13 sep. 2010

James George Frazer - Poder benéfico de los espíritus de los árboles








Cuando se llega a considerar al árbol no tanto como el cuerpo del espíritu arbóreo, sino simplemente como su morada, de la que puede prescindir si gusta, se ha hecho un avance importante en el pensamiento religioso; el animismo va caminando hacia el politeísmo. En otras palabras, en lugar de mirar cada árbol como un ser consciente y vivo, el hombre solamente le ve como una masa inerte y sin vida en la que reside poco o mucho tiempo un ser sobrenatural que puede pasar libremente de un árbol a otro, gozando de ciertos derechos de posesión o señorío sobre todo el bosque, y dejando de ser un alma del árbol llega a ser un dios de la selva. Tan pronto como el espíritu arbóreo se ha zafado en cierta medida del árbol en particular, comienza a cambiar su figura y a tomar la humana, en virtud de la tendencia general del pensamiento primitivo a revestir de concreta forma humana a los seres espirituales abstractos. Por esto en el arte clásico las deidades silvanas están antropomorfizadas, denotando su carácter nemoroso por alguna ramita u otro símbolo igualmente patente. Este cambio de forma no afecta al carácter esencial del espíritu arbóreo. La potestad que manifiesta como alma arbórea corporeizada en un árbol sigue poseyéndola todavía como dios de los árboles, lo que intentaremos probar en detalle. Demostraremos primero que los árboles considerados como seres con alma tienen virtud acreditada para hacer que llueva o que el sol brille sin nubes, que los ganados y rebaños se multipliquen y que las mujeres tengan partos fáciles; y segundo, que las mismas virtudes exactamente se atribuyen también a los dioses arbóreos concebidos como seres antropomórficos o como encarnados de hecho en personas vivas.

Sentemos, pues, primero, la creencia de que los árboles o espíritus arbóreos otorgan la lluvia y el buen tiempo. Cuando el misionero Jerónimo de Praga estaba persuadiendo a los paganos lituanos para que derribasen sus bosquecillos sagrados, una multitud de mujeres rogó al príncipe de Lituania le detuviera, diciendo que con los bosques destruía también la casa del dios por quien habían sido favorecidos con la lluvia y el buen tiempo. Los mundaris, en Asam, piensan que al derribar un árbol del bosque sagrado, los dioses silvanos demuestran su disgusto reteniendo las lluvias. Con objeto de procurarse lluvia, los habitantes de Monyo, pueblecito del distrito de Sagaing en la Birmania alta, escogieron el tamarindo más grande de los cercanos al pueblo y lo señalaron como escondite del espíritu (nat) que ordena las lluvias. 'Ofrendaron después pan, cocos, plátanos y aves al espíritu guardián del pueblo y al espíritu que concede las lluvias, rezándole además: "¡Oh Señor Nat ten piedad de nosotros, pobres mortales, y no detengas la lluvia. Considerando que te hemos dado nuestras ofrendas de buena gana, permite que caiga día y noche la lluvia". Después se hicieron libaciones en honor del espíritu del tamarindo y más tarde, tres mujeres de edad madura, vestidas con trajes de fiesta y adornadas con gargantillas y pendientes en las orejas, entonaron el "canto a la lluvia".

También los espíritus arbóreos hacen prosperar las cosechas. Entre los mundaris, hay un bosque sagrado en cada aldea y "las deidades del bosque tienen la responsabilidad de las cosechas, siendo especialmente festejadas en todas las grandes fiestas agrícolas". Los negros de la Costa de Oro tienen el hábito de sacrificar al pie de ciertos árboles grandes e imaginan que si derriban alguno de ellos se pudrirían todos los frutos de la tierra. Los gallas bailan en parejas alrededor de estos árboles sagrados, orando para tener una buena cosecha. Las parejas están formadas por hombre y mujer unidos mediante un palo que tienen cogido por las dos puntas. Debajo de los brazos llevan espigas o manojos de hierba verde. Los campesinos de Suecia clavan una rama con follaje en cada surco de sus sembrados, creyendo que hacerlo así les asegura una buena cosecha. La misma idea se desprende de las costumbres alemana y francesa del "mayo de la siega"; éste, es una rama grande o un árbol entero que, adornado de panojas o espigas, traen a casa en la última carretada de mies y que después cuelgan del techo de la granja o del granero quedando allí todo el año. Mannhardt ha demostrado que esta rama o árbol personaliza al espíritu arbóreo concebido como el espíritu de ¡a vegetación en general y cuya influencia vivificante y fructificante es atraída así especialmente sobre el grano. Por esto en Suabia, el "mayo de la siega" es atado entre las últimas cañas de mies que quedan erguidas en el sembrado; en otros lugares lo plantan en el campo de siega y atan a su tronco el último haz que cortan.

