7 oct. 2010

Antonella Anedda - Ningún lugar nos necesita







Ningún lugar nos necesita
dentro de un mes el año
tendrá una cifra báltica, blanca
mil noveceintes noventa y uno
donde el mil retrocede
hasta siglos-estepas
y el uno, hueco,
tintinea.


Nadie nos ha llamado
eran voces de huerto, silbidos
para ahuyentar a los pájaros
la poca lluvia que se cuela
por las cañerías de la casa
desierta
como papel.
Están sólo los hpalitos
y la jofaina empañada
y las nueces que dicen
otoño multiplicado sobre mesas
piedras sobre sitios vacíos.


Ningún tiempo nos necesita
las noches verticales
y el paseo de los tilos, la liebre
transparente en la mata
la espalda-sombra de quien entonces se detenía
ahora soplan cansados
en las sienes del siglo.


Hay comida de la noche, relámpagos
en las fotos abruptas
y nosotros bebemos entre tendedores oscuros
ylos rostros apretados contra los vasos
por el lento miedo que se clava
en el codo que levanta una gurnalda.


Ningún tiempo nos necesita
nadie dice
el número de los golpes
la exacta cifra de la hierba
ni cómo el aire
azotándonos
nos volverá dura piel,
ardillas.


Las hojas que se deslizan
la lejanía de las constelaciones.


No poseo palabras sombrías
no bastante sombrías.
El pino se hunde en la noche
a duras penas descifro la memoria.


Al lado había un recinto
y allí duraban las cosas.


Traducción: Emilio Coco




In nessun luogo c’è bisogno di noi




In nessun luogo c’è bisogno di noi
tra un mese l’anno
avrà una cifra baltica, bianca
millenovecentonovantuno
dove il mille indietreggia
fino a secoli-steppe
e l’uno, cavo,
tintinna.


Nessuno ci ha chiamato
erano voci d’orto, fischi
per scacciare gli uccelli
la poca pioggia che cola
dai tubi della casa
deserta
come carta.
Ci sono solo i fiati
e il bacile appannato
e le noci che dicono
autunno moltiplicato sopra tavoli
pietre su posti vuoti.


In nessun tempo c’è bisogno di noi
le notti verticali
e il viale dei tigli, la lepre
trasparente nel cespuglio
la schiena-ombra di chi allora sostava
ora soffiano stanchi
sulla tempia del secolo.


C’è un cibo serale, lampi
sulle foto scoscese
e noi beviamo tra le forchette brune
i volti stretti ai bicchieri
per la lenta paura che s’incide
sul gomito che alza una ghirlanda.


Nessun tempo ha bisogno di noi
nessuno dice
il numero dei colpi
l’esatta cifra dell’erba
né come l’aria
sferzandoci
ci farà dura pelle, scoiattoli.


Lo slittare di foglie
la lontananza delle costellazioni.


Non ho parole cupe
non cupe abbastanza.
Il pino s’infossa nella notte
a fatica decifro la memoria.


Di lato c’era come un recinto
e lì duravano le cose.