1 sep. 2010

Marco Denevi - Un perro en el grabado de Durero titulado "El caballero, la muerte y el diablo"



Durero - El caballero, la muerte y el diablo


El caballero (todos lo sabemos) vuelve de una guerra, la de los Siete Años, la de los Treinta Años, la de las Dos Rosas, la de los Tres Enriques, una guerra dinástica o religiosa, o quizá galana, en el Palatinado, en los Países Bajos, en Bohemia, no importa dónde, tampoco importa cuándo, todas las guerras son fragmentos de una única guerra, todas las guerras forman la guerra sin nombre, la guerra a secas, la Guerra, de modo que el caballero vuelve de un viaje a través de uno de los fragmentos de la guerra, pero es como si hubiese recorrido todas las guerras, y toda la guerra, porque todas, aunque de cerca parezcan diferentes, vistas a la distancia repiten las mismas infamias y los mismos estruendos, así que no tengamos escrúpulos de fechas ni de nombres, no hay que preocuparse si de los Plantagenet y de los Hohenstaufen hacemos una sola familia díscola, si mezclamos lansquenetes con granaderos, ballesteros con arcabuceros, o si alborotamos la geografía y juntamos ciudades con ciudades, castillos con castillos, torres con torres, y volviendo ahora al caballero decía que regresa de una guerra, regresa de una cuenta en el collar de la guerra, él cree que es la última cuenta, y no sabe que el collar es infinito, o finito pero circular, y que el Tiempo lo desgrana como si fuese infinito, partió joven y gallardo y la guerra lo devuelve viejo, calvo y flaco, esto no es ninguna novedad, la guerra carece de imaginación y repite sus trucos, de manera que el caballero, como todos los caballeros que han atravesado una guerra sin caer en la celada de la Muerte, tiene la barba crecida, está sucio de polvo, huele a sudor, a sangre y a mugre, sus sobacos alojan piojos, entre los muslos le escuece la piel, un sarpullido como una quemadura, a cada rato escupe una saliva verdosa estriada de filamentos cárdenos, habla con la voz enronquecida por los fríos, los fuegos, las borracheras, los juramentos, los gritos de terror y de coraje, no puede pronunciar dos palabras sin que una sea una blasfemia, ya olvidó el lenguaje florido que usaba cuando era niño y servía como paje en la corte de algún Margrave o de un Arzobispo, olvidó los hermosos gestos y las graciosas reverencias con que trataba a las damas, ahora a las mujeres ya no les pide amor, les pide vino, comida, un lecho, y mientras los soldados violan alas muchachas, él bebe solitario y taciturno, hasta que los soldados reaparecen bostezando y entonces él de pronto da un manotazo sobre la mesa y maldice a los reyezuelos que huyen, pálidos y con la ropa hecha jirones, en un corcel sudoroso, para en seguida que terminó la batalla volver a surgir vestidos de oro, bajo un palio de oro, en medio de un cortejo de oriflamas y estandartes, maldice a los Papas cubiertos de armiño que desde lo alto de la silla gestatoria asperjan con agua bendita los sellos escarlata de las alianzas y las coaliciones, maldice al Emperador al que una vez vio caminar entre lanzas erguidas como falos a la vista de ese damiselo de la guerra, finalmente el caballero se pone de pie y vuelca la silla, vuelca la mesa, los vasos y el jarro de vino, se produce una gran batahola, la taberna o lo que sea es incendiada, el propietario es vapuleado, la tropa desoldados con el caballero al frente reanuda la marcha, ahora atraviesan un bosque a la luz de la luna, el caballero ya no maldice, no habla, sigue adelante, mudo y con los ojos fijos en la noche, uno a uno los soldados callan, se adormecen sobre sus cabalgaduras, sueñan con la cabeza caída sobre el peto, uno cree oír música lejana, la música de su niñez en alguna aldea del Milanesado o de Cataluña, otro cree oír voces que lo llaman, la voz de su madre, la voz de su mujer o de su novia, alguien lanza un grito y despierta sobresaltado, pero el caballero no se detiene, no se vuelve a mirar quién gritó como si el grito fuera el de un pájaro en el bosque, sigue con los ojos fijos en la noche, la luna le lustra la armadura, el soldado que va detrás de él, el que está más próximo al caballero, el que lleva una bandera desflecada y quemada por la pólvora y que ahora pende sobre la grupa del caballo como una roñosa gualdrapa, ese soldado, un mancebo rubio con la apariencia de un juglar, de pronto tiene un extraño pensamiento, se le ha ocurrido que la armadura del caballero cabalga vacía, que