. En el momento de efectuarlo, uno dijo:«¿Y Calíbar?» «¡Cierto!», contestaron los otros, anonadados,aterrados. «¡Calíbar!» Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que estuviese enfermo cuatro días, contados desde la evasión, y así pudo efectuarse sin inconveniente.¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!

En Facundo


24 de may. de 2010

Andrés Rivera – La revolución es un sueño eterno, Cuaderno I, II

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andres rivera

 

Si entabló comunicación o trato carnal con mujeres. Si se entregó al vicio de bebidas fuertes o al juego, de modo que escandalizase a los pueblos.

Soy un hombre casto y pudoroso, señores jueces, hasta donde lo permite nuestra santa religión católica. Y al describirme como hombre casto y pudoroso, sin ánimo de menoscabar a ninguno de los aquí presentes, y aun a los ausentes sin excusa, acepto, con humildad, pero sin mengua de mi castidad y pudor, el castigo que Dios –por uno de esos mandatos que los mortales jamás descifrarán– infligió a Adán y a sus lascivos y obscenos y abominables descendientes.

(Ruego que, cuando aluda a los ausentes sin excusa, se vea, en la alusión, a quienes execran, virtuosamente, en los jacobinos, la nefasta y aciaga pretensión de seducir a paisanos, indios y negros esclavos –entendámosnos, señores jueces: la chusma– para que escarnezcan, derroquen y expropien a los que se enriquecieron, y, al enriquecerse, enriquecieron a estos territorios, sin apelar a la usura, el contrabando; la prolija evasión de los impuestos, y otras sutilezas que, en no pocas oportunidades, e inexplicablemente, la prensa responsable calificó como una exigencia de la libertad de mercado.)

Perdón, señores jueces: soy, como sabrán, propenso a la digresión. La digresión –como sabrán– es un componente, tal vez díscolo; acaso furtivo, de la retórica. Permítaseme que, perdonado, retorne a la irreprochable pertinencia de la pregunta que se me formuló.

No escapa al juicio de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa, que la irreprochable pertinencia de la pregunta se vincula con el destino de las Provincias Unidas, como el cordón umbilical con el feto que crece en el vientre de la madre. Y si alguien de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa su- pone lo contrario, recuerde que se me llamó, no importa cuán- do, el orador de la Revolución. Y si fui llamado, no importa cuándo, el orador de la Revolución, y si a ese título, que me escandaliza y abochorna, se le agrega el de representante de la Primera Junta en el ejército que marchó al Alto Perú, ¿cómo no pensar que la desordenada o concupiscente o disipada conducta sexual que se le atribuye a quien se nombró representan- te de la Primera Junta en el ejército que marchó al Alto Perú, y a quien se llamó –no importa cuándo, en qué tiempos de des- varío y furioso libertinaje– el orador de la Revolución, pondría en peligro los bienes y los negocios, la tranquilidad, las siestas apacibles, la celebración de los noviazgos y bodas convenientes de quienes, con justicia y razón, sienten que la nostalgia de los días que antecedieron a la compadrada de Mayo les invade el alma?

Pero, señores jueces, ¿se puede conjeturar, como atinada- mente podría hacerlo alguien de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa, que el orador de la Revolución y el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú sea –o haya sido– un individuo lujurioso, desvelado por la perfección de las orgías, con niñas de corta edad, en su campamento de Laja, o inclinado a revolcarse con mulatas, indias, damas de inmaculado linaje o, por qué no, ovejas sarnosas y malolientes, todo ello dicho sin ánimo de ofensa a las reglas del buen gusto, a otras no menos periódicas, y a las abstinencias forzadas por la Naturaleza, de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa?

