27 nov. 2010

Lin Yutang – De fumar y del incienso





El mundo se divide hoy en fumadores y no fumadores. Es cierto que los fumadores causan alguna molestia a los no fumadores, pero tal molestia es física, en tanto que la molestia que los no fumadores causan a los fumadores es espiritual. Hay, claro está, muchos no fumadores que no tratan de entrometerse con los fumadores, y se puede adiestrar a las esposas hasta que toleren que sus maridos fumen en cama. Este es el signo más seguro de un matrimonio feliz y afortunado. Se presume a veces, sin embargo, que los no fumadores son moralmente superiores, y que tienen algo de qué enorgullecerse, sin comprender que les falta uno de los grandes placeres de la humanidad. Estoy dispuesto a admitir que fumar es ana debilidad moral, pero por otra parte debemos precavernos del hombre sin debilidades morales. No se puede confiar en él. Es fácil que sea siempre sobrio y no cometa un solo error. Seguramente sus costumbres han de ser regulares, su existencia más mecánica, y su cabeza mantendrá siempre la supremacía sobre su corazón. Por mucho que me gusten las personas razonables, odio a los seres completamente racionales. Por esa razón estoy siempre atemorizado e incómodo cuando entro en una casa donde no hay ceniceros. Suele ocurrir entonces que la habitación sea demasiado limpia y ordenada, que los almohadones estén en su debido lugar y que la gente sea correcta y no emotiva. E inmediatamente debo asumir mi mejor comportamiento, lo cual significa el comportamiento más incómodo.

Los beneficios morales y espirituales no han sido apreciados jamás por estas almas correctas y rígidas e inemotivas y poco poéticas. Pero como los fumadores somos atacados generalmente por el aspecto moral, y no el artístico, debo empezar con una defensa de la moral del fumador, que es, en conjunto, más alta que la del no fumador. El hombre que tiene una pipa en la boca es el hombre que atrae mi corazón. Es más afable, más sociable, tiene más indiscreciones íntimas que revelar, y a veces es muy brillante en la conversación, y de cualquier modo se me ocurre que gusta de mí tanto como yo gusto de él. Estoy en un todo de acuerdo con Thackeray, que escribió: "La pipa extrae sabiduría de los labios del filósofo, y cierra la boca del tonto; genera un estilo de conversación que es contemplativo, pensativo, benevolente y llano".

Un fumador puede tener las uñas más sucias, pero esto no importa cuando su corazón es cálido; y de cualquier manera, un estilo de conversación contemplativo, pensativo, benevolente y llano es algo tan raro que uno está dispuesto a pagar alto precio por gozarlo. Y, lo más importante, un hombre que tiene una pipa en la boca es siempre feliz y, al fin y al cabo, la felicidad es la más grande de las virtudes morales. Maggin dice que "ningún fumador de cigarros se ha suicidado jamás", y es aun más cierto que ningún fumador de pipa disputa jamás con su esposa. La razón es perfectamente clara: no se puede tener una pipa entre los dientes y gritar a la vez a todo lo que da la voz. Jamás se ha visto a nadie hacer tal cosa. Porque uno habla naturalmente en voz baja cuando fuma en pipa. Lo que ocurre cuando un marido fumador se enoja, es que enciende inmediatamente un cigarrillo o una pipa y queda malhumorado. Pero no le durará mucho. Porque su emoción ha encontrado ya un escape, y aunque quiera seguir pareciendo enojado a fin de justificar su indignación o su idea de haber sido insultado, no puede hacerlo, porque el suave humo de la pipa es demasiado agradable y calmante, y al dejar escapar el humo también parece que deja salir, aliento tras aliento, su furor almacenado. Por eso, cuando una esposa que es prudente ve que su marido está por ser dominado por la rabia, debe ponerle suavemente una pipa en la boca y decirle: "¡Vamos! No te acuerdes más". Esta fórmula siempre da resultado. Una esposa puede fallar, pero una pipa nunca.

