4 dic. 2010

Ralph Waldo Emerson - Lenguaje



© Bettmann/CORBIS


El poder de un hombre para ligar cada uno de sus pensamientos con su símbolo apropiado y entonces proferirlo, depende de la simplicidad de su carácter, vale decir, de su amor a la verdad y de su anhelo de comunicarla sin menoscabo. A la corrupción del hombre le sigue la corrupción del lenguaje. Cuando la simplicidad del carácter y la soberanía de las ideas son quebradas por el predominio de deseos secundarios -el deseo de riquezas, de placeres, de poderío, de fama-, y la duplicidad y la falsedad toman el lugar de la simplicidad y la verdad, el poder adquirido sobre la naturaleza como intérprete de la voluntad se pierde en cierto grado; dejan de crearse nuevas imágenes, y las antiguas palabras son pervertidas para representar cosas que no lo han sido; se recurre a un papel moneda, aunque no hay lingotes que lo respalden en las arcas públicas. A su debido tiempo, el fraude se torna manifiesto, y las palabras pierden toda su facultad de estimular el entendimiento o las emociones. En toda nación civilizada mucho tiempo atrás, pueden encontrarse centenares de escritores que durante un breve lapso creen y hacen creer a otros que contemplan y enuncian verdades, cuando en realidad, no visten por sí mismos a un solo pensamiento con sus ropajes naturales, sino que se alimentan inconscientemente del lenguaje creado por los escritores primordiales del país, a saber, aquellos que se atienen fundamentalmente a la naturaleza.

En El espíritu de la naturaleza (Nature, 1836)