25 nov. 2010

Sergio Pitol - Prueba de iniciación







Imagine usted a un joven de dieciocho años que de pronto decide convertirse en escritor y consume buena parte de sus noches en pergeñar artículos literarios. Su gusto, tendrá que comprenderlo, es involuntariamente ecuménico. Escribe sobre Eugene O'Neill y su teatro, sobre una novela recién leída de Rabindranath Tagore, Juventud en la India, sobre un viaje a México relatado por Paul Morand. Sus intereses son tan variados como es amplia su ignorancia. Debe dar por descontado que los juicios expresados no brillan por su originalidad y que la prosa es poco menos que plana. Con toda seguridad ninguna de sus páginas rebasa el nivel de un esforzado trabajo escolar. Alguien, tal vez un compañero de la Facultad de Derecho asombrado por esos dones, le sugiere llevar sus artículos al suplemento cultural (bastante chafa, por cierto) de un importante diario donde trabaja un amigo de su padre, y él acoge la sugerencia con regocijo. Ya en la redacción, su amigo asumió de modo natural el papel de abogado y vocero suyo; hizo una hiperbólica defensa de sus escritos, de su afición por la lectura y de otras cualidades personales que no venían al caso. Si aceptan sus escritos, piensa el autor, habrá ya dado el primer paso en el camino que conduce a las estrellas.

Pasaron varios meses sin que ninguno de esos artículos apareciera en el suplemento. Curado por tan gélida recepción, el literato en embrión desiste de sus faenas nocturnas. Todavía no está maduro para la literatura: una sana conclusión. Pero un domingo sale a comprar los periódicos en la ciudad de provincia donde vive su familia; acostumbra pasar allí todas sus vacaciones. De camino a casa se le ocurre detenerse en un café y hojear uno de los diarios que lleva bajo el brazo. Desde la primera página del suplemento cultural le salta a la vista el título de uno de sus artículos, aquél donde comentaba el teatro de O'Neill. El sentimiento de exultación que algunos autores dicen experimentar al tener ante sus ojos el primer texto publicado y ver su nombre impreso bajo el título a él decididamente le resulta vedado. Sucede todo lo contrario. De momento se queda paralizado; después, paulatinamente, lo va invadiendo una sensación de vergüenza que termina en náusea. La sola idea de presentarse en su casa con ese periódico le resulta imposible. Sabe de golpe que se ha convertido en un animal inmundo, y en ese instante tiene las pruebas que lo confirman. Teme llegar a casa. No se siente capaz de soportar ningún comentario; el más discreto elogio, cualquier señal de asombro o de regocijo ante esas facultades desconocidas por su familia, lo conducirán sin remedio a la locura, al menos eso cree mientras vacuamente contempla el periódico. Por fin se decide a cortar la página, a doblarla en varios pliegues y guardarla en un bolsillo interior de su chaqueta. El resto del suplemento queda sobre la mesa. Al llegar al lugar temido deja los periódicos en la sala, se escurre hacia su habitación y allí permanece encerrado la tarde entera. Vuelve a leer el artículo sin captar su sentido. "Sin entender palotada", se le ocurre decirse. Pero esa vez la expresión no tiene la virtud de relajarlo, como es habitual. Sólo en algunas antiguas traducciones españolas ha tropezado con esas palabras. Leer que Nastasia Filipovna le implora llena de desesperación y fatiga a su príncipe expresarse con mayor claridad o si no dejarla en paz porque de las vehementes y elevadas parrafadas con que la abruma no entiende palotada, o a Emma Bovary repetir en una de sus desgarradas meditaciones finales que ha acabado por no entender palotada de la vida, no sólo lograba romper el pathos buscado por sus autores sino que convertía en situaciones francamente risibles las que habían sido escritas para conmoverlo. Si logra captar los títulos dispersos en el artículo es por estar escritos en letra diferente, en negritas: El gran Dios Brown, El luto le sienta a Electra, El deseo bajo los olmos, El emperador Jones, El mono velludo, Anna Christie, unos cuantos más. Esos dramas que tanto le han impresionado le parecen tan huecos y ridículos como su propia prosa. Nada le habría gustado más que desaparecer del mundo, pedirle dinero a su hermano con urgencia, inventar una historia escalofriante para conmoverlo, llegar a Veracruz, subirse en el primer barco que zarpara y perderse en el mundo sin dejar tras él la menor huella. O, de plano, morirse. Ni siquiera con su abuela, su habitual confidente, se atreve a desahogarse.

La tarde transcurrió espesamente, como una pesadilla. Pero, para su sorpresa, nadie se enteró del crimen. Nadie pasó por la casa ni llamó para felicitarlo. Esa apatía de su medio hacia la literatura lo dejó perplejo y desencantado. Durante los siguientes domingos fueron apareciendo los otros artículos entregados. Estaba ya en México; los comentarios de sus amigos lo dejaron impávido. Igual le daba que fuesen o no leídos, que gustaran o no, aunque tal vez eso no sea cierto del todo. De cualquier manera no volvió a incurrir en el vicio de la escritura durante mucho tiempo.

Con los años ha llegado a pensar que habría preferido ser descubierto ese domingo en que su culpa se hizo pública. Y no sólo eso, sino también ser escarnecido y condenado; todo habría resultado más fácil, más claro. Su relación con el mundo podría haberse despojado de muchas telarañas. Ahora, pasados más de cuarenta años de ese incidente, se conforma sólo con registrar el hecho. Trata de examinar las circunstancias, de elaborar algunas conjeturas. ¿Por qué se tiñó de horror aquel rito de iniciación? ¿Se trataría, acaso, de un desgarramiento tardío del cordón umbilical, de una separación sangrienta del cuerpo que formaba con los suyos? Llega a la conclusión de que ese ejercicio se le está convirtiendo en un ocioso juego de acertijos, que seguirlo lo internaría en un laberinto de estupores. Se perdería en marismas sin tocar tierra firme.

Tal vez le debe a esa experiencia el hecho de que durante largo tiempo no pudiera escribir en casa, como si hacerlo fuese una actividad vitanda. Escribir en el mismo espacio donde uno vive, equivalió durante casi toda su vida a cometer un acto obsceno en un lugar sagrado. Pero eso es anecdótico. Lo que da por seguro es que esa inmersión en la inmundicia que caracterizó su confrontación, a fines de la adolescencia, con la palabra, impresa la suya, ha condicionado la forma más personal, más secreta, más ajena a la voluntad, de su escritura, y ha hecho de ese ejercicio un gozoso juego de escondrijos, una aproximación al arte de la fuga.

Xalapa, diciembre de 1994


En El arte de la fuga