El valor artístico y literario de fumar puede ser apreciado mejor solamente cuando imaginamos lo que pierde un fumador al dejar de fumar por un breve período. Todo fumador, en algún momento alocado, ha intentado abjurar de su lealtad a la Señora Nicotina, y después de cierta lucha con su imaginaria conciencia, ha recobrado los sentidos. Una vez cometí la tontería de dejar de fumar durante tres semanas, pero al fin de ese período mi conciencia me instó irresistiblemente a que tomara otra vez el buen camino. Juré que jamás reincidiría, que seguiría siendo un devoto de su altar hasta mi segunda niñez, en que puede concebirse que seré presa de algunas señoras de la Sociedad de Templanza. Cuando llega esa desgraciada ancianidad, es claro, ya no es uno responsable de sus acciones. Pero en tanto me quede cierta fuerza de voluntad y sentido moral, no lo intentaré de nuevo. Como si no hubiera visto la tontería de una cosa así, la absoluta inmoralidad de tratar de negarse la fuerza espiritual y el sentido de bienestar moral que da este útil invento. Porque, según Haldane, el gran bioquímico inglés, fumar se cuenta como uno de los cuatro inventos en la historia de la humanidad que han dejado una honda influencia biológica en la cultura humana.

La historia de esas tres semanas en que hice el juego del cobarde ante mi mejor yo, y me negué voluntariamente algo que sabía era de gran fuerza de elevación del alma, es por cierto una historia vergonzosa. Ahora que puedo recordarlo en una forma desaprensiva y racional, me resulta imposible comprender cómo duró tanto ese ataque de irresponsabilidad moral. Si fuera a detallar mi odisea espiritual de día y de noche durante esas tres semanas, a la manera de Joyce, estoy seguro de que podría llenar tres mil buenas líneas homéricas en verso, o ciento cincuenta páginas de prieta impresión en prosa. Es claro que, para empezar, era ridículo el objeto. ¿Por qué, en nombre de la raza humana y del universo, no ha de fumar uno? No puedo responder ahora. Pero ocurren al hombre a veces estos ataques de irresponsabilidad, supongo yo, cuando desea hacer algo contra la corriente tan sólo por el placer de vencer una resistencia, y en esta forma emplea un momentáneo exceso de energía moral. Fuera de ello, no puedo explicar mi repentina e impía resolución de dejar de fumar. En otras palabras, me sometí a una prueba moral, muy a la manera de esa gente que se dedica a la gimnasia sueca, o sea el movimiento por el movimiento mismo, sin cumplir un trabajo útil para la sociedad. Fue, aparentemente, esta especie de lujo moral el que yo me di, y eso fue todo.

Es claro que en los tres primeros días tuve una extraña sensación de acoquinamiento en algún sitio del canal digestivo, especialmente en la parte superior. Para aliviar esa extraña sensación tomé goma de mascar de menta doble, buen té de Fukien, y pastillas de lima. Vencí y maté a esa sensación en tres días, exactamente. Esa fue la parte física de la batalla, y por lo tanto la más fácil y, a mi juicio, la más despreciable. La gente que cree que en eso reside toda la impía lucha contra el tabaco, no tiene idea de lo que dice. Olvida que fumar es un acto espiritual, y quienes no tienen una idea de la significación espiritual de fumar no deben meterse jamás en estas cosas. Al cabo de tres días llegué a la segunda etapa, en la cual comenzó la verdadera batalla espiritual. Se me cayó la venda de los ojos y vi que había dos razas de fumadores, una de las cuales no merece siquiera el nombre. Para estas gentes, la segunda etapa no ha existido jamás. Comencé a comprender por qué oímos hablar de "fáciles conversiones" de muchos fumadores que parecen haber abandonado el tabaco sin lucha alguna. El hecho de que han podido detener ese hábito tan fácilmente como si se tratara de tirar un cepillo de dientes gastado, demuestra que nunca aprendieron a fumar de verdad. Se les atribuye una "gran fuerza de voluntad", y lo cierto es que estas personas nunca son verdaderos fumadores, y jamás lo han sido en su vida. Para ellos, fumar es un acto físico, como lavarse la cara y los dientes todas las mañanas: una costumbre física, animal, sin ninguna cualidad que satisfaga al alma. Dudo que esta raza de gente común sea capaz de entonar el alma en extática respuesta al Skylark de Shelley o al Nocturno de Chopin. Estas gentes no pierden nada si dejan de fumar. Es probable que sean más felices leyendo las Fábulas de Esopo con sus esposas, que pertenecen a la Sociedad de Templanza.

