Cuando un grupo de muchachas sufrían ataques simultáneos en presencia de un acusado de brujería, los jueces de Salem, en el siglo diecisiete, no acertaban a ofrecer otra explicación que la de una posesión demoníaca. Cuando los seguidores de Charlie Manson atribuyeron a su cabecilla la posesión de poderes ocultos, ningún juez les tomó en serio. En los casi trescientos años que separan ambos incidentes, hemos aprendido bastante acerca de los determinantes económicos, sociales y psicológicos del comportamiento grupal. Una interpretación crudamente literal de tales eventos resulta hoy en día ridícula.
Un literalismo igualmente crudo era el que solía prevalecer en la interpretación de la naturaleza humana y de las diferencias entre los grupos humanos. El comportamiento humano era atribuido a una biología innata; hacemos lo que hacemos porque así estamos hechos. La primera lección de un texto primario del siglo dieciocho exponía esta posición de modo sucinto: Con la caída de Adán pecamos todos. En la ciencia y la cultura del presente siglo se ha hecho patente una tendencia a alejarse de este determinismo biológico. Hemos llegado a considerarnos a nosotros mismos como un animal que aprende; hemos llegado a creer que las influencias de clase y cultura sobrepasan con mucho las débiles predisposiciones de nuestra constitución genética.
Aún así, en el transcurso de la última década nos hemos visto inundados por un determinismo biológico resurgido, que abarca desde la “etología pop” hasta el racismo descarnado.
Con Konrad Lorenz como padrino, Robert Ardrey como dramaturgo y Desmond Morris como narrador, se nos presenta al hombre, “el mono desnudo”, descendiente de un carnívoro africano, innatamente agresivo e intrínsecamente territorial.
Lionel Tiger y Robin Fox pretenden encontrar una base biológica a los periclitados ideales occidentales de hombres audaces y agresivos y mujeres dóciles y restringidas. Al discutir las diferencias interculturales entre los hombres y las mujeres, proponen una química hormonal heredada de los requerimientos de nuestros supuestos roles primigenios de cazadores en grupo y criadoras de niños.
Carleton Coon ofreció un preludio a los sucesos por venir con su afirmación (The Origin of Races, 1962) de que cinco razas humanas básicas evolucionaron independientemente del Homo erectus (hombre de “Java” y “Pequín”) hasta llegar al Homo sapiens, siendo el pueblo negro el último en realizar la transición. Más recientemente, se ha (mal) utilizado el test de CI para inferir diferencias genéticas en la inteligencia entre las razas (Arthur Jensen y William Shockley) y las clases (Richard Herrnstein) -siempre, no puedo por menos que constatar, en beneficio del grupo en particular al que el autor casualmente pertenece.
Todos estos criterios han sido cabalmente criticados sobre una base individual; y no obstante, rara vez han sido abordados conjuntamente como expresión de una filosofía común, un grosero determinismo biológico. Uno puede, por supuesto, aceptar una afirmación específica y rechazar las demás. La creencia en la naturaleza innata de la violencia humana no le califica a uno automáticamente como racista. Y aún así, todas estas afirmaciones tienen un substrato común en tanto en cuanto postulan una base genética directa para nuestros rasgos más fundamentales. Si estamos programados para ser lo que somos, entonces estos rasgos constituyen algo ineluctable. En el mejor de los casos, podremos canalizarlos, pero no cambiarlos, ni por medio de la voluntad ni de la educación ni de la cultura.
Si aceptamos las vaciedades habituales acerca del “método científico” por lo que aparentan ser, entonces el resurgir coordinado del determinismo biológico debe atribuirse a la aparición de información nueva que refuta los hallazgos anteriores del presente siglo: La ciencia, nos dicen, progresa por medio de la acumulación de informaciones nuevas utilizando éstas para mejorar o reemplazar las teorías antiguas. Pero el nuevo determinismo biológico no se apoya en ningún hallazgo reciente de información y no puede citar en su apoyo ni un sólo dato inequívoco. Sus renovadas fuerzas deben gozar de alguna otra base, lo más probable es que de naturaleza social o política.
La ciencia siempre se ve influida por la sociedad, pero opera también bajo la fuerte cortapisa de los datos. La Iglesia hizo eventualmente las paces con Galileo porque la Tierra gira, efectivamente, en torno al Sol. Al estudiar los componentes genéticos de características humanas tan complejas como la inteligencia o la agresividad, nos vemos, no obstante, libres de las limitaciones impuestas por los hechos, ya que no sabemos prácticamente nada acerca de ellas. En estas cuestiones, la “ciencia” sigue (y expone) las influencias sociales y políticas que sobre ella actúan.
