23 oct. 2010

Marco Denevi - La historia, madrina del adolescente colectivo



La primera obligación que me impuse fue la de averiguar por qué la sociedad argentina había podido conservar un fuerte componente adolescente a través de quinientos años de historia.

Alguien me ahorró el trabajo de consultar libros. Se trata de un argentino cuyo nombre y cuya profesión no revelaré. "Cite mis palabras, si quiere", me dijo, "pero no descubra quién soy ni a qué me dedico. Llámeme el Idiotés".

"Es un apodo que en sus orígenes no fue sinónimo del moderno idiota. Los griegos de la época clásica llamaron idiotés al hombre que tiene en su cabeza una melodía mental distinta de la que suena en la cabeza de los demás".

"Dejándose llevar por su propia música mental, el idiotés labra su camino al margen del camino trazado por los pies de la multitud borrega. Pues bien: entre los argentinos yo soy ese idiotés".

Si su pensamiento era tan singular como su facha, aquel hombre no mentía. Pronto comprobé que, en efecto, merecía el antiguo mote griego que él mismo se daba con orgullo y que en adelante también yo le daré como un homenaje a su independencia de juicio.

Erudito en varias disciplinas, me proporcionó los datos que ahora me permiten esbozar una tesis sobre el origen y la posterior prolongación de la adolescencia colectiva argentina.

Lo que los argentinos consideran su historia comienza en el siglo XVI con la llegada de los descubridores, conquistadores y colonos españoles. Encontraron un país prácticamente intacto desde el día en que lo creó un Dios afecto al gigantismo.

Eran hombres de ciudad y no estaban dispuestos a soltarse de la mano de la civilización urbana que traían consigo. Salvo un puñado que siguió el consejo del personaje de Huxley, se negaron a reconciliarse con esa realidad abrumadora y prefirieron pactar no con el fastidioso presente sino con un futuro hipotético.

Mientras tanto se refugiaron en ciudades precarias, levantadas como defensas contra la naturaleza, y ahí adentro trataron de prolongar el tipo de sociedad en el que habían nacido y se habían criado.

Sociedad de blancos, de europeos, de españoles y pronto también de criollos, con ínfimas dosis de mestizaje, por más que pretendiese mantener los rasgos expatriados de España no pudo sustraerse a los tropismos del medio ambiente.

Se agregaba otro factor de transformación: el mero distanciamiento geográfico respecto del Poder político, la Monarquía, reducida poco a poco a una abstracción, a una ficción jurídica. En casos así, en que el Poderse desencarna, aparecen nuevas encarnaciones a menudo al margen de la legislación escrita.

La sociedad colonial recuperaba una libertad de movimientos, una autonomía de desarrollo y hasta una indisciplina social que introducían en su estructura elementos revulsivos análogos a la aparición de la sexualidad genésica en el púber.

La memoria colectiva se aligeraba de recuerdos, los conocimientos volvían a la escuela, las costumbres recobraban la espontaneidad a costa de la educación. Había como una reviviscencia del candor y de los miedos. Los nuevos poderes encarnados imprimían sus nuevos sellos. El arte cambiaba de temas.

En el siglo XVIII la sociedad colonial se ha apartado de una identificación con la sociedad española pero todavía es imposible no asociarla con España. Ese tránsito entre una identidad anterior que se va perdiendo y una nueva identidad en cierne, aún no fraguada (en el sentido que la albañilería le da al verbo fraguar) es típico de la adolescencia y permite el símil entre el adolescente individual y el adolescente colectivo que trasveo en la sociedad argentina.

Una coyuntura histórica -la caída de la monarquía española bajo el vendaval napoleónico- incita a los argentinos a la revolución emancipadora, pero los sorprende en el pleno verdor de su juventud social. Su revolución es un gesto de rebeldía dentro de la misma familia y por eso adquiere tanta virulencia. Es el levantamiento de los hijos contra los padres, de los jóvenes contra los adultos y los viejos. De ahí aquel deseo rabioso de borrar las señales del parentesco con los progenitores (como si eso fuese posible) y de sustituirlas por las señales de una flamante y voluntaria consanguinidad con los maestros: Inglaterra, Francia, después los Estados Unidos.