También el espíritu del árbol hace que se multipliquen los rebaños y bendice a las mujeres con hijos. En la India septentrional, el emblica officinalis[1] es un árbol sagrado. El día onceno del mes Falgum (febrero) derraman libaciones al pie del árbol, atan a su tronco cuerdas rojas o amarillas y le ofrecen oraciones por la fertilidad de mujeres, animales y cosechas. También en la India septentrional, el coco es considerado como uno de los frutos más sagrados y al que llaman Sriphala o fruta de Sri, diosa de la prosperidad: es el símbolo de la fertilidad y por toda la India alta se guarda en capillas y los sacerdotes lo presentan a las mujeres que desean ser madres. En la ciudad de Qua, cerca del antiguo Calabar, crecía una palmera que aseguraba la preñez a cualquier mujer estéril que comiera uno de sus frutos. En Europa se supone que el "árbol mayo" o "mayo" posee evidentemente virtudes parecidas sobre las mujeres y también sobre el ganado. Así, en algunas partes de Alemania el día 1° de mayo los campesinos erigen un "árbol o palo mayo" y también un "ramo mayo" ante la puerta de los establos y cuadras, uno por cada vaca o caballo; piensan que así darán las vacas más leche. De los irlandeses sabemos que "se figuran que si sujetan contra la casa el día de mayo una gran rama de árbol, aumentará la producción de leche aquel verano”. 

Algunos wendas[2] acostumbraban el día 2 de julio a clavar en medio de la aldea un roble con un gallo de hierro en lo alto y bailar después alrededor, obligando al ganado a dar vueltas al árbol con la idea de que prosperase. Los circasianos estiman al peral como el protector de los rebaños; así, cortan un peral joven de la floresta, le quitan las ramas y lo traen a casa, donde le prestan adoración como una deidad. En la mayoría de las casas hay uno de esos perales. En otoño, el día de la fiesta, el árbol es conducido a la casa con gran ceremonia y músicas y gritos' de júbilo de todos los moradores que felicitan al árbol por su llegada afortunada. Le cubren de bujías encendidas y en la parte más alta de la copa colocan un queso. Alrededor del huésped arbóreo comen, beben y cantan. Al fin, le dan las buenas noches y le ponen en el patio o corral de la casa, donde queda arrimado al muro todo el año y sin recibir ninguna otra muestra de respeto.

En la tribu maorí de Tuhou, "la virtud de fertilizar a las mujeres se achaca a los árboles. Éstos están relacionados con los cordones umbilicales de ciertos antecesores míticos, pues los cordones umbilicales de todas las criaturas que nacían eran colgados en ellos hasta tiempos muy recientes. Una mujer estéril que abrazase a uno de estos árboles, tendría un niño o niña según abrazase al árbol por el lado de levante o de poniente". La costumbre corriente en Europa de poner una rama verde el día primero de mayo o "día mayo", ante la casa o sobre la casa de la doncella amada, se originó probablemente de la creencia en el poder fertilizador del espíritu del árbol. En algunas partes de Baviera también ponen ramas en las casas de los recién casados y la costumbre solamente se omite si la esposa está cercana a su trance maternal, pues en este caso dicen que el marido ha "erigido la rama mayor por sí mismo". Entre los eslavos meridionales, una mujer que desee ser madre, siendo estéril, coloca una camisa nueva sobre un árbol con fruta la víspera de San Jorge! A la mañana siguiente y antes de que amanezca examina la prenda: si encuentra que algún bichejo ha trepado por ella, su deseo se cumplirá en el año. Entonces se pone la camisa confiando en que será fructífera como el árbol sobre el que ha pasado la noche. Entre los kara-kirguicios, las mujeres estériles ruedan por el suelo bajo un manzano solitario con objeto de tener prole. Por último, la virtud de conceder un parto fácil a las mujeres se adscribe a los árboles lo mismo en África que en Suecia. En algunos distritos de Suecia había antiguamente un bardträd o árbol guardián (limonero, fresno u olmo) en las cercanías de cada hacienda. Nadie podía arrancar una sola hoja del árbol sagrado, delito castigado con desgracias y enfermedades. Las mujeres grávidas solían abrazarse al árbol con la idea de tener un parto fácil. En algunas tribus negras de la región del Congo, las embarazadas se hacen vestiduras con la corteza de un árbol sagrado especial, porque creen que este árbol las libra de los peligros que acompañan al parto. La leyenda que muestra a Leto agarrada a una palmera y un olivo o a dos laureles cuando estaba dando a luz a los divinos mellizos Apolo y Artemisa, señala quizá una idea griega parecida: la creencia en la eficacia de ciertos árboles para facilitar el parto.


[1] Parece ser el Phyllanthus emblica officinalis, en sánscrito amalaca: tiene un fruto que se empleó como curtiente y de él se extraía el aceite de mirabolano o aceite dulce: hay también otros árboles mirabolanos.
[2] Pueblos de lenguaje eslavo, el sorbiano, que viven a orillas del río Spree.


En La rama dorada
Trad.: Elizabeth y Tadeo Campuzano
Madrid, FCE, 1981
Foto: Sir James George Frazer en 1928 vía Corbis