18 oct. 2010

Fedor Dostoievski - Una enfermedad





Y ahora quiero decirles, damas y caballeros, les guste o no, por qué ni siquiera pude convertirme en un insecto. Ante todo, debo declarar con toda solemnidad que muchas veces traté de llegar a serlo. Pero aun eso estaba fuera de mi alcance. Juro que una lucidez demasiado grande es una enfermedad, una enfermedad total y completa. Para las necesidades cotidianas, la conciencia de la persona corriente es más que suficiente, y representa más o menos la mitad o la cuarta parte de la del desdichado intelectual del siglo XIX, en especial si este tiene la desgracia de vivir en Petersburgo, la ciudad más abstracta y premeditada de la Tierra (hay ciudades premeditadas y otras no premeditadas). El grado de conciencia de que disponen lo que podría denominarse las personas espontáneas y los hombres de acción es suficiente. Apuesto a que creen que digo esto nada más que para burlarme de los hombres de acción, y que este tipo de jactancia es de tan mal gusto como el ruido del sable del oficial que mencioné antes. Pero yo les pregunto: ¿quién puede sentir placer en exhibir su enfermedad, e inclusive enorgullecerse de ella?


Pero pensándolo mejor, diré que eso lo hacen todos. La gente se complace con sus defectos, y yo quizá más que nadie. De modo que no discutamos; admito que mi argumentación es ridícula. Pero aun así afirmaré que no sólo es una enfermedad el exceso de lucidez, sino cualquier proporción de esta. Lo aseguro. Pero dejemos también esto por un momento. Y ahora permítame que les diga lo siguiente: ¿por qué es que cuando más capaz me sentía de ser consciente de todos los refinamientos de “lo bueno y lo bello”, como se decía antes, había momentos en que perdía mi conciencia de ello y hacía cosas tan feas, cosas que quizás hacen todos, pero que yo hacía precisamente en las ocasiones en que más cuenta me daba de que no debía hacerse?


Cuanta más conciencia tenía de “lo bueno y lo bello”, más profundamente me hundía en el fango, y más probable era que siguiera encenagado. Pero lo que más me llamaba la atención era el sentimiento de que en mi caso eso no era accidental, de que así debía ser, como si se tratara de mi estado normal, y no de una enfermedad o depravación. Al final casi llegué a creer (y es posible que hasta lo creyera del todo) que era en verdad mi estado normal.


Pero al principio, ¡qué tormentos sufrí en esa lucha interior! No creo que hubiera otros que pasaran por todo eso, de forma que lo mantuve en secreto durante toda la vida. Me avergonzaba (y quizás ahora siga avergonzándome). Llegué a un punto en que experimentaba cierto pequeño placer secreto, malsano, bajo, en volver a arrastrarme hasta mi agujero después de alguna noche desagradable en Petersburgo, y en obligarme a pensar que había vuelto a hacer algo sucio, y que la cosa no tenía remedio. Y por dentro me mordía, me desgarraba, me corroía, hasta que la amargura se convertía en una dulzura vergonzosa, maldita, y al final, en un gran placer indiscutible. ¡Sí, sí, decididamente un placer! ¡Lo digo en serio! Por eso empecé con este tema: quería descubrir si otros experimentan también ese tipo de placer. Me explicaré: encontraba placer precisamente en la cegadora certeza de mi degradación. Y porque sentía que ya estaba contra la pared; porque eso era horrible pero no podía ser de otro modo; porque no había salida y ya no era posible convertirme en una persona distinta; porque aunque todavía hubiera tiempo y fe suficiente para cambiar, no querría hacerlo; y porque aunque lo quisiera, de cualquier modo no habría hecho nada, porque en realidad no existía alternativa alguna. Por último, el punto más importante es el de que hay una serie de leyes fundamentales a las cuales está sometida la conciencia madura, por lo cual no es posible cambiarse, ni hacer nada en ese sentido. Y así, como resultado de esa conciencia madura, un hombre siente que está bien ser un canalla, siempre que sepa que lo es... como si eso pudiera ser un consuelo. Pero basta... ¡Ah, cuántas palabras! ¿Y qué he explicado? ¿Cuál es la explicación de ese placer? ¡Pero ya lo aclararé! ¡Llegaré hasta el final! Para eso he tomado la pluma.


Yo, por ejemplo, soy espantosamente sensible. Soy suspicaz y me ofendo con facilidad, como un enano o un jorobado. Pero creo que hubo momentos en que me habría gustado que me abofetearan. Lo digo con toda seriedad; también eso me habría proporcionado placer. Por supuesto, habría sido el placer de la desesperación. Pero es que en la desesperación encontramos el placer más agudo, en particular cuando tenemos conciencia de lo desesperado de la situación. Y cuando a uno lo abofetean, pues lo más probable es que se sienta aplastado porque se da cuenta de que ha sido convertido en papilla. Pero lo fundamental es que, por donde se lo mire, siempre me sentí culpable, y lo más enojoso es que era culpable sin culpabilidad, en virtud de las leyes de la naturaleza. Así, por empezar, soy culpable de ser más inteligente que todos los que me rodean. (Siempre lo sentí así, y, créanme, a veces me ha pesado sobre la conciencia. Nunca, en toda mi vida, pude mirar a la gente directamente a los ojos; siempre experimento la necesidad de volver la cara.) Además, también soy culpable porque aunque hubiese habido en mí algún sentimiento de perdón, ello no habría hecho otra cosa que aumentar mi tortura, porque habría tenido conciencia de su inutilidad. Sin duda me hubiera resultado imposible hacer nada con mi perdón: no habría podido perdonar porque el ofensor, al abofetearme, hubiese obedecido simplemente a las leyes de la naturaleza, y no tiene sentido perdonar a las leyes de la naturaleza. Pero tampoco habría podido olvidarme de ello, porque en resumidas cuentas es humillante. Por último, aunque no hubiera querido perdonar, sino, por el contrario, deseado vengarme del ofensor, no me hubiese resultado posible hacerlo, pues lo más probable es que no me atreviera a hacer nada en ese sentido, aunque hubiese podido hacer algo.

Memorias del subsuelo, cap. II
Traducción: Floreal Mazzia