19 sep. 2010

Voltaire - Adulterio (Diccionario filosófico)






Voltaire en 1778 por Jean Antoine Houdon


No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio significa en latín alteración, adulteración; una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso al que se metía en lecho ajeno se le llamó adúltero, como una llave falsa que abre la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccix cuclillo al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. El naturalista Plinio, dice: «Coccixova subdit in nidis alienis, ita plerique alienas uxores faciunt matres» (El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos). La comparación no es muy exacta porque aunque se compara al cuclillo con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales el cornudo debía ser el amante y no el esposo.

Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. En efecto, los griegos llaman a los bastardos hijos de cabra.

La gente fina, que no usa nunca términos malsonantes, no pronuncia jamás la palabra adulterio. Nunca dicen la duquesa de tal comete adulterio con fulano de cual, sino la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras confiesan a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Reconozco que le tengo afición». Antiguamente, declaraban que le apreciaban mucho, pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba a un consejero y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de elevada condición no aprecian a nadie... ni van a confesarse.

Las mujeres de Lacedemonia no conocieron la confesión, ni el adulterio. Y aunque el caso de Menelao demuestra lo que Elena era capaz de hacer, Licurgo puso orden consiguiendo que las mujeres fueran comunes por acuerdo entre marido y mujer. Cada uno podía disponer de lo que le pertenecía. En tales casos, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro, pues todos los hijos pertenecían al Estado y no a una familia determinada. De este modo no se perjudicaba a nadie. El adulterio es condenable porque es un robo, pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido lacedemonio rogaba con frecuencia a un hombre joven, de excelente complexión y robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco nos ha dejado constancia de la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.

Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos ciudadanos a Esparta.

Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No acontece lo mismo en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.

Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer suele burlarse con su amante del marido. En la clase baja no es raro que la mujer robe al marido para darlo al amante y que las querellas matrimoniales suscitadas por este motivo empujen a los cónyuges a cometer crueles excesos.

La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar un hombre de bien hijos de otros, con lo que les carga con un peso que no debían llevar. Por este medio, estirpes de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y la debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes mequetrefes han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos y bien formados, llevando un espadón que un hombre moderno apenas si podría sostener con las dos manos.

En algunos pueblos de Europa las jóvenes solteras se entregan a los mozos de su agrado, pero cuando se casan se tornan esposas prudentes y modosas. En Francia sucede todo lo contrario: encierran en conventos a las jóvenes, donde se les da una educación ridícula. Para consolarlas; sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Y en efecto, apenas viven un año con su esposo ya están deseando conocer a fondo sus propios atractivos. La joven casada pasea y va a los espectáculos con otras mujeres para que le enseñen lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas se halla como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.

Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes garantizando que son doncellas, se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Y aunque nos dan lástima las mujeres de Turquía, Persia y la India, son mucho más felices en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.

Entre nosotros suele ocurrir que un marido, engañado por su mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se contenta con una separación de cuerpo y bienes. A propósito de esto insertaremos una Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Los lectores decidirán de la justicia o injusticia de sus quejas.

Memoria de un magistrado (escrita en el año 1765). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su boda y que después dio varios escándalos públicos. Tuvo la consideración de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso y de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre y le repugnaba recurrir a las meretrices o liarse con una viuda. Entonces, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes quejas:

«Mi esposa es culpable, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que persevere en la virtud, y la Iglesia a la que pertenezco me la niega prohibiéndome volver a contraer matrimonio con una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, basadas por desgracia en el Derecho canónico, me privan de los derechos inherentes a la persona humana. La Iglesia me pone en la alternativa de procurarme deleites que ella reprueba o de resarcimientos vergonzosos que condena. Me impulsa a ser criminal.

»Examino todos los pueblos del mundo y no encuentro uno solo, salvo el pueblo católico romano, en que el divorcio y segundas nupcias no sean de derecho natural. ¿Qué arbitrario orden hace, pues, que en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué una coyunda indigna es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: «quidquid ligatur dissoluble est», lo que se liga es disoluble? Se me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer y, sin embargo, me deja una cosa llamada sacramento: no gozo ya del matrimonio y, sin embargo, estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!

»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo: «Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra» (Mateo, 19‑9).

»No me detendré en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar a su capricho la ley de su Señor, ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo. Tampoco trataré de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse al igual que una adúltera. Únicamente me ocuparé del triste estado en que me encuentro sumido Dios permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.