el caballero desapareció y sólo queda la armadura como un muñeco de fierro, o tal vez la armadura se posesionó del caballero, lo absorbió como una esponja a un líquido, le succionó la sangre, le trituró los huesos y ahora la armadura es una cáscara hueca sin la pulpa del caballero, esto lo imagina porque nunca vio al caballero sino revestido de su armadura, porque del caballero no conoce sino esa armadura que sostiene una lanza, esos guardabrazos y guanteletes que señalan los nortes de la guerra, la borgoñota que aúlla y bajo la borgoñota una pelambre enmarañada, pero quizá la pelambre es una barba sin rostro, es el relleno de paja de la armadura, y esta idea, esta fantasía, hace reír al soldado rubio porque piensa que tal vez ha transcurrido mucho tiempo desde que el caballero se disecó dentro de la armadura, mucho tiempo desde que la armadura se vació del caballero y ellos no se dieron cuenta, ellos, los soldados, han seguido tras la hueca armadura de batalla en batalla, desafiando a la Muerte porque creían que le caballero los defendía de la Muerte, y cuando el portaestandarte rubio ríe como sonámbulo o como borracho el caballero se yergue sobre la clavícula de los estribos y prorrumpe en una maldición, como si hubiese adivinado de qué se ríe el portaestandarte y quisiera hacerle una broma y demostrarle que en el interior de la armadura sigue vivo, o reprenderlo por la fantasía que imaginó, así que el soldado rubio se encoge de miedo pero en seguida comprende que el caballero no se ha despabilado ni ha maldecido a causa de su risa sino porque los árboles del bosque, que hasta ese momento parecían ateridos bajo la luna como bajo la nevazón del invierno, repentinamente se cubren de flores y de frutos, quiero decir, aunque la metáfora es vieja y todos han adivinado, quiero decir que los árboles se han cubierto de esa floración que el calor de la guerra hace brotar en las cuatro estaciones, en el buen tiempo y en el mal tiempo, en las comarcas fértiles lo mismo que en las comarcas áridas, se ha cubierto de esos frutos siempre en sazón, siempre maduros para la siega y la cosecha, quiero decir el enemigo, quiero decir los enemigos inextinguibles que nos aguardan pacientemente, tercamente, ocultos en la sombra, confundidos con la niebla y el humo, y entonces los jinetes somnolientos se transforman en pero todo esto ya sucedió, todo esto ya pasó y ahora el caballero regresa solo a su castillo, sin la mezcolanza de hierros, de caballos y de hombres que lo escoltaba a través de su viaje por una provincia de la guerra, ya dejó atrás todo ese estrépito, se desprendió para siempre de los vivaques, de los saqueos, de las emboscadas, del hambre, del terror, del sueño, no conserva de la guerra sino el caballo, la armadura, la lanza con la piel de zorro en un extremo para que la sangre no chorreara y le empapara la mano, conserva el olor a mugre y a sudor, los piojos, el sarpullido, el cansancio, la flacura, la vejez, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos recortados del gran cuadro chillón de la guerra, aquel joven caído sobre la hierba, de cara al cielo, que un día en un río, el Meno, el Tajo, el Arno, que un día en un río indiferente las dos piernas hasta las rodillas y el agua, cuando pasaba junto al muchacho, le tomaba las piernas, se las maceraba y se las molía, se las llevaba río abajo convertidas en hilachas primero púrpuras, después rosáceas, después grises y ocres, los diez patíbulos en una plaza negra y desierta y en cada patíbulo un ajusticiado, diez péndulos de lengua afuera que el viento hacía sonar, que el viento hacía doblar, y el campanario daba siempre la misma hora fuera del Tiempo, el anciano que se agachaba para defecar en el suelo helado y cubierto de nieve y que en seguida se desplomaba sobre una flor de sangre y de excremento, la rosa de la disentería, la torre altísima, cuadrada, de ladrillos, y más lejos una fila de cipreses, y el chorro de pez ardiente que cayó desde las almenas de la torre, que cayó sobre los caballeros vestidos con túnicas blancas y una cruz roja en el pecho, sobre los caballeros que eran todos finos y hermosos y un rato antes habían oído misa, la misa que ofició para ellos un arzobispo cuajado de pedrerías, y el cráter negro que abrió la pez hirviente, el agujero que humeaba y crepitaba como una sartén al fuego, él, el caballero percibió un perfume dulzón, un aroma de fritura y de trapo quemado, sintió sobre la mano un escozor y vio que