¿Cuáles son entonces las razones no científicas que han favorecido el resurgimiento del determinismo biológico? En mi opinión van desde la pedestre persecución de unos derechos de autor, de elevada consideración, a través de best- sellers, hasta perniciosos intentos de reintroducir el racismo como ciencia respetable. Su denominador común debe encontrarse en nuestra actual enfermedad. Cuán satisfactorio resulta endosarle la responsabilidad de las guerras y la violencia a nuestros presumiblemente carnívoros antecesores. Qué conveniente resulta culpar a los pobres y hambrientos de su propia condición -ya que si no nos veríamos obligados a echarle la culpa a nuestro sistema económico o a nuestro gobierno por su abyecto fracaso en el intento de lograr una vida decente para todo el mundo. Y qué conveniente resulta como argumento para aquellos que controlan el gobierno y, de paso, aportan el dinero necesario para la existencia misma de la ciencia.
Los argumentos deterministas pueden dividirse limpiamente en dos grupos -aquellos basados en la supuesta naturaleza de nuestra especie en general y aquellos que invocan supuestas diferencias entre “grupos raciales” del Homo sapiens. Discutiré aquí el primer grupo.
Resumida en pocas palabras, la etología pop, en sus principales manifestaciones, afirma que el África del Pleistoceno estaba habitada por dos linajes de homínidos. Uno de ellos, un carnívoro pequeño y territorial, evolucionó hasta llegar a nosotros; el otro, un herbívoro de mayor tamaño y presumiblemente más bondadoso, se extinguió. Algunos llevan la analogía de Caín y Abel a su extremo, acusando a nuestros antecesores de fratricidio. La “transición depredadora” a la caza estableció un modelo de violencia innata y engendró nuestras tendencias territoriales: “Con el advenimiento de la vida como cazador llegó también la dedicación al territorio del emergente homínido” (Ardrey, “The Territorial Imperative”). Podemos andar vestidos, ser civilizados y estar ciudadanizados, pero llevamos muy dentro de nosotros los esquemas genéticos de comportamiento que sirvieron a nuestro antecesor, el “mono asesino”. En African Genesis, Ardrey se erige en campeón de la idea de Raymond Dart de que “la transición depredadora y la fijación de las armas explicaban la sangrienta historia del hombre, su eterna agresión, su persecución irracional, autodestructiva e inexorable de la muerte por la muerte”.
Tiger y Fox extienden el tema de la caza en grupo para proclamar una base biológica de las diferencias entre los hombres y las mujeres que las culturas occidentales tanto han valorado tradicionalmente. Los hombres se encargaban de la caza; las mujeres se quedaban en casa con los niños. Los hombres son agresivos y combativos, pero establecen también fuertes lazos entre sí que reflejan la antigua necesidad de cooperar para la caza de piezas de gran tamaño y que ahora encuentra expresión en el rugby a un toque y los clubs de rotarios. Las mujeres son dóciles y están entregadas a sus propios hijos. No establecen lazos fuertes entre sí porque sus antecesoras no tuvieron necesidad de ellos para atender sus hogares y a sus hombres: la hermandad entre las mujeres no es más que una ilusión. “Estamos construidos para la caza… Seguimos perteneciendo al Paleolítico Superior como cazadores, máquinas de precisión diseñadas para la persecución efectiva de la presa” (Tiger y Fox, The Imperial Animal).
La historia de la etología pop se ha construido sobre dos líneas de supuesta evidencia, ambas muy discutibles:
1 Analogías con el comportamiento de otros animales (datos abundantes pero imperfectos). Nadie pone en duda que muchos animales (incluyendo algunos, pero no todos, los primates) exhiben modelos innatos de comportamiento agresivo y territorial. Dado que nosotros exhibimos un comportamiento similar, ¿acaso no podemos inferir una causa semejante? La falacia de este supuesto refleja una cuestión básica de la teoría evolutiva. Los evolucionistas dividen las similitudes entre dos especies en rasgos homólogos compartidos por una ascendencia común y una constitución genética común, y los rasgos análogos que evolucionaron independientemente.