Pero para nosotros, los verdaderos fumadores, existe un problema del que no tienen siquiera sospecha las señoras de la Sociedad de Templanza o sus maridos lectores de Esopo. Para nosotros, como en mi caso, pronto se hace aparente la injusticia que cometemos con nosotros mismos, y la insensatez de la resolución. En mí, el buen sentido y la razón pronto empezaron a rebelarse y a preguntar: ¿por qué razón, social, política, moral, fisiológica o financiera, ha de emplear uno conscientemente la fuerza de voluntad para impedirse el logro del completo bienestar espiritual, de esa condición de percepciones agudas, imaginativas, y de plena y vibrante energía creadora, una condición necesaria para que gocemos perfectamente de la conversación con un amigo a la vera del fuego, o para crear verdadero calor en la lectura de un libro antiguo, o para producir esa perfecta cadencia de palabras y pensamientos del alma que conocemos como buena literatura? En esos momentos, uno siente instintivamente que buscar un cigarrillo es la única cosa moralmente justa que se puede hacer, y que meterse un trozo de goma de mascar en la boca sería criminalmente perverso. De esos momentos, sólo unos pocos puedo relatar aquí.

Mi amigo B. . . había llegado de Peiping para visitarme. No nos habíamos visto durante tres años. En Peiping, que entonces se llamaba Pekín, solíamos charlar y fumar durante toda la noche, discutiendo de política y filosofía y arte moderno. Y ahora había llegado junto a mí y nos dedicábamos a la fascinadora tarea de reunir reminiscencias. Discutimos todo el grupo de profesores, poetas y chiflados que solíamos tratar en Peiping. A cada frase feliz yo buscaba mentalmente un cigarro, pero en lugar de hacerlo me inhibía y sólo me levantaba y me volvía a sentar. Mi amigo, en cambio, parloteaba entre el humo de su cigarro, con perfecto contento. Le había dicho que había dejado de fumar, y tenía suficiente amor propio como para no renunciar a mi renuncia en su presencia. Pero en lo hondo de mi corazón sabía que yo no estaba bien, y que me obligaba injustamente a parecer frío y racional, cuando deseaba compartir la plena comunión de las dos almas con una rendición completa de las emociones. La conversación siguió, algo unilateral, pues sólo la mitad de mi yo estaba allí, y por fin se fue mi amigo. Yo había resistido con cierta tristeza. Según esa ficción de "la fuerza de voluntad" había "vencido", pero sólo sabía que era desgraciado. Unos pocos días más tarde, mi amigo, ya en viaje, me escribió que no había encontrado en mí al viejo yo, vibrante, extático, y sugería que quizá hubiera algo de culpa en vivir en Shanghai. Hasta hoy, no me he perdonado por no fumar aquella noche.