sobre la mano se le había posado un trocito de carne, un trocito de la carne de uno de aquellos caballeros que un rato antes oían misa y se encomendaban a Dios, porque esto había sido para él la guerra, aunque quizá para los reyezuelos sería otra cosa, y otra cosa para los Papas y los Emperadores, un juego de ajedrez que jugarían a distancia, cada uno encerrado en una ciudad, en una fortaleza, en un palacio, hasta que, terminada la partida, saldrían el uno al encuentro del otro y se estrecharían las manos como buenos contrincantes y repartirían las comarcas donde los frutos ya habían sido segados y cosechados, pero ahora también el caballero saltó fuera del tablero de ajedrez de Papas y Emperadores, ahora el caballero vuelve a su castillo donde está su mujer, que él dejó joven y que espera encontrar tan joven como entonces, donde está la suntuosa mesa servida y el cálido lecho preparado, donde está el neblí que reposaba sobre su puño en las mañanas de cacería, donde está el laúd que alguna vez tañó para cantar en una corte de Provenza o de Sicilia los rondeles de Cino de Pistoia, el castillo donde se despojará por fin de la armadura como de una costra seca, donde se quitará la borgoñota como una cabeza ajena que sólo sabía blasfemar y espiar la estela del bando contrario, el castillo donde los reyezuelos que él salvó de la ignominia de la derrota lo colmarán de honores, donde el Papa y el Emperador que movieron los trebejos del ajedrez de la guerra lo harán duque o conde palatino, hasta que, al doblar un recodo del sendero, ve sobre la colina intacta su intacto castillo, ve alrededor la campiña y a los campesinos doblados sobre la tierra, ve un perro, un perro doméstico, un perro vagabundo tal vez sin dueño, un perro que corretea entre las piedras y se detiene aquí y allá a oliscar el rastro de otros perros, y ante ese cuadro casi idílico del castillo, los labradores y el perro, el caballero piensa que así como a él se le escapan las verdaderas claves de la guerra, cuya posesión estará en manos de Papas y Emperadores y que los reyezuelos codiciarán rabiosamente, a estos campesinos doblados sobre los surcos le está negado conocer esa faena terrible de la guerra que en cambio él ha sobrellevado durante tanto tiempo, la guerra habrá sido para los campesinos una noticia difusa, un resplandor de incendio en el horizonte, el paso de las tropas por el camino, y en cuanto al perro, piensa el caballero, ni siquiera supo que había guerra, que había pillajes y matanzas, tratados bendecidos por le Papa, un Emperador que hacía erguir las lanzas como falos, el perro habrá seguido comiendo, durmiendo, apareándose con una perra e ignorando que allá lejos donde el caballero guerreaba las fronteras se deshacían para rehacerse en un nuevo dibujo, el perro nunca sabrá que un Vicario de Cristo era arrastrado por las calles, que un Emperador se hincaba, día y noche, desnudo ante una puerta que nunca se abría, no sabrá que la flor de la Cristiandad había hervido en pez y en aceite y que un campanario de ahorcados daba la hora en aquella plaza desierta y negra, porque para el perro el trueno de la guerra sería el mismo ruido pavoroso que el trueno de la tempestad, y si hubiera visto al damiselo de la guerra le habría ladrado como a un desconocido o le habría movido la cola si le caía simpático o le daba de comer, de modo que ahora el caballero siente el orgullo de ser un caballero, de haber sido una de las piezas en el ajedrez de la guerra, de pertenecer a la historia aunque su nombre no figure, y sólo figuren los nombres de los Papas y los Emperadores y en letras más pequeñas los nombres de los reyezuelos, el caballero experimenta compasión por esos campesinos que no hacen la historia, y una especie de estupor frente al perro contemporáneo de Papas y Emperadores que nunca se enterará de que ha habido papas y Emperadores, que no se enterará ni siquiera que hubo caballeros, una especie de azoramiento frente al perro que viene a su encuentro como podría venir al encuentro de un campesino o del Emperador sin distinguir al uno del otro, que viene a su encuentro sin sospechar las catástrofes y las proezas que nimban la armadura, y siguiendo con este razonamiento, siguiendo con esta cadena de pensamientos que se inician en el perro, el caballero piensa que los últimos eslabones quizá no sean ni el Papa ni el Emperador, porque así como el perro ignora lo que saben los campesinos, así como los campesinos ignoran lo