Sí, señores jueces, la conjetura es posible, a poco que los aquí presentes o los ausentes sin excusa fuercen su imaginación y desechen por pueriles, obsecuentes, y también ambiguos, los testimonios del cirujano Carrasco –“nunca lo observé”–, del capitán Argerich –“no le observé vicio alguno”–, capitán García –“no ha caído en los defectos que se notan en la pregunta... Yo pude saberlo... viví con él en la misma casa”–, fray Cuesta –“no pudo ocultármelo por haberlo tratado íntimamente”–, general Balcarce –“viví con él, y nunca vi que su conducta pública se viese manchada por algunos de los defectos que plantea la pregunta”–, y de otros porteños –algunos de ellos, ateos– complacientes con las bajezas que se imputan a quien, hoy, todavía, les habla. (Desechen, desechen los aquí presentes o los ausentes sin excusa esos testimonios: los aquí presentes o los ausentes sin excusa saben, tanto o mejor que yo, que en toda esa maldita eternidad que comienza cuando uno penetra, con la ayuda de Dios, a las damas de inmaculado linaje, las damas de inmaculado linaje aúllan o gimen, y los aullidos o gemidos de las damas de inmaculado linaje –las mulatas y las indias callan, dato fisiológico que no requiere comprobación alguna–, sus corcoveos, su irrepetible vocabulario del placer, lo distraen a uno, le sustraen a uno, por su monótona puntualidad, la capacidad de discernir lo que es conveniente de lo que no lo es.)

¿Cómo, entonces, señores míos y jueces e investigadores, un vástago de familia cristiana, que honra a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María, nacido en Buenos Aires, benemérita ciudad en la que ése y cualquier hombre puede progresar – cosa que se reconoce más allá de las fronteras de este enajenable Virreinato–, y casarse y ser padre de cuantos hijos el Padre Celestial quiera darle, y proporcionarles, a esos hijos que el Padre Celestial le pudo dar en su infinita generosidad, un buen pasar y una educación que les haga reverenciar, en cada instante de sus vidas, los misterios de la Iglesia, cómo, decía, ese hombre iba a rebajarse a perpetrar aquello que se condenó en Sodoma y Gomorra?

Yo, Juan José Castelli, hijo del boticario o protomédico Angel Castelli, de origen veneciano, y María Josefa Villarino, meramente mujer, ingresé, niño aún, en el Colegio de San Carlos, y luego pasé cinco años de mi vida en los claustros del Colegio de Monserrat.

Déjenme que recuerde, señores míos y jueces o investigado- res. Déjenme que recuerde la piedra de los claustros y la humedad que se deslizaba por la piedra de los claustros, y los cirios que titilaban a los pies de un Cristo de marfil, amarillento, doblado, pobrecito, sobre sí mismo, con esa mancha de sangre en el costado, los labios que parecían murmurar Eli Eli ¿lama sabachtani?, y sus párpados de marfil caídos sobre los ojos que conocieron el fulgor torturado del desierto, de la soledad, de la impotencia.

Déjenme que recuerde la escualidez del Cristo de marfil, amarillento, en los claustros del Colegio de Monserrat, y la difusa, blanquecina luz de los cirios, allá, entre las piedras de los claustros, en la muy docta ciudad de Córdoba, y los rezos que se iniciaban apenas la madrugada se insinuaba como un suda- rio helado en los ventanales de nuestras celdas. Déjenme que les recuerde a esos muchachitos frágiles, de rodillas en la piedra húmeda, brillosa y suave por el roce de las rodillas de in- contables muchachitos frágiles, y a quienes el sudario helado de la madrugada les cortaba la nuca, y que año tras año, día tras día, noche tras noche, elevan sus cánticos, los ojos legañosos, al Sufriente, tiritando de frío o de sueño o de terror o de místico placer o de extenuación. Déjenme que les recuerde, sin ánimo de ofender al Hacedor y sus indescifrables manda- tos, lo que nos crecía entre las piernas, a nosotros, muchachitos frágiles, hijos de familias cristianas, de pie o de rodillas en la piedra brillosa de los claustros, y suave, y corroída por la humedad. Recuerdo, sin ánimo de ofensa, y quizá con gratitud, los castigos que se descargaban sobre los muchachitos frágiles cuando sus cuerpos desoían los cotidianos y, a veces, crípticos mensajes que marcaban a la carne como fuente de toda aflicción, suciedad y congoja. Déjenme que les recuerde, y que recuerde, que los muchachitos frágiles volvían, noche a noche, a la intemperie de las celdas, y se entregaban –lo quisieran o no– a las delicias del sueño o a los espasmos–de la pesadilla, y mojaban sus calzones antes de que el sudario helado de la madrugada les mordiese las nucas, antes de que sus confesores palpasen, amanecer tras amanecer, en los mus- los de los muchachitos frágiles, la tibieza magra y terca de sus leches, y el éxtasis fugaz que de esas leches, muslos abajo, nacía; antes de que sus confesores los desnudasen y limpiasen las huellas del éxtasis, y golpearan, con varas, en la carne débil, las tentaciones del éxtasis.