Las comparaciones entre los humanos y los demás animales llevan a afirmaciones causales acerca de la genética de nuestro comportamiento sólo si están basadas en rasgos homólogos. Pero ¿cómo podemos saber si las similitudes son homólogas o análogas? Resulta algo difícil de establecer incluso cuando tratamos de estructuras concretas, tales como músculos o huesos. De hecho, la mayor parte de las discusiones clásicas del estudio de la filogenia implican la confusión entre homología y analogía, dado que las estructuras análogas pueden resultar notablemente similares (llamamos a este fenómeno convergencia evolutiva). ¡Cuánto más difícil no será establecer esta diferencia cuando los rasgos similares no son más que los gestos externos del comportamiento! Los babuinos pueden ser territoriales; sus machos pueden estar organizados en una jerarquía de dominancia -pero ¿es realmente nuestra búsqueda del Lebensraum y la jerarquía de nuestros ejércitos una expresión de la misma conformación genética o meramente un esquema análogo, que podrían ser exclusivamente cultural en su origen? Y cuando Lorenz nos compara con los gansos y los peces, nos perdemos aún más en el terreno de la conjetura; los babuinos, al menos, son primos segundos nuestros.
2 Evidencia basada en los fósiles de homínidos (datos escasos pero directos). La aseveración de territorialidad de Ardrey se basa en el supuesto de que nuestro antecesor africano Australopithecus Africanus era un carnívoro. Deriva su “evidencia” de la acumulación de huesos y herramientas en las excavaciones de las cuevas de Sudáfrica, y en el tamaño y forma de los dientes. Los apilamientos de huesos no son ya seriamente tenidos en cuenta por nadie; resulta más probable que sean el resultado de la actividad de las hienas que el de la de los homínidos.
Se otorga una mayor prominencia a los dientes, pero en mi opinión, la evidencia es igual de pobre, si no absolutamente contradictoria. Toda la argumentación descansa sobre el tamaño relativo de los dientes masticadores (premolares y molares). Los herbívoros necesitan una mayor área superficial para moler su áspera y abundante comida. A. Robustus, el supuesto herbívoro bondadoso, poseía unos dientes masticadores relativamente mayores que los de su pariente carnívoro, nuestro antecesor A. Africanus.
Pero A. robustus era una criatura de mayor tamaño que A. Africanus. Al crecer el tamaño, un animal debe alimentar un cuerpo que crece con arreglo al cubo de su longitud masticando con unas superficies dentarias que crecen tan sólo con arreglo al cuadrado de su longitud si mantienen las mismas dimensiones relativas. Esto no es suficiente, y los mamíferos de mayor tamaño necesitan dentaduras diferencialmente mayores que sus parientes de menor tamaño. He puesto a prueba esta aseveración midiendo superficies dentarias y tamaños corporales de especies pertenecientes a diversos grupos de mamíferos (roedores, herbívoros porcinos, ciervos y diversos grupos de primates). Invariablemente me he encontrado con que los animales de mayor tamaño tienen dientes relativamente mayores -no por que coman alimentos diferentes, sino simplemente porque son más grandes.
Más aún, los “pequeños” dientes de A. Africanus no son precisamente diminutos. Son absolutamente mayores que los nuestros (aunque nosotros seamos tres veces más pesados), y tienen unas dimensiones que se aproximan grandemente a la de los gorilas, ¡que pesan casi diez veces más! La evidencia del tamaño de los dientes indica, para mí, que A. Africanus era fundamentalmente herbívoro.
La cuestión del determinismo biológico no es algo abstracto que deba debatirse en el seno de los claustros académicos. Estas ideas tienen consecuencias importantes, y han encontrado ya su camino a los medios de comunicación de masas. La dudosa teoría de Ardrey es un tema prominente en la película de Stanley Kubrick 2001. La herramienta de hueso de nuestro simiesco antepasado aplasta primero el cráneo de un tapir y seguidamente gira en el espacio para acabar transformándose en una estación espacial perteneciente a nuestra siguiente fase evolutiva -mientras el tema del superhombre de Zarathustra de Richard Strauss le cede el paso al Danubio Azul de Johann. La siguiente película de Kubrick, La Naranja Mecánica, sigue explorando el tema e indaga inspirada por las afirmaciones acerca de la violencia innata humana. (¿Debemos aceptar controles totalitarios para una desprogramación en masa o debemos seguir siendo desagradables y violentos en el seno de una democracia?) Pero el impacto más inmediato lo sentiremos cuando los privilegios machistas se levanten las mangas para combatir una creciente movilización de las mujeres. Como señala Kate Millet en Sexual Politics: “El patriarcado tiene una presa tenaz y poderosa gracias a su hábito, de gran éxito, de hacerse pasar por la Naturaleza.”
En Desde Darwin. Reflexiones sobre Historia Natural
En Desde Darwin. Reflexiones sobre Historia Natural



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