»El divorcio estuvo en vigor en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores, así como en todos los Estados que se desgajaron del Imperio romano. Casi todos los primeros reyes de Francia repudiaron a sus mujeres para tomar otras, hasta que ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto mandó que el yugo matrimonial fuera insacudible. Este decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo para conseguirlo tuvieron que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineume, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de Valois, pretextó un motivo más falso todavía: la falta de consentimiento. Era preciso mentir para divorciarse legalmente.

»Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin licencia del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan esclavitud tan absurda?

»Convengo en que los sacerdotes y los monjes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población y es una desgracia para ellos, pero merecen esa desgracia porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia, pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, san José también y yo quiero estarlo. Soy alsaciano y, no obstante, dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privarme de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla con voz de tiple».

Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la anterior Memoria en favor de los maridos, aboguemos ahora en favor de las mujeres casadas transcribiendo las quejas que presentó a la Junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí lo esencial de ellas:

«El Evangelio prohíbe el adulterio lo mismo a mi marido que a mí, y por tanto debe ser condenado como yo. Cuando cometió conmigo veinte infidelidades, cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí que le cortaran el pelo al rape, le encerraran en un convento, ni que me entregaran sus bienes. Y yo, por haberle imitado una sola vez, por haber hecho con el barbián más majo de Lisboa lo que él hace impunemente todos los días con las casquivanas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme en el banquillo de los acusados ante jueces que se hincarían de rodillas a mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi alcoba. Y es preciso también que me corten el pelo, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren en un convento de monjas, que carecen de sentido común; que me priven de mi dote y de mi contrato matrimonial y que entreguen todos mis bienes a mi fatuo marido para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios. Díganme si esto es justo y si no parece que sean los cornudos los que han promulgado las leyes.

»Me quejo con razón, pero responden a mis quejas que debo considerarme afortunada, porque no me han lapidado en las puertas de la ciudad los canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo, pues eso es lo que se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.

»Pero yo contesto a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que la apedrearan. Bien al contrario, les echó en cara su injusticia y les espetó este antiguo proverbio hebraico: «El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Entonces se retiraron todos y los viejos más aprisa, porque como tenían más arios habían cometido más adulterios.

»Los doctores en Derecho canónico me arguyen que la historia de la mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de san Juan. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos y que no habla de ella ninguno de los veintitrés primeros apologistas. Orígenes, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la Biblia siríaca ni en la versión Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi marido, que a más de cortarme el pelo quisieran que me lapidaran.

»Pero los abogados que me defienden aseguran que Amnonio, autor del siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si san Jerónimo la rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en suma, que se tiene por auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo: «Si estáis limpio de pecado, cortadme el pelo, encerradme en un convento y apoderaos de mis bienes, pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me toca encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna». La Justicia debe ser igual para los dos. Mi marido me replica que es mi superior, mi dueño, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que, consecuentemente, se lo debo todo y él no me debe nada.

»Y yo me pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a su marido?, ¿cómo su marido el prínciPe de Dinamarca le obedece siempre?, y ¿cómo, si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera con ella alguna infidelidad? Por tanto, es evidente que si las mujeres no hacen castigar a los hombres es porque son menos fuertes que ellos.»

Para juzgar con justicia un proceso de adulterio sería preciso que fueran jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita con facultad decisoria en caso de empate.

Pero hay casos singulares en que no caben las dudas, ni nos es lícito juzgar. Uno de estos casos es la aventura que refiere san Agustín en su homilía sobre el sermón de la montaña de Jesucristo.

Séptimo Acindio, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquía a un cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar dos marcos de oro a la mujer del desventurado si consentía satisfacer sus deseos.

La mujer fue a contárselo a su marido y éste rogó que le salvara la vida, aun a costa de aquel mal trago. La mujer obedeció a su marido pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó dándole una bolsa llena de tierra. El marido no pudo pagar al fisco y no le quedó más remedio que morir. Enterado el procónsul de la infamia, pagó de su bolsillo la multa y ordenó que entregaran a los esposos cristianos el dominio del campo de donde se sacó la tierra para llenar la bolsa mencionada.

En este caso se ve que la mujer, en vez de ultrajar a su marido, fue dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que san Agustín (1).

En lo tocante a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas, añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de agradar, para lo cual les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría si no lo hiciéramos nosotros, pero al instinto de la naturaleza añadimos los refinamientos del arte. Y cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos merecería el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez años y al cabo de ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?


(1) Bayle Diccionario, artículo "Acindimus". Condena resueltamente a la pobre mujer.
Voltaire: Diccionario filosófico (1764)