Si recuerdan todo eso, como lo recuerda el acusado, y puesto que ustedes, señores jueces e investigadores, y el acusado, vienen de honorables familias católicas, y todo eso es un sabio capítulo incorporado a la historia de jueces y acusado, quizá les diga algo que uno de los muchachitos frágiles que se arrodillaba sobre la piedra brillosa y suave y corrompida por la humedad de los siglos, y alzaba los ojos legañosos hacia el Cristo de marfil, amarillento, sea, hoy, el doctor José Gaspar de Francia. Ese es un nombre o un destino que los señores jueces leen con reprobación y desasosiego, y el acusado con cautelosa expectativa. Esas lecturas y otras, insidiosas o atroces o proféticas, ¿enfrentan al acusado con sus jueces?

Yo, Juan José Castelli, reconozco que el rector del Colegio de Monserrat, luego de dibujar la señal de la cruz sobre mi frente, luego de acariciar, con sus manos sarmentosas, la esto- la púrpura que me cubría el pecho, anotó, en su libro privado, que mi corazón es docilísimo –subraye docilísimo, señor escribano–, pero fácil de pervertirse si tiene malos compañeros. Subraye donde quiera, señor escribano: en malos compañeros o en fácil de pervertirse. Al representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, al orador de la Revolución –que es el hombre que no reniega de su corazón ni de sus compañeros– le da lo mismo.

¿Es, acaso, un tribunal, espacio legitimado por el poder, don- de acusadores y reos, como si no fueran acusadores y reos, como si no simbolizaran, unos y otros, un mundo y otro, deben dirimir qué es lo justo y qué lo arbitrario, qué lo perverso y qué lo digno? Aseguro a los señores jueces e investigadores que sé algo de procesos y sentencias, y que si no me río de las generosas definiciones que mereció mi corazón, y de la facilidad con que antiguos camaradas de claustros y éxtasis y leches derramadas podían pervertirme, y tampoco me río de algunos tribunales –sin ánimo de ofender al aquí constituido y a los que, sin duda, seguirán constituyéndose– es porque tengo la boca lacerada, y porque la boca y la lengua laceradas me duelen cuando río y, además, boca y lengua exhalan una pestilencia que, si río, profanaría este augusto recinto de la ley.

Yo, Juan José Castelli, que partí de Córdoba con la señal de la cruz dibujada en mi frente, llegué a Chuquisaca montado en una mula. Y, como muchos otros, me doctoré en la Universidad de Charcas. Dije, hace unos segundos, que, por los caminos del Norte, llegué, montado en una mula, a Chuquisaca, el cuerpo frágil, todavía, los ojos y el corazón dóciles, todavía, a las indesmentidas enseñanzas de los vicarios de Cristo: un hombre –enseñan los indesmentidos vicarios de Cristo– no es igual a otro hombre, a menos que los dos sean ricos; y todos los seres vivientes son criaturas de Dios, salvo los negros, in- dios, judíos y bestias similares.

