18 nov. 2010

Marco Denevi - Sentencias del juez de los infiernos



I

      Contaba el maestro Lu–Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los infiernos, compareció el alma de Shou, heraldo de Tso–Kuan–tou, señor de Loyang. El juez le dijo:

    –En lugar de llevar un mensaje a la ciudad de Changan lo llevaste a la ciudad de Shensi, y ese error significó la muerte de miles de soldados.

    –El camino hasta Changan es largo –se defendió Shou–, me venció el cansancio y fue así como equivoqué el destino del mensaje.

    –Otro día entregaste, en una casa donde se celebraba una boda, una carta orlada de luto, y las bodas debieron ser deshechas.

    –Tenía mucho sueño –se defendió el heraldo– y por eso equivoqué los destinatarios.

    –Otra vez llevaste antes de tiempo una sentencia de muerte, y hubo que condenar a toda prisa a un inocente. 

    –Estaba tan hambriento –se defendió Shou– que confundí las fechas.

    El juez Yen Wanzi perdonó el alma de Shou y la destinó a la Torre de las Delicias. Años más tarde compareció el alma de Tso–Kuan––tou, señor de Loyang y amo de Shou. Sin  someterla a ningún interrogatorio, el juez Yen Wanzi la envió a la Torre de los Tormentos.

    –¿Qué juez es éste? –Protestó airadamente el alma de Tso–Kuang–tou–. A Shou, mi heraldo, lo absolviste ¿Y a mí me condenas?

    –Tu deber fue hablar por tu propia boca, y no a través de un heraldo fatigado, hambriento y loco de sueño.

II

    Contaba el maestro Lu–Chang: Delante de Yen Wanzi, juez de los muertos, comparecieron el alma de una cortesana y el alma de una mujer que se creía virtuosa.

    Yen Wanzi pronunció su fallo:

    –Tú –le dijo al alma de la cortesana– vete a la Torre de las Delicias. Y tú –le dijo al alma de la mujer que se creía virtuosa– irás a la Torre de los Tormentos.

    –Esto sí que está bueno –se encolerizó el alma de la mujer virtuosa–. ¿Qué clase de juez eres? ¿A una ramera, que se pasó la vida vendiendo su cuerpo, la destinas a la Torre de las Delicias? ¿Y a mí, que nunca cometí pecado, me envías a la Torre de los Tormentos?

    –Con tu lengua de víbora –le replicó el juez Yen Wanzi– sembraste la discordia en tu familia. Por tu culpa se anularon matrimonios, fenecieron amistades, gente que se amaba se detestó. A causa de tus chismes muchos hombres se vieron obligados a rasurarse la cabeza y a hacerse bonzos. Más te hubiera valido ser como esta cortesana, que jamás ocasionó mal a nadie. En la Torre de los Tormentos aprenderás que es preferible hacer el bien que evitar el pecado.


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