que sabe el caballero y así como el caballero ignora lo que saben los reyezuelos y éstos lo que saben los Papas y Emperadores, de la misma manera los Papas y Emperadores ignorarán lo que sólo Dios sabe en su totalidad y en la perfección de la verdad, y estas reflexiones, aplicadas a la guerra, este creer que también para Dios la guerra será otra cosa distinta de lo que es para los Papas y Emperadores, hace nacer en el caballero la esperanza de que, para Dios, la historia incluirá el nombre del caballero, la esperanza de que si el Papa y el Emperador que dominan el juego de la guerra lo harán, a él, al caballero, duque o conde en gracia de su heroísmo, Dios, que domina el juego de Papas y Emperadores, lo absolverá de las muertes, las violaciones y las rapiñas en gracia de su dolor, de su hambre y de su sueño y lo recibirá en el Paraíso, y esta esperanza provoca la sonrisa del caballero, esta esperanza lo reconforta y lo compensa de todos los pasados males de la guerra, y justo en el momento en que la esperanza reconforta al caballero y lo hace sonreír, el perro, que venía correteando a su encuentro, se detiene como delante de una pared, clava las patas en el suelo, la piel se le eriza, entreabre el hocico, muestra los dientes y comienza a aullar lúgubremente, pero el caballero atribuye esa actitud del perro a una circunstancia baladí, la atribuye a que el perro no lo conoce, a que el perro se espanta del caballo, de la armadura, de la pica con la cola de zorro en un extremo, no hay que sorprenderse de que ese perro de campesinos se asuste frente a un caballero cubierto de hierro y a un caballo adornado con testeras y petrales, de modo que el caballero no da ninguna importancia a la actitud del perro, sigue avanzando por el camino rumbo a la colina en cuya cumbre se alza el castillo, las patas del caballo están a punto de aplastar al perro, el perro se hace a un lado de un salto y continúa aullando, continúa gimiendo y mostrando los dientes mientras el caballero ha vuelto a recordar a su mujer, su neblí y su laúd de amor y se olvida del perro, ya el perro ha quedado atrás como la guerra, y lo que el caballero no conocerá jamás es que el perro ha olido alrededor de la armadura el tufo de la muerte y del infierno, pues el perro ya sabe lo que no sabe el caballero, ya sabe que en la ingle del caballero una buba ha empezado a destilar los jugos de una peste negra y que la Muerte y el Diablo aguardan al caballero al pie de la colina para llevárselo con ellos, porque si el caballero leyese lo que ahora escribo pensaría, siguiendo un orden análogo al de sus anteriores razonamientos aunque en sentido contrario, pensaría que así como el perro se ha detenido donde el caballero pasa de largo, así también los caballeros quizá se detenga donde los Papas y los Emperadores pasan de largo, de modo que quizás estos ignoren el heroísmo de aquellos y no los hagan duques ni condes palatinos, pensaría que la guerra de los caballeros es, para los Papas y los Emperadores, como el hedor de la Muerte y el Diablo que sólo los perros husmean, y siempre dentro de ese raciocinio el caballero pensaría que quizás los Papas y los Emperadores se detengan donde Dios pasa de largo, quizás jueguen un ajedrez que para Dios no cuenta, quiero decir que quizás Dios no mire, quizá Dios no vea ese tablero y el sacrificio de las piezas no sirva, delante de Dios, de nada y el caballero no sea absuelto de sus pecados ni admitido en el paraíso, quiero decir que si el caballero razonase de esta manera pensaría que tal vez para Dios las realidades que atrapan a los hombres forman un tejido que no atrapa a Dios, al igual que el caballero, sin verla, la malla en que quedó atrapado el perro, no obstante que la malla fue urdida para el caballero y no para el perro, no obstante que los ruegos, las esperanzas y el dolor de los hombres están trenzados para Dios, pero el caballero jamás leerá lo que ahora escribo y ya llega al pie de la colina, feliz con la esperanza de que su valor haya entretejido la red en la que caiga la mosca Papa, la mosca Emperador, feliz con la esperanza de que Papas y Emperadores hayan entretejido la otra red en la que caerá la mosca Dios, mientras allá abajo, en el camino, el perro que confunde el trueno de la guerra con el trueno de la tormenta sigue y sigue entablando otra guerra en la que el caballero confunde el ladrido de la muerte con el ladrido de un perro.

En Reunión de desaparecidos, Macondo Ediciones, 1977