Pero la historia que ha vivido el pueblo argentino desde entonces hasta ahora en su gigantesco y remoto país es una historia autista que no entramó ni compartió con extraños. Hecha de conflictos domésticos, de rencillas de entre casa, de peleas de vecinos y, durante las treguas, de comadreos de salón y de chismes aldeanos, la historia argentina es un diario íntimo donde un joven anota episodios de su vida que la Historia no registra en sus libros más que bajo la forma de un escueto resumen.

Comparo la historia argentina con la de mi país. La de mi País la supera no sólo por siglos, también por el género de experiencias. Digo que la supera, no que valga más, porque muchas de nuestras experiencias han sido innobles y buena parte de nuestro pasado es un repertorio de crímenes.

Pero nos hemos golpeado contra el mundo, y ahora tenemos la piel coriácea. Hemos asistido al espectáculo de rotación de todas las glorias y de todas las miserias. Hemos conocido las formas más terribles del Mal, las más sublimes del Bien. Debimos confrontar nuestra identidad con la identidad de otros muchos pueblos, y salvarla, endureciéndola, de la disolución. Y todos los matices de la ajenidad, de la alteridad nos fueron revelados para que así descubriésemos nuestra propiedad.

Ahora somos duros y maduros. Hemos aprendido en carne propia el níhil novum y ya nada nos sorprende con un nuevo sabor que alguna vez no hayamos paladeado o que no nos haya provocado náuseas. Nuestro estómago se ha vuelto resistente, tanto como nuestra sensibilidad. Nadie nos engaña más de veinticuatro horas, porque nadie nos enamora más de veinticuatro horas. Somos realistas. Somos astutos y pragmáticos. Podemos ser implacables.

A los argentinos les ha faltado el roce con el mundo. Todavía su epidermis es fina, delicada, sin callos. No han aprendido a comprender sino lo que se les asemeja y sienten aprensión por todo lo que se les diferencia. Creen que si algo bueno les ocurre, a nadie le había ocurrido antes y el mundo debiera festejarlo. O que si algo malo les sucede, es una primicia humillante que deben ocultar como Adán y Eva ocultaron sus vergüenzas originales.

Como todos los jóvenes, no se sienten responsables de cómo está hecho el mundo: eh, al mundo lo hicieron los adultos. Pero pretenden que el mundo los trate con benevolencia, les perdone las faltas y los ayude en sus dificultades. El embrollo de la deuda externa es, en ese sentido, revelador: se endeudaron hasta los ojos, cayendo en la tentación que les tendían los banqueros; después derrocharon el dinero de los préstamos; ahora se indignan porque se les exige que lo devuelvan, encima con sus intereses. ¿Qué idea tienen de la Banca? ¿Creían que les había hecho un regalo, que les había concedido una beca?

Un poeta popular, Enrique Santos Discépolo, lo entendió. Dijo que la República Argentina es un país -que debe "salir de gira". La historia de los argentinos ha sido una excursión por sus propios dominios. Y lo que suponen aperturas hacia el exterior no pasan de imitaciones serviles, de simulacros corticales, un disfraz que se pone y se quita mientras por debajo la carne conserva su delicadeza y el espíritu su inocencia.

Pero la historia fue benigna con los argentinos, mucho más de lo que ellos suponen para darse aires. Les ahorró padecimientos, crueldades, pruebas de fuego. Al lado de las nuestras, sus desgracias parecen juegos de niños, son ojos en compota y moretones, no las terribles heridas que los europeos nos hemos inferido a lo largo de los siglos. Aun si se la parangona con la de otros pueblos americanos, la historia argentina es un cuento de hadas. Quien lo dude, que lea El urogallo, de Francisco Herrera Luque. Reconozco que hubo un período cruel, pero fue breve: el de la lucha entre los dos terrorismos durante la década de los setentas. Pero ese horror no puede competir ni de lejos con nuestras diabólicas masacres.

N.B.: De golpe recordé que Platón les negaba a los célibes el acceso al gobierno de la república porque, según él, la soltería es un estado incompatible con la madurez. Hay en los argentinos una especie de celibato histórico que los conserva jóvenes y, por lo tanto, incapaces de pilotear el Estado.

En La República de Trapalanda