Lo que vio, por los caminos del Norte, un muchachito frágil, montado en una mula, lo vio –perdida para siempre la docilidad del corazón–, sobre la grupa de los pingos ajados de la guerra, el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú. Y el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú se preguntó, noche tras noche, día tras día, para qué sirve mirar lo que no se puede cambiar. Se lo preguntó hasta el instante en que los señores jueces e investigadores aquí presentes, y los ausentes con excusa, comenzaron a inter- rogarlo.

Hágase constar, donde sea, que el acusado tiene una respuesta para esa pregunta que ocupó los días y las noches del representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, con excepción del tiempo que prodigó en orgías que se le imputan con niñas de corta edad, mulatas, indias, damas de inmaculado linaje y, también, con ovejas sucias y sarnosas. Y es ésta: La historia no nos dio la espalda: habla a nuestras espaldas. Hágase constar que el acusado no reconoce que esa respuesta sea incomprensible. Ni el muchachito frágil que, montado en una mula, llegó, dócil el corazón, a Chuquisaca, ni quien fue llamado –no importa qué día de otoño– el orador de la Revolución, ni el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, ni el hombre que, hoy y aquí, comparece sin más armas que las palabras que expelen su boca y su lengua lace- radas, son Dios.

 

Transcripción de la edición de 1998

Buenos Aires, Editorial Planeta

Matsuo Basho - Sendas de Oku

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Matsuo Basho por Yokoi Kinkoku



Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como girón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo. Después de haber recorrido la costa durante el otoño pasado, volví a mi choza a orillas del río y barrí sus telarañas. Allí me sorprendió el término del año; entonces me nacieron las ganas de cruzar el paso Shirakawa y llegar a Oku cuando la niebla cubre cielo y campos. Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas a mi sombrero de paja y unté moka quemada en mis piernas, para fortalecerlas. La idea de la luna en la isla de Matsushima llenaba todas mis horas. Cedí mi cabaña y me fui a la casa de Sampu,[1] para esperar ahí el día de la salida. En uno de los pilares de mi choza colgué un poema de ocho estrofas.[2] La primera decía así:

Otros ahora
en mi choza - mañana
casa de muñecas.[3]




[1] Sugiyama Sampu (1648-1733). Comerciante acomodado de Edo (Tokio), protector de Basho y discípulo suyo. Fue poeta de cierta distinción.
[2] Más exactamente: una serie de ocho poemas (renga haikai). Basho cita solamente el poema inicial (hokku). Era costumbre colgar en un pilar de la casa el renga.
[3] Las familias con niñas celebran la Fiesta de las Muñecas el día tercero del tercer Mes de cada año. En esa fecha se colocan las muñecas tradicionales, que se conservan de generación en generación, en el salón principal de la casa, adornado con flores. Basho piensa en la metamorfosis de su choza, hasta entonces habitada por un poeta que hacía vida de ermitaño.


Sendas de Oku
Traducción de: Octavio Paz y Eikichi Hayashiya
Seix Barral

23 de may. de 2010

Leon Tolstoi – La muñeca de porcelana

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(Una carta escrita por Tolstoi seis meses después de su matrimonio a la hermana más joven de su esposa, la Natacha de “Guerra y Paz”. En las primeras líneas, la letra es de su mujer, en el resto la suya propia.)

21 de marzo de 1863

¿Por qué te has vuelto tan fría, Tania? Ya no me escribes, y me gusta tanto saber de ti... Aún no has contestado a la alocada carta de Levochka (Tolstoi), de la que no entendí una palabra.