Otra noche había en un club una reunión de ciertos "intelectuales", que, por lo común, daba ocasión para fumar furiosamente. Después de la copiosa cena, alguno de nosotros leía generalmente un trabajo. Esta vez el orador era C.... y hablaba sobre "Religión y Revolución", un trabajo salpicado de muchas frases brillantes. Una era la de que mientras Feng Yüshiang se había unido a la Iglesia Metodista Septentrional, Chiang Kai-Shek había escogido la Iglesia Metodista Meridional. Alguien sugería, pues, que no pasaría mucho tiempo antes de que Wu Peifu se uniera a los metodistas occidentales. Mientras giraban estas frases crecía la densidad del humo, y me pareció que la misma atmósfera estaba cargada de pensamientos perversos, fugitivos. El poeta H. . . estaba sentado en el centro y trataba de enviar sucesivos anillos de humo al aire recargado, casi como un pez que echa burbujas de aire por el agua, perdido aparentemente en sus pensamientos, y feliz. Yo era el único que no fumaba, y tenía la impresión de ser un pecador olvidado por Dios. Cada vez era más aparente para mí la insensatez de lo que hacía. En ese momento de clara visión advertí que era un loco al no fumar. Traté de pensar en las razones por las cuales había decidido dejar de fumar, y no se me ocurrió ninguna valedera.

Después, mí conciencia empezó a roerme el alma. Porque, me dije, ¿qué es el pensamiento sin la imaginación, y cómo puede echarse a vuelo la imaginación con las alas cortadas de un alma sombría que no fuma? Por fin, una tarde visité a una señora. Ya estaba mentalmente preparado para la reconversión. No había nadie más que nosotros, y al parecer íbamos a tener un verdadero tete-á-tete. La señora, joven, estaba fumando con un brazo apoyado en la rodilla cruzada, un poco inclinada hacia adelante, y parecía ávida de conversar en su mejor estilo. Sentí que había llegado el momento. Me ofreció la caja, y saqué un cigarrillo, firmemente, lentamente, sabiendo que con este acto me había recobrado de mi ataque temporal de degradación moral.

Volví a casa e inmediatamente envié a mi sirviente a que me comprara una caja de Capstan Minum. Del lado derecho de mi escritorio había una marca regular, quemada en la madera por mi costumbre de colocar cigarrillos encendidos en el mismo sitio. Yo había calculado que se necesitarían de siete a ocho años para quemar el espesor de la madera, y había lamentado observar que después de mi vergonzosa resolución, sólo permanecía quemado hasta medio centímetro. Con gran deleite, pues, tuve el placer de poner otra vez el cigarrillo encendido en la vieja marca, y allí está trabajando felizmente ahora, tratando de reanudar su largo viaje adelante.

En contraste con el vino, hay comparativamente pocos elogios del tabaco en la literatura china, porque la costumbre de fumar recién fue introducida, por los marineros portugueses, hacia el siglo XVI. He recorrido toda la literatura china desde ese período, pero sólo he encontrado unas pocas líneas dispersas e insignificantes, indignas por cierto de la fragante hoja. Tiene que provenir evidentemente de algún graduado de Oxford una oda en alabanza del tabaco. El pueblo chino, no obstante, tuvo siempre un alto sentido del olfato, como se evidencia en su aprecio por el té y el vino y la comida. En ausencia del tabaco ha desarrollado el arte de quemar incienso, que en la literatura china se clasifica siempre en la misma categoría, y se menciona en el mismo plano que el té y el vino. Desde la época más temprana, ya en la Dinastía Han, cuando el Imperio Chino extendía su dominio a Indochina, el incienso, traído como tributo desde el sur, se empleaba en la corte y en las casas de hombres ricos. En los libros sobre el arte de vivir se han dedicado siempre algunas secciones a una discusión de las variedades y la calidad y la preparación del incienso. En el capítulo respectivo del libro K'aop'an Yüshih, escrito por T'u Lung, tenemos la siguiente descripción del goce del incienso:

Los beneficios del uso del incienso son múltiples. Los sabios reclusos y muy inteligentes, dedicados a sus discusiones sobre la verdad y la religión, sienten que quemar una ramita de incienso les despeja la mente y les complace el espíritu. En la cuarta división de la noche, cuando pende del cielo la luna solitaria y se siente uno frío y desprendido de la vida, el incienso emancipa el corazón y permite silbar con holganza. Cuando uno examina viejas muestras de caligrafía ante una ventana clara, o canta ociosamente una poesía con un matamoscas en la mano, o cuando lee de noche a la luz de la lámpara, el incienso ayuda a desterrar el Demonio del Sueño. Se le puede llamar, pues, "el antiguo companero de la luna". Cuando está uno junto a una dama de rojo pijama, y se la tiene de la mano junto al incensario, y se murmuran mutuos secretos, el incienso enciende el corazón e intensifica el amor. Se le puede llamar, pues, "el antiguo estimulante de la pasión". O cuando ha despertado uno de la siesta de la tarde y está sentado frente a una ventana cerrada en un día de lluvia, y practica caligrafía y prueba el suave sabor del té, el incensario empieza a calentar y su sutil fragancia flota en torno y rodea al cuerpo. Aun mejor es cuando uno despierta de un festín de bebidas y luce una luna llena en la clara noche, y mueve uno de los dedos a través de las cuerdas, o da un silbido en una torre vacía, a plena vista las verdes colinas en la distancia, y el humo apenas visible de la brasa restante flota junto a la cortina de la puerta. También es útil para dispersar los malos olores y la maligna influencia de un pantano: es útil en todas y en cualquier parte adonde uno vaya. El de mejor calidad es chianan, pero es difícil obtenerlo, pues no es accesible para el hombre que vive en las montañas. Después de ése está el áloe, o madera de águila, que es de tres grados. El grado superior tiene un perfume demasiado fuerte, que tiende a ser acre y punzante; el grado inferior es demasiado seco, y demasiado lleno de humo también; el grado mediano, que cuesta alrededor de seis o siete centavos la onza, es el más calmante y fragante, y se le puede considerar exquisito. Después de haber hecho una taza de té se puede utilizar el carbón en brasas y ponerlo en el incensario y dejar que el fuego lo caliente con lentitud. En ese satisfactorio momento uno siente como si le transportaran a la morada celestial en compañía de los inmortales, del todo olvidado de la existencia humana. ¡Ah, grande es el placer, por cierto! La gente carece hoy de apreciación para la verdadera fragancia, y se dedica a nombres extraños y exóticos; cada uno trata de ser mejor que el prójimo con mezclas de diversas clases, sin comprender que la fragancia del áloe es enteramente natural, y que el mejor de su clase tiene una sutileza y una suavidad indescriptibles.

Mao Pichíang, en sus Reminiscencias de mi concubina. cuando describe el arte de la vida de este rico poeta y su amante, tan ilustrada y comprensiva, da varias descripciones del goce del incienso, una de las cuales es la que sigue:

Mi concubina se sentaba a menudo conmigo en su fragante alcoba para probar o juzgar inciensos famosos. El "incienso de palacio" es de seductora calidad, en tanto que la manera popular de preparar el áloe es vulgar. Las personas ordinarias ponen a menudo el áloe en medio del fuego, y su vapor fragante se apaga muy pronto por la resina que arde. De este modo, no solamente se impide que salga toda la fragancia, sino que se deja un olor humoso, ahogante, en torno a nuestro cuerpo. La especie dura, con vetas horizontales, llamada hengkoch'en, tiene una fragancia soberbia; es una de las cuatro clases de áloes, pero se distingue porque tiene fibras horizontales. Hay otra variedad de esta madera, conocida como p'englaihsiang, que es del tamaño de un hongo y de forma cónica, pues aun no se ha desarrollado del todo. Teníamos todas estas variedades y ella las quemaba sobre arena muy fina, con fuego lento, de manera que no era visible el humo. El sutil perfume llenaba la cámara como el perfume de la madera de chianan dispersado por una brisa, o el de las rosas cubiertas de rocío, o de un trozo de ámbar calentado por fricción, o de un licor fragante que se vierte en una taza de cuerno. Cuando la ropa de la cama se perfuma según este método, su fragancia se funde con la de la carne de la mujer, dulce y embriagadora hasta en sueños.


En La importancia de vivir