13 dic. 2010

Georg Trakl (1887-1914) - Tres poemas







Canción de Occidente


Oh, vuelo nocturno del alma;
como pastores fuimos otrora hacia bosques crepusculares,
y nos seguían el rojo venado, la verde flor y el manantial balbuciente
con humildad. Oh, la melodía antiquísima del grillo,
sangre floreciendo en el altar de los sacrificios,
y el grito del ave solitaria sobre la verde calma del estanque.

Oh, cruzadas y ardientes martirios
de la carne, caída de frutos purpúreos
en el jardín crepuscular, por donde en otros
tiempos pasaron los piadosos discípulos,
guerreros ahora, despertando de heridas y sueños estrellados.
Oh, el dulce manojo de ancianos por la noche.

Oh edades de silencio y áureos otoños,
cuando nosotros, monjes apacibles, prensábamos la uva purpúrea;
y en torno brillaban colina y bosque.

Oh, cacerías y castillos; quietud del atardecer
cuando el hombre meditaba en su aposento acerca de lo justo
o con muda oración combatía por la cabeza viviente de Dios

Oh la amarga hora del ocaso,
cuando contemplamos un rostro pétreo en negras aguas.
Pero resplandecientes abren sus párpados argénteos los amantes:
una estirpe. Incienso mana desde almohadones, rosados,
y el dulce canto de los resucitados.



El sueño

¡Os maldigo, oscuros venenos,
blanco sueño!
Este jardín tan extraño
de árboles crepusculares
llenos de serpientes, mariposas nocturnas,
arañas, murciélagos.
¡Forastero! Tu sombra perdida
en el crepúsculo,
un corsario sombrío
en el salino mar de la tristeza.
Revolotean blancos pájaros al borde de la noche
sobre ciudades de acero
que se desploman



A los que han enmudecido

Oh, la locura de la gran ciudad, cuando al atardecer
junto al negro muro miran absortos árboles raquíticos
tras máscara plateada asoma el espíritu del mal;
la luz expulsa con látigo magnético a la noche petrificada.
Oh, el sumergido doblar de las campanas al crepúsculo

Ramera, que en helado aguacero da a luz una Criatura muerta.
Furiosa azota la cólera del Dios la frente del poseído
peste purpúrea, hambre que destroza unos ojos verdes.

Oh, la risa terrible del oro.
Pero silenciosa se desangra en oscura caverna una humanidad muda,
y forja con duros metales la cabeza redentora.




Versión de Rodolfo Modern
Foto: C. P. Wagner (Innsbruck, 1910) Via