23 de marzo

Aquí ella empezó a escribir y de pronto dejó de hacerlo, porque no pudo seguir. ¿Sabes por qué, querida Tania? Le ha ocurrido algo extraordinario, aunque no tanto como a mí. Como ya sabes, al igual que el resto de nosotros, siempre estuvo constituida de carne y hueso, con todas las ventajas y desventajas inherentes a esta condición: respiraba, era tibia y a veces caliente, se sonaba la nariz (¡y de qué modo!) y, lo más importante, tenia control sobre sus extremidades, las cuales — brazos y piernas— podían asumir diferentes posiciones. En una palabra, su cuerpo era como el de cualquiera de nosotros. De pronto, el día 21 de marzo a las diez de la noche, nos sucedió algo extraordinario a ella y a mí. ¡Tania! Sé que siempre la has querido (no sé qué sentimiento despertará ahora en ti), sé que sientes un afectuoso interés por mí y conozco tu razonable y sano punto de vista sobre los hechos importantes de la vida; además, amas a tus padres (por favor, prepáralos e infórmales de lo sucedido), es por esto que te escribo, para contarte cómo ocurrió.

Aquel día me levanté temprano, paseé mucho rato a pie y a caballo. Almorzamos y comimos juntos, después leímos (aún podía hacerlo) y yo me sentía tranquilo y feliz. A las diez le di las buenas noches a la tía (Sonia estaba como siempre y me dijo que pronto se reuniría conmigo) y me fui a la cama. A través de mi sueño la oí abrir la puerta, respirar mientras se desvestía, salir de detrás del biombo y acercarse a la cama. Abrí los ojos y vi —no a la Sonia que tú y yo conocíamos—, ¡sino a una Sonia de porcelana! Hecha de esa misma porcelana que provocó una discusión entre tus padres. Ya sabes, una de esas muñecas con desnudos hombros fríos y cuello y brazos inclinados hacia adelante, pero hechos con el mismo material que el cuerpo. Tienen el cabello pintado de negro y arreglado en largas ondas con la pintura que desaparece en la parte superior, protuberantes ojos de porcelana que son demasiado grandes y que también están pintados de negro en los bordes. Los rígidos pliegues de porcelana de sus faldas forman una sola pieza junto con el resto. ¡Y Sonia era así! Le toqué el brazo; era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Pensé que estaba dormido y me pellizqué, pero ella no cambió y se mantuvo inmóvil frente a mí.

Le dije:

—¿Eres de porcelana?

Y sin abrir la boca (que permaneció como estaba con sus labios curvos pintados de rojo brillante), replicó:

—Sí, soy de porcelana.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré sus piernas: también eran de porcelana y (ya puedes imaginarte mi horror) estaban fijas en un pedestal de la misma materia, que representaba el suelo y estaba pintado de verde para simular un prado. Cerca de su pierna izquierda, un poco más arriba, detrás de la rodilla, había una columna de porcelana, pintada de marrón, que probablemente pretendía ser el tronco de un árbol. También formaba parte de la misma pieza que la contenía a ella. Comprendí que sin ese apoyo no podría permanecer erguida y me puse muy triste; tú, que la querías tanto, ya te puedes imaginar mi pena. No podía creer lo que estaba viendo y empecé a llamarla. Le era imposible moverse sin el tronco y su base; giró un poco (junto con la base) para inclinarse hacia mí. Pude oír el pedestal batiendo contra el suelo. Volví a tocarla, era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Traté de levantarle la mano, pero no pude; traté de pasar un dedo, siquiera la uña entre su codo y su cadera, pero no lo logré. El obstáculo lo formaba la misma masa de porcelana, esa materia con la que en Auerbach hacen las salseras. Empecé a examinar su camisa, formaba parte del cuerpo, tanto arriba como abajo. La miré desde más cerca y vi que tenía una punta rota y que se había puesto marrón. La pintura en la parte superior de la cabeza había caído y se veía una manchita blanca. También había saltado un poco de pintura de un labio y uno de los hombres mostraba una pequeña raspadura. Pero estaba todo tan bien hecho, tan natural, que aún seguía siendo nuestra Sonia. La camisa era la que yo le conocía, con encajes; llevaba el pelo recogido en un moño, pero de porcelana y sus manos delicadas y grandes ojos, al igual que los labios, eran los mismos, pero de porcelana. El hoyuelo en su barbilla y los pequeños huesos salientes bajo sus hombros estaban allí también, pero de porcelana. Sentía una terrible confusión y no sabía qué decir ni qué pensar. Ella me habría ayudado gustosa, pero, ¿qué podía hacer una criatura de porcelana? Los ojos entornados, las cejas y las pestañas, a cierta distancia, parecían llenos de vida. No me miraba a mí, sino a la cama. Quería acostarse y daba vueltas en su pedestal continuamente. Casi perdí el control de mis nervios; la levanté y traté de llevarla hasta el lecho. Mis dedos no dejaron huella en su frío cuerpo de porcelana y lo que me dejó más sorprendido es que era ligera como una pluma. De repente, pareció encogerse y volverse muy pequeña, más diminuta que la palma de mi mano, aunque su aspecto no varió. Tomé una almohada y la puse en un extremo, hice un hueco en el otro con mi puño y la coloqué allí, para luego doblar su gorro de dormir en cuatro y cubrirla hasta la cabeza con él. Continuó inmóvil. Apagué la vela y súbitamente oí su voz desde la almohada:

—Leva, ¿por qué me he vuelto de porcelana?

No supe qué contestar, y ella repitió:

—¿Cambiará algo entre nosotros el que yo sea de porcelana?

No quise apenarla y respondí que no. Volví a tocarla en la oscuridad; estaba quieta como antes, fría y de porcelana. Su estómago seguía siendo el mismo que en vida, sobresalía un poco, hecho poco natural para una muñeca de porcelana. Entonces experimenté un extraño sentimiento. Me pareció agradable que hubiese adquirido aquel estado y ya no me sentí sorprendido. Ahora todo resultaba natural. La levanté, me la pasé de una mano a la otra para abrigarla bajo mi cabeza. Le gustó. Nos dormimos. Por la mañana me levanté y salí sin mirarla. Todo lo sucedido el día anterior me parecía demasiado terrible. Cuando regresé a la hora de comer, había recuperado su estado normal, pero no le recordé su transformación, temiendo apenarlas a ella y a la tía. Sólo te lo he contado a ti. Creí que todo había pasado, pero cada día, al quedarnos solos, ocurre lo mismo. De pronto se convierte en un minúsculo ser de porcelana. En presencia de los demás continúa igual que antes. No se siente abatida por ello, ni tampoco yo. Por extraño que pueda parecerte, confieso con franqueza que me alegro, y aun pese a su condición de porcelana, somos muy felices.

Te escribo todo esto, querida Tania, para que prepares a sus padres para la noticia y para que papá investigue con los médicos el significado de esta transformación y si no puede ser perjudicial para el niño que esperamos. Ahora estamos solos, está sentada bajo mi corbata de lazo y siento como su nariz puntiaguda me rasca el cuello. Ayer la dejé sola en una habitación y al entrar vi que «Dora», nuestra perrita, la había arrastrado hasta una esquina y jugaba con ella. Estuvo a punto de romperla. Le pegué a «Dora», metí a Sonia en el bolsillo de mi chaleco y la conduje a mi estudio. Ahora estoy esperando de Tula una cajita de madera que he encargado, cubierta de tafilete en el exterior y con el interior forrado de terciopelo frambuesa, con un espacio arreglado para que pueda ser llevada con los codos, cabeza y espalda dispuestos de tal modo que no pueda romperse. La cubriré también totalmente de gamuza.

Estaba escribiendo esta carta cuando ha ocurrido una terrible desgracia. Ella estaba sobre la mesa cuando Natalia Petrovna la ha empujado al pasar. Ha caído al suelo y se ha roto una pierna por encima de la rodilla, y el tronco. Alex dice que puede arreglarse con un pegamento a base de clara de huevo. Si tal receta se conoce en Moscú, envíamela, por favor.


En Relatos breves

Foto: Tolstoi jugando con el aviador Konstantin Tsiolkovsky